Vuelta a la Ciudad Lacustre | Letras Libres
artículo no publicado

Vuelta a la Ciudad Lacustre

Hace quince años, los arquitectos Teodoro González de León y Alberto Kalach se propusieron recuperar los lagos que convivieron armoniosamente con los aztecas, y que desde la Colonia y sobre todo en fechas recientes nos hemos empeñado en agotar.

Vuelta a la Ciudad Lacustre no es una idea nostálgica: es un proyecto concreto de Futura Desarrollo Urbano en el que han participado muchas disciplinas y que no hemos dejado de actualizar durante casi quince años, desde 1997. Es un proyecto totalmente factible, que propone una infraestructura –con un nuevo manejo del agua–, que nos reconcilia con la geografía que habitamos, dañada y olvidada por una inercia que heredamos de la Colonia.

Los conquistadores admiraron la ciudad azteca pero no la entendieron: su delicada infraestructura de diques, calzadas, puentes y plataformas formaba un urbanismo lacustre que integraba producción agrícola y piscícola, transporte acuático, habitación y áreas en la que se celebraban el poder y sus creencias, en un valle cerrado con cinco cuerpos de agua. Pero no solo no la entendieron. La ciudad fue arrasada sistemáticamente en nombre de una fe católica intolerante que exigía no dejar rastros y, muy pronto, la nueva ciudad novohispana empezó a sufrir inundaciones: el equilibrio hidráulico se había roto. La más grave sucedió en 1629 y duró seis años. Se pensó en cambiar la ciudad a las laderas del poniente, a Tacubaya, pero ante el temor de que los indios regresaran a su antiguo centro se optó por desaguar el lago, haciendo un tajo al norte de la cuenca. Lo que parecía claro y sencillo se fue complicando con dudas, errores, fracasos y enormes gastos: las obras planeadas para unas cuantas décadas se terminaron al iniciarse el siglo XX, casi trescientos años después.

El desagüe funcionó muy poco tiempo: en los años treinta la ciudad volvió a ser vulnerable a las inundaciones. Apareció un nuevo problema: el bombeo del agua subterránea provocó el hundimiento del suelo y entorpeció el funcionamiento del desagüe. Además, la extensión lacustre, ya muy mermada, se convirtió en un páramo polvoriento durante seis meses del año. La atmósfera se ensució, las tolvaneras taparon nuestro paisaje. Ese era el panorama a la mitad del siglo pasado con una ciudad que tenía menos de tres millones de habitantes.

En respuesta surgieron dos proyectos que se creían enfrentados y en realidad eran complementarios. Faltó la visión conciliadora. El drenaje profundo se impuso al otro proyecto pertinente y sabio de crear un sistema de lagos interconectados para distintas tareas hidráulicas, de Nabor Carrillo, Fernando Hiriart y Gerardo Cruickshank, ingenieros visionarios ejemplares. Solo quedó el lago de muestra Nabor Carrillo de mil hectáreas, y es el antecedente legítimo de nuestro trabajo.

1950 es un punto de inflexión en la hidrología del valle de México: a partir de esa década la ciudad acelera su crecimiento ante la incredulidad y el azoro de las autoridades carentes de políticas demográficas. En cinco décadas la ciudad creció de tres a dieciocho millones de habitantes. El área urbana se multiplicó siete veces (de 230 km2 a 1,550 km2): el 75% fueron asentamientos irregulares. Se ocuparon las laderas permeables del sur y poniente del valle, donde se infiltra la lluvia al subsuelo, y aumentó considerablemente el caudal de lluvia que enviamos directo al drenaje profundo. Se ocuparon cauces de ríos, y todos desaparecieron entubados. De los lagos quedaron cinco manchitas, sin presencia en el paisaje. El mayor es el lago construido por Nabor Carrillo. En 2011, el panorama es muy similar, con una leve desaceleración en el crecimiento urbano y un aumento desorbitado del parque automotriz, con políticas erráticas en transporte colectivo y buenos planes para limpiar la atmósfera.

La recuperación de los lagos es todavía perfectamente factible: los cuerpos de agua han casi desaparecido pero la tierra a su alrededor está libre, todavía no se ha ocupado. Podemos recrear esos lagos creando polos de desarrollo urbano. Lagos interconectados que absorban las demasías y se alimenten con el agua tratada de nuestros drenajes. La evaporación provocará microclimas más templados, y disminuirá sensiblemente la contaminación –todo esto ha sido estudiado por expertos. Las plantas de tratamiento deben construirse cerca de los lagos y detener la aberración de un proyecto oficial que propone construir una enorme planta en Hidalgo; perderíamos para siempre esa agua que permitirá reducir y eliminar, a la larga, el bombeo subterráneo que hunde nuestra ciudad y destroza sus edificios. A solo diez kilómetros del centro de la ciudad, en Texcoco, todavía podemos recrear un lago tres veces mayor que la bahía de Acapulco (similar en superficie al que existía en 1950) con un litoral de ochenta kilómetros, de nuevo urbanismo lacustre, con el nuevo aeropuerto que requiere el área metropolitana en el centro del lago, el único sitio en que puede ubicarse desde el punto de vista aeronáutico. Los aeropuertos son las nuevas puertas de las ciudades; la de nuestra capital es urgente. Hay que insistir en que el existente, con sus dos terminales, no puede expandirse.

Vuelta a la Ciudad Lacustre es un proyecto de largo alcance, es flexible, se puede realizar en etapas y en distintos lugares y en cualquier orden. Propone una infraestructura hidráulica, con un nuevo manejo del agua, para crear una nueva ciudad luminosa en el valle cerrado en que vivimos. Requiere, para realizarse, del consenso de la población y una estrategia de compromiso entusiasta de los sectores público y privado. ~