Blog de la redacción

25 de Junio


Categorías: Deportes

Isner y Mahut: los zombis del tenis


Mientras todo el mundo veía un Jabulani yo veía una pelotita amarilla. Y no es que no me interese el futbol. No soy de esas personas que se ponen a llorar cuando empieza un Mundial, lamentando de antemano que las conversaciones vayan a ser monopolizadas por Landon Donovan, Javier Aguirre y Elano. Pero lo que ocurrió ayer en Wimbledon, en la cancha 18, entre un francés ranqueado arriba del número cien y un norteamericano al que conocen en su casa, ameritaba abandonar el mundial.

A lo largo de tres días, Nicolas Mahut y John Isner protagonizaron lo que será recordado como la batalla deportiva más larga de toda la historia: 183 juegos, 980 puntos, más de 200 saques ases entre los dos y 11 horas con 5 minutos de juego. La batalla entre el francés y el norteamericano batió un número sin precedentes de récords mundiales en el tenis, incluyendo, por supuesto, el del partido más largo de la historia: solamente el quinto set duró más tiempo que el anterior encuentro más duradero. Como bien explicaron en ESPN, la batalla titánica se debió –en cierta medida- a los talentos inversos de los jugadores. Isner –una mole de más de dos metros de altura- cuenta con un servicio potentísimo, pero es lento sobre el césped y su fuerte no son las devoluciones. Por su parte, Mahut –delgado y ágil- tiene un saque mediocre, pero es capaz de alcanzar cualquier pelota que caiga sobre su rectángulo.

Ayer sintonicé el partido cuando estaban empatados en treintaitantos juegos en el quinto set. Ambos jugadores se veían, por supuesto, agotadísimos. Isner, en particular, parecía estar a un sprint de la deshidratación. Mahut parecía estar molesto con su contrincante: con cada saque daba la impresión de implorarle que se rindiera de una vez por todas. Sin embargo, ninguno de los dos alentó el paso, aligeró la fuerza en sus saques o el ímpetu sobre el césped. Verlos jugar fue estar en presencia del mayor despliegue de estamina deportiva en la historia de este o cualquier otro deporte.

Para los interesados en el tema, recomiendo la crónica en vivo de The Guardian: ácida, llena de hallazgos cómicos que sólo una publicación británica puede encontrar.

- Román Cabeza

24 de Junio


Categorías: Perfiles, Opinión, Literatura

Monsiváis después de Monsiváis

1. Uno de los lamentos más repetidos estos días es: devorado por la prisa y la celebridad, no dejó una obra sólida, ordenada. Otro, no menos popular, advierte: su trabajo está tan disperso, sus textos son tan dispares y a veces tan coyunturales, que no será fácil organizar sus Obras Completas. Pero, seriamente, ¿es eso motivo para lamentarse? En vida Carlos Monsiváis no necesitó ordenar sus escritos en un corpus coherente y unitario para construir una de las obras más destacadas de la cultura mexicana; ¿por qué habría de necesitarlo en la muerte? En vez de concentrar sus dardos en un solo sitio, prefirió no tener centro y diseminarse en textos marginales, lo mismo ensayos sobre poesía mexicana que crónicas sobre la ciudad de México, estampas de estrellitas pasajeras o notas periodísticas sobre esta o aquella minucia. ¿Para qué traicionarlo entonces y atar todo en unos tomos gruesos e inmanejables? ¿No sería mejor librarlo del trato reservado a los Grandes Autores Nacionales y dejar que su obra se conserve y propague a través de, digamos, antologías sesgadas e inventivas?

2. No vale la pena hacerse ilusiones: ni siquiera el trabajo más meticuloso logrará reunir la mayor parte de la obra de Monsiváis. Sencillamente no hay manera porque más o menos la mitad de su legado es intangible. Es decir: tan importantes y distintivos como sus escritos fueron sus gestos, ese personaje –a veces entrañable, a veces irritante– que se inventó en la década de los sesenta y que interpretó hasta sus últimos días. La melena alborotada, los lentes protagónicos, las deliberadas fachas, pero también: el humor, el habla, su omnipresencia. ¿Cómo recoger todo ello, y además con qué sentido? La figura de Monsiváis no necesitará de académicos ni de críticos ni de antologadores para permanecer vigente en el imaginario colectivo; ya él mismo se encargó de traspasar la membrana que separa a los intelectuales del público masivo y de introducir su propia caricatura en la lotería mexicana.

3. Algo dijo alguien, tal vez Borges, sobre esos autores que consiguen sobrevivir no tanto por su obra sino por un cierto tono, por un peculiar acento que legan. Casi se puede asegurar que ese será el feliz destino de Monsiváis: cuando sus escritos sean pasto de historiadores literarios y de otros escasos lectores, él seguirá persistiendo como un recurso retórico.

4. Debray: debrayar. Cantinflas: cantinflear. Monsiváis: ¿monsivear? Si Monsiváis no terminó por volverse un verbo, no fue culpa suya –lo suficiente hizo para publicitar su fraseo– sino de nuestra pobre recepción.

5. Que era confuso. Que era caótico. Que su obra no cumplía con los criterios clásicos de mesura y claridad. ¿Hay que decir que ninguno de estos argumentos abolla gravemente la obra de Monsiváis? Más bien por el contrario: apuntan hacia una de sus mayores virtudes –el vital desorden de su prosa. Ya se sabe que su escritura era punto de encuentro de diversas fuerzas: el liberalismo de Prieto y Altamirano, el desparpajo de Novo, el histrionismo del cine mexicano, la poesía popular y culta, el humor de carpa, el nuevo periodismo estadounidense –por lo menos. Eso era parte de su encanto, y esto otro: que, en vez de masticar esas influencias y entregarlas ya digeridas en una voz uniforme, las exponía problemáticamente, como si riñeran al interior de sus propias frases.

6. Cierto que una escritura así no es ideal para manejar ideas. Falso que sólo sirva para proferir ocurrencias –es buena también para narrar y registrar e inventariar y parodiar y mitificar y desmitificar, y para contener el bullicio de lo real.

7. El peligro no son los adversarios sino los amigos, esos que durante los funerales ya olvidaban al Monsiváis múltiple y contradictorio y desigual y levantaban otro nuevo: tan noble, tan unívoco, tan fastidioso.

- Rafael Lemus

22 de Junio


Categorías: Deportes

La lección del Tricolor

Cuando este texto llegue al lector, la selección de México conocerá su destino en Sudáfrica. Otro triunfo habría puesto a México en caballo de hacienda rumbo a la historia. Un empate le reservaría al equipo de Aguirre una nueva cita con Argentina, revancha soñada. Y luego está la pesadilla: una derrota. En cualquier caso, el destino inmediato estará claro a media mañana de hoy, y eso da pie a una lectura, quizá la única que quisiera hacer, sobre el papel mexicano en la Copa del Mundo (evidentemente, si México sigue avanzando, me reservo el derecho de escribir líneas eufóricas el próximo martes).

Aunque el equipo de Aguirre quedara eliminado tras el partido contra Uruguay, la Copa del Mundo de 2010 ha dejado, para México, una lección de enorme valor no sólo deportivo sino social. El triunfo sobre Francia equivale, si no a la inserción definitiva en el primer mundo futbolístico, sí a una clara demostración de algo que es incluso más importante: la capacidad de competir en el primerísimo estrato del futbol. Y aunque a veces sea odiosa la tendencia a extraer lecturas sociales, políticas o hasta económicas del deporte, el comportamiento del equipo mexicano amerita una reflexión. Me explico.

¿A qué se debió la innegable calidad y personalidad de la selección frente a Italia y, ya en competencia, Francia? Aventuro una hipótesis útil no sólo en las canchas, sino en cualquier otro terreno: no fue en Sudáfrica donde el equipo de Aguirre descubrió que podía competir contra cualquiera. No. La selección supo competir con “los grandes” porque la enorme mayoría de sus hombres lo viene haciendo desde hace años. Y esa es una condición inédita para una selección nacional en un Mundial. A diferencia de las otras copas del mundo, este equipo mexicano ha contado con hombres acostumbrados a la contienda más cruel y severa; no a la comodidad de la liga mexicana, con su idioma, clima, y sueldos afines, sino a las ligas más complejas del planeta. Veamos una simple estadística. ¿Cuántos de los 11 hombres que comenzaron el partido contra Francia ha jugado o juega en una liga de alta exigencia? Nueve. Sólo Juárez y Pérez siguen jugando en México —y Juárez partirá pronto, lo apuesto. Regresemos cuatro años al partido definitivo contra Argentina en Alemania. ¿Cuántos titulares mexicanos cumplían con la misma condición? Si la memoria no me falla, tres. La diferencia no debe pasar desapercibida. El temple de Salcido, Moreno, Márquez y ese milagro de desarrollo futbolístico que es Maza Rodríguez no se debe a otra cosa que a la valentía de la emigración, la voluntad de trascender y ganarse un lugar en la exigencia del “allá”, no en el apapacho del “acá”.

Esa es, a mi entender, la gran lección que se debe rescatar del periplo mexicano en Sudáfrica: nuestro patético recelo frente a la competencia, tan arraigado todavía en varias corrientes política y sociales en México, desemboca sólo en la mediocridad. Vemos mal al que la hace “afuera” y peor al que se queda “allá”. Al mundo se le conquista en el mundo, no en la fantasía de la excepcionalidad provinciana, en esa absurda defensa de la soberanía que no es otra cosa que temor, prejuicio, infinita inseguridad. La valentía y el triunfo están, en sentido literal y figurado, en dejar la casa apenas cumplida la mayoría de edad como hiciera Rafael Márquez (en Mónaco) para jugar lejos y triunfar lejos. Frente a los que prefieren rechazar la competencia con el planeta en y para cualquier cosa, me quedo con el Márquez de 20 años de edad, caminando, solo, por las calles del sur de Francia. Sin hablar el idioma, sin entender nada. Pero con unas ganas tremendas de ganarlo todo. Ahora, México juega con nueve como él. Y eso, como diría el gran Robert Frost, “ha hecho toda la diferencia”.

- León Krauze

21 de Junio


Categorías: Perfiles

Monsi, el irrepetible

Fue un personaje intelectual único y original en las culturas mexicanas. Uso el plural, porque el genio peculiar de Monsiváis fue precisamente el de habitar, animar, alimentar, transformar, conectar los ámbitos más diversos de nuestro legado. Se sentía igualmente cómodo en la cultura popular que en la alta cultura literaria, en la cultura urbana y en la cultura pop, en la cultura de izquierda y la cultura protestante. Repetía albures y picardías, y recitaba poemas completos de Gorostiza o Pellicer. Podía escribir sobre el grafiti en los muros de la ciudad igual que de un concierto de Juan Gabriel; ejerció con pasión el periodismo crítico y publicó irreverentes "catecismos para indios remisos". Respiraba cultura.

Practicó varios géneros: ensayo, crónica, reportaje, cuento, crítica, aforismo. Elaboró excelentes antologías, al menos una biografía admirable, la de Salvador Novo, y una Autobiografía precoz que leímos con asombro y regocijo. Le gustaban los Spirituals y los boleros de "Los Panchos", la música soul y Cole Porter. Como el Doctor Johnson, no leyó libros: leyó bibliotecas. Era un experto en literatura estadounidense. Conocía como muy pocos la novela y la poesía de nuestros siglos XIX y XX.

Fue un aguerrido editor de suplementos culturales. En "La cultura en México" (suplemento de Siempre!) alentó la crítica social y la crítica de cine. Era una enciclopedia andante de la historia del film. Coleccionaba caricaturas, era él mismo (y lo disfrutaba) muy caricaturizable (su greña, su mueca característica, su sonrisa traviesa), y le encantaba dar ideas a los caricaturistas.

En Las herencias ocultas escribió sobre sus héroes políticos: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto y varios otros liberales de la Reforma. Proviniendo de una familia protestante, y habiendo sufrido en carne propia la discriminación religiosa (y otras discriminaciones), sintió que aquel legado de tolerancia cívica debía vindicarse una y otra vez.

Sus ocurrencias verbales eran inagotables. Era sarcástico, mordaz, pícaro (a veces críptico). Amaba el contraste súbito, descubría el lado absurdo de las cosas y las personas. Su humor -como el de Groucho Marx- era rapidísimo y letal.

Se vestía de mezclilla. Una sola vez lo vi usar corbata. Usaba el Metro, pedía aventón y -de manera puntual- llegaba tarde a sus citas. Tenía un aire permanente de profesor distraído o de estudiante sesentero. Vivía en la sinuosa calle de San Simón en la Colonia Portales, cerca del California Dancing Club. Era difícil penetrar el laberinto de su casa. Había un orden secreto en el desorden de su biblioteca, con sus libros cuidadosamente forrados en vinil transparente.

Fue un ícono del 68 y del 85, y el líder de un amplio sector de la sociedad civil. En sus ideas políticas (firmes y coherentes) había, según creo, un trasunto de sus férreas raíces protestantes. Aunque fue un ideólogo fundamental de la izquierda mexicana, detestaba sus inercias estalinistas y desde principio de los noventa criticó a la Revolución Cubana, sobre todo por el ahogo de las libertades sociales, políticas y sexuales.

El mejor homenaje a Monsiváis sería hacer una magnífica edición de su obra. Tomar su amplísima producción y distribuirla por géneros, temas, fechas, buscando afinidades sutiles entre los textos. También será necesario compilar una rica y rigurosa antología. Sus discípulos literarios directos nos deben ese trabajo.

Por muchísimos años -como recordé en este mismo espacio el pasado 4 de abril- nos reunimos a desayunar en la YMCA de Río Churubusco. Me costará mucho volver a esa ruidosa cafetería, donde me regalaba sus juicios de lector cuidadoso e inteligente. Nunca, a pesar de nuestras diferencias y desencuentros, dejamos de vernos como dos viejos amigos, veteranos de los sesenta (él desde la izquierda, yo desde la tradición liberal). Al final, descubrimos que nuestras diferencias nos unían. La última vez que nos vimos, días antes de su ingreso al hospital, cantamos a dúo "Old man river", oyendo un CD de Paul Robeson: "I'm tired of living, and scared of dying". La prodigiosa voz de aquel disidente histórico -discriminado por su color e ideología- nos seguirá acompañando.

- Enrique Krauze

15 de Junio


Categorías: Opinión

La ciudad de Saruman

Ya bastante es ver a un grupo de irascibles vecinos ventilar su idiosincrasia tumbando el único árbol sobre el que tienen derecho de tumba. Ya bastante es ver a los imposibles dueños de los anuncios tirar y quebrar árboles para que su estupidez pueda ser visible a todo lo largo y lo ancho de la avenidota. Parques y jardines, de cada una de las delegaciones, suman miles de árboles tirados; y las ideas y ocurrencias de Ebrard, el Saruman mayor, que no se complace en lo que crece sino en lo que maquinalmente funciona, cada una de ellas sentencia de muerte para los poderosos amigos verdes. Uno de sus delegados tala lo que quiere de Chapultepec.

Pero ahora, por toda la ciudad, la CFE está masacrando los árboles; estos orcos tendelíneas no se arredran en cumplir su cometido: destruir todas las copas de todos los árboles que tuvieron el atrevimiento de crecer cerca de los malditos cables aéreos. (Los periódicos El Universal y Reforma están llenos de quejas diarias). Machetean con furia, rompen, quiebran, no dejan hoja: son verdaderos monstruos, impelidos por no sé qué pozolera animadversión. Y no hay suficientes pastores de árboles. La Tierra Media queda lejos.

-¡Ya entierren los cables!, me atreví a decir frente a don Patrocinio.

-Saldría peor; rasurarían las raíces y México se parecería aún más a una novela de Cormac McCarthy. Desesperados caminando entre troncos de árboles muertos en pie.

- Pablo Soler Frost

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