X. Guillermo Tovar de Teresa: Reconciliación con la Nueva España | Letras Libres
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X. Guillermo Tovar de Teresa: Reconciliación con la Nueva España

 

El historiador Guillermo Tovar de Teresa me cita en su casa de la colonia Roma, casa que él mismo restauró, poniendo el ejemplo en la que ha sido su misión: el patrimonio perdido de la ciudad de México. Rescate bibliográfico, rescate iconográfico y rescate moral: por allí donde ha pasado la piqueta, tarde o temprano aparece este gran autodidacta a dar fe de las destrucciones, sobre todo de aquellas, colosales, emprendidas durante los siglos XIX y XX contra la que fuera capital virreinal. Al final de nuestra larga conversación, versada sobre todo lo humano y lo divino como es habitual entre personas reacias al orden académico, Tovar de Teresa me anunció la secuela de La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido (1991), en la que trabaja y que abarcará ya no solo a la capital sino a toda la república.

Nada edificante será la lectura y la visión de ese monumento dedicado a nuestras ruinas. Y digo visión porque la mayor parte de los libros de Tovar de Teresa son para ser leídos y para ser vistos, como lo prueban los libros ilustrados, algunos de gran formato, que a continuación enumero. Son solo una parte de su bibliografía como ensayista, prologuista, curador, bibliógrafo e iconógrafo: Pintura y escultura del Renacimiento en México (1979), México barroco (1981), Renacimiento en México / Artistas y retablos (1982), Palacio Nacional (1986), Bibliografía novohispana de arte / Impresos mexicanos relativos al arte de los siglos XVI, XVII y XVIII (dos tomos, 1988), Un rescate de la fantasía / El arte de los Lagarto, iluminadores novohispanos del siglo XVI y XVII (1988), Los escultores mestizos del Barroco novohispano (1991), Pintura y escultura en Nueva España (1992), Residencia oficial de Los Pinos: colección pictórica (1994), Colonia Roma (1995), Miguel Cabrera, pintor de cámara de la reina celestial (1995) o Cartas a Mariano Otero 1829-1845 (1996). Un resumen de su mundo –y al cual le dedicamos muchos minutos de charla– está en El Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII (1993), donde la presencia de un caballo alado en una fuente del Palacio Nacional se convierte, para el ensayista elocuente y sintético, en una metáfora de los tres siglos del Virreinato, varios mundos en tres siglos que para Tovar de Teresa son el epicentro de nuestra historia. Crónica de una familia entre dos mundos / Los Ribadeneira en México y España (Espuela de Plata, Salamanca, 2009), a su vez, es la muestra más reciente del fervor colonialista de Tovar de Teresa.

Nombrado cronista de la ciudad de México en 1985, renunció al cargo honorario que habían desempeñado antes Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe, Salvador Novo, Miguel León-Portilla y José Luis Martínez para hacer, de la crónica, el trabajo de un cuerpo colegiado. Y es que Tovar de Teresa (1956) no es, como se lo imaginan algunos, un anticuario obsesionado con la Colonia sino un contemporáneo activo, agudo comentarista de la encrucijada que padecemos entre la globalización y el fundamentalismo. Actualmente trabaja, él, quien es uno de nuestros principales coleccionistas, en una historia documental de la fotografía en México. Y si acaba de publicar, con Cristina Gómez Álvarez, un libro sobre las lecturas perseguidas por la Inquisición (Censura y revolución, Trama Editorial, 2010), su pasión por la Revolución mexicana se demuestra con su reciente edición de una serie de fotografías inéditas sobre lo que él define, a la manera oficial del siglo pasado, como un gran movimiento nacional regenerador. Se trata de La primera gran revolución del siglo XX / México, 1910-1921 (Proceso, 2010).

Minutos antes de que apareciera Guillermo y levantara los brazos para saludarme, pues hace mucho tiempo que no nos veíamos, sus ayudantes me habían hecho pasar, para hacer la breve antesala, al recibidor donde el erudito exhibe sus fotografías familiares y personales, entre las que destacan los recuerdos de su labor, a los doce años, como asesor de la Presidencia de la República en arte colonial. En la mesa del salón estaban las revistas aparecidas en la ciudad apenas el domingo pasado, pero también ejemplares de las publicadas, aquí mismo, hace un siglo y aun antes, lo cual me pareció lógico, pues a Tovar de Teresa lo visitamos los vivos y los muertos, clases distintas de fantasmas, y el anfitrión procura lectura actual para todos. Pero, defecto profesional, lo que más me interesó de los impresos que estaban frente a mí fue una edición común y corriente de La Rochefoucauld, donde caí en una máxima muy a propósito del ánimo con que Guillermo Tovar de Teresa nos mira a los mexicanos en nuestro pertinaz e inverecundo oficio destructor: “Todo el mundo se lamenta de su memoria, y nadie de su criterio.”

 

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Los festejos por el bicentenario de la Independencia enfatizan fatalmente la ruptura con el orden colonial. Desde tu perspectiva, la de un historiador del Virreinato que ha sido tan importante en la recuperación de ese patrimonio intelectual, seguramente querrás subrayar el esplendor de la Nueva España. Quizá los tres siglos de la Colonia ya no son aquella edad de las tinieblas con la que nos ofuscaban los liberales y los porfiristas, ¿qué queda de ese viejo patrimonio, de la ciudad novohispana en general?

Hay que saber distinguir: una cosa es el pasado, los hechos reales, y otra la construcción mental que elaboramos en torno a esos hechos reales. Nuestra historia tiende a ser mitológica, extremadamente aglutinante en arquetipos y paradigmas. Por ejemplo, hablamos de la Colonia y nos olvidamos que duró más tiempo, en extensión, que el que llevamos de ser un México independiente. La Colonia empieza con la Conquista y concluye con la consumación de la Independencia; estamos hablando de tres siglos, de 1521 a 1821. Y por ejemplo, todo mundo dice “la Conquista de México se dio de un plumazo, el 13 de agosto de 1521”, mientras que esta no se completó a lo largo del dilatado Virreinato de la Nueva España, hasta fines del siglo XVIII. La Conquista duró de manera permanente hasta el siglo XX, cuando tratan de dominar a los yaquis y los mandan a Yucatán y los somete Huerta... En fin, la Conquista fue permanente. Tras la caída de Tenochtitlán vino la conquista de Michoacán, y vino la revuelta del Mixtón en 1541 donde se murió Pedro de Alvarado, por ejemplo. Así vamos viendo sucesivamente cómo se va sometiendo a los distintos grupos: a los tepehuanes, a los indígenas del norte, a los del septentrión mexicano –que a veces son grupos inasibles porque viven en lugares remotos a los que difícilmente llegan los misioneros. En este sentido, resulta más eficaz la conquista espiritual que la militar, porque es por la vía del convencimiento que van asimilando los indios esta nueva forma de ser que es la occidental. Y ese proceso no se ha aquilatado debidamente porque
el lenguaje mesoamericano es un lenguaje pictográfico donde la gente se expresa a través de imágenes: los significantes no son las palabras alfabéticamente consideradas.

La propia escritura maya se compone de representaciones que no son trazos significativos, no son un alfabeto. El chino está constituido por una serie de dibujos –es caligráfico–, lo mismo que el japonés; de hecho, los grandes calígrafos fueron los grandes lingüistas, como Miyamoto Musashi, el autor de El libro de los cinco círculos. En el México del siglo XVI hubo que crear un laboratorio intelectual para fabricar un lenguaje alfabético, que se dio en Tlatelolco, con la gran hazaña de fray Juan Focher, quien forma un grupo de franciscanos estudiosos, entre ellos su discípulo más directo, fray Diego Valadés, que es nieto de un conquistador y autor de una Retórica cristiana que se publica en Italia y que contiene una serie de grabados donde se habla del proceso de evangelización. El propio Focher publica en Sevilla en 1574 un Itinerario del misionero en América [Itinerarium catholicum proficiscentium ad infideles convertendos] donde habla de la metodología para la conversión, que consistía en muy buena medida en introducir este lenguaje alfabético y dar así paso a la implementación de la imprenta: la “Cartilla para adultos” de Zumárraga es el impreso más antiguo que conocemos, en Manual de adultos de 1540, impreso por Juan Cromberger. Aquel momento es erasmista, sustentado en una población entrenada en el aprendizaje de los signos, de las letras, de origen occidental. En las láminas de la Retórica cristiana de Valadés hay grabados donde para enseñar la forma de la letra A ponen una escalera, la escalera se asocia con la letra A, y a base de imágenes van creando en la mentalidad indígena el concepto del lenguaje, el concepto del alfabeto. Por eso es un poco extraño que de repente haya quienes hablen de filosofía o de poesía náhuatl; porque la que conocemos fue la que nos llegó a través de glosas, de gente del XVI, ya criolla, que gracias a la tradición oral recuperó textos y pensamientos que no conocemos en sus fuentes originales. Son solo interpretaciones las que nos pueden ofrecer autores como Alva Ixtlilxóchitl. Por ejemplo, el libro de Sahagún de donde salió La visión de los vencidos es ya un texto alfabético de un testigo de cómo cayó la antigua ciudad de México-Tenochtitlán...

 

Aquello ya forma parte del fenómeno de la traducción, de la conquista no solo espiritual sino intelectual...

Exactamente. Insisto: la Colonia tiene muchas etapas, muchísimas etapas. No es lo mismo, en el propio siglo XVI, la obra de los conquistadores y de los frailes que lo ocurrido después: el apoderamiento del territorio, la creación de una extensa red de conventos, de casas de agustinos, franciscanos, dominicos, etcétera, diseminados por un territorio cruzado por la presencia de empresarios de la guerra, de condotieros como es el caso del propio Hernán Cortés –si lo analizas desde un punto de vista distinto al que a menudo se trata, eso fue: un condotiero. Todos los que vienen aquí a hacer la conquista hicieron un contrato y por eso existe una Casa de la Contratación en Sevilla donde van a recibir beneficios a cambio de su acción militar y presentan sus informes de méritos y servicios. La Conquista se hace a base de empresarios. Hay un trabajo excelente de don Silvio Zavala sobre la conquista de Nueva España como una empresa personal.

La suma de todos estos personajes, conquistadores-empresarios de la guerra, conforma una etapa muy diferente a aquella en la que se reemplaza a los frailes por el clero secular, controlado ya no por las órdenes trasnacionales que están en Roma y que sobrepasan al imperio español, sino por la Iglesia oficial que se impone creando obispados y modifica el sentido territorial. Estos obispados se originan con el de México, inaugurado por Zumárraga, el de Puebla por fray Julián Garcés, etcétera.

Se impone un orden episcopal sobre los frailes y se crean repúblicas episcopales en lugar de las viejas provincias de las órdenes. Y en el caso de los conquistadores, van siendo reemplazados por la autoridad civil, una autoridad constituida: el virrey y los funcionarios, las audiencias para establecer un Estado de derecho y con ello una serie de funcionarios reales que se dedican a cobrar los tributos que benefician a la Corona. Pero todo esto está muy bien hasta que un día llega la inundación de la ciudad de México, que queda devastada en 1629, y se produce una diáspora hacia Pachuca, Guadalajara, Valladolid en Michoacán; eso da origen a las ciudades de provincia: cada república episcopal crea su capital. Por ejemplo, Michoacán originalmente tenía su capital en el Pátzcuaro, pero a partir de esta oficialización de las instituciones se va a lo que era Valladolid. Puebla se queda en su mismo sitio, pero se vuelve la capital del obispado de Puebla.

Esas ciudades se vuelven sitios que irradian beneficios a las regiones porque tienen escuelas, elementos que permiten acceder a la red que desde la capital se está ordenando para facilidad del gobierno en la península. Es ejemplar el caso de la diáspora que arruina la ciudad de México y hace que Puebla de pronto se convierta prácticamente en la capital del Virreinato, al mismo tiempo que llega un personaje clave para efectuar una gran reforma social y jurídica, una reforma del Estado: Juan de Palafox y Mendoza. Llega primero como visitador; después, al morir en el camino Feliciano de la Vega, queda como arzobispo de México, y luego lo hacen virrey porque hay problemas con el marqués de Villena.

 

El famoso “virrey-arzobispo”, el archienemigo de los jesuitas...

Palafox es virrey-arzobispo y visitador, un gran reformador que moderniza lo heredado hasta ese momento y se enfrenta con las corporaciones, los grupos privados que resisten al Estado novohispano –el más señalado de todos, los jesuitas. Se desata un conflicto tremendo entre jesuitas y clero secular que dura hasta la expulsión en 1767. Hay un gran pleito entre los dos porque tienen dos visiones muy diferentes: la visión regalista, oficial, frente a la visión trasnacional de la Iglesia de Roma.

A fines del XVII, la capital recupera su carácter de Atenas del Nuevo Mundo. Es la ciudad de México de sor Juana, de Sigüenza y Góngora. Ellos ya son conscientes de que viven en una urbe que tiene otro carácter. Cuando entra un virrey, sor Juana le escribe el Neptuno alegórico y otro era el Tratado de virtudes políticas. Es ya un concepto completamente diferente: se trata de una ciudad de México restituida otra vez como corazón del Virreinato tras un periodo que permitió el desarrollo de toda una cultura en las regiones.

El siglo XVIII significa otra gran transformación porque viene un cambio de dinastía en la península: dejan de gobernar los Austrias y se empoderan los modernizadores Borbones. Pero no se atreven, ni Felipe V, ni menos Luis que duró un año, ni Fernando VI, a llevar a cabo alguna acción de fondo sino hasta tiempos de Carlos III, que es cuando se emprenden las famosas Reformas Borbónicas. Estas reformas vienen a ser el primer gran cambio de la sociedad novohispana. Uno de los motivos profundos de la Independencia fue el sacudirse las Reformas Borbónicas, protagonizadas por funcionarios que llegan con una misión burocrática y de explotación: empieza a tratarse a la Nueva España más como colonia que como virreinato. Ordenan el territorio ya no en países episcopales sino en intendencias, y esas intendencias son territorios constituidos por una ley, por un reglamento publicado en Madrid. En contra, los jesuitas han sembrado un nacionalismo que responde a una política de sincretismo universal, este sincretismo que se origina desde la fundación de la Compañía de Jesús. Son italianos y vascos, como el padre Acquaviva y como Atanasio Kircher; tienen una visión versátil y universal. Kircher escribe libros sobre China, China monumentis, por ejemplo; después se mete con Egipto en el Oedipus Aegyptiacus... Lo importante es que existe un solo sentido de la divinidad y que cada pueblo lo vive de distinta manera y hay que tratar de entender su mentalidad para que se transformen en creyentes del dios de los católicos.

 

El de los jesuitas es una suerte de multiculturalismo avant la lettre...

Hubo, más bien, un sincretismo universal de la Compañía de Jesús, como le llamó Octavio Paz. Este sincretismo permite que en México, por ejemplo, un jesuita, el padre Florencia, escriba un texto clave como el Zodiaco mariano, la historia de todas las devociones de la Virgen María en los distintos lugares del territorio novohispano. Da a conocer más de trescientas advocaciones veneradas en la Nueva España. Es una geografía mariológica que completa el padre Oviedo, colombiano que llegó en el XVIII.

Después de la peste de 1737, también conocida como el matlazáhuatl, surge la figura más relevante, que es la Virgen de Guadalupe, gracias a la crónica de Cayetano Cabrera y Quintero, quien en el escudo de armas de México deja muy bien establecido que se recurrió a casi todas las devociones que había en la capital: al Cristo de Totolapan, a la Virgen del Rosario de Santo Domingo, a la imagen del Niño de San Juan de la Penitencia, y se hacen octavarios y procesiones con esas imágenes pero ninguna resuelve la epidemia. Entonces traen a la Virgen de Guadalupe del Tepeyac, recorre la ciudad y se curan todos: eso hace que la proclamen reina de la ciudad de México y empiezan a venir una serie de juras en todo el Virreinato: cada ciudad va jurando a la Virgen de Guadalupe como patrona hasta que llega un momento en que se vuelve escudo de armas de México y su celestial protección.

No podemos hacer la independencia política, material, pero sí hacer una independencia espiritual, y la reina será la Virgen de Guadalupe. Por eso uno de mis libros se titula Miguel Cabrera, pintor de cámara de la reina celestial (1995), porque es el que la consagra movido por los jesuitas y le hace exclamar a un pontífice, a Benedicto XIV, “Non fecit taliter omni nationi” o sea: “No se ha visto un milagro así en ninguna nación.”

Entonces los mexicanos se vuelcan en el guadalupanismo y constituyen a la Guadalupana en monarca celestial, empezando así otra etapa de la vida novohispana. Contra esa devoción tan popular, tan generalizada y tan profunda empieza a surgir, simultáneamente, la intrusión de la modernidad, pero de una manera que casi llamaría yo de contrabando. Es cuando empiezan a surgir una serie de lecturas prohibidas, que es el tema del libro que hicimos Cristina Gómez Álvarez y yo. Nos percatamos de cómo fueron poco a poco penetrando una serie de lecturas en las mentalidades de los novohispanos de la segunda mitad del XVIII hasta que este proceso empieza a volverse más acelerado, más intenso conforme nos acercamos a la Independencia. Y ya cuando llegamos al periodo que estudiamos, aparece la infiltración de material subversivo.

 

Se discute mucho qué tan exógenas fueron las causas del levantamiento de 1810. ¿Tú crees que había un fermento intelectual de modernidad ilustrada distribuido en la Nueva España? El libro al que te has referido, Censura y revolución / Libros prohibidos por la Inquisición de México (2009), que publicaste con Cristina Gómez Álvarez, ilumina justo los años en que se resquebraja el mundo virreinal. A la luz de lo que se leía en la Nueva España y lo que se prohibía, ¿tú crees que la Independencia era inevitable o que el Pegaso, un símbolo quizá desaprovechado, pudo habernos ahorrado esa orfandad del siglo XIX tan dramáticamente ilustrada por la destrucción liberal de la ciudad de México?

Nuestros países nacieron auspiciados, tutelados por la Corona española, que procuró mantenernos en el aislamiento. Es decir, el cambio que venía de fuera era filtrado desde la península y en México por las instituciones, entre ellas el Santo Oficio de la Inquisición.

Si tú lees la folletería de fines del XVIII, principios del XIX, sobre todo la que se desata cuando hay libertad de expresión en 1813-1814, en tiempos de Fernández de Lizardi, te vas a dar cuenta de que no todos entienden bien a los filósofos. Hay unos que sí; tú lo sabes mejor que nadie porque has estudiado a fray Servando: la transformación que tiene el fraile dominico novohispano, un hombre moderno ligado en Londres con José María Blanco White y con acceso a una serie de lecturas y de quebrantos y de sinsabores. Fray Servando vive una cosa terrible, un triunfo humillante: le dan la razón en el sentido de que lo perdona la Corona española por ser un ingenuo que creyó en la Virgen de Guadalupe. El hombre se vuelve un activo liberal moderno y empieza a tener contacto con los americanos. Su caso es un ejemplo perfecto de cómo se transforma un novohispano en mexicano.

 

Retrocediendo un poco, en ese cruce entre devoción guadalupana e infiltración de las ideas ilustradas en la Nueva España, ¿cómo interpretas la expulsión de los jesuitas?

Es un proyecto político, religioso, ideológico diferente a los intereses de la Corona. Esa diferencia empieza a acentuarse, y lo que le da la voz de alarma a la Corona española de esta intrusión de la esfera de los jesuitas en el ámbito regalista es el caso del Paraguay, que va tener un efecto clarísimo en la visión que la Corona española de Carlos III tiene de la Compañía de Jesús. Hay miles de interpretaciones acerca de la expulsión de los jesuitas, pero en rigor lo que hay es un repudio de la Corona a la posibilidad de que se empiece a introducir un modelo social, religioso, ideológico distinto.

Los jesuitas, además, empezaron a volverse propietarios de grandes extensiones de tierra, un poco como los templarios. A Carlos III, que viene de Italia, que ha sido duque de Toscana, rey de Nápoles, en fin, que tiene una visión afrancesada e italianizante, no le gusta mucho que los jesuitas se constituyan en un actor tan importante en las colonias porque España no tiene controlada a la Compañía de Jesús.

La expulsión es uno de los motivos que también se aduce como antecedente de la Independencia porque muchos de esos jesuitas empiezan a publicar, desde el destierro, una serie de textos que resultan fundacionales. Por primera vez se empieza a hacer historia antigua de México. Desde el siglo xvi no se hacía, desde Torquemada, Sahagún, Motolinía, Mendieta, pero llega Clavijero y publica en Italia su Historia antigua de México: es la historia que difunde la grandeza del México anterior a los españoles. Clavijero forma parte de un nuevo ambiente de conciencia en Europa gracias a ese libro que, aunque inicialmente aparece impreso en Italia, es reeditado en Inglaterra en 1787 y es tan vigente que se vuelve a reeditar por Ackermann en 1826, después de la Independencia. Hay una reivindicación de Clavijero después de la Independencia, se vuelve un texto oficial de la historia antigua de México, y está escrito por un jesuita novohispano. Lo mismo pasa con la Rusticatio mexicana de Landívar, que aunque es de origen guatemalteco es mexicano, novohispano... otro texto que exalta el amor a la tierra y que también se vuelve todo un hito.

 

Han pasado casi veinte años desde que publicaste La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido (1991). Decías entonces que del siglo xvi no había quedado un solo edificio, que en México un siglo destruye al anterior. Supongo que tu balance del siglo xx no ha cambiado pero quizá encuentras una actitud distinta a comienzos del nuevo siglo. Ante la euforia, legítima o inducida, que celebra los aniversarios de nuestras revoluciones, ¿qué novedades encuentras, como historiador, en el estudio actual del Virreinato, una época –se dice que esos fueron los grandes siglos mexicanos– que no fue “revolucionaria” tal cual lo aprecian los modernos?

Ya no abundan las historias generales de la Nueva España porque es muy difícil abordar ese periodo en conjunto, pero ha habido intentos de síntesis que a veces funcionan y que son atractivos y sugestivos. La penetración de la vida propiamente novohispana todavía depende mucho de la gran investigación que se lleve a cabo de los archivos de protocolos, no el de México ni el de Puebla o el de Guadalajara sino otros, de interés: el de Morelia, por ejemplo, que lo ha trabajado El Colegio de Michoacán.

Hay muchos archivos que te ofrecen cosas impresionantes, por ejemplo el de Colima, que lo trabajó José Miguel Romero de Solís; es impresionante la publicación de Andariegos y pobladores, una maravilla que habla de una serie de personajes insólitos, que no te explicas cómo van a dar a Colima en el XVI más que por la fascinación que les produce estar al borde del Pacífico y la posibilidad de emigrar desde ahí a China, de conocer Oriente. Aparece entonces ese otro territorio, que a veces olvidamos, que también formó parte de la vida novohispana: Filipinas; desde el viaje de Legazpi, desde la expedición de Urdaneta, cuando Juan Pablo Carreón construye aquellos barcos y encuentran el derrotero hacia las islas. Esto les permite luego el acercamiento a China, a Japón. Son los franciscanos descalzos y los jesuitas los que llevan a cabo esa conquista. Hay mucho mexicano que anda por allá en esas regiones remotas de Oriente, personajes que no se han estudiado y son fabulosos, como Guido de Lavezaris, que es prácticamente el segundo gobernador de las Islas Filipinas, un señor de origen italiano que viene asociado como empresario con un alemán y con alguna otra gente, y su familia, los Isla, que se instalan en Nochistlán, Zacatecas. El señor se va a Filipinas y de ahí a la India, a China, a Macao, al Tíbet. Es una especie de Marco Polo mexicano, novohispano: ahí está el material sobre Guido de Lavezaris esperando en el archivo de Indias y en el Archivo de la Nación de México. Pero como ese personaje te puedo decir que hay miles de casos a los cuales valdría la pena acercarse con esa metodología tan lúcida que planteó en su momento el historiador Luis González y González, la microhistoria.

 

Quizá no todos los lectores conocen El Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII (Vuelta, 1993), que es un símbolo dentro de otro símbolo: resume en la historia de aquella fuente enigmática de Palacio Nacional no solo el drama criollo del siglo XVII, sino toda tu obra histórica e iconográfica. ¿Cómo concilias ese símbolo, reservado o secreto, que es el Pegaso, con otros símbolos mexicanos más visibles y frecuentados, como el águila y la serpiente, la Virgen de Guadalupe?

El libro se reeditó en Sevilla, en la editorial Renacimiento –ya se agotó esta edición– con un estudio introductorio de David Brading, otro de Jacques Lafaye y otro de José Pascual Buxó: los tres hacen comentarios sobre el texto, cuyo origen está en la interrogante de por qué estaba puesto un Pegaso, un caballo alado, en la fuente del Palacio Nacional. Contestar esa pregunta me llevó veinte años; fue un tema obsesivo que me llevó de un día para otro a captar de golpe muchas cosas.

Cuando al fin, por inspiración o por lo que tú quieras, me senté a hacer el libro, lo hice en una semana, pero después de veinte años. Lo que planteo ahí es la existencia de un patriotismo cívico indiano de corte renacentista que tiene que ver con una visión del siglo XVI que responde a la ciudad anterior a la inundación, que es la del Pegaso. El Pegaso como el símbolo de la Nueva España, no solo por razones simbólicas sino aun etimológicas: resulta que Pegaso viene de πηγή [pegué], que significa “fuente” o “manantial”. Torquemada compara la ciudad de México con una fuente o manantial y el nombre de México lo entiende así: “Pegaso quiere decir ‘México’ y quiere decir ‘fuente’ y por eso está encima de una fuente.” También es un emblema de la imaginación nacida a partir de la culpabilidad, vanidosamente reprimida. Usas la vanidad para reprimir la culpa y eso te crea un estancamiento. Cuando te liberas de ese estancamiento, surge la imaginación. La Medusa, que es el enemigo interior, es decapitada por Perseo, que es la voluntad, y con su sangre se fecunda la tierra y nace la imaginación, que es el caballo alado. Esa imagen de la Nueva España como un caballo alado, es decir, como una fuente, como un manantial, es una idea muy sugestiva.

 

Un verdadero símbolo...

Otro tema que me interesó mucho fue el de la utopía, y en su momento descubrí que el virrey Mendoza había sido lector de Leon Battista Alberti, hombre clave de la corte de los Medici en Florencia y autor de un tratado de urbanismo que se llama De re aedificatoria, es decir De las cosas de la edificación, con la idea de que una ciudad es una civilización. Hay un texto precioso de Paz al respecto que cito en el libro y dice que la polis es la obra de arte de la política. Entonces hay una utopía social, que es lo que busca Moro, en los hospitales-pueblo de Michoacán y Santa Fe, una utopía canónica que da contenidos, en lo religioso, de búsqueda de la verdad. La utopía de Mendoza busca lo bello, la de Moro, leído por Vasco de Quiroga, lo bueno, y Erasmo leído por Zumárraga busca lo verdadero. Por eso hice un libro que se llama Lo bello, lo verdadero y lo bueno, que lleva un ensayo de don Silvio Zavala sobre Quiroga, otro de León-Portilla sobre Zumárraga, otro mío sobre Alberti y un prólogo de Paz precioso, titulado “El tres y el cuatro”, donde hace una síntesis fantástica de lo que es este proyecto utópico de la Nueva España en el siglo XVI. A principios del siglo XX, a esta manera de ser nuestra, don Antonio Caso la denominó como el “bovarismo mexicano”, es decir, que siempre tenemos muchos sueños, nos abandonamos a ellos, vivimos soslayando la realidad.

 

Perteneces, preservándola, a una antigua tradición, la del escritor-cronista de la ciudad de México, la de Luis González Obregón, la de Artemio de Valle-Arizpe, y fuiste el último cronista antes de que aquella encomienda se convirtiera en un consejo que presidiste. En Crónica de una familia entre dos mundos / Los Ribadeneira en México y España, enlaces y sucesiones (2009), hablas de la historia de un linaje, de una genealogía, y de alguna manera cuentas la historia que lleva a la tuya como ese precoz historiador colonial que fuiste, retratado en una emotiva página, por cierto, de Enrique Krauze. ¿Qué es ser historiador de una ciudad? ¿Cómo ha sido tu experiencia como el principal historiador del arte colonial mexicano?

En ese libro yo lo que quise fue estudiar a una familia prominente del Virreinato que establece una serie de redes y se constituye en una entidad poderosa económica e ideológicamente. Sería una especie de contribución a la historia de la iniciativa privada en México. Preferí publicarlo en España porque pensé que aquí no iba a llamar tanto la atención, que no iba a tener lectores porque este tipo de temas no son afines al gusto mexicano. Se trata de reivindicar al personaje del que dos grandes historiadores, el peruano Lohmann Villena y el mexicano Guillermo Porras Muñoz, pensaron que se había casado en Valladolid y allá se había quedado. Pero no: Gaspar de Ribadeneira, el viejo, se casó dos veces en México y tuvo una inmensa descendencia, y esa descendencia abarca a muchos personajes muy interesantes.

La colonización mexicana no fue realizada por cuatreros ni venimos de la escoria de la sociedad española, que es lo que maneja la historia ideologizada extranjera. Llegaron personas relevantes que pudieron haberse quedado en España tranquilamente con sus recursos a llevar una buena vida pero que decidieron invertir en el Nuevo Mundo. Quien no conoce el contexto es muy difícil que atine a aprehender la intención del libro y su significado; no se puede tomar como una especie de historia social metida en una lata de sardinas llena de nombres, y si no identificas a los personajes no vas a interesarte en el tema, que es crucial para los siglos XVI y XVII mexicanos. De raíz tenemos un problema con la Independencia: el conflicto entre los autonomistas, que son señores que piensan que no debemos desvincularnos como comunidad hispánica, que son los mismos de las Cortes de Cádiz, los diputados a Cortes que representan a todos los elementos del imperio español...

 

Que eran la mayoría en 1821.

Así es, y desde 1812 asumen la soberanía del imperio español, ya no las Juntas como la de Sevilla, sino un congreso representativo por la presencia de gente de todas las regiones del Nuevo Mundo y de la península. Esta idea es el principio de lo que pudo haber sido una Commonwealth hispánica, por llamarle de alguna manera: una comunidad económica iberoamericana que nos mantuviera unidos. Esa era la idea autonomista, la de Lucas Alamán por ejemplo. Pero está la otra, la visión insurgente que es nacionalista, separatista, y que en rigor no está tan involucrada con la idea de pensar en cualquier tipo de vinculación con la Corona española ni con el resto de la América también española. Entonces, ya de entrada surgen, digamos, los autonomistas y los insurgentes, que es una idea que de manera muy brillante ha desarrollado Cristina Gómez Álvarez.

Los autonomistas quieren crear una monarquía en México porque es lo que se firmó en los Tratados de Córdoba: que se viniera un hijo de Fernando VII a gobernar el reino de la Nueva España; pero, en virtud de que no viene, el vacío de poder lo asume Agustín de Iturbide. Lo hace de manera un poco megalómana, autodenominándose emperador. Todavía estaban todos muy influidos por la presencia napoleónica y eso le costó todo: si él se hubiera convertido en jefe político no se habría metido en mayor lío, si se conforma con reinstalar la monarquía y permanecer del lado más conservador del movimiento de independencia contra los avanzados, los verdaderos insurgentes. Pero se origina una polaridad en la vida mexicana porque los autonomistas derivan en monárquicos, y los insurgentes en republicanos. Cuando cae Iturbide surge la república de Guadalupe Victoria que trata de conciliar y de aglutinar a todos y tiene un gobierno muy exitoso, tan exitoso que es el único que cumple el periodo completo.

 

Y está la fascinación con los Estados Unidos, el fanal republicano, como lo llamaría fray Servando.

Hay una serie de sucesos que explican que México haya optado por la república y por tirar a Iturbide con la presencia del embajador Joel Roberts Poinsett. Entonces es terrible su influencia, por sus aliados. Por ejemplo un Lorenzo de Zavala, que era muy inteligente, en cierto modo el padre del liberalismo mexicano, y que resultó ser un truchimán que acabó de vicepresidente de la república de Texas, dedicándose a la especulación de terrenos en esa parte del antiguo territorio mexicano. Es lamentable un hombre como Zavala, a diferencia de José María Luis Mora, que fue un hombre tan lúcido y tan inteligente pero que tuvo que expatriarse.

 

¿Y del Porfiriato, qué me dices?

El verdadero monarca republicano, el que empieza como guerrillero y acaba siendo un káiser, es don Porfirio. Don Porfirio crea todo un periodo que puede verse en tres etapas. La primera, como militar: el soldado del 2 de abril que vence a Márquez en San Lorenzo, que toma la ciudad de México que estaba en manos de los imperialistas, que es el personaje más querido y popular en el periodo último de Juárez y en el inicial de Lerdo de Tejada. Como militar, en esa primera etapa, tiene un gran éxito. Luego tiene una segunda etapa que es cuando se casa con Carmen Romero Rubio y crea la alianza con el padre de ella, que había sido secretario de Gobernación de Lerdo de Tejada. A los soldados y al ejército les suma ahora a los políticos y a los intelectuales: ese Porfirio Díaz se vuelve ecuménico, poderosísimo y sobre todo prestigiado. Y hay un tercer Porfirio Díaz que es el que se asocia con lo que podríamos llamar los “pre-neoliberales”: es el caso de Limantour, quien crea escuela. Hasta hay un libro que se llama El limantourismo de Madero, porque Madero es un producto puro de Limantour, paradójicamente. Al pri le pasó lo mismo. Hubo una etapa militar cuando fue muy poderoso, una etapa política e intelectual cuando fue muy constructivo, el milagro mexicano, y una etapa neoliberal que le hizo mucho daño.

 

Sorprende, finalmente, en un espíritu barroco como el tuyo, el reconocimiento que le ofreces a la Revolución mexicana por habernos reconciliado con la Nueva España, gracias al historiador Manuel Toussaint y a José Vasconcelos, de quien fue secretario. Octavio Paz mismo, hijo legítimo de la Revolución mexicana, continúa esa reconciliación en El laberinto de la soledad y la culmina en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. ¿Fue 1910, de manera figurada, una suerte de revolución astronómica que nos devolvió, quizá, a ese momento en que el humanismo de las órdenes mendicantes busca la conquista espiritual de los indios, rescatándolos como una gran civilización pagana, aquella que Sigüenza recomendaba exaltar, en lugar de a los héroes de la Antigüedad?

Don Porfirio capotea las contradicciones heredadas del XIX gracias al poder inmenso que aglutina, pero es un hecho que está latente el problema de la tierra, las demandas laborales, las huelgas de Cananea y Río Blanco. Esas reivindicaciones elementales de la tierra, o las laborales, Madero no las resuelve cuando llega al poder. La Revolución real es la de Madero por el levantamiento de Ciudad Juárez, donde paradójicamente Ciudad Juárez es todo un símbolo. Ahí se encuentra el presidente mexicano con el presidente norteamericano, se inicia la Revolución, y cien años después la ciudad se constituye en el paraíso del crimen organizado; es muy curioso ese caso.

La Revolución, entre Madero y Díaz, dura meses, porque se va don Porfirio en el Ipiranga y se queda viviendo en Europa y se acabó. Lo que viene no es tanto una revolución como una guerra civil, una despiadada y encarnizada lucha por el poder. Pero el actor principal de esa lucha es el pueblo mismo. En la mitología que nos han creado de la Revolución siempre nos hablan de caudillos, la Revolución de Obregón, de Zapata, de Villa. Pero la Revolución fue una con distintas variables: no es cierto que fueron muchas revoluciones, fue el mismo movimiento contra el antiguo régimen. La Revolución mexicana es un intento reivindicador de volver a lo nuestro, entre otras cosas porque en todo el XIX el cambio venía de afuera y se volvió acelerado por la imitación de Francia y de los Estados Unidos, paradigmas de la modernidad.

Entonces perdemos la tradición, nos volvemos enemigos de lo heredado; por eso viene tanta destrucción de edificios, no solo en la capital sino en todas las ciudades de la república, porque confunden las ideas con las piedras. Como consecuencia de ello hay una cruzada en contra de la Colonia durante ese periodo modernizador liberal. La Revolución nos devuelve la identidad, su consecuencia es una lucha de los intelectuales y la gente de cultura por recuperar un pasado que había sido negado. Desde los ateneístas hasta los redactores de las primeras revistas en el curso de la Revolución misma, la tarea de los colonialistas como Francisco Monterde y Artemio de Valle-Arizpe es proponer y practicar la conciliación que desde los tiempos de Altamirano se había dado: la conciliación entre México y la Colonia.

 

No todo el mundo sabe lo que estás diciendo, que la Revolución mexicana no es anticolonial.

Al contrario, es muy partidaria de la Colonia. Genaro Estrada, que es de Sinaloa, del grupo de los callistas y es, a la vez, ministro de Relaciones y gran protector de todos los colonialistas, escribe incluso una novela colonialista, Pero Galín, en 1926. Y Visionario de la Nueva España (1921), un texto precioso.

 

Además, Genaro Estrada escribe en un español solo aparentemente arcaizante.

Es muy moderno, así es. Junto a Estrada están Manuel Toussaint y el propio Alberto Pani, que desde la Secretaría de Hacienda publica Iglesias de México. La gente estaba apasionada por la Nueva España en los años veinte. Obregón ordena la publicación de los libros que le propone José Vasconcelos como secretario, convencido de la importancia que tiene el periodo virreinal negado por el XIX, y su reivindicación, categórica, forma parte de la vanguardia revolucionaria: recuperar lo nuestro, volver a ser lo que somos. López Velarde voltea a Andalucía, voltea a los pintores andaluces y a las revistas literarias españolas: Fuensanta es la portada de una de esas revistas. López Velarde habla de la provincia, de la tradición, del costumbrismo, de la vida acompasada e íntima de los lugares recónditos de la patria. Y llega a la conclusión de que vivimos una patria epopéyica, millonaria y pomposa. Eso ya se acabó: después de la Revolución volvemos a una patria más modesta y quizá por ello más preciosa –dice–, volvamos a la autenticidad. La suave patria no es más que un canto a esa nueva patria, a esa dulce patria. Las revistas son un síntoma de toda esa visión y esa sensibilidad cultural que impera hacia el pasado: lo ves en El Maestro, en México Moderno, en Forma, en Mexican Art and Life, en La Falange, hasta en Contemporáneos hay una recuperación de la cultura novohispana.

 

En 1993 publicaste en la revista Vuelta un artículo titulado “México entre el fundamentalismo y la globalización” que yo no había releído. Lo hice este fin de semana y me llamó la atención su valor profético en el cual se cruzan el enamorado del Barroco, la fascinación por la Revolución mexicana y el análisis de la contemporaneidad.

En 1993 acababa de volver de España después de tres años viviendo en Sevilla, y había pensado mucho en México desde allá, desde fuera. Las conclusiones y las ideas que había reunido se me ocurrió ponerlas en ese texto, y en muchos casos fueron atrevidas. Desde el título, porque entonces no se hablaba mucho de globalización ni de fundamentalismo. Lo escribí antes del levantamiento de Chiapas, en los días previos a la aprobación del Tratado de Libre Comercio, y digo ahí que el cambio no va a venir de fuera sino de dentro: “No caigamos en el fundamentalismo y cuidémonos de la globalización.” Lo dije advirtiendo contra la estupidización y la banalidad. La inestabilidad como ley universal es lo propio de México. Todo forma parte de un todo, de un proceso permanente, un flujo en donde lo que predomina es, ya no lo cíclico que viene de la sociedad agrícola ni lo lineal progresivo que viene de la modernidad, sino la pluralidad, lo simultáneo, lo propio de la sociedad tecnológica y ecológica.

 

Solo me debes algunas palabras sobre tu formación intelectual.

Yo tuve una suerte infinita, que creo que compartimos: nos tocó convivir con la mejor gente de México, que ahora ha desaparecido, personas de una valía impresionante, y formarnos con ellos. Desde muy pequeño fui muy amigo de don Felipe Teixidor, de Octavio Paz –te consta–, de Fernando Benítez, de José Luis Martínez, de don Luis González y González. En el caso de la historia, me acerqué a la gente que sabía, a Francisco de la Maza, a don Silvio Zavala. Era una maravilla platicar porque no tenían la pequeñez ni la insignificancia de volverse envidiosos, que es lo que predomina, con sus honrosísimas excepciones, en los medios académicos. Yo siempre quise moverme por mi cuenta, de manera independiente, y en ese sentido tuve la suerte de toparme con esos personajes. Me formé a la antigua, asociado a un tutor que me iba orientando en mis lecturas o que con sus discusiones me iba alimentando y señalándome objetivos fascinantes.

 

A veces parece haber un abismo entre los dos siglos...

Sí. Por ejemplo, de un Roberto Moreno de los Arcos ya nadie se acuerda y para mí fue crucial porque en las tertulias en su casa se hablaba de Alzate y del XVIII ilustrado, de Bartolache, etcétera. Eran unas conversaciones alucinantes y ahora valoro al triple lo que yo en ese momento veía como muy cotidiano. Pensé que iba a durar siempre, y ahora que estamos en este páramo siento mucha tristeza y cierta soledad por no contar con personajes de esa categoría y de ese calibre. Recuerdo también a don Diego Angulo Íñiguez, que era el director de la Real Academia de la Historia y del Museo del Prado de Madrid, y que me motivó a que publicara Pintura y escultura del renacimiento en México (1978). Él me lo prologó. México barroco (1981), que resultó ser un poco psicodélico y una mala síntesis, porque me la recortaron y me la rehicieron, me lo prologó George Kubler, un hombre con una formación formidable. Y luego me deslumbró la figura de Paz cuando los tres se pusieron de acuerdo en proponerme para que me dieran la beca Guggenheim, en 1985. Fue una maravilla; me dio la idea de que yo podía ser independiente.

 

Tú, como yo, casi no fuiste a la universidad.

No. Evité totalmente el contacto. Tengo muchísimos amigos académicos pero ese ámbito entra en conflicto con mi propia naturaleza. Yo decidí formarme por mi cuenta.

Me volví independiente del gobierno, también, tras haber sido asesor de Juan José Bremer en la Subsecretaría de Cultura en 1983. Quedé como cronista honorario de la ciudad de México, pero en 1985 me di cuenta de que era un absurdo que hubiera un cronista para una ciudad de tantos millones de habitantes, inabarcable, que había que hacer la crónica de muchísimos tópicos y un solo cronista era inútil. La crónica finalmente es una labor colectiva a la que contribuimos de manera muy diversa todos los interesados. Por eso se me ocurrió hacer un Consejo de la Crónica, al que entraron justamente Paz, Fernando Gamboa, Fernando Benítez, Emmanuel Carballo, Rufino Tamayo, don Luis González y González, don Silvio Zavala, Ramón Xirau, en fin, un grupo muy rico del cual sobreviven tres personas. Tras ese primer Consejo, se forma un segundo Consejo cuya presidencia dejé al cumplir el periodo de tres años. Ahora lo preside Homero Aridjis.

 

¿A qué te dedicas actualmente como historiador?

A la historia de la fotografía, del siglo XIX sobre todo. Estudio la introducción de la fotografía en México, cómo predomina en un inicio el papel salado sobre el daguerrotipo practicado por los norteamericanos –en cambio el papel salado era propio de quienes venían de la tradición litográfica. Estoy estudiando la figura de Julio Michaud, que está muy asociada con Le Mercier, un editor francés que le permitió traerse a México a Auguste Massé y a Joseph Decaen. La litografía y la fotografía se constituyen en un imaginario que permite que en México tengamos idea de lo de fuera y que afuera tengan idea de lo de México. No solo estoy estudiando a los precursores, personajes realmente relevantes, sino cómo la fotografía se va constituyendo en un elemento de identidad personal en un periodo de individualismo. Me he dedicado a estudiar a los fotógrafos de la provincia en todos los formatos, que van pasando del retrato en miniatura a la fotografía de grupo. La fotografía además implica una presión sobre el artista pintor, que se ve forzado a ser fiel reproductor de la realidad, lo que obliga a un Hermenegildo Bustos, por ejemplo, a ejercer un realismo impresionante.

También estoy preparando la crónica de un patrimonio perdido, ya no solo de la ciudad de México, sino de toda la república. Es un retrato de la destrucción del patrimonio en las diferentes ciudades de la república mexicana. Nos vamos a llevar unas sorpresas tremendas porque vamos a ver cómo hemos destruido medio país. Es una barbaridad, es una salvajada lo que ha ocurrido aquí en México. ~