artículo no publicado

La policía del luto

Nadie tiene derecho a decirnos cómo debemos recordar a un actor, un músico o una celebridad.

A principios de este año, cuando murió Alan Rickman, me quejé de que la mayoría de las personas en mi timeline recordaran al actor por el papel de Snape y no por Hans Gruber, el terrorista eurotrash de Die Hard, uno de mis villanos predilectos. Rápidamente, alguien sabio hizo el favor de corregirme. ¿Qué tenía de malo recordar a Rickman por el personaje que interpretó en ocho, popularísimas películas? Twitter siendo Twitter, defendí mi regaño digno del abuelo Simpson gritándole a una nube. Con el paso de los meses, admití mi error (en privado, por supuesto). Cada quien tiene derecho a recordar a sus actores, escritores, cantantes y celebridades favoritas como le dé la gana. Pocas cosas más mezquinas que ser policía del luto ajeno.

Con la muerte de Carrie Fisher, medios como The Cut se han dado a la tarea de decirnos cómo y cómo no debemos recordar a la actriz, autora y guionista. Arguyen que recordarla por su belleza antes que por su pluma, su franqueza o su humor equivale a ser sexista, como si, para poner un tuit en honor a alguien, ahora tuviéramos la obligación moral de conocer todo su currículum vitae. Imagino que, cuando murió Paul Newman, The Cut no vio The Hustler y admiró el talento (y, sí, la belleza) de Newman, sino su trabajo filantrópico. En suma, la policía del luto está aquí para decirnos qué es destacable de una carrera y qué merece una mención en nuestras redes sociales. No incluir estos logros es, en sus palabras, “extremadamente malo”.

El punto de vista de The Cut me pone en un aprieto porque nunca he leído a Fisher. Sé de su trayectoria como escritora y novelista, pero lo que admiro de su obra –lo que está cerca de mí- es su trabajo como actriz, tanto en Shampoo y When Harry Met Sally, como en Star Wars. Recuerdo la primera vez que las vi, una por noche durante unas vacaciones de primaria. El personaje de Leia me gustó muchísimo. Francamente reparé poco en la forma como se burlaba de los héroes que habían venido a rescatarla, el hecho de que supiera suficiente de mecánica como para arreglar al Halcón Milenario o las muchas secuencias donde era tan parte de la acción como los protagonistas masculinos. Su mérito era precisamente ese: no parecía estar ahí para llenar una cuota de diversidad de género, ni para mover la balanza de lo masculino a lo femenino. Simplemente era tan importante como Han Solo o Luke Skywalker.

Hasta la fecha defiendo que Jabba the Hutt la haya obligado a ponerse ese bikini. La decisión de Lucas me pareció justificada y efectiva: solo un villano sería capaz de ver a Leia como un objeto. Si a mi pupila adolescente le gustó ver a Fisher con tan poca ropa, a la parte de mí que había invertido cinco horas en la trilogía le ofendió que ese gigantesco gusano sometiera a la princesa y la obligara a ser parte de su harem. Cuando Leia finalmente mata a Jabba, brinqué de alegría. Años después encontraría similitudes en Alien, cuando Ripley se deshace del monstruo fálico mientras este la espía en ropa interior. Ambas me parecieron mujeres de armas tomar. Ambas fueron piedras angulares de mi temprana cinefilia.

Así como Marion en Raiders of the Lost Ark (forzada por Belloq a ponerse un vestido entallado), Leia me mostró, sin que yo lo supiera a cabalidad en ese momento, que las mujeres podían ser tan listas y valientes como los hombres de las películas. Que Leia me pareciera atractiva no le restó un ápice a mi admiración, ni al entusiasmo que sentí cuando ahorcó a Jabba. Sigourney Weaver, Karen Allen y Carrie Fisher me enseñaron a ver a las heroínas no como anomalías sino como algo natural. Si esa no es una lección de igualdad, entonces no sé qué es.

Antier entré a Twitter para recordar a Fisher por Star Wars. Ese mismo día había visto Rogue One y el Episodio 7. Quizás me entristeció el extraño contraste entre la permanencia –la inmortalidad- de la imagen contrastada con la realidad: un personaje vive para siempre, mientras quien lo interpretó se va y no vuelve. Leyendo los diversos obituarios, me dieron muchas ganas de leer las autobiografías de Fisher, pero mi primera reacción fue recordarla como Leia, un personaje que me ha acompañado durante años y que, a su modesta manera, me dejó lecciones valiosas. No estoy obligado a recordarla por nada más. Nadie escoge por qué admira o echa de menos a quien se fue. Y nadie tiene derecho a corregirnos la plana.