artículo no publicado

Inmortalidad digital

Eterni.me vende la promesa de una vida eterna digital y la posibilidad de un “chat de Skype desde el pasado”, pero ¿un avatar creado con el histórico de nuestras cuentas digitales nos permitirá “mantenernos presente” o solo seremos un recuerdo congelado?

Vivir para siempre sin cargar con el peso de un cuerpo marchito y achacoso. Liberarse de lo que Platón llamó “la cárcel del alma”. Existir en formato digital, sin ataduras físicas, sin dolores ni cansancio “propios de la edad”. Eso es la idea de la eternidad digital. ¿Te suena bien? ¿Ya te animaste y estás googleando quién puede trasladar la consciencia a formato digital? Momento, no tan rápido. Ese traslado de consciencia todavía no está a la venta, lo que sí existe es la posibilidad de convertirse en un avatar. Ese avatar serás tú porque para diseñarlo se toma todo el contenido almacenado en tus cuentas digitales, incluidas redes sociales y email. Todos tus pensamientos, historias y recuerdos le darán forma al yo digital y permitirán que, después de tu muerte, la gente interactúe contigo. Eso dice Eterni.me, una compañía estadounidense que ofrece salvarte de la verdadera muerte: el olvido.

La vida eterna es un anhelo que ha rondado a la humanidad constantemente. ¿Qué tal si la vida no estuviera acechada por la muerte? Pero es la muerte, según Borges en el cuento El inmortal, lo que “hace preciosos y patéticos a los hombres [ya que] no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño.” En Melmoth el errabundo, de Charles Maturin, el protagonista hace un pacto con el diablo para vivir un par de siglos, pero al final se cansa de su existencia. Melmoth ni siquiera coquetea con la eternidad, que se antoja terrible en ese mundo conocido. La vida eterna y la extendida, representada en El inmortal y Melmoth, tienen algo en común: existen en plano físico. Pero la promesa que nos ha traído la era digital es que la vida eterna dejará de ser un sufridero y una pasarela de injusticias si la pasamos en su versión virtual. Algo así como en el capítulo San Junípero de Black Mirror, donde todo es placer, fiesta y vistas hermosas y lo único que complica esa vida es la búsqueda de afectos. La cosa es que ahí sí hay un traslado de consciencia (aunque no se explica cómo) y por eso a una de las protagonistas se le puede ofrecer que viva lo que no pudo  en el mundo análogo. Algo similar ocurre en el cuento Quedarse atrás, de Ken Liu. En esta obra, tras el año cero de la singularidad, la humanidad comienza a elegir la muerte para ser transferida a su versión digital, donde hasta se puede tener hijos que son “niños de la mente”; sin embargo, los pocos sobrevivientes que conforman la oposición afirman que no se puede experimentar nada si no se es humano. Incluso en la película Her, de Spinke Jonze, se aborda el tema de la consciencia digital extendida.

Volvamos a Eterni.me. ¿Un avatar creado con el histórico de tus cuentas digitales te permitirá realmente “mantenerte presente” o solo será un recuerdo congelado en el tiempo, una inteligencia artificial que gracias a un algoritmo es capaz de interactuar, pero cuyos patrones permanecen inalterados? En principio, el avatar se formaría con la información extraída de las cuentas personales y aprendería conforme sus dueños (sí, ese yo digital sería propiedad de alguien) chatearan con ellos, lo que o parece ser el mismo concepto de un chatbot.

En cuanto al tema de propiedad del yo digital: teóricamente, una persona no está sujeta al régimen de propiedad. Pero si tomas su identidad digital y la conviertes en un avatar (y pagas por él), este es de tu propiedad. Entonces que será de tu propiedad, ¿ su vida eterna o el chatbot con el que chateas?

La ciencia ficción nos sigue llevando la delantera porque el traslado de la conciencia implicaría el traslado de la percepción que, a su vez, está ligado a los sentidos. La conexión entre la mente y el cuerpo guarda todavía incógnitas por descifrar y existen muchas preguntas abiertas acerca del funcionamiento del lenguaje y del pensamiento como para afirmar que estamos cerca de poder ofrecer la vida eterna digital. Más aún: si los recuerdos de la vida análoga incluyen sensaciones físicas que no pueden ser experimentadas de nuevo siendo una inteligencia artificial, ¿nos condenaría esto a una repetición infinita de lo ya experimentado?, ¿estaríamos hechos para que alguien nos contemple (o, por lo pronto, chatee con nosotros)?, ¿a qué nos condenaría la vida eterna digital?