Woodstock'99 | Letras Libres
artículo no publicado

Woodstock'99


ROCK

Woodstock 99: treinta años de rock y marketing

Tres décadas hace que medios de difusión y comerciantes franquiciaron la "nación de Woodstock", cual interpeló a incalculada audiencia el yippie Abbie Hoffman, apoderado del micrófono para exigir solidaridad con John Sinclair, rockero miembro del partido Panteras Blancas preso por posesión de mariguana.
     La reciente tercera edición del legendario festival, que reunió en 1969 a casi medio millón de personas a la intemperie en una finca habilitada cual foro, confirmó que rock y campismo son agua y aceite. Otras emulsiones viscosas que fluyeron durante el festival Woodstock 99 ratifican que quienes ignoran la historia están condenados a repetirla; tuvo razón aquel grafito del 68 que recomendaba desconfiar de mayores de treinta años.
     Hoffman huyó a la clandestinidady ahí murió, atropellado. En cambio, Rubin, acusado de perturbar la Convención Demócrata de 1968, optó por cumplir sentencia reducida y reintegrarse al sistema como exitoso corredor de bolsa en Wall Street. Aquella pretendida "contracultura" engendró un lucrativo mercado: discos, pantalones, motocicletas, hamburguesas, cereales y refrescos fueron vestidos de rockeros para vender. Subcultura metalizada, su museo es el Hard Rock Café.
     Por eso reincidió en 1994 Michael Lang, su promotor original, asociado con el veterano John Scher, con apoyo de una transnacional de espectáculos. Pero su ambición volvió a frustrarla el descontrol del acceso a ese segundo festival, caracterizado por el desencanto existencial de la llamada Generación X y el cieno que bañó a sus asistentes. El evento volvió a perder dinero, pero no los disuadió de intentar, una vez más, capitalizar simultáneamente su trigésimo aniversario, el fin de siglo y —claro— del milenio.
     Paradójicamente, ningún festival de Woodstock se ha llevado a cabo en esa apacible población de artistas y bohemios del norte neoyorquino. El primero hubo de desplazarse a Walkill y luego a la finca del granjero Max Yasgur en Bethel, comunidad que ya no recibió al del 94, a su vez trasladado a la vecina Saugerties. Esta vez, los organizadores se manifestaron seguros de haber hallado el sitio ideal, dotado de todos los servicios necesarios para la efímera ciudad instantánea que ahí se asentaría: la vieja e inhabilitada Base Grifiss de la Fuerza Aérea, lo cual constituye la primera en la serie de ironías y contradicciones del último Woodstock del siglo y probablemente de la historia. Su seguridad —se ufanaron— impediría la intrusión en el evento sin boleto, con un alto muro de tres millas de largo erigido para el efecto y eufemísticamente dedicado "al pueblo de Kosovo".
     El énfasis sería dar a la juventud actual "su propio Woodstock", a un costo de 150 dólares por tres medios días de concierto, a cambio de un atractivo elenco musical de más de quince artistas o grupos repartidos en dos escenarios, uno de ellos para "artistas emergentes" (voluntarios en pos de exposición) y raves nocturnos con célebres D.J.'s. Al parecer, una ganga.
     Pero las habitaciones en Rome y alrededores subieron de setenta a 275 dólares, con listas de espera que dejaron a artistas tardíos sin alojamiento; así, 80% de los más de 200 mil asistentes acampó en la propia base aérea, ocho veces mayor que el sitio del festival 94.
     La presencia en el interior no sólo de cajeros automáticos, sino hasta de promotoras de tarjetas de crédito, fue agorera. Una botella de agua valía cuatro dólares, un sándwich diez, una bolsa de hielo quince. A las previsibles insolaciones siguieron brotes de males gastrointestinales de origen terroríficamente simbólico: algunos, decepcionados de la falta de lluvia y lodo, aprovecharon las fugas de los retretes para retozar en ese caldo de cultivo, uno de los pocos elementos gratuitos de Woodstock '99, pues hasta los tatuajes que ornaron muchos orgullosos torsos femeninos desnudos costaban cuarenta dólares.
     La actuación de los grupos más agresivos provocó centenares de fracturas, sofocamientos y al menos una de las numerosas violaciones, denunciadas o no. Muchos más sucumbieron a la escasez monetaria, las enormes distancias hasta la comida y la cada vez más escasa agua y los rebosantes retretes que el alcalde de Rome —republicano, apropiadamente llamado Joe Griffo— dijo haber supervisado personalmente.
     Durante la actuación de Red Hot Chili Peppers, la agrupación Pax (presente para hacer proselitismo en pro de movimientos civiles) repartió velas para un final dramáticamente iluminado. El público, que la noche intermedia ya había vandalizado las instalaciones, usó las velas para su protesta contra el lucro, incendiando los empaques amontonados en montañas de basura. El vandalismo dio paso al pillaje y a indocumentables abusos físicos. El festival —cuyo viejo lema, "Tres días de paz y música", fue "modernizado" como "¡Tatuados, perforados y listos para el rock!"— concluyó así como una grotesca alegoría de lo que sucede cuando la búsqueda de libertad individual deviene, vía su comercialización a través de los medios, en una ciega búsqueda de placer inmediato, a cualquier costo o —de ser posible— gratis. -