
El sentimiento de que la emoción estética proviene antes de lo simbólico que de lo esencial nos acompaña cotidianamente desde, por lo menos, las últimas décadas del siglo XIX: todo pensamiento emite un golpe de dados. La presencia de esta pulsión en el arte callejero es uno de los ejemplos más vibrantes de cómo la belleza adquiere nuevos usos y territorios a través del punto de vista del espectador, el anonimato autoral, la aplicación de herramientas tecnológicas y la resemantización del ámbito público.
Si en la metonimia, como señala Mario Montalbetti, “un Significante (S) no encuentra el objeto de la pulsión en un significado (s) sino en otro Significante (S’), una suerte de homolingüisticidad en el terreno de la langue”, en el oxímoron (figura lógica de la retórica que, según la descripción más a la mano, consiste en armonizar dos conceptos opuestos en una sola expresión, formando así un tercer concepto) se crea una imagen de repulsión que deviene identidad. O, como ha dicho Octavio Paz: “El poeta nombra las cosas: éstas son plumas, aquéllas son piedras. Y de pronto afirma: las piedras son plumas, esto es aquello. Los elementos de la imagen no pierden su carácter concreto y singular (…) La imagen resulta escandalosa porque desafía el principio de contradicción: lo pesado es lo ligero. Al enunciar la identidad de los contrarios, atenta contra los fundamentos de nuestro pensar.”
Hay un artista callejero que, a mi juicio, aplica con gran instinto el oxímoron en su obra: Blu, un italiano nacido en Boloña.
La creación de Blu transcurre en dos tiempos antípodas. El primero es el ritmo naturalista de la calle; el artista genera sus figuraciones anónimamente, a la intemperie, a merced: composiciones colectivas.
En el segundo tiempo, lo que apreciamos es el cronograma virtual que genera la edición en video de sus piezas mediante una técnica de animación cuyo nombre es a su vez un oxímoron: stop motion. Uno puede mirar este proceso (o una mezcla de él con una pixilación y un time lapse: semejantes especializaciones empiezan a resultar obsoletas) en la siguiente obra, realizada hace un año en Berlín:
Este mural monumental nos trasmite una vuelta de tuerca a la lógica: el protagonista (un torso con brazos y corbata) se halla encadenado a sendos relojes dorados que porta en cada una de sus muñecas. Por una parte, el tiempo real (que vemos transcurrir a través de los cambios de luz en el cielo sobre Berlín). Por la otra, el tiempo gramatical (los casi cuatro minutos que dura la animación). El registro (segunda naturaleza de la obra) captura no sólo el movimiento de la calle, sino algo más profundo: el ritmo bifronte de la vida urbana. Un decurso que va del dilatado tráfico matutino y la onerosa manipulación de máquinas (por ejemplo la grúa desde la que el artista trabaja) al copy-paste y la destrucción del tiempo muerto: desconexión cinética con la que se halla familiarizado cualquiera que trabaje en horarios de oficina.
Un pasaje extremo de esta clase de discurso es MUTO (hay que decir, de antemano, que el audio de Andrea Martignoni es mucho más que una comparsa):
Apenas puedo esbozar, en este espacio, unas cuantas virtudes del trabajo: el empleo de un tópico eminentemente virtual (la técnica narrativa de Pacman) para exhibir y destrozar y generar algo tan táctil y grosso como una serie de graffitis (propios y ajenos); el procesamiento de la noción muralismo en tanto que entidad tridimensional (en oposición a la –a estas alturas conservadora– condición plana de la pintura popular en las ciudades); y el uso de un espectro arquitectónico a caballo entre la vía pública y el ámbito privado: la planta constructiva que se halla vacía y/o abandonada, una zona culturalmente hereje (heterodoxa). También habría que consignar la fuerza del relato narrado por Blu, que recuerda a Svankmajer y, a través de él, a Kafka.
Quizá la zona superficial del oxímoron (digo superficial mas no por ello menos sólida) sea ésta: la mayor parte del arte urbano es estático y son sus consumidores (pasajeros, automovilistas, transeúntes) quienes se desplazan en torno a él. Lo que sucede con las piezas de Blu es todo lo contrario: la mirada, extática, tiene que perseguir el frenético flujo del graffiti incluso a través de la nada: la oscuridad del caño.
– Julián Herbert
Aún puedo recordar esa mañana de diciembre, en los días anteriores a internet y a la comunicación instantánea, cuando acompañando a mi madre al mercado volvía en autobús a casa y desde las ventanillas descubrí en la contraportada del Esto una antigua foto de Lennon con sombrero de copa. Creí leer que el titular anunciaba su muerte y pensando que estaba equivocado me apeé del autobús para comprar el periódico.
Compré todos los periódicos de ese día y los que siguieron llegando por la tarde a las tiendas de revistas junto al río Coatzacoalcos, en la ribera de Minatitlán. Pero no estoy aquí para recordar, dijera Antonio Cisneros, sino para preguntarme por la significación de la muerte de Lennon en nuestros días.
Si toda hagiografía cuenta con su santoral, no menos cierto es que todo canon, toda genealogía, difiere de una cultura a otra. ¿Qué convierte a México en un sitio de gustos tales que si correspondieran a una sociedad influyente en el mundo pop, alterarían la historia de esta música? Las listas y revisiones que a menudo proponen revistas importantes –pienso en NME, en Q Magazine o en The Rolling Stone– indican la fluctuabilidad en la permanencia de una banda dentro del dudoso canon pop. Así a veces Queen ha subido sus bonos en el mercado de valores mientras que The Kinks está a la baja y XTC ni siquiera son sopesados. En otras se nos ha dicho que The Smiths ha sido más importante que The Beatles. En México en cambio preferimos la duración. Una vez entronizado un artista es difícil que ocurra una depreciación. Son nuestro real estate. En México adoramos a Creedence hasta un punto inexplicable y veneramos a The Beatles y especialmente a John Lennon con un fervor sólo comparable al que nos lleva de hinojos a la Villa.
La conmemoración debería concitar una revisión del célebre miope, preguntarnos qué puede significar, en la década de los ceros, su música, en especial la creada como solista, su mensaje, tan ancilado a una utopía socialista que acaso sólo percibía por su exilio neoyorquino, su idea de la actividad mediática, su literatura tan en deuda con la tradición de la ironía. Y preguntarse por qué en México John Lennon continúa siendo noticia. Al revisar las noticias sobre él este martes 8 de diciembre descubro que el mundo anglosajón, el espacio natural de este duelo, recuerda con tenue indiferencia el aniversario veintinueve de la muerte del Beatle más emblemático.
Y eso que hay noticias recientes que permitirían una mayor cobertura. The Liverpool Daily Post reportó, hará apenas un par de semanas, el descubrimiento de una fotografía inédita de un joven Lennon, en la legendaria fecha del encuentro entre John y Paul –sí, esa de la fiesta en St. Peter–. La fotografía formaba parte de las tomas de ese día consagrado, el 9 de julio, que hoy merece un festival. El 23 de noviembre, igualmente, se estrenó a nivel nacional Nowhere Boy de Sam Taylor-Woods que recrea la adolescencia de John y su relación con la mamá, Julia, y Tía Mimi, sus figuras modélicas. La actuación del desconocido actor de diecinueve años, Aaron Jonson, como puede apreciarse en el trailer de la cinta, es impresionante. En el orbe castellano en cambio son noticia unas supuestas grabaciones inéditas y los varios actos conmemorativos que se efectúan.
La historia de las grabaciones puestas a la venta por internet merecería una reseña en sí. Se trata de un segmento de unas grabaciones pretendidamente realizadas durante la filmación de tomas de Double Fantasy y Walking in the thin ice, para producir un video. De acuerdo a la historia, durante años el pietaje permaneció oculto, aunque imágenes y secuencias de ese rodaje comenzaron a aparecer. Lo más importante, acaso para entretenerse, es que mientras grababa los tracks de Double Fantasy, la banda acometía versiones de oldies del rock’n roll, como “Mistery Train”. Ese es el material que este sitio, Lennontapes, ofrece a la venta por sólo diez dólares. Como al parecer las canciones inéditas de John no son una noticia tan impresionante en Estados Unidos, donde abundan los fake, poco he podido encontrar sobre la autenticidad de estas grabaciones. Yoko Ono, hasta el momento, ni los ha denunciado ni ha reclamado el material como suyo –los derechos, de ser auténticas tales grabaciones, le corresponden. En México en cambio son noticia.
- José Homero

La modernidad pretendió educar al hombre a fin de que no dependiera de nada más que de su talento, su tesón, su capacidad para escribir él mismo su destino. Se intentaba romper con siglos de esoterismo, superstición y dependencia del azar: no más Oráculo de Delfos, no más mitos que justifiquen el presente ni ritos para desencadenarlo: en definitiva, no más recargarse en la fortuna.
Es evidente al caminar por la mayoría de las ciudades (unas más, otras menos) que el ser humano, sin importar cuán racional se pretenda, continúa confiando parte de su rutina a la suerte. En China, por coincidencias fonéticas, el 4 es interpretado como “muerte” y el 8 como “prosperidad” (incluso son más costosos los números telefónicos y las matrículas de automóviles que acumulan ochos). En México seguimos tocando madera y “haciendo changuitos”. En otras partes, la herradura, el trébol de cuatro hojas, no pasar bajo una escalera, los ajos, etc.
Por ello no debe sorprendernos que, ya en el ámbito del futbol, el director técnico del club ruso Rubin Kazan pase el partido completo sujetando un rosario musulmán, que algunos aficionados andaluces besen una cruz cada que el delantero rival va a rematar, que muchos equipos repitan idénticas rutinas cuando ganan un partido (quién entra primero al vestuario, quién recibe el último masaje, quién sale a saludar a la novia), o que numerosos brujos y hechiceros acudan al campo de futbol horas antes de un juego a fin de “limpiarlo” o “condenar” al portero del cuadro enemigo.
Tan largo comentario para explicar que sí, indiscutiblemente, por modernos que pretendamos ser, seguimos confiando buena parte del destino a la suerte y no a las leyes de la probabilidad: el futbol, como todo, sigue mitificado. No parece casual que el sorteo del Mundial 2010 se haya realizado en Ciudad del Cabo, muy cerca del punto que los portugueses llamaron Cabo de la Buena Esperanza: esperanza cifrada, por lo visto, más que en la genialidad de los futbolistas, en la divina providencia y la mano santa de personajes que extraen papelitos de diversas copas: en su pulso está nuestro futuro, en la elección de sus inquietos dedos se esconden nuestras posibilidades.
Ahí apelaban a la “buena esperanza” 32 selecciones con metas e ilusiones muy distintas: desde la modesta intención de volver a casa sin goleadas adversas hasta el objetivo único de ser campeones, sin olvidar la ansiedad mexicana por el “quinto partido”, o sea, llegar a cuartos de final. En un evento que hoy es tan importante como los juegos mismos, iban acomodándose los nombres de cada país y se daban a conocer los encuentros de la primera ronda.
México emergió prematuramente y se quedó en el grupo del anfitrión Sudáfrica, al tiempo que el más poderoso cabeza de serie (Brasil), era agrupado con el africano más poderoso (Costa de Marfil) y el más poderoso de los europeos a sortearse (Portugal). Los entrenadores salieron del sorteo con ceños fruncidos, con gestos de preocupación, con ojos clavados en el horizonte (mirando quizás hacia donde está el “Cabo de la Buena Esperanza”) como si pudieran empezar a analizar al rival e implorar clemencia al destino. En cada rincón del planeta comenzó a hablarse de buena y mala suerte, de fortuna y desgracia.
¿Cuestión de suerte o de probabilidades? Si eres Japón y te tocaron equipazos como Holanda, Dinamarca y Camerún, culparás al destino; si eres Inglaterra y en tu grupo están Estados Unidos, Argelia y Eslovenia, puedes apelar a las leyes de la probabilidad o al vanidoso refrán “al que obra bien, bien le va”.
Así es el industrial, globalizado y moderno futbol: bendito o maldito según la circunstancia. Eso sin olvidar que los sorteos mundialistas son dirigidos y que, posiblemente, muchas de las cuestiones que achacamos a la diosa-fortuna más bien corresponden al dios-marketing… Pero ese es otro debate, porque en este Mundial, como en todo en la vida, las supersticiones se desbordarán en cada rincón del mundo en aras de propiciar ciertos goles y evitar otros.
– Alberto Lati

Al cerrar la cortina de su edición 2009, cuando toca que los organizadores anuncien las cifras que cada año superan a las del anterior, la FIL declara haber quedado bastante satisfecha consigo misma. Hay, desde luego, algunas razones para ese contento: en un año particularmente adverso se incrementó (poquito, pero algo es algo) la cantidad de asistentes, sólo hubo 22 editoriales menos (fueron mil 925), nada más un agente literario dejó de venir, y así. Más allá de lo que suman los organizadores, fue evidente que los diferentes programas de actividades literarias, artísticas, profesionales y académicas se enriquecieron con la multiplicación de presencias notables, y también que el espacio de Expo Guadalajara se aprovechó mejor, lo que resultó en una feria más bien dispuesta, más transitable y, en suma, más grata para sus visitantes (hasta hubo un rincón con echaderos para tenderse y reposar un rato, cosa necesarísima, pues recorrer los pasillos del área de exposición puede ser agotador). El papel de Los Ángeles como invitado de honor fue más que decoroso, y sus números estelares, del encuentro con Ray Bradbury al concierto de Los Lobos, fueron bien disfrutados por el público, que en general debió quedar también contento.
La noche del viernes 4 de diciembre tuvo lugar la esperada venta nocturna. Con el acceso libre (por unas horas, la FIL dejó de ser la única librería en el mundo que cobra por entrar), se pudo ver una aglomeración más o menos exaltada que atestaba los stands, eligiendo los libros que otros días habían quedado intactos en los estantes. Pero, por lo visto, hay editores en México que creen que los libros son una mercancía equiparable a los jitomates, y que así han de venderse, encareciéndolos mientras más codiciados son: de ahí las necedades, esa noche, de expositores como la distribuidora Azteca (que reúne a varios de los sellos editoriales con los catálogos más suculentos, como Hiperión, Pre-Textos, Valdemar, Abada, etcétera), donde incomprensiblemente se rehusaron a bajar los precios —a bajarlos más allá del supuesto «precio de feria» que decían traer—, si bien hay que reconocer que otros vieron el gentío y pusieron descuentos muy estimables (de 50 por ciento en todas las existencias de la UNAM, hasta del 40 en buena parte del surtido de Tusquets, del 35 en los títulos agrupados en el gigantesco espacio de Colofón). La experiencia, elementalísima, tendría que ser aleccionadora: la gente sí compra libros cuando sus precios no son escandalosos. Asombrosamente.
Los últimos días de la FIL, cada año, el programa de actividades va notándose progresivamente desguanzado. Se reservan, para entonces, las actuaciones de una o dos figuras más o menos espectaculares y, salvo algunas excepciones, los salones de presentaciones de libros acogen los títulos que sólo pueden atraer a los familiares del autor y a los paseantes despistados que se meten a lo que sea. De Mario Vargas Llosa, cuyo libro La libertad y la vida se tradujo en la llegada de la exposición correspondiente al Hospicio Cabañas, a la tradicional comparecencia de «Ponchito» en la feria, pasando por Paty Chapoy, Elena Poniatowska, Catón y demás, los actos finales (más prescindibles conforme pasaban las horas) enmarcaron los dos homenajes de cierre: el que se rindió al monero Palomo y el que se hizo a Roger Bartra como periodista cultural. Este último se sinceró: "Me sorprendió porque mi trabajo principal, en el periodismo cultural y principalmente como director de La Jornada Semanal, fue hace casi 30 años". Pero eso tiene este reconocimiento, que sólo parece sorprender a quienes lo reciben y que, desde el primer homenajeado, Fernando Benítez (el nombre que se le quedó, además), tiene el sabor de lo consabido y lo predecible. Ah: también se celebró una recordación de Mario Benedetti, con la lectura de sus poemas a cargo de 30 jóvenes: o bien no alcanzó para invitados especiales, o bien bastó (y claro que bastó) con un ratito de efusiones para no incurrir en omisión.
La FIL oficializó el domingo la presencia de la comunidad autónoma de Castilla y León como el siguiente invitado de honor, y comenzaron a cantarse las linduras de lo que será la edición 2010. Las actividades literarias girarán, dicen, en torno a la presencia de los ganadores del Premio Cervantes nacidos allá. Y bueno: sin innovaciones significativas a la vista, sin plantearse retos que vayan más lejos de su supervivencia, con el mismo sereno ánimo con que comenzó y transcurrió esta vez, confiada en que Carlos Fuentes o Yordi Rosado sabrán llenarla siempre, es seguro que la FIL llegará al siguiente otoño encantada consigo misma.

Por casualidad encuentro en el portal de nuestra embajada el programa de un congresito que la Fundación alemana Konrad Adenauer planea para dentro de dos días: “México, país socio”. La Fundación Adenauer (KAS) es subsidiaria del partido CDU (Unión Demócrata Cristiana) y colabora frecuentemente con el PAN y (co)edita algunos libros, como este reciente. Este vínculo con el CDU de Merkel a través de la Fundación Adenauer es uno de los más importantes para el PAN.
Las jornadas tienen un carácter político-comercial. El programa promete la presencia de César Nava (Presidente del PAN), Hildegard Stausberg (consejera de Axel Springer y autora de Die Welt), Gerardo Gutiérrez Candiani (Presidente de la Coparmex), Gustavo Madero, y algunos miembros del Bundestag. Da la impresión de que el PAN se toma en serio este congreso.
El mero día fui a la embajada a realizar el trámite que tenía pendiente, razón por la cual había revisado la página. La sección consular está en el primer piso, la ventana da a la calle, y los dos edificios justo al frente son de la Fundación Adenauer (y en la misma cuadra están las oficinas del CDU). Les pregunto a las siempre amabilísimas señoras del consulado por el congreso, y no sabían nada. ¿Pero cómo?, si hay algunos de ustedes allá, mire. Y por la ventana intentábamos reconocer a la gente en el jardín de enfrente.

Crucé la calle con la esperanza de ver un mínimo esfuerzo panista por desfacer entuertos. Entro al salón justo cuando comenzaba su ponencia sobre Seguridad Nacional un diputado panista, José Luis Ovando Patrón. La verdad es que fue a Berlín a contarles a los alemanes los grandes avances en materia de seguridad que ha habido, llegando “de cercas” (sic) a detalles técnicos con la única intención de impresionar al auditorio. Su tesis básica –que el Estado es el garante único de la seguridad pública– recuerda a la pistola de esa película, La mexicana: el pobre se dispara a sí mismo. Los alemanes presentes –ciudadanos y empresarios comunes y corrientes que hablan buen español– multiplican sus preguntas y comentarios escépticos. Pero Ovando, ay, no logra responder satisfactoriamente.
Después tomó la palabra Alberto Núñez, Presidente de Sociedad en Movimiento. Leyó su texto con la palabra del ciudadano de a pie, sin esa tonadita manida de la politiquería, sin quererle ver la cara al público presente. Hay empatía entre este discurso honesto y preocupado y el genuino interés de los alemanes presentes. Parece lo mejor de la jornada.
Más tarde habla otro panista, Luis Enrique Mercado, uno de esos que destaca por estar tan bien preparado. Critica la pasividad en la que entró México hace décadas gracias a la explotación del petróleo, el “Síndrome Petrolero”, lo llama. “Pero ahora no hay petróleo y necesitamos despertar”, palabras más, palabras menos. “Disculpe, señor, pero sí hay petróleo, y si se abre la industria petrolera a compañías extranjeras podría sacarse lo que está en las profundidades”. Y él, fiel representante de su pasivo pueblo, atina a repetir: “Bueno, petróleo sí tenemos, pero no lo podemos sacar”.
Entre el público no encuentro a César Nava ni a Gustavo Madero. Hubo cambios en el programa, no fue. ¿Qué hacer con los panistas en el poder? Su incompetencia es ya lugar común, incluso en Alemania.
- Enrique G de la G
