The Who en México | Letras Libres
artículo no publicado

The Who en México

La incomunicación y los malentendidos solían ser la columna vertebral de la tragedia, los pretextos que empleaba el hado para hacer su profana voluntad y desatar la maldición de los linajes, el censo sanguinario de ciudades enteras, el destierro, el caos y la muerte. No haber sido testigo de las conjuras entre dioses y mortales; no haber escuchado atentamente lo que calló Tiresias o el oráculo; no haber estado en el momento en que la boca del mundo se abrió para confiar su augurio del combate entre aqueos y troyanos a un guerrero que dormía, resultaba tan funesto como haber tenido noticia del augurio y haber actuado en consecuencia. Para cuando Edipo se dio cuenta de que un homicidio imprudencial y contraer nupcias con una mujer madura no eran lo mismo exactamente que un parricidio y cometer incesto con la madre, no había nada más que hacer. Ya había sido cegado por los celos de su propia sangre.

Sin embargo, los malentendidos pueden ser el origen de una bendición oblicua. Si Puck, a las órdenes del rey Oberón, no hubiera colocado el jugo del amor en los párpados equivocados, Hermia y Lisandro, Demetrio y Helena, no hubieran comprobado la verdad a veces cruel pero siempre gloriosa de sus sentimientos. Si algunos milenios después, muy lejos ya de la tragedia y un poco más cerca de la mitología, un locutor no hubiera preguntado dos veces a unos jóvenes por el nombre de su grupo musical, The Who habría seguido llamándose The Detours (Los Desvíos) o The High Numbers (Los Grandes Números). “Los… ¿quiénes?”, preguntó el locutor nuevamente, ahora sí confiado en registrar uno de los tantos nombres olvidables que tuvo el cuarteto. “Eso es: Los Quiénes. Somos Los Quiénes.” El resto del equívoco es silencio e historia, no así el sonido y la furia de la banda en la voz de Roger Daltrey, la guitarra de Pete Towshend, el bajo de John Entwistle y la batería de Keith Moon.

A más de cuarenta años de la salida de My Generation (“Mi generación”), su primer álbum, The Who, con todo y los reemplazos que ha sufrido en el bajo y la batería a lo largo de todo este tiempo (Pino Palladino, Kenney Jones, Zak Starkey), sigue tocando un rock de los aciertos, una estridencia calculada y comunicativa, un vaticinio de la música por venir.

El arte no sólo mira el envés, sino el rostro futuro de las cosas. Poco importa que nos hable en presente porque ignora el paso del tiempo, aunque el tiempo mismo termine por reducir el arte y al artista (o la visión y al visionario) a polvo. Cuando Allen Ginsberg aulló largamente “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”, destapó y examinó el cráneo de los años cincuenta, pero cuando alguien toma Aullido y lo lee, medio siglo después, continúa suscribiendo el versículo de Ginsberg y asiente, en abierta sospecha de su antigüedad.

Algo semejante ocurre con la canción My Generation, aunque la moira le brinde una leyenda trágica que rebasa los escasos tres minutos de su duración. Desde que la escuché por primera vez, no dejó de asombrarme su ferocidad letrística y la potencia de su sonido, que tan claramente anuncian el punk, y su novedosa técnica de canto, que recuerda al Sprechgesang (“o canto hablado”) de Arnold Schönberg.

En My Generation, Towshend no sólo definió con tino sociológico los predicamentos y contradicciones de la juventud –tan invariables que aun yo me reconozco en ellos–, sino que lanzó una oscura profecía como botella al mar que más tarde fue devuelta a la playa. “Espero morirme antes de envejecer”, canta en ella un Daltrey que no puede referirse a sus contemporáneos sin tartamudear. Para Moon, al menos, el antimanifiesto de Towshend fue su Casandra: una sobredosis de pastillas terminó con él en 1978, décadas antes de llegar a viejo.

Yo puedo ver La Torre Eiffel y el Taj Mahal en días claros./ Pensabas que necesitaría una bola de cristal para ver a través de la neblina./ […] Yo puedo ver por millas y por millas.” La música de The Who sigue sin errar el camino: ve lo que vendrá (es decir, lo que ha llegado) sin nubes en el cielo, con la claridad y la anticipación que otorga la supercarretera horizontal de nuestra vida, nuestro estado del tiempo. En esa Teenage Wasteland (o “Tierra baldía adolescente”) que también ha escriturado mi generación, The Who sigue percutiendo el mismo exabrupto, tocando el mismo desafuero, tartamudeando la misma canción de las consignas juveniles. Su pasado será la historia actual de los futuros. Habrá, eso sí, que adivinar de quiénes. ~