Volodia y Neruda | Letras Libres
artículo no publicado

Volodia y Neruda

El novelista Germán Marín, hombre que viene de la izquierda comunista de los años sesenta y setenta, de las vísperas exaltadas y del agitado período de la Unidad Popular, fue el gran aguafiestas de los funerales de Volodia Teitelboim. A pesar de la solemnidad de la ocasión, o quizá precisamente por ella, no quiso cuidar sus palabras. Dijo que Volodia, autor prolífico de novelas sociales y de biografías de escritores, sólo tenía un talento de escribidor; que sus memorias no eran más que crónicas olvidadizas; que sus biografías estaban escritas desde el lugar común; que había sido siempre un cómplice del estalinismo, cómplice declarado en la década de los cuarenta y a comienzos de los cincuenta, vergonzante en los años que siguieron.

Estoy de acuerdo en casi todo, pero creo que Marín fue injusto en un aspecto importante. Volodia, como lo comenté muchas veces con José Donoso, quien solía frecuentarlo más que yo, era un enamorado de la literatura, y eso quizá lo redimía de muchos de sus pecados literarios. Añadiría, por mi parte, que fue un enamorado bastante mal correspondido, pero esto ya es harina de otro costal. A pesar de todo, a pesar de sus errores y sus majaderías, y a pesar, desde luego, de su estólido estalinismo, del que nunca dio señales de autocrítica o de arrepentimiento, Volodia, con enorme paciencia, con tenacidad férrea, con notable capacidad de lectura, llegó a ser un verdadero hombre de letras, en más de algún sentido un buen académico, lo cual se contradice curiosamente con sus pretensiones revolucionarias. Ahora bien, ¿cuántos militantes comunistas de la vieja guardia terminaron en un declarado y consagrado academicismo? En Europa Occidental y del Este, en Iberoamérica, abundan los ejemplos. El estalinismo puede ser libresco, ilustrado, y gozar de una memoria altamente selectiva. Volodia Teitelboim, en estos terrenos, era un ejemplo extraordinario, y le gustaba mucho decir, en los últimos tiempos y en forma un tanto críptica, que él era, precisamente, un intelectual “todo terreno”.

A mí me parece que los académicos, los hombres de letras, los ilustrados de ahora, son necesarios, y más que nada en Chile, en nuestro paisaje intelectual parejo, modesto, carente de estímulos de todo orden. Pero, por otro lado, los aguafiestas, como contrapartidas de esta rampante mediocridad, son más que necesarios. Germán Marín lo sabe muy bien. Se adhiere a una tradición intelectual que conoce a fondo y que también se podría definir como una antitradición. Juan Emar, Vicente Huidobro, el propio Nicanor Parra pertenecen a esta familia insatisfecha y provocadora. ¿Qué hubiera sucedido si las ceremonias de la muerte de Volodia se hubieran reducido a unas pompas políticas en el Salón de Honor del antiguo Congreso Nacional, rodeado de los emblemas de su viejo partido; a una Internacional cantada al más alto nivel, con la presidente Michelle Bachelet y sus principales ministros colocados junto al ataúd en formación casi militar; a unas declaraciones extravagantes del candidato de la derecha, Sebastián Piñera, quien de repente cambió su chaqueta de financista y de político, no se sabe con qué títulos, por la de crítico literario, arriesgándose a declarar que Volodia era “un gigante”?

Germán Marín sostiene que Teitelboim, en su conocida y en cierto modo oficial biografía de Pablo Neruda, “no se atrevió a ir más allá en sus relaciones amorosas”. Es un juicio parcialmente correcto, pero implica una reducción simplista, hasta ingenua, de los problemas de fondo que plantea una biografía contemporánea de Neruda. Volodia no se atrevió a ir más allá, debido a sus prejuicios, a sus anteojeras visibles, evidentes, en muchos, en casi todos los elementos esenciales de la vida y de la poesía de Neruda, no sólo en los amorosos. Si uno lee su biografía con un poco de atención, descubre que fue un verdadero maestro de la omisión piadosa. Voy a indicar sólo algunos detalles que son, en verdad, como comprenderá de inmediato el lector, mucho más que detalles. Y conste que el Neruda de Volodia Teitelboim se presenta como una biografía clásica, respetuosa de la historia pública y privada del personaje, objeto de estudio para las generaciones presentes y futuras. Pues bien, me permito adelantar unas pocas de esas observaciones. El texto nos informa, por ejemplo, que el joven Pablo Neruda consiguió por fin, a mediados de 1927, y no se sabe después de qué gestiones previas, un nombramiento diplomático, y nos dice que viajó en junio de ese año al Extremo Oriente para asumir el puesto de cónsul de Chile en Rangún, en la antigua Birmania. Cónsul honorario, asegura el texto, pero la verdad es que era un consulado de elección, cargo que daba derecho a un sueldo fijo mínimo y a un porcentaje de las entradas consulares. Lo que importa aquí, sin embargo, es otro “detalle”. La autoridad chilena indiscutida a partir de abril de ese año era el entonces coronel Carlos Ibáñez del Campo, quien iniciaba, en calidad, primero, de vicepresidente de la República y, luego, de presidente, su período de cuatro años de dictadura militar ligeramente maquillada. Es un dato histórico que ningún biógrafo serio podría omitir. Las generaciones de hoy tienen derecho a conocerlo. Por lo demás, no es un argumento de peso en desmedro del Neruda de Rangún, de Colombia, de Batavia, el poeta de Residencia en la tierra, uno de los grandes libros de toda la poesía del siglo XX. Ibáñez, a través de su ministro de Hacienda Pablo Ramírez, dio becas a intelectuales y artistas como Camilo Mori, Luis Vargas Rosas, Israel Roa y Samuel Román, entre muchos otros. Fue, esa ayuda a los artistas, un sello de su gobierno, hasta un estilo de gobierno. El llamado Grupo de Montparnasse, cercano a Vicente Huidobro, a Juan Emar, a no chilenos como Juan Gris o Alejo Carpentier, pudo formarse, en buena parte, gracias al apoyo del Estado ibañista. Si queremos enfocar nuestro desarrollo intelectual con claridad, sin recurrir a los ocultamientos piadosos, tenemos que decirlo con todas sus letras. Claro está, leyendo las biografías apologéticas de Volodia Teitelboim nos quedamos en las nubes.

En todo el fenómeno esencial, dramático, de consecuencias humanas y políticas profundas, del estalinismo y de la relación de Pablo Neruda con José Stalin, Volodia escribe con una beatería y una hipocresía simplemente asombrosas. Veamos, por contraste, a fin de sacar conclusiones aceptables, actuales, reveladoras, tres o cuatro versos de Neruda en la sección El miedo, parte de Memorial de Isla Negra, sobre el fenómeno estalinista: “Siempre aquellas estatuas estucadas/ de bigotudo dios con botas puestas/ y aquellos pantalones impecables/ que planchó el servilismo realista...” En el mismo libro, poco más adelante, Neruda, ya de vuelta del realismo socialista, escribirá: “Amo lo que no tiene sino sueños./ Tengo un jardín de flores que no existen./ Soy decididamente triangular...” Son afirmaciones transparentes, indicaciones inequívocas de un cambio estético y de visión política, aunque no sean ni pretendan ser o implicar un cambio de militancia. Neruda me dijo más de una vez, a propósito del tema: no puedo pasarme para el otro lado y permitir que me utilice El Mercurio. En buenas cuentas, Neruda siguió leal a su partido, pero renegó con la mayor claridad de su antigua y recalcitrante adhesión a José Stalin. Pues bien, Volodia, nuestro biógrafo aplicado, meticuloso, sentencioso, pasa todo este proceso por alto, o lo menciona en pinceladas ligeras, superficiales, asumiendo un tono general de gracejo, de algo que podríamos definir como gracejo sin gracia. El apellido “Stalin”, sin ir más lejos, figura sólo una vez, y en forma circunstancial, en las quinientas y tantas páginas de su biografía de Neruda.

En algunos pasajes de la biografía, las omisiones de Volodia son francamente extraordinarias. El poeta llega en el mes de agosto de 1940 a hacerse cargo del consulado general chileno en la capital de México. A las pocas semanas, un funcionario mexicano, de hecho, el entonces embajador de México en Chile, el poeta Manuel Maples Arce, se le acerca y le pide que ayude al famoso muralista David Alfaro Siqueiros, quien se encontraba en prisión, a salir del país y viajar a Chile. Neruda, en su condición de cónsul, le concede una visa a Siqueiros, a pesar de que no estaba autorizado por el ministerio chileno, y Volodia sugiere que lo hace por motivos culturales. Gracias a ese gesto, escribe, Chile puede contar ahora con un auténtico mural del pintor mexicano en una escuelita de Chillán. Es verdad, desde luego, pero hay otra verdad oculta, maliciosamente omitida. Siqueiros no estaba en la cárcel por una infracción de tránsito o por alguna evasión de impuestos. Siqueiros había organizado un atentado de un grupo comunista armado en contra de León Trotski, el archienemigo de Stalin, asilado desde hacía algún tiempo en la capital federal. Es un “detalle” que los lectores, después de más de sesenta años de los sucesos, tienen derecho a conocer. Pero resulta que el apellido “Trotski”, que tuvo tan estrecha y terrible relación con el problema del estalinismo, ni siquiera figura en la biografía de Volodia.

Germán Marín sostiene que el vate, esto es, Pablo Neruda, “ya en el setenta estaba cabreado y empezó a hablar del estalinismo”. Si uno lee bien su poesía, descubre que su “cabreo” venía del año 64, fecha de la publicación del Memorial de Isla Negra, e incluso de antes, de la época de Estravagario (1958). En París, en vísperas de la concesión del Premio Nobel de Literatura, fue extensamente entrevistado por el conocido periodista Edouard Bailby para la revista L’Express. Supe de la entrevista en detalle y hasta tuve algo que ver con su organización. Durante la conversación, el tema de Siqueiros y de su asalto a la casa de Trotski en México DF salió a relucir. Neruda había llegado a la capital mexicana después del episodio, de manera que las acusaciones en su contra, que circulaban en Europa en vísperas del Nobel y que todavía circulan en algunos lados, carecen de base. Neruda le explicó a Bailby cómo el embajador Maples Arce le había pedido que ayudara a sacar a David Alfaro Siqueiros, detenido demasiado incómodo para su gobierno, a Chile, y por qué le había dado la visa a pesar de la oposición de la administración chilena. Bailby, entonces, en la sala privada que había arreglado el poeta en el segundo piso de la residencia de la Motte-Picquet, le preguntó por su adhesión al estalinismo. ¿Qué pensaba él al respecto en esa segunda mitad de 1971, en los días en que era embajador del gobierno de Salvador Allende en Francia? La respuesta literal de Neruda, que consta por escrito en su entrevista de L’Express y que Volodia ni siquiera habría soñado con dar, fue la siguiente: Je me suis trompé. La dijo en su francés aprendido en los años veinte en el Instituto Pedagógico de Santiago. La traducción, como los lectores ilustrados saben, es: Me equivoqué. Era, como ya comprenderá el lector, una afirmación enteramente desconocida y hasta imposible para Volodia, que nunca se equivocaba. Y que por eso, a lo mejor, recibió tantos homenajes oficiales y no oficiales en su deceso. ~