Clásicos de adolescencia: Mis adolescentes vergüenzas

Agosto 3, 2011 | Tags:

Muchos padres que han sobrevivido a tener que levantarse a las dos de la madrugada para alimentar a su hijo lactante, a las rabietas de cuando tenía dos años y a las protestas de hoy no quiero ir al colegio propias de la etapa escolar, se sienten amenazados por esa turba de emociones hormonales en contraposición total con el constante sueño neuronal de la adolescencia. Y no les falta razón. Sobrevivir a la adolescencia significa no haber quedado ciego con el galón de ron que costaba 8 pesos (el costo incluía 4 Pepsis); haber llegado a salvo a Mexicali de aventón, solo porque ahí vivía una chica de la que ahora no recuerdo ni su nombre; y, no perder la vida en el Estadio Olímpico de CU, una vez que se me ocurrió gritarle a la porra puma un gol rival.

Durante ese festival de necedades e idealismos, defender nuestras preferencias trascendía los límites estéticos para convertirse en estandarte moral y en comprobación de la perenne incomprensión de los adultos.

A los 15 años leí Demian de Hesse y me pareció que no solo era una obra maestra, sino que sintetizaba todas las verdades que yo buscaba. Si en ese entonces hubiera tenido correo electrónico, mi identificador hubiera sido Abraxas70. Años después, cuando me convertí en maestro de secundaria, evidentemente propuse como posible lectura para tercero, el libro que modificó mi adolescencia. Confié torpemente en mis recuerdos y lo programé. Justo antes del examen, volví a él y me topé con una obra que tenía todos los elementos para ser el libro que finalmente no es. Me sentí estafado, el talento narrativo estaba al servicio de un relato inverosímil. Como dice Vonnegut: “Es una búsqueda supuestamente metafísica que mezcla vuelos de águila, llantos y vahídos, con sensiblería de modista”. Aunque me pareció que se asemejaba más a un libro de superación personal (razón por la que no he querido leer otra vez Siddharta), no me dejé intimidar y pensé, de nuevo torpemente, que a mis alumnos les cambiaría la vida. Sin embargo, 15 años no pasan en vano, la velocidad de los cambios y Google favorecieron que los alumnos dieran la estocada final a mi vergüenza.

En el rango cinematográfico sucede lo mismo. Antes que nada debo confesar que, inmerso en el ánimo de demostrar que era yo bien diferente, desde los 12 años, con un grupo de amigos intelectuales –“intelectuales los burros”, dijo Unamuno–, nos enfrentamos al cine de Tarkovsky (cuando vi Solaris pensé que el mundo iba a acabar: la escena de la taza de café todavía aparece en mis pesadillas). Sentados en el piso de una sala del Museo Carrillo Gil sentimos que el tiempo se detenía frente al inmenso sol de la escena inicial de India Song de Marguerite Duras, y les creímos a aquellos críticos que al hablar de una película francesa o de Felipe Cazals, son incapaces de considerarla ligeramente mala. Además, arremetíamos contra el cine comercial como si fuera nuestro dinero el que había pagado esas películas, sin aceptar que nos entretenían. En ese ámbito, me convertí en fanático de una de las películas míticas del cine francés: Los paraguas de Cherburgo. El director, Jacques Demy, tejía alrededor de una historia convencional una serie de elementos peculiares: la película es completamente cantada (la música de Michel Legrand es inolvidable), la estética prevalece en tonos pastel y la presencia imborrable de Catherine Deneuve representaba una inspiración para cualquier adolescencia. Mi obsesión por esta película me llevó a verla 18 veces; a conocer Cherburgo, una ciudad portuaria y lluviosa del norte de Francia, cuya fealdad se destaca hasta en las tiendas de paraguas; a tratar de insertarla en el corazón de mis amigos y sobre todo, en el de mis amigas; y, a defenderla contra todos aquellos que quisieran mancillarla. Años después, ya imbuidos en el mundo del DVD, la conseguí y por supuesto la programé en un videoclub. Más allá de aceptar la artificialidad del canto y de los clichés del género, el ojo adolescente, enredado en las ilusiones de los amores imposibles, había pasado por alto algunos detalles. Los rombos metálicos de la valija que brillaba justo antes de tomar el tren, aquel que sepultaba a las figuras bajo el humo de la despedida, pero esencialmente, las paredes coloridas que servían de marco a la pareja subida en una banda eléctrica, para simular que flotaban por las nubes del amor, me apenaron un poco. Ese mismo día tuve que tragar las burlas de los asistentes ante mi paradigma cinematográfico. Aun así, debo confesar que en la soledad todavía me descubro tarareando la melodía principal y el rostro de Catherine Deneuve permanece como una de las pocas luces en una juventud confusa.

Rápido y doloroso. El disco que alimentaba mi lucha contra el imperialismo, escondido en mi casa de Chimalistac o en las aulas del Liceo Franco Mexicano, era uno en el que se reunían 24 himnos nacionales. En él, se destacaban el himno soviético, por supuesto, el alemán con la letra que ahora les avergüenza, ésa en la anuncian que están por encima de todos, el brasileño, el estadounidense (que por supuesto, no oía) y el mexicano. Se sabe que para ser buen mexicano, se debe aceptar que nuestro himno es el segundo más hermoso del planeta (si ya vamos a decir mentiras, ¿por qué no quedamos en primer lugar?). Lo confesaré: me sabía de memoria el himno soviético e incluso, me gustaba mucho. Estoy hablando de un ser que se sabía de memoria las canciones de Juguemos a cantar (me conmovió profundamente el triunfo moral, solo moral, de Juanito Farías) y las de Yuri. Juro que no compré un disco de Yuri, pero por razones oscuras, tal vez atribuibles al inconsciente colectivo, me las sé todas. Hace poco encontré mi disco de himnos de nuevo y lo volví a escuchar. Con temor descubrí que todavía vivían en mi memoria, aunque debo confesar que mi fervor patriotero ha desaparecido; ése sí, me avergonzaría un poco más.

"A los 15 años leí Demian de Hesse y me pareció que no solo era una obra maestra, sino que sintetizaba todas las verdades que yo buscaba."

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Comentarios (17)

Mostrando 17 comentarios.

Todavía no entiende a Hesse o nunca lo entendió..? suerte algún día...quizá.

Gracias por este articulo,lo disfrute plenamente.Recorde,mis visitas al cine de mi ciudad en donde pasaban peliculas italianas que no entendiamos ni jota,peliculas como 81/2 de Fellini,Blow up de Antonionni y otras tantas en donde actores como Marcello Mastronianni,Vittorio Gassman,Claudia Cardinale,Sophia Loren,Anita Eckberg, Anouk Aimee o Vanesa Redgrave tenian los roles principales y la incultura se demostraba, no asistiendo o no comentando dichas peliculas.Mmm que tiempos aquellos en que eramos grotescos, pero no lo sabiamos.Mis clasicos tambien fueron Herman Hesse y sus Lobo estepario y Damian,o aquellos libros esotericos:El tercer ojo de Lobsang Rampa o El retorno de los brujos de Bergier y Pauwells o los revolucionarios libros como Asi se templo el acero de Nicolai Ovstrovsky y el infaltable diario del Che Guevara.No me averguenzo,pero deberia,lo tomo con filosofia,eso si,si tuviera que recomendar una pelicula a mis hijos, o aun mejor, a mis nietos,tendria que verla previamente,ya me paso una vez,que recomende La fiesta inolvidable de Peter Sellers,como una pelicula comiquisima y durante la exhibicion,nadie esbozamos ni una ligera sonrisa.No puedo creer que en su estreno,casi me orino de risa.En fin.....

Soy muy fan de su prosa rechistosa mi estimadísimo dos veces profesor en instituciones distintas. Yo también he de confesar mi temor a releer los pilares literarios de mi adolescencia. ¿Diablo Guardián será la joya de la narrativa mexicana que yo creí (¿creo?) o será sólo un best seller? No pienso averiguarlo pronto. 

Me ha gustado bastante el artículo, pero no está de más comentar a los comentarios. Tengo 15 años bien cumplidos en enero de este mes,  formo parte de la generación de las redes sociales y no me parece el desperdicio que algunos comentarios aquí parecen denunciar. Creo que muchos de mis congeneres generacionales han usado las redes sociales de modo "poco productivo", sin embargo, son vínculos muy fuertes. Ahora, si quieres sentirte parte de algo no tienes que saber la Internacional Comunista y cantarla en tu universidad; puedes hacer un blog gratuitamente y comentar todo lo que te venga en gana.

Quizás nos avergonzaremos de varias cosas; haber subido fotos al facebook enseñando el ombligo con un piercing fosforecente  o haber cortado con el novio por mensaje instantaneo de msn... pero ninguna generación será más decadente que la otra, sólo diferente. Es infantil pensar que hay superioridad o que las nuevas generaciones somos cúmulos de banalidad.

 

 

Tengo 19 años y al leer su artículo me es inevitable pensar - con tristeza, debo reconocerlo- en la carencia de referentes que en su momento tendrá mi generación para expresarse de sus años de juventud.

 No tenemos conciencia de nuestra realidad, sólo de aquella ficticia  que las redes sociales nos dan oportunidad de construir. Me atrevo a decir que vamos por ahí  sin una ideología, sin nada que decir. Si bien no puedo generalizar, a veces me da por  pensar que somos una generación perdida.  

Tienes toda la razón Paola, pero tú al hacerte conciente de tu situación, al menos tú ya te salvaste del monton generacional.

Qué divertido! He podido ver sus ojos y casi el "arrepentimiento" por haber hablado. Es divertido porque supongo que a todos nos ha pasado igual con tantas cosas. A mi me sucedió, entre otras cosas, con la película de "Melody" y que pasé enamorada de Daniel muchos años. Me quedó el gusto enorme por Bee Gees solamente, traté de conseguir la pelicula por todos lados, con la sensación de que volvería a sentir exactamente igual. Finalmente el DVD, comprado por e-bay, llegaba directamente desde Australia, qué momento mas desagradable pasé, me reí tanto de mi, era increíble que ésa historia me hubiera marcado de tal manera. No sé si quise arrepentirme y regresarme el sentimiento de antes. Guardé el DVD y hasta ahora es que estoy contando la infeliz historia. Me suiguen gustando mucho Bee Gees y con eso sí me quedo.
Un saludo grande!

No entiendo, Luisa.  ¿Qué, exactamente, te avergüenza de Melody?  No es una joya de la cinematografía mundial, pero refleja un momento de la historia.  Bee Gees, OK, pero ¿qué me dices de Teach your children?  ¿Y la Inglaterra pre-Thatcher?  ¿Y las actuaciones rescatables (no todas)? Los placeres culposos lo son porque tienen cierto encanto, y es fútil que alguien que ya no se es reniegue de gustos que tuvo.

Pramedvaitea, leí El Guardián entre el Centeno. Obviamente por el asesinato de Lennon. Me pareció profundamente deprimente. Del mismo corte de las novelas de Charles Bukowsky. Después de terminar de leer el libro entendí por qué mataron a Lennon. Con una depresión como la que causa la novela cualquiera es capaz de matar. De milagro no se suicidó Chapman después de leer el libro o de matar a Lennon.

Me parece que logro percibir diferencias entre nuestras verguenzas adolescentes y las que serán las verguenzas adolescentes de nuestos hijos. En los 60's y 70's teníamos casi la obligación de ser "revolucionarios", estar por definición en contra del statu quo. Admirar al Che Guevara, Fidel Castro, Demetrio Vallejo y Mao; la musicalización de poemas de Paco Ibañez; las películas de Fellini, Buñuel y Louis Male aunque no les entendiéramos un carajo; llevar pelo largo, patillas y pantalones acampanados; leer a Hermann Hess, Nietzche y Camus aunque tampoco entendiéramos ni madre; atrevernos a decir sin empacho alguno que cualquier persona que hubiera leido Cien Años de Soledad podía haber escrito La Triste Historia de la Cándida Eréndira...... ¡¡¡¡Al Coronel Buendía le hubiera dado un infarto de oir tal pendejada!!!! A Carlos le da verguenza saberse las canciones de Yuri y de Juguemos a Cantar. ¡¡¡¡Yo me se la letra de canciones de Angélica María, Mayte Gaos, Rocío Durcal y The Monkees!!!!! Eso si da verguenza.

En fin, todos los aportantes podríamos escribir listas interminabes de verguenzas propias de nuestras adolescencias. ¿Y nuestros hijos? ¿La verguenza de haber perdido miserablemente el tiempo frente a una pantalla matando a los malos para acumular millones de puntos? ¿Jugar un mundial virtual siendo Messi o Maradona en vez de salir a jugar ya de jodido unas coladeritas? ¿Admirar a Carlos Slim porque era el hombre mas rico del mundo, sin importar cuánto nos sacó a cada uno de nuestros bolsillos para lograrlo? ¿Ser incapaces de sorprenderse con absolutamente nada porque todo parecía de lo mas normal? ¿Haber cancelado la comunicación verbal con sus semejantes porque era más fácil comunicarse con "mensajitos" telefónicos? Eso sí que me daría mucha verguenza.

Comparativamente, mis verguenzas se convierten en orgullo.

Qué será, que con los años perdemos la capacidad de asombro o más bien que ganamos la habilidad y la experiencia para tener un criterio diferente y crítico. Yo también tengo recuerdos geniales de Sinclair y Demian, de Bety, dela búsqueda de la paz y la pureza de Sidharta, tampoco los he vuelto a leer, y creo que no lo haré. la última vez que releí un libro fue el viejo y la mar, y ya no fue la mejor de mis experiencias.

Dejemos los recuerdos intocables, dejemos nuestras culpas de pubertos ahí guardadas, nada se comparan a las culpas de 15 años después.

También me ha pasado lo opuesto. Me regalaron un libro de cuentos de Andersen; mientras leía me acordaba de las frases que seguían y me sorprendí a mi misma admirada y atemorizada por cuentos que pensaba para niños.

Hesse sigue siendo uno de mis favoritos, apenas tengo veintidos años... nadie leyó "El guardian entre el centeno" de Sallinger o  "The bell jar" de Sylvia Plath?, esos son mis clásicos...

¡Ah, qué gusto leer esta entrada! Sentir piedad por esos pequeños/grandes duelos. Cuando algo se siente caduco, se va también una parte muy nuestra que depositamos en una película, un libro, una cara, una actitud.
Vivir años de enamoramiento, para descubrir que el perfecto amado escribe "zangre"; que el cantante de Depeche Mode canta igual que Miguel Bosé, que "Juan Salvador Gaviota" es como de cienciología. ¡Que no era la única en tantas cosas! Ni la más rebelde.

Todo lo que estuvo de moda se evaporó: esos close-ups rápidos como para apantallar, ¡qué ridículos se ven ahora!. Lo que no sólo fue moda permanece, triunfante, eterno. Las tomas como de videoclip, tan socorridas hoy, serán las carcajadas del futuro. Pero "La delgada línea roja" nunca morirá, como no han muerto "El tercer hombre", "Motín a bordo", ni "Amarcord" ni miles de otras joyas de generaciones anteriores, que hoy se pueden compartir sin que nadie se burle.

Lo saludo afectuosamente.

¡Ah, cómo disfruté tu artículo! Sin duda recordé la propia, recordé mi necedad por defender lo indefendible, q en aquel momento para mí era la verdad absoluta. Y q decir ahora q soy mamá de 3 adolescentes, ¡caray, cómo se mira uno en el espejo a través de ellos! ¡Se creen profetas! como alguna vez me creí yo misma. Al volver la vista atrás, me parece innegable la necesidad de pasar x esas "adolescentes vergüenzas". Gracias x llevarme artrás en el tiempo.

No es Pedrito Farias, es Juanito Farias

Muchas gracias, Humberto, por la corrección.

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