Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez | Letras Libres
artículo no publicado

Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez

El filón del joyero

¿Cómo escribir memorias después de semejantes novelas? Cuando sus personajes, con toda la carga autobiográfica que puedan acarrear, se han vuelto seres de entre casa y parte de su propia familia para lectores del mundo entero, ¿cómo permitir que el célebre demiurgo Gabriel García Márquez vuelva a quitárnoslos y los reduzca (aparentemente) a lo que son en verdad: su propia familia?
     Una galería conmovedora y única de complejos e inolvidables seres humanos, como lo son todas las familias, en cuyo seno surgió un excepcional: un escritor. Uno de los más grandes novelistas en lengua española que desciende de nuevo a sus raíces para esclarecer en sí mismo —es decir: en su escritura— aquel misterio inagotable que lo nutre y lo agota, entre cada nueva obra, y sobre el cual habrá de volver sin tregua hasta el final de sus días: ¿Quién soy? ¿De dónde viene el mundo? ¿Quiénes fueron mi madre y mi padre?
     Apoyándose en sus propias palabras —que tanto trabajo se ha tomado para incorporar a la ficción de sus cuentos y novelas, en una torsión hacia el realismo— vuelve ahora a sumergirse en el mar de los recuerdos, para extraer de allí las joyas perdurables que jalonaron su destino de escritor: "La vocación artística, la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella."
     Porque este libro es, antes que nada, la forja de un hombre y un escritor en los primeros treinta años de su vida, desde sus bisabuelos guajiros hasta su viaje a Europa como corresponsal del diario El Espectador. Lo que ni quizás la memoria de un hombre puede abarcar. La historia de un muchacho pobre que tuvo los suficientes cojones para aspirar ser uno de los grandes escritores del mundo —y lo logró.
     La venta de la casa de la infancia, con todo lo que ella implica de despojo; la gravedad moral de un duelo de honor, donde su abuelo mata a un copartidario de las guerras civiles; la presencia siempre determinante del mundo femenino, encargada de esa figura arquetípica y excepcional que era la madre, la cual precisamente muere cuando termina de escribirlo, son algunos de los puntales que regulan este cielo rememorativo, cerrándose sobre sí mismo. Está él de cuerpo entero: con sus miedos de niño, sus pesadillas, los gritos de adolescente interno en Zipaquirá, los encontronazos consigo mismo y con su padre, cuando aún no hallaba el sosiego firme de su ruta como escritor. Tener que cumplir con el sueño trunco del progenitor, un título profesional, siendo el hijo mayor de once hermanos donde no siempre se cumplían las tres comidas diarias, sugiere ya la tensión eléctrica que sacude todo el libro en sus nudos conflictivos.
     Por ello el primer capítulo, magistral en sus soterrados diálogos pletóricos de cosas no dichas, es una abertura única sobre esa escena primordial: un joven lee Luz de agosto de William Faulkner mientras acompaña a su madre a vender la casa de los abuelos en Aracataca y posterga, una vez más, sus estudios convencionales, sabedor intuitivo de que ni colegios ni universidades, ni títulos ni certificados, le otorgarán licencia de escritor. Ésta sólo se renueva cada día en la soledad inmisericorde de la página, obligándolo a convertir el mundo en palabra que dura. La vigilante comprensión de la madre permitirá este milagro.
     Además de este hilo conductor, estas memorias son varios libros en uno solo. Una lúcida y apasionada historia de Colombia (desolador ensayo sobre nuestra tragedia política, y atroz balance de las frustraciones, heridas psíquicas, muerte y hambre que ha producido), un formidable breviario de iniciación literaria (mediante ejemplos puntuales de lectura, desde el celebérrimo cuento de W. W. Jacob "La pata del mono" —incluido y traducido por Jorge Luis Borges en su Antología de la literatura fantástica del año 1940— hasta los ensayos de Alfonso Reyes y el Edipo Rey de Sófocles), una defensa vehemente del padre de la poesía, y un reconocimiento sostenido de la importancia de la música, oída, cantada, interpretada, vuelta suya en una cada vez más estrecha incorporación de ella al ritmo vital.
     Es también muy válido el análisis científico, por poético, de nuestra cultura, con su riqueza impar, con sus peculiaridades cachacas (del altiplano bogotano) y caribes, con su violencia cruda y su machismo sin remisión aún, su injusticia social y su desprecio clasista. Es también una crónica jubilosa sobre el valor impagable de la amistad, sintetizada en ese trío soberbio de discutidores llamados Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda y Germán Vargas.
     ¿Fue la guerra de Colombia contra el Perú un artilugio para sostener un gobierno débil? ¿Desvió aquel hombre enigmático y bien vestido la atención sobre el verdadero asesino de Jorge Eliécer Gaitán? El novelista sabe, como lo sabía Julio César, que incluso el hombre dueño del máximo poder depende de sueños y presagios, de relámpagos intuitivos y entrañas de ave. Este repertorio empecinado en confirmar cada hecho, cada fecha, cada cifra nos restituye, casi en contra del realismo lógico de su personalidad de periodista con los pies en la tierra, el evanescente enigma que se desdibuja y bosteza alrededor nuestro, sugiriéndonos la mucha irrealidad que llevamos dentro y los tajos con que el olvido va recomponiendo el mundo a la medida de sus tijeras devastadoras. El ácido de la nostalgia y la herrumbre del tiempo son las dos coordenadas sobre las cuales se teje este recuento.
     Cuando en la década de los ochenta Gabriel García Márquez tomaba los aprestos iniciales para escribir estas memorias, leyó varias de ellas y dejó testimonio de las mismas, trátese de "les mamotretes" de Henry Kissinger o las del presidente François Mitterrand, sin olvidar las en cierto modo frustradas del ex presidente colombiano Alberto Lleras Camargo, Mi gente (Banco de la República-El Ancera Editores, Bogotá, 1997).
     Sobre Mitterrand dijo, en premonitorio epígrafe de las suyas propias:
Las memorias son un género al cual recurren los escritores cansados cuando ya están a punto de olvidarlo todo. El propósito de Mitterrand es el contrario: escribe para no olvidar, su buena costumbre nos ayuda a que nosotros no olvidemos.
Nosotros tampoco olvidaremos Vivir para contarla. Allí está todo un hombre con sus tics y sus falencias: malo en ortografía, flojo en inglés; con sus terrores ancestrales y su llanto acongojado, como en el soberbio capítulo 5 sobre el 9 de abril de 1948 en Bogotá. Un hombre que depura los tortuosos recovecos de su corazón, agobiado por sus cuatro cajetillas diarias de cigarrillos, con los diecisiete libros que le permitieron, a él y a todos nosotros, mirar con mayor claridad adentro... y alrededor. Y entender el fracaso de una sociedad como la nuestra, donde tantos destinos torcidos por la desigualdad encuentran, en estas memorias, un espejo a la vez inclemente y compasivo con que un rostro humano, aproximándose a los ochenta años, se entrega sin subterfugios, honesto e íntegro.
     Rompe así la cerrazón de una familia atrapada en sus prejuicios, y nos abre los ojos no sólo sobre esa tribu de fugitivos girando alrededor de sí mismos en la soledad de Macondo, sino compartiendo con todos nuestro similar destino humano de exiliados en el mundo. La literatura vuelve así habitable la tierra en que malvivimos. ~