El cine en prisión

Hace algunos meses, un amigo me sugiere leer un artículo. La recomendación tiene un sentido de urgencia y al leer el título me doy cuenta por qué: Dangerous Worlds: Teaching Film in Prison. En él, la activista Ann Snitow recoge in extenso un caso del que no había precedentes. Un caso real que tiene todos los ingredientes del melodrama carcelario más conmovedor.

Ann Snitow es profesora de literatura y una gran aficionada al cine. Para ella, las películas, buenas o malas, son una válvula de escape y un instrumento para ejercitar una postura crítica del mundo. En la cómoda seguridad de las aulas universitarias del New School, Ann y sus estudiantes ven películas para reflexionar sobre la evolución de una sociedad cambiante. Un día, Snitow decide no solo replicar esa experiencia didáctica en otro ambiente más desafiante, sino compartir esta genuina pasión por el cine con quienes también ansían escapar de su realidad, aunque sea por unas horas: los internos de la prisión Arthur Kill en Nueva York.

Ann, defensora de la causa feminista, homosexual, lésbica y afroamericana, combina su vocación docente con un activismo que la lleva a fundar los grupos New York Radical Feminist, el Feminist Anti-Censorship Task Force y el Network of East-West Women. Además es autora de los libros The Feminist Memoir Project: Voices from Women’s Liberation y Powers of Desire: The Politics of Sexuality. Ann Snitow sabe bien lo que es enfrentarse a la adversidad. Y de la simple decisión de ingresar en la prisión de Arthur Kill comienzan a surgir las fuerzas antagónicas que ya le aguardan: más de novecientos reclusos y un sistema penitenciario deteriorado.

La profesora titula su curso Express Yourself, y contempla tres ejes temáticos: la niñez, el hombre y la mujer. El propósito de la asignatura trasciende el placer estético de ver una película y está enfocado en explorar la vida interior de los presos a la luz de la profundidad temática manifestada en las cintas. La selección de las películas que Ann propone es examinada de forma rigurosa por las autoridades de la prisión. Las condiciones que imponen sobre el contenido de los filmes son claras: poca violencia y poco sexo. Estímulos de esa naturaleza en individuos condenados al encierro por crímenes asociados con homicidios y violaciones pueden ser contraproducentes para la integridad de los internos, de los carceleros y de la titular del curso. Ann Snitow se sorprende de la enorme cantidad de buenas películas que estos criterios eliminan. Además, las películas extranjeras también quedan fuera (solo Spirited Away sobrevive). Las habilidades de lectura de los internos son desiguales y la aparición de los subtítulos dificultaría el proceso enseñanza-aprendizaje. Con todo, Ann logra armar una batería de películas interesante en la que están incluidas varios documentales.

Para ingresar a la cárcel, Snitow es despojada de todos los artículos que pueden ser utilizados por los prisioneros para escapar: el espejito de belleza de su bolso, la tarjeta del transporte público, la goma de mascar, el lápiz labial, su teléfono celular, las horquillas para el cabello, los clips, su bolsa con correa, las píldoras. La mujer atraviesa el detector de metales. En su mano se aplica una tinta invisible y, de manera insistente, le exponen las indicaciones que debe observar con riguroso escrutinio si desea impartir su materia: evitar tocar a los internos, no usar ropa provocativa, vestir con colores opacos y abstenerse de usar playeras con leyendas que expresen mensajes de cualquier índole. Es en ese instante que Ann se da cuenta por primera vez que está en una prisión, y que el propósito de esta es generar una constante sensación de incomodidad con base en pequeñas reglas diseñadas para confinar los movimientos del cuerpo y la mente de quienes las pueblan. La mínima provocación, la más insignificante excitación, puede costar vidas.

El aula es deprimente. El equipo, anticuado. A Snitow no se le permite oscurecer la pieza ni modificar la disposición de las sillas para que los internos disfruten las proyecciones de las películas. Es entonces que Ann conoce a sus nuevos alumnos: once hombres afroamericanos y un hispano entre treinta y cincuenta años de edad. El momento es aterrador para Snitow. El hispano es agresivo y el resto se mantiene en un silencio no menos hostil. Luego se dirigen a ella en un tono que encierra una innegable connotación racista. La profesora, insegura sobre la voz que debe adoptar para dirigirse a los reclusos, opta por ser quien es: la activista decidida, pasional y retórica. Crooklyn, la nostálgica película de Spike Lee, es la cinta que abre el curso.

Muhammad Ali: When We Were Kings, My Son the Fanatic, In the Valley of Elah, The Hurt Locker, The Times of Harvey Milk, Thelma and Louise, Speak out: I Had an Abortion, Pray The Devil Back to Hell, son algunos de los filmes y documentales que Ann Snitow y los internos ven en sesiones de tres horas y media a la semana durante meses. El racismo, la globalización, la guerra, el imperialismo, la migración, el aborto, la infancia, la homosexualidad (Brokeback Mountain es censurada por los directivos del penal), el machismo y el movimiento feminista, son los temas que los reos discuten, polemizan, que revelan sus prejuicios, sus frustraciones, y que los confronta con la humillación sistematizada de la penitenciaría, con la vergüenza de estar preso, con la envidia hacia los amigos que desarrollan sus vidas afuera. El análisis crítico descubre en ellos una intensa motivación que ya no pueden ocultar: ser hombres libres...

La experiencia de Ann Snitow con los reos de Arthur Kill es una historia sobre la condición humana y sobre el poder del cine: un medio que lejos de ofrecernos una vía para escapar de la realidad, nos comunica con ella, nos lleva a su encuentro.

Express Yourself es cancelado por no recibir más apoyo del New School. Y poco tiempo después, la prisión es cerrada por órdenes del gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo.

*La revista Dissent publica el artículo de Ann Snitow en 2011. 

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