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Algunas ideas para solucionar el problema de la sobrepoblación canina en México

En grandes ciudades como la CDMX, los perros callejeros son ya una plaga, con costos ambientales altísimos. ¿Cómo podemos ayudar a los animales y evitar que el problema siga en aumento? ¿Qué podemos aprender de otros fracasos y algunos casos de éxito?

La fauna citadina ha ido siguiendo, a lo largo de los años, al hombre. El alimento abundante y otros factores hicieron que estas especies encontraran un entorno óptimo para vivir y reproducirse[1], convirtiéndose, en algunos casos, en problemas de salud pública.

De todos estos animales que han sido nuestra sombra a lo largo de los años, tal vez el caso más notable sea el de los perros. Hace unos treinta y dos mil años el hombre decidió alimentar a lobos y chacales a cambio de protección. A partir de ahí comenzó un vínculo entre los canis y los humanos. El desenlace de esta historia ya lo conocemos: los perros que nos roban los calcetines y menean la cola al vernos. Al ser los primeros animales que domesticamos han generado un vínculo más estrecho con nosotros: los invitamos abiertamente a nuestras casas y, por lo general, aún cuando no le resulten simpáticos a todo el mundo, no suelen ocasionar repulsión como ocurre con otros animales que también son potenciales plagas. Los perros están emocionalmente relacionados con la protección, la ayuda, el juego y la compañía. Sin embargo, a pesar de nuestra predilección por estos animales, con frecuencia los abandonamos y, en criaderos clandestinos, la reproducción de perros de raza sigue en aumento. Como resultado, el número de perros callejeros es altísimo y alcanza, en algunos lugares, proporciones de plaga.

Tal vez convendría aquí revisar el concepto de plaga ya que, por la carga negativa del término, hay quien se niega a reconocer que algunos animales lo sean. “Plaga” hace referencia a una situación determinada en la que, debido a un desequilibrio ecológico, una especie comienza a reproducirse de manera descontrolada afectando a otras especies o al entorno. Cualquier especie, con las condiciones adecuadas, puede volverse una plaga[2]. Las ciudades y centros urbanos resultan espacios propicios para esos animales que regularmente relacionamos con la idea de plaga sin que haya algo inherentemente maligno en estas especies[3]. 

Volvamos a los perros. No hay una cifra exacta de la población canina en el mundo, pero los números coinciden en que hay cientos de millones de perros. Tan sólo en México se estima que hay entre 18 y 23 millones, según la Asociación Mexicana de Médicos Veterinarios Especialistas en Pequeñas Especies (AMMVEPE) y que 70% de esos perros son callejeros. Debido a las características reproductivas de estos animales los números crecen con velocidad. Sólo para darnos una idea: en seis años, partiendo de una única camada se pueden producir sesenta y siete mil cachorros. Es evidente que hay un problema de sobrepoblación canina.  

A lo largo de los años se ha tratado de enfrentar este problema de varias maneras, algunas vergonzosas. En 1911, en Turquía, por ejemplo, Mehmed V, gobernante de Estambul, ordenó que los perros callejeros de la ciudad fueran exiliados a Sivriada, una isla desierta en el mar de Mármara. Al no tener las condiciones para sobrevivir, los animales se comieron los unos a los otros mientras que otros murieron de hambre o ahogados al tratar de escapar. Cuando hace cuatro años el gobierno de Estambul propuso crear zonas destinadas a los perros callejeros, muchas personas se opusieron al recordar aquel doloroso error y la propuesta fue desechada. Transportar perros callejeros de un lugar a otro ha demostrado no solucionar ningún problema.  

Moscú[4], Bangkok, Deli y –lo sabemos bien– la Ciudad de México son otras ciudades que se enfrentan a un enorme número de perros callejeros y a los posibles riesgos sanitarios que estos implican[5]. El más conocido de estos problemas es la rabia, ya que más del 90% de los casos de esta enfermedad son debidos a mordidas de perros infectados. Sin embargo, hay más de sesenta enfermedades que pueden ser transmitidas a los humanos, afectando, principalmente, las mucosas y el sistema digestivo; la toxocariasis, que se transmite por parásitos en las heces de los perros, por ejemplo, puede causar fiebre, asma, e infecciones oculares que en casos severos pueden terminar en desprendimiento de la retina. En más de una ocasión se ha tratado de eliminar el problema matando a los perros. Independientemente de la cuestión ética, más que una solución esta medida es sólo un paliativo que no ataca a las causas del problema. Los perros callejeros tienen su origen en el abandono y la negligencia humana. Somos nosotros los que estamos creando un ambiente propicio para la reproducción descontrolada de perros que, dicho sea de paso, se enfrentan a una breve vida de hambre, lesiones y enfermedades. Para contrarrestar la situación debemos tomar medidas que impacten realmente en las condiciones que llevan a los perros a rondar por las calles y esto se puede hacer desde varios frentes.  

Protección Animal Mundial hace énfasis en la importancia de la esterilización tanto de perros callejeros como de mascotas, la tenencia responsable[6] y con registro de animales y la educación respecto a temas como adopción y criaderos. Estos fueron los pasos que ayudaron a Holanda a volverse un país libre de perros callejeros. Es fundamental que busquemos la creación de leyes más estrictas respecto a la venta, cría y tenencia de mascotas y que reivindiquemos la imagen de los perros mestizos ya que uno de los principales motores que lleva a la gente a comprar perros en lugar de adoptarlos es la idea de los perros de raza como “mejores animales”. En una situación como la actual, comprar un perro es seguir financiando la reproducción descontrolada de estos y todo lo que ello implica, por lo cual algunos países (Holanda entre ellos) han puesto un duro impuesto a estos animales logrando disminuir la demanda de perros de criadero y aumentar las adopciones de mestizos.

La gran mayoría de los perros callejeros se deben al abandono. Dejar a un perro que vivió con nosotros a su suerte habla de cómo nos relacionamos no sólo con ellos sino con el resto de los animales. Legalmente, un perro es un “bien mueble” como un refrigerador o una mesa, es decir tiene un dueño (en caso de que no lo tenga se declara “bien mostrenco”, como un objeto abandonado).  Y esa es la palabra que utilizamos generalmente al hablar de la relación que tiene un humano con su perro: dueño. Volviendo al caso holandés, esta relación cambió durante los últimos años. Pasó de ser una relación de dueño-esclavo (o empleado-trabajador) a ser más parecida a una relación de amistad e incluso de parentesco. Cuando un perro se vuelve emocionalmente parte de la vida humana la idea de echarlo a la calle parece mucho más lejana. En muchos otros lugares la relación con los animales sigue siendo una relación de poder y de verticalidad en la que el valor utilitario suele ser el principal lazo. En cuanto un animal deja de ser “útil” es desechado. En el caso de los perros, la mayoría de las veces, es abandonado[7]. Una solución para el problema de los perros callejeros en México podría comenzar por replantear la relación que se tiene con ellos y sensibilizar a las personas para que puedan reconocer en los animales a criaturas independientes con sensaciones y emociones.

Los perros son nuestros compañeros por excelencia y decidir dejar entrar uno a nuestra vida es hacer una promesa a largo plazo. Quien se enamora de un perro se enamora de toda la especie y, a pesar de que pueda sentir cierta predilección por algunos pelajes, formas de hocico o tamaños, logrará encontrar en todos ellos el mismo cariño que encontraron nuestros ancestros en esas bestias salvajes que se volvieron amigas.


[1] En el capítulo “Cities” de Planet Earth 2 se abordan los casos de diversos animales que, amparados por el ruido, las construcciones y los asentamientos humanos han ido acercándose más y más a las ciudades. Es así como, por ejemplo, hay casos de leopardos cazando animales domésticos en la India o de halcones peregrinos instalados cómodamente en Nueva York.

[2] En Las ínsulas extrañas, Ernesto Cardenal habla de las diversas plagas a las que se enfrentaban en el archipiélago de Solentiname, en Nicaragua. Entre otros animales menciona zanates, guacamayas y venados.

[3] Bajo estos parámetros podríamos considerarnos a nosotros, humanos, como plaga.

[4] Los perros callejeros de Moscú merecen una mención especial. Andrei Poyarkov, biólogo experto en cánidos los ha estudiado por treinta años y ha encontrado patrones de comportamiento asombrosos. Por dar un ejemplo, Poyarkov ha descubierto grupos de perros “mendigos” que envían a los animales más pequeños y jóvenes a pedir alimento a los humanos ya que han aprendido que estos perros suelen recibir con más frecuencia comida. Otro comportamiento asombroso de los perros callejeros de Moscú es que algunos de ellos han aprendido a usar el metro: estos animales viven en las afueras de la ciudad y diariamente suben a los vagones para ir a sitios más poblados a alimentarse.

[5] El más reconocido de estos problemas es la rabia, ya que la mordida de perros sigue siendo la principal causa de esta enfermedad en humanos, pero los parásitos que albergan estos animales pueden causar cerca de setenta enfermedades diferentes en las personas, siendo las más comunes enfermedades digestivas y oculares.

[6] Esta implica, entre otras cosas, vacunar y desparasitar a nuestros perros para evitar que se vuelvan posibles fuentes de contagio.

[7] Otras veces es el mismo dueño quien lleva a su perro a sacrificar. Más de la mitad de los sacrificios de perros en México son por voluntad de los dueños.