artículo no publicado

La amistad que cambió nuestra manera de pensar

Michael Lewis cuenta en su nuevo libro la colaboración entre Daniel Kahneman y Amos Tversky, dos amigos que revolucionaron el estudio del juicio humano.

En The Undoing Project. A Friendship that Changed Our Minds (que publicará la editorial Debate en abril, con el título de Deshaciendo errores: Kahneman, Tversky y la amistad que nos enseñó cómo funciona la mente), Michael Lewis cuenta la historia de dos psicólogos que revolucionaron las ideas sobre el juicio humano. Revelaron patrones de irracionalidad que no conocíamos bien y enseñaron cómo nos engañamos a nosotros mismos. Sus descubrimientos fueron importantes en psicología, pero también resultaron decisivos en economía (en 2002 Kahneman recibió el Premio Nobel en esa disciplina; Tversky había muerto seis años antes). Se han aplicado con éxito en muchos otros campos, desde la medicina al deporte de élite, del big data a las finanzas.

Investigaron cuestiones como la aversión al riesgo y la aversión a la pérdida, estudiaron los errores estadísticos que cometemos o cuestiones como el efecto halo. Observaron cómo a veces, aunque las pruebas sean claras, preferimos seguir un instinto que las contradice. Describieron sesgos y atajos cognitivos y mostraron la dificultad de convencer con cifras.

Sus ideas, publicadas a partir de los años setenta, son parte de nuestra forma de entender el mundo. Son una advertencia siempre útil cuando pensamos o actuamos: como ellos mismos mostraron, se nos da bien hacernos trampas al solitario. Kahneman ha explicado muchas de ellas en el estupendo Pensar rápido, pensar despacio (Debate).

Deshaciendo errores es la historia de una amistad y una colaboración. Daniel Kahneman (1934), descendiente de una familia de judíos lituanos, pasó la Segunda Guerra Mundial en Francia, huyendo: su padre estuvo detenido; lo protegió su jefe pero murió de diabetes -aguzada por las privaciones- antes de que terminara la contienda. Kahneman emigró a Israel. Lewis lo retrata como un hombre inseguro, depresivo.

Su compañero, Amos Tversky (1937-1996), era el hombre más inteligente que había encontrado toda la gente que lo conocía (el test de inteligencia de Dick Nisbett: cuanto antes te dieras cuenta de que Amos era más listo que tú, más listo eras). Era valiente, heroico como soldado, optimista e indiferente a la opinión que los demás tuvieran de él. En una ocasión, había escuchado a un economista estadounidense que decía que fulano era idiota y otro un imbécil. Luego le dijo: “Todos tus modelos económicos se basan en que la gente es racional e inteligente, pero toda la gente que conoces es idiota”. Tras escuchar al Premio Nobel de Física Hurray Gell-Mann, le dijo: “Sabes, Murray, en el mundo no hay nadie tan inteligente como tú crees que eres”. Le gustaba decir: “Lo agradable de las cosas que son urgentes es que si esperas lo suficiente dejan de ser urgentes”. Un estadístico inglés le comentó: “Normalmente no me gustan los judíos, pero tú sí”. Tversky respondió: “Normalmente me gustan los ingleses, pero tú no”.

Tenían cosas en común: eran nietos de rabinos del este de Europa y ateos. Sus campos de especialización eran distintos: Tversky era un psicólogo matemático. Era un experto en pensar a la contra: gran desmontador de ideas. Kahneman -profesor de estadística- estaba más interesado en cómo pensaba la gente que en el pensamiento en sí. Ha hablado de una escena que se encuentra en el germen de su vocación:

Debía de ser finales de 1941 o comienzo de 1942. Los judíos debían llevar una Estrella de David y respetar un toque de queda a las seis de la tarde. Había ido a jugar con un amigo cristiano y me había quedado demasiado tarde. Di la vuelta a mi jersey marrón para recorrer las pocas manzanas de camino a casa. Mientras andaba por la calle desierta, vi a un soldado alemán que se acercaba. Llevaba el uniforme negro que me habían dicho que debía temer más que los demás: el que llevaban los soldados especialmente reclutados de las SS. Cuando me acerqué a él, intentando andar deprisa, me di cuenta de que me miraba con intensidad. Luego se agachó, me levantó y me abrazó. Yo estaba aterrorizado de que encontrara la estrella dentro de mi jersey. Me hablaba con mucha emoción, en alemán. Cuando me volvió a dejar en el suelo, abrió su cartera, me enseñó la fotografía de un niño, y me dio algo de dinero. Volví a casa más seguro que nunca de que mi madre tenía razón: la gente era infinitamente complicada.

En ciertos aspectos tiene algo de filósofo o de novelista. “Mi interés en la psicología era una manera de hacer filosofía -dijo-. Entender el mundo entendiendo por qué la gente, y sobre todo yo, lo ven como yo lo veo. Para entonces la cuestión de si Dios existía me dejaba frío. Pero la cuestión de por qué la gente cree que Dios existe me parecía fascinante”. En un momento en el que parte de la investigación se basaba en supuestos de racionalidad -con conceptos como el de los “bayesanianos conservadores”, según el cual actuábamos como si supiéramos, sin pensar o conocerla, la fórmula estadística de la regla de Bayes-, él consideraba por su experiencia que la gente no era estadística de ningún tipo: “a menudo saltaban a grandes conclusiones a partir de información escasa”. “Lo que le interesaba era su incapacidad para afrontar la evidencia de su propia locura”, escribe Lewis: creía que cuando la gente está demasiado unida a una teoría “hacen que la evidencia encaje con la teoría en vez de la teoría con la evidencia”.

Desarrollaron buena parte de su carrera en universidades estadounidenses, pero otro elemento importante del libro es Israel y la sensación de un país nuevo y frágil en el que casi todo está por hacer. Pronto en la universidad no había nadie que les pudiera enseñar. Kahneman diseñó, jovencísimo, un sistema de selección del ejército israelí que todavía está en activo. La idea, tal como la explica Lewis era: “¿Cómo evitamos que la intuición de los entrevistadores estropee las evaluaciones?” “Le habían pedido que adivinara el carácter de los jóvenes del país. En vez de eso había descubierto algo sobre la gente que intenta descubrir el carácter de otras personas: si eliminabas su intuición, sus juicios mejoraban”. Combatieron en las guerras de Israel (cuando viajó al extranjero para estudiar, Tversky, paracaidista, aterrizó por primera vez: hasta entonces siempre había saltado), regresaban cuando el país está amenazado (por ejemplo, en la guerra de Yom Kippur).

Algunas experiencias de aplicación de sus teorías al ejército fueron exitosas; otras frustrantes. Decidieron analizar la basura que dejaban los soldados para ver qué les gustaba más o menos.

En 1974, cuando Kissinger mediaba en las relaciones de paz entre Israel y Egipto e Israel y Siria, Kahneman hizo para la inteligencia israelí -escarmentada por no haber anticipado el ataque de Yom Kippur- una lista de posibles “acontecimientos críticos o preocupaciones”. Estudiaron las posibilidades de cada eventualidad. Finalmente, tras consultar a expertos y observadores bien informados, la evaluación era que un fracaso de las negociaciones de Kissinger “aumentaba la posibilidad de una guerra en un 10%”. El ministro de exteriores israelí dijo que no era tanto. “Fue el momento en que dejé el análisis de las decisiones. Nadie decide por un número. Necesitan una historia”. A su juicio, “la comprensión de los números es tan pobre que no comunican nada. Todo el mundo tiene la sensación de que esas probabilidades no son reales: de que son solo algo en la mente de alguien”.

Si el atrevimiento y el ánimo combativo de Tversky ayudaba a atacar ideas establecidas, el espíritu autocrítico de Kahneman les permitía estudiar sus errores (y, por extensión, los errores de los demás). Para Kahneman, lo que buscaban encontrar en sus experimentos se parecía a las ilusiones ópticas de los psicólogos Gestalt que le había entusiasmado en su juventud: eran trucos mentales en vez de trucos ópticos. Por ejemplo, leían listas de nombres de personas a estudiantes: treinta y nueve, con algunos nombres célebres. La lista con más nombres de mujer tenía más nombres de hombres famosos y viceversa. Los estudiantes casi siempre lo entendían al revés: si había mujeres célebres, pensaban que había más mujeres en la lista. Calculamos las posibilidades de un divorcio pensando en otras parejas similares que se han separado o no. Utilizamos esos atajos (“cuanto más fácil me resulte encontrarlo en la memoria, más probable es que suceda”) porque a menudo funcionan. Pero en situaciones en las que esas pruebas no se puedan encontrar en la memoria fácilmente, los errores son frecuentes. Está relacionado con otra fuente de error cuando afrontamos la incertidumbre: no solo no saber lo que no sabemos, sino no incluir en el cálculo nuestra propia ignorancia.

El libro describe un periodo fructífero: se trata de una colaboración de extraordinaria complicidad, o, como ha escrito Tim Harford, una historia de amor intelectual. “Nos entendíamos más rápido el uno al otro que a nosotros mismos”, dice Kahneman. El relato de la interrupción de esa colaboración, entre otras cosas por los celos de Kahneman hacia el reconocimiento de Tversky, entristece más que la mayoría de las rupturas sobre las que he leído últimamente.

Michael Lewis, autor de libros admirables como La gran apuesta, sobre la crisis financiera, sabe encontrar siempre el mejor enfoque y retratar a personajes que Ramón González Férriz ha descrito como: “Gente rara, hombres por lo general, repelentemente empollones, obsesionados con los números y convencidos de que todo el mundo está equivocado menos ellos” (además de los protagonistas, están otros colaboradores de Tversky y Kahneman, como Don Redelmaier, en medicina, o Richard Thaler, en la economía conductual). También es capaz de describir los experimentos, con sus búsquedas, sus fracasos y sus meandros, y de encontrar una manera narrativa, accesible y estimulante de contar las ideas. Las que describe en este libro cambiaron nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos.