Un espacio para adentrarse en los pormenores de la industria fílmica, explorar sus múltiples expresiones y descubrir resonancias con otras artes.
La última gran película de horror
Por Daniel Krauze

Hace poco, Guillermo del Toro declaró, en una entrevista con Craig Ferguson, que una de sus motivaciones para rodar At the mountains of madness, la descabellada historia de horror de H.P. Lovecraft, era volver a posicionar al género del terror dentro de la esfera del blockbuster costoso pero redituable. A partir de The Blair witch project, las cintas de horror se han visto relegadas a dos estratos: uno, el del sleeper hit: cintas de bajo presupuesto que empiezan su corrida en cines debajo del radar del público y, sorprendentemente, se convierten en un éxito (como Paranormal activity); y, dos, los refritos de viejas historias que fueron un hito en el género durante décadas pasadas (Nightmare on elm street, Friday the 13th, Halloween). El panorama lucía muy distinto en los setenta, cuando mega producciones como The exorcist, The omen y Jaws dominaban la taquilla.
No obstante, algunas cintas de terror con fastuosas producciones se llevaron a cabo en los noventa: adaptaciones de las más grandes novelas de terror como la fallida Mary Shelley´s Frankenstein de Kenneth Branagh y Bram Stoker´s Dracula, quizás el último éxito rotundo del género que dispuso de un presupuesto digno de una cinta de Spielberg.
A diferencia de la versión de Tod Browning de 1931 y aquella de John Badham en 1979, la cinta de Coppola no basa su historia en la adaptación teatral que John Balderston y Hamilton Deane hicieran de la novela de Stoker en 1924. El guión de James V. Hart regresa a la fuente original, nutre a la historia de contexto histórico (diciendo lo que en la novela sólo se intuye) e introduce un elemento novedoso: el romance entre Drácula y Mina como pivote narrativo. Por lo tanto, a diferencia de la versión de Browning y del Nosferatu de Murnau y Herzog, la cinta no empieza con Renfield o Harker alistándose para emprender el viaje rumbo a Transilvania sino que regresa 400 años en el tiempo para detallar la génesis del personaje principal. El Drácula de Coppola es un príncipe rumano que defiende a su tierra del ataque de los turcos. Al regresar a su castillo después de la batalla descubre que su esposa, Elisabeta, ha muerto. Herido, el príncipe pierde la razón, renuncia a Dios, clava su espada en el centro de una cruz y se convierte en un ser inmortal (pero igual de miserable que el vampiro de Herzog).
A pesar de contar con un presupuesto jugoso y de estar dirigida por uno de los maestros del cine moderno, la cinta de Coppola no carece de bemoles. Winona Ryder jamás parece habitar el papel de Mina con comodidad, mientras que Keanu Reeves, como Jonathan Harker, se gana el dudoso honor de tener el acento británico más ridículo del séptimo arte. Es cierto, también, que el romance entre Mina y Drácula tarda en despegar y rara vez conecta con la audiencia. El hilo narrativo de esta trama nunca deja de sentirse forzado, y Ryder y Gary Oldman, como Drácula, no tienen la suficiente química para hacernos olvidar sus muchos huecos inexplicables.
No obstante, Bram Stoker´s Dracula luce por la valentía de su estética y la belleza de su conceptualización. Coppola quiso deshacerse de las capas y los ajustados smokings, de los pasillos repletos de telarañas y la cansadísima textura de un Transilvania que el mundo entero conocía, hasta aquellos que jamás se habían sentado a ver la versión de Browning, Terrence Fisher o la obra de Balderston y Deane. La versión de 1992 no sólo renovó la historia de Stoker: la reinterpretó visualmente, convirtiéndola en un coctel barroco y exquisito en sus numerosos excesos.
Primero en la lista está el diseño de vestuario de Eiko Ishioka, que le valió un Óscar.

Desde la majestuosa armadura que imita la musculatura del cuerpo humano hasta la túnica basada en los cuadros de Gustav Klimt, los trajes y vestidos de Ishioka son, como el propio Coppola explica en el “detrás de cámaras”, los verdaderos protagonistas estéticos de la historia, por arriba de los sets. El maquillaje, también ganador de un Óscar, es un prodigio. A lo largo de la cinta, el equipo de Coppola transforma el rostro y el cuerpo de Oldman, convirtiéndolo en un lobo, un murciélago, un anciano demacrado y, el más memorable de todos (al grado de que fue parodiado en The Simpsons), el Drácula viejo que recibe a Jonathan Harker:una criatura marchita y andrógina, extrañamente atemporal y vigorosa, que transmite nítidamente la naturaleza del personaje que representa: un monstruo azotado por el tiempo pero inmune a la muerte (a fin de cuentas: hermana gemela del reloj).


Hay que reconocer, también, las agallas de Coppola, quien se negó a utilizar efectos visuales por computadora en aras de crear un universo que, a pesar de carecer de locaciones auténticas y exteriores, se siente habitado y fantástico, pero verosímil. Salvo por un par de escenas en las que aparece una cortina de llamas azules, la mayoría de los efectos de Bram Stoker´s Dracula fueron orquestados in situ, a través de procesos genuinamente complejos que requirieron que Roman Coppola, hijo del director y encargado de esta tarea, usara recursos tan variados como crear copias gigantes de props (el diario en el que Harker escribe en el tren), utilizar el mismo negativo, volteándolo (las ratas que caminan suspendidas en el techo) y usar espejos que realmente son huecos en la pared, como en esta secuencia.
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