Tragos y cine: recortes para una historia (1)

Diciembre 12, 2012 | Tags:

Necesito un trago

Ernie, el taxista, necesita un trago porque ve un ángel desaparecer en el mundo alternativo y parcialmente horrible de George Bailey, el protagonista de Qué bello es vivir (1946). Tom Reagan se acerca a la puerta de Verna, la difícil mujer que puede o no ser su amante, y ésta sólo le permite entrar cuando él ha dicho estas palabras: I need a drink. (Respuesta: Why didn’t you say so?) Es la cruda que lo está matando en De paseo a la muerte (1990):

En el caso del paramédico Frank Pierce son “las voces”, los gritos de los muertos que él no ha podido salvar, las que lo están matando. ¿La cura? I just need a drink. La película es Vidas al límite (1999). La poeta Sylvia Plath usa la frase para picar a las mujeres que la rodean y se maravillan, ridículamente, de su acento en Sylvia (2003). ¿Y cuántas veces los detectives McNulty o Bunk Moreland dijeron necesitar un trago en las cinco temporadas de The Wire (2002-2008)? No lo sé: la lucha contra el crimen en Baltimore puede destruirle a cualquiera la resistencia al alcohol. Qué más da: por estrés, por dicha, por cruda, por soledad, por compañía, por puro lugar común volvemos y volvemos a esta frase:

Y una vez reconocida y enunciada esa necesidad podemos pasar a alzar la copa.

El brindis

Son raros, pero hay brindis plenos de sabiduría como aquel de Homero J. Simpson en Homero contra la Prohibición (temporada 10, 4F15, 1997): “Por el alcohol, la causa y la solución de todos los problemas de la vida.” Hay brindis excepcionalmente cínicos como el de ese gran ególatra, Charles Foster Kane, la noche en que ha perdido las elecciones: “Salud por el amor… en mis propios términos”:

 

Hay brindis divertidos o supuestamente divertidos o incómodos en bodas, todo un subgénero del cine hollywoodense –y de Friends–; por ejemplo: el desagradable intercambio en la boda del fin del mundo de Melancolía (2011). Hay brindis que son pura presión, como el del millonario Rex Henning en apoyo al “ticket” vicepresidente Walden-congressman Brody, dos terribles hipócritas, en Homeland (T2E07), o el brindis/rito iniciático conocido como ‘One of us’ en Fenómenos de Tod Browning (1932), cuya presión crece, crece, crece hasta que estalla en histeria:

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Y hay brindis que son pura liberación, como el último de Pussy Bonpensiero con sus antiguos amigos Tony Soprano, Paulie Gualtieri y Silvio Dante. (The Sopranos, T2E13.) Pussy ha estado informando al FBI algunas actividades ilegales de sus compañeros (“Bullshit, nothing, disinformation”, dice Pussy inútilmente; luego, bajo presión: “Little things!”), y esta mañana morirá, en el yate de Tony, a manos de ellos. Mientras tanto, Frank Sinatra canta como si estuviera en otro yate:

Baubles, bangles, hear how they jing, jinga-linga

Baubles, bangles, bright shiny beads

Sparkles, spangles, your heart will sing, singa-linga

Wearin' baubles, bangles and beads

Pussy pide un tequila y miente un poco sobre mujeres. Su brindis es un ejercicio de falsa hombría cunnilingüística y una petición: En la cara no. Hasta nunca, Puss, fuiste como un hermano para nosotros:

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También hay grandes brindis cargados de presagios. Cuando volvemos a ellos resultan anuncios de los desastres por venir. Pensemos en el principio de Mala mujer (1946), la misántropa película de Fritz Lang. Ahí se brinda por las bodas de plata de Chris Cross, máximo godín, con el banco que lo emplea: veinticinco años sentado ante su caja, repartiendo sellos y pequeños sobres con dinero en efectivo. Su jefe le regala un reloj de oro atribulado de diamantes, le da puros, champaña; los compañeros alzan su copa por la salud de este hombre que intuye, en el fondo, que no se brinda aquí por un logro sino por una vida funeral cuyo único sentido es la repetición monocromática. Minutos después del brindis, Chris conoce a la prostituta Kitty March, y ésta se encandila no con él sino con su reloj brillante y su traje de etiqueta (rentado, suponemos), y con la capacidad que Chris tiene de falsear la realidad e imaginarse dueño de una vida de dinero y champaña que no le pertenece. En unos meses todos estarán muertos o locos. Moraleja: no mientas por convivir.

 

Otro brindis funesto: el de Joe Clay y Kirsten Arnesen en Días de vino y rosas (1962) de Blake Edwards. Es su cita inaugural. Joe es un pobre diablo venido a más, un fiestero pesimista convertido en padrote (o RP, como los llaman ahora); Kirsten es ingenua, sobria, optimista. Ambos miran el agua de la bahía de San Francisco. La noche se ha pasado tan rápido que Kirsten recuerda el viejo tópico del ‘Coge, doncella, las purpúreas rosas’. Joe da un último trago y con estas palabras deja caer su anforita al agua: I commend thee to the deep. Un como poema amargo flota en el ambiente. Kirsten entonces recita estos versos:

They are not long, the days of wine and roses:

Out of a misty dream

Our path emerges for a while, then closes

Within a dream:

son breves estos días de vino y rosas: el camino se abre entre un sueño y una niebla, después se cierra en otro sueño. (Entre paréntesis: esos versos y su vino y sus rosas y el tiempo que se va recuerdan los brindis en rubáiyát del persa Omar Khayyám, como este, traducido famosamente por Edward FitzGerald:

While the Rose blows along the River Brink,

With old Khayyam and Ruby Vintage drink:

     And when the Angel with his darker Draught

Draws up to Thee –take that, and do not shrink.

Fin del paréntesis.) Si se le ve por segunda o tercera vez, el poético brindis de Kirsten ya entraña su abyección alcohólica, aguardentosa, hundida, cogiendo quién sabe con quién: asir el día porque mañana lo habré olvidado. El brindis de Joe, Te encomiendo al abismo, retumba en sus centros todo el resto de la película.

 

Hay brindis que además de ser funestos llegan apesadumbrados por una enorme carga: apuntan al futuro y alivian o comentan el pasado. Es el caso del brindis en la azotea entre los criminales Stringer Bell y Avon Barksdale. (The Wire, T3E11.) Han sido amigos y colegas durante años, pero ambos han decidido que la ciudad “es demasiado pequeña para los dos”. Su brindis es largo: recuerdan la juventud, ponderan el presente –cómo esa alfombra de luces que es Baltimore a sus pies casi les pertenece–, consideran a sus enemigos –el capo arribista Marlo– y después alzan la copa. Stringer Bell y Avon representan dos formas de ver la vida criminal: éste es el impulso, el arrebato; aquél es el estudio, la académica paciencia. “Necesitas relajarte, carnal”, considera Avon, mirando al horizonte, cuando la tensión sube. Stringer lo escruta en silencio. Avon agrega: “Es trabajo, nada más.” En la distancia suena un barco que parte acaso, como un aviso del futuro que se está yendo. Avon da el trago. Us, motherfucker, dice y extiende un puño. Us, man, culmina Stringer Bell, y se abrazan. Dos veces. Luego Stringer sale de cuadro. Sobre el close shot de Avon la cámara viaja lateralmente y vuelve a sonar la pitada de un barco: todo está pasando siempre, todo se va, inasible. Pronto Stringer estará muerto y Avon, vendido por su viejo compañero, en la cárcel.

"Y una vez reconocida y enunciada esa necesidad podemos pasar a alzar la copa."

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