artículo no publicado

Chicos y chicas

Los niños suelen ser más frágiles que las niñas: son más propensos a tener enfermedades y accidentes, y la dislexia o el autismo son más frecuentes en ellos.

“Si es portador de estos genes -escribe David Eagleman en Incógnito- tiene ocho veces más probabilidades de cometer una agresión con daños físicos graves, diez veces más probabilidades de cometer asesinato, trece veces más probabilidades de cometer un robo a mano armada, y cuarenta y cuatro veces más probabilidades de cometer una agresión sexual”

“Más o menos la mitad de de la población humana es portadora de esos genes, y la otra mitad no, con lo que la primera mitad es mucho más peligrosa”, añade. Y concluye que probablemente esa peligrosa serie de genes es bastante conocida. Se resumen en el cromosoma Y: “Si usted es portador, lo llamamos varón.”

La sesión más reciente de Euromind, el proyecto que dirige la europarlamentaria Teresa Giménez Barbat con el objetivo de propiciar un enfoque científico para entender problemas sociales y políticos, tenía por título “Mujeres fuertes, hombres frágiles” y se celebró en Bruselas la semana pasada.

En la primera intervención, la psicóloga del desarrollo Susan Pinker habló de algunos de los temas centrales de su estupendo libro La paradoja sexual (Pinker ha escrito otro libro posterior, The Village Effect, aún no traducido al castellano). En La paradoja sexual, que se publicó en 2007, Pinker señala que los niños suelen ser más frágiles que las niñas: más débiles, más propensos a tener enfermedades y accidentes. También tienen más dificultades de aprendizaje, y la dislexia o el autismo son más frecuentes en ellos. Una de las paradojas que subraya Pinker es cómo algunos de esos niños con dificultades de aprendizaje llegan a alcanzar una destreza considerable en un campo determinado (y a menudo una buena remuneración). Muchas de las niñas, más brillantes desde el principio, no tienen ese desarrollo posterior.

La inteligencia media de los dos sexos es igual, aunque entre los hombres parece haber más casos en los dos extremos. Según explica Susan Pinker en su libro, muchas veces las opciones profesionales son distintas. Las mujeres tienden a elegir profesiones más vinculadas a personas que a cosas, es más frecuente que, incluso aunque hayan alcanzado la cima de su profesión, prefieran dedicar parte de su tiempo a cosas que no sean el trabajo, y el éxito laboral es distinto: las mujeres suelen permanecer más tiempo en la parte alta de su carrera. Una de las ideas centrales de su libro es que no se debe emplear solo una noción de éxito “masculina”, y calificar de fracaso lo que pueden ser elecciones distintas.

Las otras dos intervenciones fueron más breves. En la primera de ellas, la neurocientífica y profesora de la Universidad de Leiden Elseline Hoekzema habló de un estudio que ha dirigido en la Universidad Autónoma de Barcelona, que sugería que el embarazo produce cambios en el cerebro. El estudio encontraba cambios significativos en áreas de la materia gris en regiones asociadas con la teoría de la mente y la cognición social. Estos cambios pueden durar dos años después del nacimiento. Hoekzema ha dicho que estas modificaciones -motivados por la mayor cantidad de hormonas- podrían verse como una suerte de especialización.

En la intervención final, Robert Whitley habló del suicidio masculino. El 75% de los 58.000 suicidios anuales de la Unión Europea los cometen hombres. Whitley habló también del “suicidio a cámara lenta”, que estaría vinculado al estilo de vida, un concepto quizá un tanto laxo.

Whitley se centró en factores sociales, aunque hay otros como biológicos y culturales. Entre ellos estarían el divorcio y la separación, cuyos efectos intensifica la falta de redes emocionales, la vergüenza, o las complicaciones legales; cuestiones económicas y sociales; y una categoría menos firme que llamaba “la demonización de los hombres” y lo que algunos de estos hombres percibirían como un doble estándar (por ejemplo, en cuestiones sanitarias: a su juicio, si los hombres van menos al médico y eso repercute en su salud, quizá lo que habría que hacer es pensar cómo hacer que vayan al médico). Para Whitley, debían desarrollarse unas políticas públicas para prevenir el suicidio en la población masculina

En ocasiones, estos asuntos resultan polémicos y resulta complicado tener un debate sereno. Para algunos, el reconocimiento de que existan diferencias biológicas es peligroso. El temor tiene un componente comprensible: teorías pseudocientíficas se han empleado para justificar la exclusión y el racismo. No siempre es fácil desligar lo cultural y lo natural, y es un terreno en el que conviene ser cauteloso. Una idea central de la izquierda es la maleabilidad del ser humano. Sabemos que esa maleabilidad tiene límites, y por otra parte las cosas cambian: somos menos agresivos ahora que antes.

A veces, desde la derecha, se emplean argumentos pretendidamente científicos para atacar a los progresistas y para negar o atenuar muchos factores sociales, culturales y económicos de la desigualdad. Según ese punto de vista, las diferencias salariales se deben a elecciones: no se tiene en cuenta la desigualdad de partida, la creación de entornos y prácticas informales que favorecen a los hombres, o que, como mostraba hace unos días Sara de la Rica en una charla de Politikon, en España la maternidad (y el desigual reparto de las cargas) es un factor decisivo en las desigualdad de salario y promoción de las mujeres en el mundo del trabajo. Se cuestionan las cuotas con un argumento meritocrático que se quiere objetivo, pero que -como otros argumentos de ese tipo- ignora que el campo está inclinado. O se dice que en un sistema de cuotas las mujeres no sabrían si están por ahí por sus méritos o por su sexo, cuando, curiosamente, no parece que en lugares donde el 80 o 90% de los puestos los ocupen los hombres ellos tengan esa angustiosa tribulación sobre si están allí por sus méritos o por su género.

Pero tampoco parece útil bloquear, como se hace en ocasiones desde una perspectiva supuestamente progresista, líneas de investigación u observaciones empíricas, como si hubiera una especie de cierre epistémico. Conocer mejor la realidad es la única manera de alcanzar el objetivo de la igualdad de oportunidades.