Las muertes de Don Giovanni

Enero 23, 2013 | Tags:

Al hablar de Don Giovanni, la ópera de Mozart, en O lo uno o lo otro, Kierkegaard nos dice que espera no “delatar en un rapto de lujuria verbal la impotencia del lenguaje” para describirla. Amante de la música y obsesionado con Mozart, Kierkegaard llega al grado de hacer múltiples referencias a Don Giovanni para representar la figura del seductor, de la “encarnación de lo carnal, o la animación de la carne por parte del espíritu propio de la carne”.  

La idea del singular rompecorazones, nos señala el filósofo danés, sólo puede provenir del cristianismo y de la Edad Media, cuando un individuo podía representar la totalidad de un aspecto del ser humano y, en contraste, existía también otro sujeto que representaba exactamente lo opuesto: el lego en comparación con el clérigo y el caballero junto al escolástico y en el caso del conquistador, quizá una especie de asceta o figura apolínea. Si bien Don Giovanni es el deseo vivo, lo cierto es que en cada representación también está condenado a morir en el escenario. El arquetípico personaje debe morir para que la historia tenga sentido y sobre esto es interesante prestar atención al hecho de que la opera buffa de Mozart comienza con la llegada de la estatua del Comendador, justo la que dará muerte al personaje principal.

Noble y acaudalado, Don Giovanni representa pecado y razón; su principal orgullo son las muchas conquistas que presume a Leporello, su criado. Nunca podemos saber con certeza si ha seducido o no a más de mil mujeres, lo que es un hecho es que intenta hacer de Anna, la hija del Comendador una de ellas. Don Giovanni mata al Comendador en el duelo por el honor de Anna. Al estar interesado no en todas las mujeres, Don Giovanni también intentará seducir a Zerlina, una mujer de baja condición social, en el día de la boda de ésta. Tras una serie de enredos Doña Anna y su prometido, Zerlina y su esposo y Doña Elvira, una anterior conquista de Don Giovanni, persiguen al personaje principal para enfrentarlo. 

Es durante esta correría que una voz sepulcral advierte a Don Giovanni del desafortunado destino que le espera: se trata de la estatua del primer acto. Los trombones de Mozart abren la tierra para permitir al Comendador obtener venganza más allá de las ataduras de la mortalidad. Daniel Barenboim ha teorizado que, pese a lo que pueda parecer, Mozart no escribió una gran aria para Don Giovanni porque es la manera en la que el compositor deja claro que todos los personajes alrededor de él no son “satélites atrapados en la órbita de un ser más grande” sino individuos con una vida interior, trastocados por la muerte del Comendador. Por ello, aunque algunos sienten que la ópera debe terminar cuando Don Giovanni lanza ese maravilloso grito y es llevado por los demonios a cumplir su condena, el epílogo continúa escenificándose para que los personajes puedan tener un cierre: éste es el fin que encuentran los que siguen el mal.

El aria final, "Ah! dov'è il perfido?" (¿En dónde está el pérfido?), bien puede dar un cierre a la obra: Leporello da cuenta de que Don Giovanni ya ha pagado por sus malas acciones, pero las pulsiones de los personajes siguen en el aire. Desde el punto de vista de un director, Barenboim resalta el hecho de que la composición de la música para el personaje de Elvira actúa todavía como un imán para Don Giovanni, y deja entrever que la relación no ha terminado. En cuanto a Octavio, interpreta la exhalación de la escena trece en el primer acto como una aceptación total de lo que pudiera haber pasado entre su prometida y el conquistador, es decir, que el contacto físico haya ido mucho más allá de donde ella admite y que, entonces, la búsqueda de venganza para su padre sea algo más que eso.

Mientras que en algunas producciones los condenados que arrastran y “laceran el alma” de Don Giovanni son visibles para la audiencia, lo cierto es que algunas veces debemos contentarnos con imaginarlos a través del coro y la habilidad de barítono para convencernos de lo que está viviendo. Afirma Barenboim que en Mozart, el uso de los trombones es raro: podemos encontrarlo en el Tuba Mirum del Réquiem y en la escena final entre Don Giovanni y el Comendador. Este sonido da la idea de un elemento divino y sobrenatural, de una justicia superior.

Hay pocas muertes tan prolíficas como las del Don Giovanni de Mozart. Kierkergaard hizo de esta figura una parte esencial de su filosofía, mientras que “Don Juan en el infierno”, uno de los actos de Hombre y superhombre: comedia y filosofía en cuatro actos, es lo que sucede después de la muerte de Don Giovanni de acuerdo con Bernard Shaw. Interpretaciones pobres al estilo Hollywood como Don Juan DeMarco son una muestra clara de lo fácil que es malinterpretar al personaje: Don Giovanni no puede amar a una sola mujer, porque él es deseo puro, y eso es justamente lo que no podemos entender y menos experimentar, desearlo y poseerlo todo.

Cada vez que Don Giovanni estrecha la mano del Comendador en una muestra de orgullo y coherencia, se cierra un pacto que no sólo asegura el triunfo del bien, sino que perpetúa la belleza. Nosotros sólo podemos mirar sentados, en el mismo estupor que Leporello, seguros de haber presenciado algo que va más allá de nuestro entendimiento, abrumados y a la vez maravillados.

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