Y conocimos que estaban desnudas | Letras Libres
artículo no publicado

Y conocimos que estaban desnudas

Nadie puede ver una fotografía de un cuerpo humano desnudo como una simple fotografía. A diferencia de la pintura, que nos ha enseñado a ver el desnudo como se ve un paisaje, una fotografía de un cuerpo despojado de toda vestimenta no puede mirarse como si fuera una montaña o un bosque. Y no es por hablar mal de la pintura: la representación de un cuerpo que viste sólo la propia piel puede resultar muy inquietante en un cuadro (pienso en Balthus, en Freud y, sobre todo, en Courbet). Pero, incluso entonces, es un cuerpo que, como un paisaje, nace desnudo (“equilibrado, próspero y confiado”, como anotaba Kenneth Clark), mientras que detrás de la cámara es siempre un cuerpo que ha elegido desvestirse. Esa “acción decisiva”, de la que hablaba Bataille, es la que, aunque sea por unos segundos, sorprende (y, en algunos casos, incomoda).

También es sin duda esa distinción, que en español no es fácil de hacer –la que hay entre un desnudo y un “desvestimiento” (en inglés: nude y naked), o, digamos, entre una pintura y una fotografía–, la que hizo pensar a las autoridades del Museo del Palacio de Bellas Artes que sería prudente colocar, en la puerta de la sala donde se presenta el trabajo de Maya Goded, la conocida recomendación: “Para mayores de 18 años.” No hay que ir muy lejos para dar con la demostración de que tal advertencia habría sido innecesaria si los cuerpos descubiertos que nos muestra Goded estuvieran pintados. Escaleras arriba, se presenta, sin ningún tipo de prólogo, la serie de dibujos y pinturas eróticas que Vlady realizó a lo largo de su vida. Algo, sin embargo, hay que concederle al censor: las fotografías de Goded son perturbadoras. Pero ¿no es ése el sentido del arte?

No todas las mujeres que fotografió Goded en el barrio de La Merced aparecen desnudas. Todas, sin embargo, comparten oficio: el más antiguo del mundo. Doble problema para el censor. Y, admítalo, hipócrita lector, para nosotros. O ¿acaso se puede ver una fotografía de una prostituta como una simple fotografía? ¿Se puede suspender la conciencia de que el desvestimiento (del asunto y de los cuerpos) no sólo está en la foto?: está en el mundo. O en un submundo del que, en palabras de la propia Goded, “las autoridades y la sociedad en general prefieren no hablar”. Lo cual se vuelve irresistible para cualquier artista.

A Goded, sin embargo, más que la provocación (propia de los creadores que practican el turismo sociológico), la mueve un sentido de urgencia: “Esto que veo merece registrarse”, aunque no para denunciarlo; aun si el estado de las cosas se delata a sí mismo, la mirada de Goded no enjuicia, ni siquiera comenta: tan sólo enuncia, describe. Es decir: está ahí. Y cuando digo ahí, me refiero a que no basta con mirar desde la ventana del coche: la realidad comienza más allá del aparador.

Los mejores retratos se consiguen así: mediante la intimidad (literalmente: al introducirse en el ánimo de alguien). Ésa es la palabra exacta, pero no se me escapa que es también paradójica. Cualquiera que pague puede intimar con estas mujeres. La propia Maya Goded lo hizo una primera vez: “La mujer que elegí –que cubría su vientre con un voluminosos mandil– me condujo al cuarto, dejando atrás a la mujer maternal y transformándose en una puta. En el cuarto le tomé fotos.” Muchos artistas antes que ella han cruzado esa puerta (Toulouse-Lautrec, Manet, Cartier-Bresson, Picasso), han, pues, “intimado” con el tema (y, quizá, con las modelos). Sin embargo, la intimidad que revelan las fotografías de Goded es de otra naturaleza; por ser mujer, desde luego, pero además porque su mirada sobre el asunto no nace únicamente de la fascinación, sino de la curiosidad, o todavía más: de la complicidad. Goded no salió de ese cuarto con la sensación de haber hecho la tarea: ahí comenzó su tránsito –de cinco años– hacia las “raíces de la desigualdad, la transgresión, el cuerpo, el sexo, la virginidad, la maternidad, la infancia, la vejez, el deseo y nuestras creencias”.

¿Cómo y dónde viven estas mujeres? ¿Qué comen? ¿Qué sienten? ¿Qué hacen cuando no están trabajando? La visión de Goded, aunque respetuosa y delicada, no deja lugar a eufemismos. Lo que vemos, desde nuestra protegida perspectiva, es doloroso. Los cuerpos desvestidos son sólo el territorio en que mejor se expresa la brutalidad del asunto. Pero en este álbum de familia que construye Goded hay otras imágenes aún más contundentes: por ejemplo, la de la mujer que nos mira desde el interior de una patrulla. Eso sí es perturbador –pero, por fortuna, el censor no lo sabe. ~