artículo no publicado

Marca personal a The Americans: The Soviet Division

En esta tercera y última entrega de Marca Personal a The Americans analizamos los dos capítulos finales de la quinta temporada: The World Council Of Churches y The Soviet Division. 

“Todos somos máquinas. Nos guiamos por instinto. Nuestras vidas han sido programadas mecánicamente. Estímulo y respuesta. Pero si sólo somos máquinas que responden al estímulo-respuesta, ¿cómo encontrar la revelación? La revelación es la verdad: aceptar que eres una máquina”. - The Americans: Darkroom

+El muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989. Esta temporada de The Americans sucede en 1984; es decir, a cinco años de que se desplome el imperio soviético. Los Jennings, desde luego, actúan como si la guerra fría fuera a durar por siempre. Tras dos temporadas de “no conciliar el sueño”, Paige ha desechado el cristianismo por la religión del espionaje. Como toda adolescente, Paige responde al ritual y la grandilocuencia: necesita de gestos dramáticos que la doten de propósito. Por eso demandó ser bautizada a contracorriente de la voluntad de Elizabeth y Philip, y ahora, en un giro de 180 grados, ha decidido expulsar de su vida al artífice de esa iniciación religiosa, el pastor Tim (interpretado por Kelly AuCoin, en un registro diametralmente opuesto al de “Dolar Bill”, el perro rabioso de “Ax” en Billions). Una vez que les dice a sus padres que el religioso ha aceptado el trabajo conseguido de manera secreta por el centro soviético en Buenos Aires, Argentina, la plática cierra con el arrebato de tirar a la basura el crucifijo que siempre lleva en el cuello, a la vista de todos. El histrionismo teatral de Paige es obliterado por Elizabeth, quien la obliga a recoger el crucifijo y le advierte que debe llevarlo puesto para evitar cualquier sospecha de Tim y su familia. La secuencia del revelado fotográfico en Darkroom (S05E10) fue un acto diabólico para Paige. La fragilidad de antes ha sido sustituida por una visible destreza en las clases de autodefensa y un renovado sentido de confianza. Paige luce impaciente por mostrar lo aprendido durante su incipiente entrenamiento. Exenta de dudas, le reza a un nuevo Dios: la Unión Soviética.

Paige

+Irónicamente, Elizabeth y Phil acuden a Tim para pedirle consejo respecto a la decisión de regresar a Rusia. ¿A quién más podrían pedirle orientación? La pareja teme que sus hijos no se adapten a la vida soviética. Tim los recibe con afabilidad, aunque casi podemos dar por descontado que esa misma noche escribirá una nueva entrada en su diario bajo el título “La última monstruosidad de los Jennings” o algo similar. El pastor señala lo evidente: ¿por qué no esperar unos años y dejar que el problema se resuelva solo, cuando Paige y Henry tengan la mayoría de edad y puedan tomar esa decisión con libertad? El aire confesional de la secuencia no redunda en el perdón de Tim; algo que, intuimos, los Jennings buscan con cierta desesperación. Patria, ideología, familia, hogar, riqueza. Tal vez, como apunta Marx, la religión sea el opio del pueblo, pero lo cierto es que la fe en cualquiera de esos sagrados absolutos acaba siendo igual de enajenante. La idea de un regreso idílico a la Unión Soviética se ha tornado en un sueño de opio para Elizabeth y Phil. Al ritmo de Goodbye Yellow Brick Road, de Elton John, el montaje central de The Soviet Division nos muestra el sistema de objetos y amistades (un clóset lleno de vestidos, la casa, el gimnasio donde Phil convive con Stan, etcétera) que dejarían atrás. El camino amarillo, sabemos, conduce a Oz, donde no habita un mago todopoderoso con el superpoder de brindarle felicidad a quien lo visita, sino un hombre pequeño que manipula al pueblo detrás de una cortina. La analogía funciona para cualquiera de las dos potencias (no en vano el capítulo referencia las bromas frívolas de Ronald Reagan), pero el regreso a un hogar que ya no existe se antoja más complicado. No hay futuro del otro lado del telón de acero, sólo una burocracia corrupta que está a punto de caer.

ElPhil

+Oleg (Costa Ronin) imaginaba ya desde Estados Unidos el grado de descomposición de la estructura soviética. Por eso traiciona a su gobierno y le revela a Stan la presencia de William en el laboratorio de pruebas biológicas. A diferencia de Philip y Elizabeth, quienes se sorprenden al enterarse que el virus tomado del cadáver de William se ha utilizado contra rebeldes en Afganistán, Oleg sabía que sus camaradas le darían un uso irresponsable al arma biológica. Con todo, el peso de presenciar in situ el grado de corrupción de los funcionarios rusos empieza a ser una carga peligrosa en su trabajo diario, donde las dudas sobre su lealtad crecen cada vez más. Oleg juega una carrera contra el tiempo. No sabemos si será parte del régimen futuro, o, por el contrario, uno de los últimos rebeldes sacrificados antes de que caiga el muro. Con sobrada razón, la crítica celebra todos los años interpretaciones de Keri Russell y Matthew Rhys, pero todo el ensamble actoral de The Americans es digno de encomio. La caracterización de Ronin es excepcional. Ataviado de trajes más grandes que su talla ideal, en estado de tensión constante y lleno de tics faciales, Oleg en Moscú es una sombra agobiada del agente juguetón y cachondo que era en Washington. La transformación ha sido sutil y carente de histeria. Ronin es uno de los actores físicos más completos de la televisión actual.

Oleg Burov

+Martha apareció sólo en tres ocasiones durante esta quinta temporada. En The Soviet Division, el personaje encuentra la posibilidad de adoptar una niña. Alison Wright realiza maravillas en un minuto. La alegría en su gesto es solar. 

Martha

+Ivan Mok le ha inyectado un matiz de ternura a Tuan, un personaje que en otras manos habría sido una caricatura fría e implacable. Tras sucumbir a la tentación de mantenerse en contacto con la familia que lo adoptó cuando migró de Vietnam a Estados Unidos -y así poner en riesgo la misión que lleva a cabo con los espías que conocemos en su otra vida americana como los Jennings-, Tuan elucubra una estrategia para obligar a la familia de Pasha a regresar a la Unión Soviética. El plan es tan cruel como genial: sugerirle a Pasha que realice un intento de suicidio con el fin de convencer sus padres de que la felicidad es imposible para él en Norteamérica. Pese a los esfuerzos de Elizabeth y Philip por detenerla, la estratagema funciona, si bien casi deriva en la muerte del adolescente ruso. A Tuan le es inconcebible que los Jennings hayan antepuesto sus sentimientos “burgueses” al éxito de la misión. La situación es una sala de espejos. La imagen de Pasha lleno de sangre bien podría ser la de Henry en unos cuantos años, obligado a vivir en una tierra que no conoce ni entiende. Elizabeth y Tuan comparten la fe en la causa; la primera, sin embargo, sabe que el fundamentalismo es alienante y destructivo, por lo que le advierte al joven vietnamita que consiga alguien con quien compartir el peso. “¿Una mujer?”, responde Tuan. “Alguien”, revira Elizabeth. La mirada de Tuan confirma que, en el fondo, esperaba que ella y Philip fueran ese “alguien”. El espionaje y la orfandad caminan juntos en The Americans.        

Tuan

+Aunque lleva una existencia libre de las preocupaciones existenciales de su hermana, Henry enfrenta un dilema sustancial: asumirse como el genio matemático que es y actuar en consecuencia -tomar la beca de St. Edwards, un colegio de élite en New Hampshire- o aceptar sin protestas el cambio de postura de su padre, quien tras aceptar inicialmente su ingreso, ahora le ha prohibido irse de la ciudad. “¡Esta familia se mantendrá unida!”, le grita Philip a Henry, quien ya convive más con Stan y su novia Chris que con sus padres y hermana. Todos, como dice Elizabeth, necesitan a alguien para ejecutar las decisiones difíciles. Probablemente no sea intencional, pero los colores de la Unión Soviética  y Estados Unidos están presentes en el enfrentamiento entre padre e hijo. Philip viste de rojo soviético, y Henry, de azul.

Bandera

+La vida de Henry en Rusia sería un infierno. Todos sabemos el destino que les espera a los científicos que no se someten al imperio soviético. ¿O hace falta recordar a Anton Blakanov?

Anton

+Mischa, el hijo ruso de Philip, recibe una visita inesperada de su tío, quien lo invita a cenar. En el convivio, Philip es recordado como una persona brillante y dedicada. La subtrama que sigue las vicisitudes de Mischa es un recurso utilizado para justificar con contundencia la negativa de Philip a separar a su familia americana, sobre todo bajo la lógica de un eventual escape a la Unión Soviética. El problema es que ninguno de los familiares rusos de Philip posee una personalidad propia o resulta interesante, por lo que estos pasajes se sienten innecesarios, irrelevantes, casi de relleno. Esta vereda narrativa es uno de los dos pasivos de esta temporada. El otro es la historia de la madre de Oleg en los campos de concentración. ¿Cuál fue el punto de esa investigación? Ninguno. Mientras algunos resultaron redundantes, otros han sido trabajados con deliciosa contención. Aún no se confirma si Renee (Laurie Holden) es una espía o una genuina enamorada de Stan. El hecho de que se haya mudado casi en sincronía con la petición de los Jennings a Claudia de regresar a Rusia, así como el consejo que le da a Stan de no renunciar a su trabajo, aumenta las sospechas casi a niveles de certeza. Al igual que Philip, Stan experimenta una crisis de fe en el sistema que lo creó. Los dos hombres descubren que se han comportado como máquinas a lo largo de su existencia (Darkroom), por lo que ahora se han abierto a la posibilidad de sentir. Para Philip, la revelación se traduce en miseria; Stan, en contraste, encuentra un camino que lo lleva la relación de pareja más satisfactoria de su vida adulta. Renee es, por lo pronto, una fuerza luminosa en el agente del FBI, espía o no.

Stan

+Obnubilados por el autoengaño de un eventual regreso a la madre patria, los Jennings comienzan a atar algunos cabos sueltos en sus operaciones. Tras estar ausente casi toda la temporada, la relación platónica entre Jim, el abogado marihuano cool conflictuado por la ausencia de su hijo, y Kimmy, la hija adolescente de un alto funcionario del gobierno estadounidense, parece encaminarse a su final. Como sabemos, Jim es una personalidad inventada por Philip para poder espiar de manera periódica la casa de Kimmy. Mientras escuchan So. Central Rain con otros adolescentes -¿qué mejor opción que REM para la audiencia alternativa de la época?-, él revela que le han ofrecido un trabajo en Japón. La pareja se despide justo cuando escuchamos a Michael Stipe cantar varios “I´m sorry” en el fondo. Ya en el sótano de su casa, Philip revisa las cintas depositadas y descubre que el padre de Kimmy ha sido promovido al puesto de líder encargado de “la división soviética”. Philip piensa por un momento en deshacerse de la grabación, pero asume la responsabilidad de quedarse en Estados Unidos. Philip está lejos de ser la máquina asesina que salió de Rusia. ¿Podrá recuperar el instinto necesario para sobrevivir en esta nueva fase, o su futuro se asemejará al arco trágico seguido por el personaje de Richard Harrow en Boardwalk Empire, un asesino erosionado por la conciencia y el remordimiento? Peor aún: en aras de resucitar la relación con Kimmy quizá tenga que llevarla a un nivel sexual, o incluso buscar más acceso a través del chantaje. Otra familia quebrada. Más que retornar a Rusia, Elizabeth y Philip ambicionan una vida libre de violencia y engaños. La única vía para alcanzar ese objetivo es convertirse en americanos. El tema de la siguiente temporada, anticipamos, será qué tanto estarán dispuestos a hacer para lograrlo.