Blog de la redacción

02 de Septiembre


Categorías: Literatura

Memorables y el olvido: Erik Munsterhjelm

El único libro de Erik Munsterhjelm que he leído, con un placer que pocos libros me han otorgado, es Tras los renos del Canadá (título original: The Wind and the Caribou; hunting and trapping in Northern Canada, 1953). Lo leí en la cuidada traducción de la Editorial Juventud. Munsterhjelm publicó al menos dos libros más, que no he leído, aunque pienso hacerlo en cuanto pueda, Fool’s Gold de 1957 y A Dog Named Wolf, al parecer en 1969.

Aparte de esto, todo lo que sé de Munsterhjelm lo sé por su libro –cómo una vez, él y Karl, uno de sus compañeros, muertos de hambre, cazaron un caribú en medio de un lago y lo llevaron a la orilla, lo desollaron, pusieron los mejores trozos en una olla y el resto se lo dieron a los perros. Pero cuando lo probaron, la carne era nauseabunda; era un animal que había tenido tuberculosis. Sé de su amigo Karl, quien intentó construir una canoa by the book, sin resultado y, en cambio, cuando la hizo de memoria, le quedó perfecta. Sé de cómo un su amigo, Bill creo que era, nunca tenía sus implementos listos, y cómo se burlaban de él por haber olvidado el rifle o la red para pescar; cómo los indios de Stony Lake les robaban pesca y carnada y del gran festejo para celebrar, una vez más, el tratado de paz entre su nación y el Dominio del Canadá. Todos los miembros de la Nación Original (First Nations es como se llama allá a los Native Americans, que aquí llamamos indios) recibían cinco dólares; los comerciantes esperaban las horas para que, una vez concluida la solemnidad, pudieran vender el tabaco, las balas, las boquillas de ámbar, el alcohol. Luego venían bautizos y bodas (me imagino que católicas: la versión en castellano dice: un cura) y vacunas y visitas al dentista (el propio plenipotenciario del Rey era médico y sacamuelas).

Habla también de los perros, del hambre, de los rastros, de las pieles, de las soledades y del licor y las mujeres en Edmonton. Sé que era un hombre atento, cortés, inteligente, que escribía bien y comprendía aún mejor. Eso, es mucho decir. No es, eso es evidente, Shackleton; sus historias no son las grandes tragedias antárticas, sino las pequeñas vivencias de un trampero.

Una de sus frases –de la que me acuerdo bien– es que viviendo en solitario, unos se convertían en vagabundos, otros, en petimetres. Al ver a uno de estos vagabundos comprendió que debía conservar un justo medio, si no quería volverse un andrajoso o sucumbir al cabin fever –terrible padecimiento que da cuando dos o más hombres no pueden salir de una cabaña por más de una semana, y que incluye malhumor, neuralgias, borracheras, odio, hambre, delirio, locura y que bien puede desembocar en el asesinato.

Otros escritores tramperos: Tom Boulanger, Raymond Thompson, Ray Tremblay. Verdaderos cazadores, hoy vistos con desprecio, pero cuya huella de carbono era mínima, y que conocieron las profundidades, delicias y horrores naturales tanto como si dijéramos Robinson Jeffers (un poeta extraordinario e injustamente olvidado).

Erik Munsterhjelm es tan desconocido que Wikipedia pide ayuda para realizar tu biografía, allí inexistente, pero plenamente viva en su libro, tras las manadas de renos del agreste Septentrión.

– Pablo Soler Frost

01 de Septiembre


Categorías: Opinión

Defensores universitarios

En nuestro número de julio publicamos dos acercamientos críticos a la UNAM, uno de Gabriel Zaid y otro de Guillermo Sheridan, que merecieron todo tipo de respuestas, algunas, las menos, serias y respetuosas, otras simplemente viscerales y que se descalifcaban por sí mismas. En un afán por mantener viva esta discusión, vital para la universidad e importante para el país, recuperamos este ensayo publicado por el historiador Alfredo Ruiz Islas.

– La redacción


Contra lo que pudiera parecer, y muy a pesar de que resulta una instancia un tanto inútil –vista la forma en que se conduce, sin tomar en cuenta las denuncias que recibe sino con un muy sobado “sí, ya te oí; te contesto cuando me dé la gana”–, no dedicaré esta entrada a la oficina del Abogado General de la Universidad Nacional sino a quienes, con argumentos extraños en ocasiones, reduccionistas en otros, y torcidos las más, se asumen como defensores ex officio de la misma institución. Concretamente, me referiré al artículo de Arnaldo Córdova titulado "La Universidad y la derecha", aparecido el 29 de agosto, en las páginas de La Jornada.

El doctor Córdova, todo mundo lo sabe, es un connotado pensador de izquierda que, al calor del pensamiento en boga durante la década de 1960, cobró amplia fama con su libro La ideología de la Revolución Mexicana. Es, asimismo, un opinador asiduo sobre la realidad nacional y, sobre todo, un crítico enfebrecido de lo que él llama “la derecha”. ¿Qué es, para Arnaldo Córdova, “la derecha”? Bien a bien, no se sabe. Por momentos, parece ser cualquier postura favorable a la apertura del mercado y la disminución del papel que, con respecto a la vida nacional, guarda el Estado. Sin embargo, en ocasiones parece que "la derecha" es todo lo que no es "la izquierda" y, en este sentido, "la izquierda" tampoco es "la", sino "una" sola, aquélla con la que concuerdan los muy cerrados paradigmas de Arnaldo Córdova.

En esta ocasión, el académico de marras se ha metido con Gabriel Zaid y con Guillermo Sheridan a propósito de las críticas que ambos le endilgan a la universidad en el número de julio de Letras Libres. Como los aludidos no necesitan quién los defienda –de hecho, nadie en esa revista necesita defensores espontáneos; ellos se bastan y se sobran solitos, como se lo demostró Enrique Krauze a quienes, de un modo u otro, pretendieron salvar los muy cuestionables trabajos presentados en la compilación México en tres momentos–, yo me concentraré, únicamente, en exponer la serie de falacias, inexactitudes, contradicciones y errores garrafales que contiene el citado artículo de Córdova, en el entendido de que a) estoy plenamente de acuerdo con la opinión que emite acerca de las universidades privadas; b) creo firmemente que las carreras de humanidades no son improductivas, sino todo lo contrario.

Salvado el escollo, iré por partes. Lo primero es el flagrante error que comete Córdova al decir “llevo 43 años trabajando de tiempo completo en la UNAM, y siempre he sido crítico de los mecanismos que operan en ella”. Con el debido respeto, eso es una barbaridad. ¿Cuántas veces, en esos mismos años, Córdova ha pedido que su plaza definitiva de tiempo completo se ponga a concurso? ¿En qué momento se ha opuesto a programas como el PRIDE, que efectivamente crean una brecha entre los profesores bien pagados –como él mismo– y los de asignatura, como el que estas líneas escribe? ¿Cuándo ha pedido que se le baje el sueldo? El autor del artículo es muy hábil cuando indica que los sueldos de los altos funcionarios son "de hasta siete u ocho veces el de un profesor de primer nivel". ¿Qué entiende por "primer nivel"? ¿La crème de la crème de los académicos? ¿Los que apenas inician? ¿Quiénes, doctor Córdova, son esos académicos "de primer nivel"? Porque, si se refiere a los de asignatura con una o dos clases, permítame decirle que el sueldo de un académico de tiempo completo, con todo y prestaciones, puede ascender a cerca de 40,000 pesos mensuales, mientras que el primer sujeto referido ganará, por cuatro horas al mes, cerca de 1,600 pesos. ¿Es eso justo, parejo y equitativo? Evidentemente no pero, como el fondo del artículo es presentar al enunciante como un sujeto crítico, resulta más conveniente montar la comparación con las autoridades que con los propios académicos.

Aparece más tarde la cuestión del debate entre universitarios. Como bien dice Córdova, la UNAM se la vive en el debate; degraciadamente, no se poseen los espacios adecuados para llevar tales debates a un terreno productivo. Sin ir más lejos: el debate protagonizado en 2009 entre partidarios de la ocupación del auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras y opositores debió desarrollarse en un estacionamiento, y luego cada quien echó mano de lo que tenía más cerca para ganar adeptos, mientras la autoridad se hacía la desentendida y nada pasaba. Hasta ahí, correcto, punto para Córdova. El problema aparece cuando él mismo decide que la universidad es un monolito donde todos pensamos igual, y que cualquier ataque procede de las fuerzas del mal ubicadas afuera de ella, concretamente en "la derecha". Suena misteriosamente a argumento staliniano, castrista o hitlerista: el enemigo es ese otro que no es como yo soy, es el diferente y, claro, está afuera, porque adentro todos somos iguales y, si no somos iguales, pues hay que igualarnos, por las buenas o por las malas. Vaya despropósito. O sea que, si entiendo bien, para criticar a la universidad sin ser "un mal universitario" –mote que le endilga don Arnaldo a Sheridan– debo ser "de izquierda", lo que sea que se entienda por eso, y criticar las posturas "de derecha" que aparecen en mi casa de trabajo.

Así las cosas, la única causa de los problemas de la universidad es que exista "la derecha". Córdova mismo lo advierte: los problemas comenzaron cuando entró Soberón, un rector de derecha y reaccionario. Menos mal que, por congruencia, indica que ambas cosas no son lo mismo, aunque tal mención no rebasa, por desgracia, el espacio conferido a ella en el artículo, al ser sabido que, para Córdova y los suyos, ambas palabras son sinónimos, lo que no es necesariamente cierto. Sin embargo, tal es la fuente del problema: "la derecha". No lo son las charriles prácticas sindicales; tampoco lo es el nulo caso que se hace a la legislación universitaria; menos lo son los ínfimos niveles de titulación ni la escandalosa deserción; tampoco lo es el parasitismo que aqueja a muchos académicos e investigadores que, en años, no han escrito un artículo ni desarrollado un experimento a cabalidad. No: señalar eso sería propio de "un mal universitario". Entonces, doctor, ¿qué señalamos?

¿Qué viene después del mencionado alegato? El PRD, y aquí sí no sé en qué planeta vive Arnaldo Córdova. Tal vez en el de las enunciaciones literales, donde el hecho de que el partido se haya metido hasta la cocina universitaria debería implicar que los estudiantes portaran gafetes, credenciales y playeras perredés, que se supieran el himno del partido y que, como borregos, votaran en masa por los impresentables candidatos amarillos... o los rojos, acaso peores. Señor mío: obviamente, no existe un cogobierno universitario, en el que tal partido decide, hace o deja de hacer, pero resulta evidente que sí influye en la vida universitaria. Para ello, basta ver las filias de los dos últimos rectores, el descaro con el que se han alineado con los postulados del perredismo o del pejismo, la gente que han colocado en puestos claves del aparato universitario –Rosaura Ruiz sería el mejor caso, secretaria de una secretaría universitaria sin programa ni funciones claras– y su amable connivencia con los líderes del partido. Líderes o mesías, da igual. ¿No hay, entonces, una burocracia aliada con el PRD? De nuevo, válgame.

Cierra el artículo con una serie de números lindos, que no son sino una apología del trabajo de nuestra universidad, justo lo que Córdova dice que no hace, no ha hecho y no hará. ¿De qué nos sirven los números, si al menos dos de cada cuatro académicos cobran sin dar el golpe? ¿Si muchos estudiantes ven en la reprobación una práctica normal, un estado común al hecho de estar en una institución como la nuestra? Sí, es obvio que la UNAM es mejor que el Tec, la Ibero, la Anáhuac y la UDLA juntas, pero saberlo no es suficiente consuelo porque eso no elimina la fuente del problema: las prácticas torcidas, las conductas inadecuadas, el burocratismo, las plazas ocupadas por inamovibles, las mafias del poder, el manejo discrecional de los recursos, la inequidad de los sueldos, la colusión de la institución universitaria con un partido político, la naturalidad con que se deja hacer y pasar cualquier tipo de cosas en el campus. Ser mejores que los otros no nos exime de dar cuentas –cuentas claras, no las típicas cuentas del Gran Capitán que se presentan cada año– ni de medirnos según los estándares que rigen al resto. ¿Somos los mejores? ¿Por qué no lo demostramos así, sin retruécanos?

Así las cosas, concluye Córdova su artículo con su idea fija: la derecha tiene la culpa de todo. La derecha ataca a la universidad y quisiera verla cerrada. ¿De dónde saca eso? Según él, de lo que expone Gabriel Zaid, a quien "poco le falta para decir que sería mejor cerrarla". Exacto: es posible que poco le falte –yo lo dudo–, pero no lo dice. Y no lo dice porque, para cualquier persona con cinco milímetros de frente, resulta un absurdo. Sin embargo, ese mismo "poco falta" se convierte en "no lo dice, pero lo está pensando", mismo que se traslada ipso facto a todos los enemigos de la universidad pública que, en sus retorcidas mentes, quieren lo mismo: cerrar la UNAM y, como decía aquel correo –que estaba para morirse de la risa, lo que sea de cada quien– firmado por X Döring –que primero era Édgar, luego era Federico, y al final podía haber sido Epaminondas–, convertir el campus en un "manhatan" [sic] al sur de la ciudad. Tal es el problema, común a los fascismos pero, como puede verse, también a los espíritus dogmatizados y confundidos: crearle argumentos al oponente, decir lo que no dijo –pero que sí está pensando, cómo demonios no–, segregarlo y atacarlo. Y, sobre todo, tacharlo así: "es de derecha; es el maligno; la derecha es así, es el mal". ¿Cuál derecha? Se ignora hasta el momento. ¿Y la izquierda? ¿Hace algo? ¿Existe acaso? Nada, ni una ni otra, porque todo en este mundo es plural y, así como en un lado existen las mentes enloquecidas que añoran los viejos tiempos del echeverrismo –con su discurso esquizofrénico de pseudo izquierda– o que quisieran ver el arribo de la dictadura del proletariado –aunque luego se espantarían al ver las excelentes prácticas que tal sistema conlleva–, y en el otro hay los que pelean por eliminar cualquier institución pública y acceder al Estado ínfimo, en ambos lados hay gente coherente. Por tanto, reducir los argumentos a derecha=mala, izquierda=buena, es disparatar; lo cual resulta por demás impropio de un académico que, como Arnaldo Córdova, se gana la vida en la Facultad de Ciencias Políticas.

Muy bonito, muy bonito.

- Alfredo Ruiz Islas

31 de Agosto


Categorías: Literatura

Margo Glantz, premio FIL

La escritora mexicana Margo Glantz acaba de recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2010. Felicitamos a nuestra colaboradora y recopilamos las reseñas sobre sus libros que han aparecido en la revista, así como algunos de sus propios textos.

- La redacción

Álvaro Enrigue reseña Saña y José Manuel Prieto reseña El rastro.

El “corto” sobre la ciudad de México “De la ciudad: Sus perros y sus vacas” y su ensayo sobre las políticas de la memoria.

(Imagen tomada de aquí)

El payaso Beck

Hace poco más de cinco años, cuando publiqué La casa dividida (Planeta, 2005), mi principal crítica al Estados Unidos del año 2000 era su frivolidad, más preocupado por las indiscreciones eróticas del presidente que por pensar el mundo con sensatez. Un ejemplo: antes del 11 de septiembre de 2001, la prensa de aquel país cubría con morbo insaciable la desaparición de una becaria que trabajaba con un congresista de medio pelo. Oprah Winfrey dedicó varias emisiones al caso. Time, Newsweek, el New York Times... todos dedicaban ríos de tinta a la vida erótica y el destino de la pobre mujer. Fue en ese contexto de culto a la trivialidad que Estados Unidos eligió a George W. Bush, un hombre primitivo, producto químicamente puro de su tiempo.

La elección de Barack Obama fue un improbable pero bienvenido regreso a la cordura. Cuando una mayoría del electorado estadunidense optó por darle la espalda al Partido Republicano, secuestrado por el discurso conservador más vergonzoso, buena parte del mundo creyó que Estados Unidos había vuelto a sus cabales. Después de todo, una enorme cantidad de votantes había rechazado no solo a John McCain, sino a su compañera de fórmula, la inefable señora Palin, tan piadosa como ignorante. Obama, en cambio, defendía valores como la mesura, la reflexión y el estudio como pilares del ejercicio del gobierno. “Un hombre racional para tiempos irracionales”, como lo describió algún analista tras el memorable triunfo de noviembre de 2008.

Por desgracia, la cultura de la ignorancia y el populismo es hierba mala. En los dos años desde la elección de Obama, Estados Unidos ha vivido una especie de restauración de la estupidez. En la tradición populista-ignorante de George W. Bush, Sarah Palin ha despegado como protagonista en el Partido Republicano. Pero lo de la ex gobernadora de Alaska es lo de menos. A últimas fechas, el escenario de la política estadunidense ha sumado nuevos protagonistas. Y son lamentables. El más preocupante es Glenn Beck, un histrión patético que promueve una mezcla incomprensible de política social conservadora y puritanismo intolerante (con una buena pizca de racismo) y que se ha convertido en una voz de peso en los medios de comunicación estadunidenses — gracias a su programa en Fox News— y, ahora, en la política en Washington. Beck es un fanático religioso con acceso a un micrófono. Un tipo que dice saber lo que en realidad ignora. Un charlatán. Ni más ni menos. Y lo suyo quedaría en el terreno de la propaganda de no ser por la increíble popularidad de la que goza.

El sábado, en un gesto del más notable cinismo, Beck organizó una marcha y un mitin en Washington DC en la misma fecha y el mismo sitio en los que Martin Luther King conmoviera al mundo hace 47 años con su inolvidable discurso del “tengo un sueño...”. Sin el menor recato, Beck aseguró que su intención era hacer suyos los valores defendidos por King. Para hacerlo, convocó a una inmensa congregación en la que incluyó a Palin y otros defensores de los valores más irracionales de la sociedad estadunidense. Y aunque no habló de política, el bufón Beck —a quien le gusta llorar al aire— no esconde sus intenciones. Quizá, incluso, sueña con el éxito electoral. Después de todo, dice que habla con frecuencia con Dios. Y con el apoyo del no menos irracional Partido del Té y millonarios conservadores que lo financian, uno nunca sabe. Lo dicho: pocos peligros mayores para un país que ceder a la tentación de la frivolidad y la irracionalidad.

- León Krauze

(Imagen tomada de aquí)

30 de Agosto


Categorías: Política

Y tú, ¿qué aportaste al Bicentenario?

En enero de 2011, cuando hayan pasado las fiestas del Bicentenario y el Centenario, luego de las posadas, la navidad y el año nuevo, será el momento de hacer el balance de lo que cada uno hizo o dejó de hacer para cumplir su parte (y sus promesas públicas) en la doble conmemoración que se avecina. Hasta ahora, esta crítica se ha centrado en el desempeño del Gobierno Federal. Pero en enero de 2011 se ampliará a otras autoridades. Es el caso del Gobierno del Distrito Federal. La idea de resaltar los sucesos de 1808 me pareció muy buena lo mismo que el notable remozamiento del centro histórico, pero habrá que ver el balance en su conjunto. Con esa misma vara habrá que medir a los otros poderes de la unión, los gobiernos de los estados (por ejemplo el Estado de México, que presentó un programa muy ambicioso) y las instituciones de enseñanza superior, entre ellas la UNAM. Al margen de sus propios y merecidos festejos centenarios, la UNAM publicó para el 2010 un vasto plan de actividades, publicaciones, instrumentos de divulgación, congresos, etc., que la crítica independiente deberá cotejar con la realidad cuando caiga el telón.

El común denominador de todas esas instancias es el dinero público. Por eso, el criterio primero para juzgar su oferta será (además de la transparencia) la utilidad pública. Esa oferta, cualquiera que sea su índole (obra material, exposiciones, ediciones, instrumentos educativos, obras de arte, videos, conferencias, etc.), deberá responder a preguntas como éstas: ¿llegó a un público amplio o se limitó a un ámbito endógeno? ¿Fue accesible, coherente, innovadora, reveladora? ¿Fue plural, diversa, abierta? ¿Gustó al público? ¿Valió lo que costó?

¿Y la iniciativa privada? ¿Qué han hecho las principales empresas nacionales en el Bicentenario? ¿Qué harán las grandes transnacionales? Sus jerarcas querrán acudir de mil amores a Palacio el 15 de septiembre pero temo que su aportación concreta al cumpleaños 200 de México será, en el mejor de los casos, discreta, indirecta, a través del patrocinio de sus marcas, o quizá ni eso. Sé de cierto que habrá excepciones. Una de ellas es Laboratorios Grisi, casa con casi 150 años de historia en México, que ha elaborado un bello atlas histórico de la Independencia de México en el que combina la historia de la empresa, la de México y el mundo, con todo tipo de efemérides curiosas. 2010 era el momento para que los grandes empresarios hicieran un aporte sustancial para construir una obra pública perdurable. (Aún podrían apoyar el Proyecto "Generación Bicentenario", que otorgará mil becas a estudiantes hasta la licenciatura). Si la iniciativa privada no pinta en el Bicentenario, en el balance histórico aparecerá con números rojos.

Ignoro qué hará la Iglesia (cuyo clero bajo hizo la Independencia y cuyo clero alto se opuso a ella) en el Bicentenario. Tampoco sé lo que harán los grandes sindicatos, a los que la Revolución les hizo tanta justicia (y les sigue haciendo). Sé, en cambio, que son muchas las instituciones, periódicos y casas editoras que trabajan para dejar huella. Elijo sólo algunas. El Colegio de México reeditará completa la Historia de la Revolución Mexicana que concibió y dirigió Cosío Villegas, así como una historia ilustrada y un ambicioso trabajo multidisciplinario de prospectiva. La Academia Mexicana de la Lengua dará a la luz el Diccionario Escolar México 2010 para enseñanza media inferior y ha organizado ciclos de conferencias en Bellas Artes a lo largo del año. La revista Proceso se adelantó a todos en la publicación de fascículos de divulgación crítica de la historia y ahora da a la luz una historia ilustrada escrita por Guillermo Tovar de Teresa. Algunas casas editoriales han armado buenas colecciones históricas o biográficas.

El público, que ya ha visto buenas películas históricas como Chico Grande de Felipe Cazals, e ingeniosas animaciones como las que ha producido IMCINE, espera mucho de la oferta cinematográfica. Ojalá las cintas no incurran en la maniquea "Historia de Bronce" y tampoco abusen de la caprichosa invención, vendiendo como una "historia jamás contada" una fantasía sin sustento en la realidad.

En cuanto a la televisión, es alentador ver a las nuevas generaciones de directores y guionistas de la serie Gritos de muerte y libertad retomar con talento la buena tradición de la telenovela histórica que fundó en los años sesenta y setenta Ernesto Alonso (El carruaje, La tormenta) y siguió en los ochenta y noventa Fausto Zerón Medina (Senda de gloria, El vuelo del águila y La antorcha encendida). Habrá seguramente otras sorpresas. Una de ellas es "Repensar la historia", excelente conjunto de cápsulas históricas producidas por Alejandra Lajous sobre diversos aspectos de nuestra vida independiente a lo largo de dos siglos. Aparecerán también documentales que refrendarán -así espero- la solidez del género. En todos estos casos, es deseable que la crítica siga las series, aplicando criterios como la originalidad formal, la innovación temática, la coherencia narrativa, la elegancia estética y, claro, la verosimilitud histórica.

En 1910 hubo un Centenario: el de Don Porfirio. En 1960 hubo un sesquicentenario: el del PRI. En septiembre habrá una pluralidad de bicentenarios. Y el juez no será un jerarca ni un partido: será el público y la crítica.

- Enrique Krauze

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