Uno o dos argumentos (nada pueriles) contra la SOPA y el ACTA y…* (primera parte)

Enero 30, 2012 | Tags:

1.

La mirada, primero, se desliza por una amplia habitación de alfombras persas tapizada hasta el techo con LPs. Parecen meticulosamente ordenados. Al fondo, otras habitaciones llenas de libros y discos y estantes empotrados de madera clara donde se acumulan videocasetes, una colección desbordante de películas que invaden todos los rincones y las mesitas bajas. El fantasma de la ópera. Películas de detectives, con Spillane a la cabeza. Todas las caricaturas de la Warner Bros. Godard. En el estudio, los libreros tienen una larga serie de gavetas. Ahí dentro: recortes de periódico, apuntes, fragmentos de libros, tarjetas con momentos musicales, partituras rayadas. La televisión está encendida a todo volumen. Y en el escritorio hay una computadora. Son los años noventa. Es el departamento de John Zorn, un  amante compulsivo de la cultura popular y la alta cultura, de la cultura a secas. Lleva décadas consumiendo música, devorando a Marguerite Duras, viendo (y escuchando) a Bugs Bunny, asistiendo a las funciones de media noche. Vive en el cuartel general del ruido de todo el planeta, el barrio peligroso de Manhattan, el East Village. Es músico. Más propiamente, un improvisador. Le gustan el saxofón y las bandas sonoras. En 1986, compuso Cobra, un collage sonoro, nómada, fragmentario y tan vertiginoso como el ruido ambiente de la ciudad en la que vive: suena el teléfono, una voz en japonés, distorsiones de guitarra eléctrica, trompetillas, un claxon, campanas, chirridos, ruido de máquina, algo que cae y se rompe en pedazos, glugluglu, motor de lancha, una melodía festiva, aplausos, booms, bips, trash, platillos y gongs... La música de Zorn está hecha de recolección y recortes. De influencias y apropiaciones. De copy paste. Es una música políglota y está rodeada de signos y referencias, como Nueva York o su propio departamento. Quien intente buscar en Cobra una melodía única, reconocible, será pasado por las armas. Y sin embargo, a lo lejos, como sucede al andar junto a una calle concurrida durante un paseo nocturno, se escucha la canción persistente de las grandes ciudades, encendida a todas horas. La música popular, la sinfonía entrecortada de la calle. Si se aguza el oído, es posible reconocer algunas tonaditas.

 

2.

John Zorn amaba a Mickey Mouse cuando era niño. En una entrevista, cuenta sin empacho que fue gracias a Fantasía que llegó a La consagración de la primavera de Stravinsky y a muchas otras cosas que lo definirían más tarde como un adolescente con un oído insaciable. Gastó buena parte de su dinero comprando discos en las pequeñas tiendas de música. Entre sus favoritos, se encuentra uno que le costó 95 centavos hecho de efectos especiales. Pagó y luego se puso a crear a partir de eso. Pero hoy su propia música, hecha de retacerías de múltiples fuentes, sería imposible (o jamás habría existido) si una ley como SOPA (Stop Online Piracy Act) hubiera sido puesta en práctica en Estados Unidos. Zorn, el bad boy de la escena musical neoyorkina, un genio saqueador que ha revigorizado nuestra cultura auditiva, heredero del espíritu provocador de las vanguardias, estaría bajo la mira de los tribunales junto conmigo y todas las tribus amantes de la música contemporánea para las que Zorn es una referencia de culto y cuya obra compartimos en Internet, subiendo sus documentales y videos, porque a veces simplemente no hay otro modo de acceder a su música, si no se tiene dinero para volar a Manhattan un fin de semana. En una entrevista, Zorn se lamentaba: “Lo que he estado observando es jodidamente deprimente. Veo enormes corporaciones actuando como traficantes de esclavos, como si esto fuera el regreso de los faraones. Veo la destrucción de lo que tú y yo amamos, las tiendas pequeñas de mamá y papá –gente que ama la música y ésa es la razón por la que poseen esas tiendas. Veo que todo eso ha sido reemplazado por Tower, HMV, todas esas grandes superficies. Y luego veo corporaciones gigantes que se juntan y se hacen aún más poderosas, como eso que ha pasado con Polygram y Universal. ¿Qué tendremos en otros cien años? Tendremos un mundo dirigido por una corporación. Todos los artistas firmarán por ese único sello y todo el que no lo haga será perseguido. Tendremos una inquisición, bueno, casi la tenemos ya ahora.”

 

3.

Tal vez Zorn no se equivocaba. Después de todo, la ley contra la piratería digital en Internet (junto con el progresivo endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual y derechos de autor que desde hace un par de décadas han ido tomando el control de la vida creativa y la cultura del mundo) tiene algo inquisitorial y ha sido impulsada fundamentalmentepor los creadores de su ídolo infantil, es decir, por Walt Disney y otras multinacionales del entertainment. Estas empresas han abrevado, como lo ha hecho el mismo Zorn, de la cultura popular y de obras de dominio público durante mucho tiempo (los cuentos de los hermanos Grimm, por ejemplo), pero luego han lucrado con ellas más allá de lo decente, extendiendo cada vez más su monopolio y sus ganancias, y persiguiendo sin piedad a cualquiera que osara perpetrar un collage con las orejas del ratoncito. Es sabido, que cada vez que Mickey Mouse estuvo a punto de convertirse en dominio público, la compañía concentró todos sus esfuerzos para que la ley se modificara y se extendiera la cobertura de los derechos de autor (la Copyright Term Extension Act de 1998 es conocida peyorativamente como la Mickey Mouse Protection Act). Lo que quiero decir aquí es que en general se ha puesto un énfasis excesivo en los abusos que pueden cometer algunos usuarios de Internet (como vender música que han descargado gratuitamente), pero ¿quién habla de los abusos de los conglomerados comerciales frente al patrimonio cultural? ¿En nombre de qué derecho, además del enriquecimiento excesivo, se atreven estas compañías a promover leyes que husmean en la vida privada de las personas y amenazan la neutralidad de la red, después de haber encarecido hasta en un 300 por ciento sus productos y haber lucrado con los cuentos y las melodías que en más de una ocasión también ellas descargaron gratuitamente de la tradición cultural sin devolverle nada a cambio? Gracias a Mickey, en estos momentos millones de canciones clásicas, de películas viejas y libros de autores fallecidos se mantienen bajo llave en las bóvedas de las corporaciones mediáticas, cuando podrían formar parte de la herencia cultural y circular libremente en Internet, como Cervantes. La tiranía del copyright sofoca la cultura. 

 

 

_________________________

* Se permite la copia, préstamo y reproducción de este ensayo siempre y cuando se haga sin fines de lucro, se incluya la fuente, el nombre de la autora y esta nota se mantenga, siguiendo la tradición del Creative Commons (un proyecto colectivo, fundado en 2001 por Lawrence Lessig, que ha desarrollado una serie de licencias alternativas al copyright que permiten a los autores decidir la manera en que su obra va a circular en Internet). 

(Imagen)

"La tiranía del copyright sofoca la cultura."

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Comentarios (7)

Mostrando 7 comentarios.

Trabajo en el mundo editorial, Sr Borges, sé lo que da para el autor de cada libro y disco vendido. Dígame usted, ¿qué queda para el artista cuando expolian su obra pirateándola? ¿Qué cree que prefiere, un 10% o un 0,0?

Cuando uno funda un negocio, tiene la libertad de dejárselo a sus herederos. A los autores se le niega ese derecho, así que la pretensión de que al menos se extienda unas pocas décadas más no me parece tan extemporánea.

También le diré que es una estupidez ver esto como una confrontación entre libertad Vs grandes corporaciones. Es Grandes corporaciones Vs. Grandes corporaciones.
Telefónica, Google, Amazon Vs Time Warner o Fox o Disney. Me quedo con las segundas ya que, al menos, permiten la subsistencia de los creadores.

Le diré lo que piensa la inmensa mayoría de los autores (excepto los que no viven de su trabajo, y les da igual):

"Alguien en Twitter comentó que la película ganadora, Pa negre, no estaba disponible para ser visionada de forma gratuita en ninguna de las webs especializadas en este tipo de servicio. Tirando el hilo de esa evidencia, y fatigando el buscador de google, llegué a la conclusión de que Cultura Libre podía muy bien traducirse como Cultura Famosa Libre o Cultura De moda Libre o Cultura Muy Popular libre. Esto quería decir que cualquier película del año en curso que encabezara la taquilla española -o que la fuera a encabezar- estaba enseguida on line, gratis; pero cientos de películas pequeñas, independientes o producidas en países sin una gran industria de promoción de su cine seguían siendo imposibles de ver si uno no acudía a la sala en la semana escasa que aguantaban en cartel -dado que, realmente, apenas iban a tener dos o tres mil espectadores en España-.
"Asimismo, las novelas que podían y pueden descargarse on line sin coste alguno son todas aquellas que o venden mucho o son profusamente citadas en los medios de comunicación; de la mayoría de las novelas, las que venden unos 800 ejemplares (repito, la mayoría) obviamente no va a encontrarse ninguna, porque nadie se va a molestar en escanear o tipear un libro que le es indiferente a la mayoría de los lectores de España.
"Esto deja, pensaba no hace mucho, la Cultura Libre en un remedo casi exacto de la Cultura Oficial, o del Ocio Oficial, de modo que si el Ocio Oficial nos propone o fuerza o machaca el cerebelo con la necesidad de consumir Torrente 4, la Cultura Libre nos dará Torrente 4, y si en el Ocio oficial la película La influencia, de Pedro Aguilera (que vimos, según datos del ministerio, o ex-ministerio, de Cultura 2.799 personas en España; Torrente 4 -por si alguien necesita verlo así de claro- tuvo 2.583.238 espectadores -yo no pude ir, sintiéndolo mucho-), decía, si La influencia pasa desapercibida para el Ocio Oficial, o la Cultura Oficial, o la Cultura Publicitada, pasará asimismo desapercibida para la Cultura Libre o las webs de películas gratuitas en internet, que, simplemente, no se molestarán en ofrecer esa película dentro de la oferta de Cultura Libre de sus webs.
Yo aquí, la verdad, no veo mucho avance." Alberto Olmos, Blog Hikkimori.
Luisgé Martín, publicada en El País: "En la mayoría de los comentarios que predican el nuevo Edén digital se huele el incienso de la España católica: ganar dinero es malo, es pecado; el editor, avaro, insaciable, no lee novelas, sino cuentas de resultados. Yo, en cambio, he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro. "Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama de Ikea convertido en un monstruoso bicho". ¿Es de eso de lo que hablamos? ¿O de que al cambiar de capítulo en Ana Karenina salteen la pantalla del e-book un banner con un anuncio de agencias matrimoniales? No sé si es que me he hecho demasiado viejo para entender los códigos morales de la post-postmodernidad -o lo que sea esto-, pero reconozco que me escandaliza ver el desparpajo con que se mezcla la ética de Fidel Castro con la de Esperanza Aguirre. Por un lado se sataniza al editor empresario y por otro se recomienda poner un anuncio de Coca-Cola en mitad de una novela para defender así la independencia autoral y la libertad del lector…

"El cine convencional y la literatura están listos de papeles. Pronto serán lujo de especialistas, de exquisitos, de frikis. […] Grave confusión: cultura libre de fácil acceso y cultura gratis. […] Dentro de pocos años, lo que no pase por esta pantalla que tengo enfrente no existirá. […] Es tan simple que aterra tener que explicarlo. Si un creador no gana para vivir, no creará. […] Y eso deque la cultura es de difícil acceso no se lo creen más que los demagogos y los cantamañanas. […] Bibliotecas, librerías de viejo, libros de bolsillo. E Internet, herramienta de cultura (y de incultura) formidable. […] En Occidente, salvo casos extremos y desgraciados, quien no se pasea por la cultura, según el nivel que le apetezca, es porque no quiere"." Arturo Pérez-Reverte.

Un cordial saludo.

Yo no creo que la crisis de la industria editorial sea causada por la piratería, estimado José. Me parece que es causada porque personas como usted pretenden hacer como si el internet no cambiara las cosas. En lugar de inovar y cambiar su modelo de negocios, en lugar de invertir más para llegar a más usuarios, deciden ignorar la realidad. Qué incómodo es el cambio, verdad?

Pues así es, y no hay nada que hacer: se transforman o desaparecen.

José Martínez Ros,

Es probable que el artículo le parezca vacío, porque no lo ha terminado de leer. Esta es la primera parte (apenas la introducción del argumento). Espere la segunda, que no debe tardar en publicarse, donde se responden algunas de sus dudas y objeciones. Me adelanto un poco, sin embargo, para aclarar que hacer una crítica a los excesos del copyright (es decir, el "derecho de copia" que no es lo mismo que los "derechos de autor", se trata de dos conceptos bien distintos) no es estar en contra del derecho que tenemos los autores a recibir un pago (generalmente ínfimo, por cierto) por nuestro trabajo. La pregunta sobre el dominio público (que ahora en México debe esperar ¡100 años! después de la muerte del autor) es ¿por qué los bisnietos y los tataranietos de Rulfo, por poner un ejemplo, deberán seguir cobrando regalías cuando su obra haría muchísimo más por la cultura (y por sí misma) circulando libremente una vez que el autor y sus hijos recibieron una legítima retribución por ella? En efecto, en sus orígenes ley de derechos de autor fue fundamental para proteger las obras y permitir una circulación más amplia y sana. Permitía un equilibrio entre los derechos del editor, el autor y los lectores (que también tienen derechos, por cierto). Pero ese equilibrio se ha perdido por completo y se ha convertido en eso que llamo la "tiranía del copyright", por el endurecimiento de las leyes impulsadas desde las grandes corporaciones del entretenimiento. Esas leyes no benefician de ningún modo a ni a los autores ni a los lectores ni a la cultura en general, sólo entorpecen su circulación llenándola de obstáculos.

En cuanto a las becas y esa frase "que se ganen la vida con su trabajo, es decir, escribiendo", me temo que es materia de todo un ensayo y una reflexión aparte, que no se puede lanzar arbitrariamente ni responder en un comentario. No es un tema menor y pienso sobre él con tanta frecuencia que escribí ya un largo ensayo al respecto (se trata, por si lo quiere buscar después, de "La jornada del escritor", que saldrá publicado en el libro Escritos para desocupados, en breve).

Ah, olvidaba una tercera opción: los que viven de becas estatales, en lugar de sus lectores, como la autora de este -tan poco inteligente y malintencionado- artículo. Personalmente, prefiero que los artistas, incluyendo los escritores, se ganen la vida con su trabajo, es decir, escribiendo.

Díganos dónde es poco inteligente y dónde mal intencionado, estimado José. Demuestre que quiere conversar.

¿Qué argumentos? Creo que nunca había leído en Letras Libres un artículo tan vacío y vergonzoso. Quizás la autora desconozca que han sido precisamente los derechos de autor los que han permitido la popularización de la cultura, al permitir a los autores llevar una existencia independiente, sin tener que depender del mecenazgo de los poderes fácticos. Quizás pretenda volver a la época en que sólo existía para unos pocos o que los escritores y músicos y cineastas se transformen en funcionarios del estado para poder sobrevivir (lo que sin duda vendrá muy bien para su independencia…) Realmente vergonzoso, insisto.

Que no tenga usted idea alguna sobre el tema, no hace al artículo vacío ni carente de argumentos, estimado José Martinez. El argumento principal, observable en el remate, es que las corporaciones dueñas de contenido hacen todo lo posible por extender las leyes de copyright mientras, al mismo tiempo, han construído sus contenidos de la cultura popular, que luego encadenan a su propiedad a través de esas mismas leyes.

Lea sobre el Mickey Mouse Protection Act y lea también sobre el espíritu de las leyes del derecho de copia: desde el inicio fueron concebidas para que el derecho quedara protegido durante la vida del autor. Le pregunto: cuantos años tienen de muertos TODOS los que crearon a Mickey Mouse? Porqué habrían de extenderse esas leyes sino para negar que quedaran bajo el dominio público?

Y, finalmente, le reto a decirme del "pastel" que representan las ventas de un disco o una marca de artistas, cuanto queda en manos de los artistas y productores y cuanto en manos de distribuidores que no agregan ningún valor, o comparativamente agregan muy poco, a una buena obra?

Bájese de su caballo percherón y discuta.

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