Tragos y cine: recortes para una historia (2)

Diciembre 17, 2012 | Tags:

 

La borrachera

Cuando un director quiere mostrar una borrachera individual enfrenta, al menos, tres opciones: 1) intoxicar al espectador, 2) distanciarlo, 3) encontrar un punto medio entre lo subjetivo y lo objetivo. (La borrachera colectiva, que va de los cautionary films del Código Hays a las grandes fiestas rebecas de los cincuenta a los documentales roqueros de los setenta a la tradición de la película universitaria de los ochenta a la inquietante Éste es mi reino de Carlos Reygadas, no cabe en este post.) Para intoxicar al espectador los directores han recurrido a todo tipo de trucos. Un clásico es la body-cam, esa cámara montada en un arnés que se ata al actor y que por tanto lo sigue en cada uno de sus movimientos. Martin Scorsese, gran subjetivador, inauguró su uso ebrio en esta escena de Calles peligrosas (1973), con Charlie hasta la madre sobre ‘Rubber biscuit’ de The Chips:

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Hay trucos como la cámara subjetiva que se vuelve borrosa en el centro o que se esfuma en las orillas, el foco que se aleja de súbito, las cortinillas ondulantes, los objetivos distorsionados o que se multiplican por dos, por tres, por siete:

Pero ninguno tan popular para esta forma de expresionismo/impresionismo (“presionismo”) como la secuencia de montaje. Su antigüedad es venerable: ya en So this is Paris (1926) de Lubitsch hay un fiestón de aquéllos apresurado por un montaje febril. (Al principio de Prohibition II: A nation of scofflaws de Ken Burns, 2011, hay la reproducción de una montage sequence que muy probablemente es anterior a 1926 y se parece más al montaje beodo como lo conocemos ahora, pero no he podido saber a qué película pertenece.) Lo normal es que incluya sobreimposiciones de copas, anuncios de neón, rostros burlones, alucinaciones y alguna toma del ebrio protagonista. El más enajenado de todos debe ser el que Fritz Lang creó con la perversa ayuda de Salvador Dalí para Moontide (1942). Hay que acercarse a él con máxima precaución:

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De los cuarenta son también el montaje de la eriza de Días sin huella (1945) de Billy Wilder y aquel de los delirios del buen borracho Martin Blair en El ángel negro (1946). Para los ochenta la drunk montage sequence ya era materia prima para la parodia. En los noventa Los Simpson, que a la hora de refreír lugares comunes no tenían par, propusieron al menos dos montajes del tipo: el del viaje de azúcar de Bart y Millhouse y el de la “borrachera más grande de la historia” (“the bender to end all benders”) de Krusty en The last temptation of Krust (T9E15); los Coen, en ese catálogo de set-pieces que es El apoderado de Hudsucker (1994),tienen una que incluye la voz acusadora del presidente Eisenhower… Y así.

Del otro lado del callejón están los directores que optan por la distancia. Suelen hacerlo con el fin de volver chistosos, ridículos, dolorosos, patéticos, entrañables o encantadores, a sus borrachos. Lionel Rogosin, en su “semi-documental” sobre la vida teporocha en la peor calle de Nueva York, On the Bowery (1957), parece no querer más que frialdad. Nadie se conmueva: esto es la vida. (“Alcoholism has never been captured with a more unflinching eye than in Rogosin’s semi-documentary”, he leído por ahí.) Las borracheras del Falstaff de Orson Welles en Campanas de medianoche (1965) podrían ser el ejemplo de la entrañabilidad: el gran briago humilde y altivo y sabio y alegre y triste y verbal. También es entrañable la borrachera de inexpertos del chaparro ET acompañado, telepáticamente, por su amigo Elliot. WC Fields como Egbert Sousè en The bank dick (1940), y con otros nombres en muchas otras películas, llega a ser divertido por intratable, por burlón y por su capacidad de beber sin límite y sin perder demasiado el estilo. Las pedas de Nick Charles y su esposa Nora, acompañados de la terrier Asta en la serie del Hombre Delgado (basada en Hammett: 1934-1947), son encantadoras por su sofisticación y su elegancia juguetona.

En el grupo de las vergüenzas ajenas, si no recuerdo mal, Juan Aguirre puede hacernos bajar la mirada durante la penosa briaga tequilera bajo la ventana de su ex en Desiertos mares (1995) de José Luis García Agraz, pero eso no es nada ante las casi insoportables escenas del robo en el bar de Días sin huella, de la destrucción del invernadero en Días de vino y rosas, del casino en Adiós a Las Vegas (1995), de la llegada a casa de Tony Soprano –vista desde una distancia literal de un piso–, tarde y tierno, con el corazón vuelto un pedazo de culpa y la culpa hecha un revoltijo de mierda, bajo dos miradas: la comprensiva de Carmela y la indecisa de Meadow en Boca (T1E10): “I didn’t hurt nobody…” Además, claro, del patetismo extremo, autodestructivo, de Mary (interpretada sobrenaturalmente por Lesley Manville) en más de una secuencia de Toda una vida (2010) de Mike Leigh, quien consigue filmar el descenso de su personaje with an unflinching eye. (Ver también la borrachera instantánea y larguísima de Calamity Jane que comienza con el asesinato de Wild Bill Hickok por el cobarde Jack McCall en Deadwood, T1E04. Ésa duele, duele muchísimo.)

Y a mitad del camino entre los dos puntos está ese regalo para el espectador: las secuencias en que participamos subjetivamente de la borrachera mientras vemos al borracho, desde cierta distancia, hundirse o elevarse en su embriaguez. Es lo mejor y lo más peligroso de ambos mundos. Tal vez los ejemplos más nítidos de esto pueda proveerlos el delírium tremens. Un director que conozca el morbo de su público querrá ponerle enfrente los monstruos que produce el sueño de la razón pero sabrá, al mismo tiempo, que no debe permitirle perderse en ese sueño. Este punto medio puede dar como resultado lo encantador y lo horroroso. La fauna danzante del elefante mirruñita Dumbo (que parece producida por un licuado de ron, LSD y mescalina) y la fauna aborrecible del delirio de Don Birnam en Días sin huella son, hasta ahora, los dos extremos de esa imaginación. Miren:

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(Hay una muy temprana escena de delírium tremens en la versión de 1909 de Ten nights in a barroom, una película que sirvió como propaganda para el Temperance Movement que culminaría con la Prohibición. En ella, tristemente, no vemos los delirios, sólo el delirante:

La historia, que se había filmado también en 1897 y 1901, está basada en el ‘temperance volume’ Ten nights in a bar-room, and what I saw there de 1854 [pdf] e iba a rehacerse al menos un par de veces. La versión de 1931 puede verse aquí.)

 

La cruda

Verdad que no huelga repetir: la magnitud de la cruda depende del tamaño del error cometido en la borrachera (o sea, del borrachazo.) El error más pequeño, el insignificante error que se cura al otro día, es la propia borrachera. Su cruda es una incomodidad física y poco más. Ya que su interés suele ser limitado, los directores lo retratan poco, y lo hacen con un stock de imágenes: el crudo en cama o en sofá, con los ojos entrecerrados y la voz resbaladiza; a veces abren la escena con un gran madrazo de luz de sol, a veces incluyen un ángulo oblicuo o una imagen que entra en foco indecisamente. Éste es un ejemplo que vale mencionar: la cruda de Alicia Huberman en Tuyo es mi corazón (1946) de Hitchcock:

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"En personas sensibles, la cruda moral puede ser el gran antídoto contra el alcohol"

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Comentarios (5)

Mostrando 5 comentarios.

No olvidar la escena chingona de Shining en la  que Jack Nicholson llega al bar del hotel por un trago 

GENIAL !!!!

http://www.youtube.com/watch?v=OwQx18za_7I

 

¿No cabría también la escena de la borrachera en El último de los hombres de Murnau?

claro.

si tienes un link al video, se te agradecerá.

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