Velemir Jlébnikov | Letras Libres
artículo no publicado

Velemir Jlébnikov

Pocos saben que Una bofetada al gusto público, el manifiesto futurista que ubicó a Maiakovski como el poeta vanguardista por antonomasia, estaba también escrito y firmado por Victor Vladiromich Jlébnikov, el poeta ruso que amalgama en vida y en obra la tragedia del poeta maldito con el afán innovador de la vanguardia europea más estridente y original. Acompaña a este Perfil una muestra, inédita hasta ahora en español, de la voz de este autor injustamente olvidado.
En un cortísimo quinteto de 1912 Velemir Jlébnikov escribió su credo personal respecto a las cosas del mundo y fiel a él vivió el resto de su vida: "¡Me basta poco!/ Un mendrugo de pan/ Una gota de leche/ Y este cielo./ ¡Y estas nubes!" Sabemos que muchos escritores rusos se vieron, con frecuencia, cercados por privaciones de todo tipo, pero ninguno tal vez como Jlébnikov asumió de manera tan radical ese destino. Rodó por el mundo, cual surtidor vagabundo, sin tener techo propio, pero llenando cuadernos y cuadernos con sus apuntes y sus versos. "Este cielo y estas nubes" era lo que más necesitaba para pensar y escribir, para desarrollar sus ideas histórico-matemáticas y abordar problemas lingüísticos que le interesaban. Cultivó una amplia gama de intereses aparentemente excéntricos: escribió tanto sobre zoología y ornitología (interés heredado directamente de su padre) como sobre el paneslavismo y la riqueza que encerraba el folclor eslavo. Pasó meses en bibliotecas públicas revisando datos, investigando en cuanta fuente pudo encontrar y trabajando en la resolución de complejas fórmulas matemáticas que lo llevaron a desarrollar teorías sobre el tiempo y su consecuencia central: la periodicidad de los sucesos históricos. En el campo de la literatura, que es el que nos interesa acá, Jlébnikov fue antes que un reformador un experimentador que toda su vida buscó nuevos caminos para la poesía. Fue un talento poético, vigoroso y polifacético, que innovó la lengua, el ritmo, la composición. Por todos estos aspectos la biografía y la obra de Jlébnikov son, seguramente, de las más seductoras en la historia de la literatura rusa.
     Victor Vladiromich Jlébnikov, conocido por muchos en Rusia como Velemir Jlébnikov pero leído por muy pocos, nació en la aldea de Malie Derbeti, en la provincia de Astracán, lugar de encuentro entre el Volga y el mar Caspio, el 28 de octubre de 1885. En esos parajes trabajaba su padre Vladimir Jlébnikov, un ornitólogo investigador que había sido fundador del parque nacional de Astracán y que transmitió al hijo el gusto por el estudio de las aves. La madre del poeta fue una historiadora que influyó decididamente en la formación de sus cinco hijos, de manera especial en Velemir y Vera, una destacada pintora que ilustró varios libros de su hermano y que escribió unas curiosas memorias sobre él. En 1891 la familia abandonó Astracán y luego de un periplo de siete años por varias ciudades se asentó en Kazán, en donde años después Velemir ingresó a la universidad, a la facultad de matemáticas. Hacia 1908 se traslada a San Petersburgo a continuar sus estudios de física y matemáticas y a cursar filología e historia, pero casi nunca asiste a clases, entretenido como está en tertulias con los jóvenes poetas de entonces, como Nicolái Gumiliov, Viacheslav Ivánov y otros, que luego constituirían el llamado "siglo de plata" de la poesía rusa. Viacheslav Ivánov ejerció gran influencia en su formación temprana: sus ideas sobre la alegría y riqueza de las lenguas eslavas, contenidas principalmente en el ensayo "Sobre la lengua festiva y la alegría inteligente", impactaron al joven poeta. Otra amistad que lo marcó entonces fue la del poeta Mijail Kuzmin. "Un poema mío tal vez sea publicado en Apolón —escribió a su madre por esa época. Algunos me aseguran grandes éxitos. Pero yo estoy muy cansado y he envejecido" (tenía entonces 24 años de edad). Y a su hermano Alexandr le manifestaba: "Estoy bajo la influencia del conocido poeta Mijail Kuzmin. Es mi magister. Él escribió La muerte de Alejandro de Macedonia. Escribo un diario en el que cuento mis encuentros con poetas..." Jlébnikov atiende mal sus estudios académicos y finalmente es expulsado de la facultad dos años después.
     En 1912 conoce a Vladimir Maiakovski y juntos llegan a convertirse, en ese mismo año, en el centro de una nueva corriente literaria en Rusia, al suscribir el manifiesto futurista Una bofetada al gusto público en el que había divisas escandalosas y altisonantes, como esa de que era necesario "lanzar a Pushkin, Dostoievski, Tolstoi y otros del barco de la actualidad". Pero Jlébnikov tenía un espíritu insular y muy pronto se alejó de los futuristas. A diferencia de ellos, mantuvo siempre una especie de misticismo de las cosas y de las palabras, antes que de las ideas y los símbolos. A través de una experimentación verbal incesante creó un nuevo mundo de palabras en sus versos, que se tornan frescos y vigorosos, pero difíciles para el lector común. Tal vez por eso Maiakovski, quien lo admiraba y lo consideraba su maestro, aunque fuera su antípoda, decía que Jlébnikov "no era un poeta para consumidores de poesía, sino para hacedores de la misma: un poeta para poetas". Y agregaba: "su vida era semejante a sus construcciones verbales brillantes. Esa obra es un ejemplo para los poetas y un reproche para los versificadores..."
     Aunque el periodo de 1912 a 1914 fue el de mayor éxito para los futuristas, Jlébnikov prácticamente no tomó parte en las presentaciones públicas y muchas veces sus versos fueron leídos en público por el propio Maiakovski. Silencioso por carácter, aficionado a la soledad, nómada empedernido, alérgico a su época y sin el más mínimo sentido práctico, ni el menor asomo de interés por realizar una "carrera literaria", se aleja pronto de la algarabía futurista. Existen testimonios de que Jlébnikov era de carácter muy introvertido, que gustaba de escuchar y hacer largos silencios para responder a su interlocutor, mientras lo escudriñaba de soslayo con ojos curiosos y saltarines. Y cuando se encontraba en algún café, en tertulia con otros escritores, se perdía de pronto en un rincón y se ensimismaba en sus pensamientos. Cuenta el poeta Georgui Adamovich, en sus memorias, que los escritores y artistas de San Petersburgo solían reunirse en El Perro Vagabundo, un café en un sótano de la plaza Mijailovski, frecuentado por simbolistas, acmeístas y futuristas:
Allí llegaban también Maiakovski y Jlébnikov. Ya por entonces Jlébnikov era todo un misterio. Sentado en silencio, agachaba la cabeza como si no quisiera advertir a nadie y se sumergía por completo en sus pensamientos secretos o en sus sueños. Su presencia irradiaba a los demás cierta inquietud. Recuerdo que Mandelstam, por naturaleza alegre y comunicativo, una vez hablaba entusiasmado de algo, hablaba y hablaba y de pronto, al mirar al rincón donde se encontraba Jlébnikov, interrumpió su discurso y dijo: "No, yo no puedo seguir hablando cuando allá Jlébnikov hace silencio".
Por azares del destino, en los años de la Primera Guerra Mundial Jlébnikov fue prácticamente obligado a prestar servicio militar en el ejército imperial. Este hecho lo indigna desesperadamente y sólo otro azar lo saca de ese atolladero: el advenimiento de la revolución. Emprende, entonces, una vida nómada y solitaria, viaja por el Cáucaso y las costas del mar Caspio, atiborra libretas de notas con sus observaciones, escribe bosquejos de nuevos proyectos, continúa elaborando sus teorías histórico-matemáticas, publica poemas en oscuros periódicos y en sus vagabundeos —en plena guerra civil— cae tanto en manos de los blancos como de los rojos. En octubre de 1920 se encuentra en Bakú, capital de Azerbayán, donde en esa época vivía toda una colonia de escritores rusos, entre los que se encontraba su antiguo amigo Viacheslav Ivánov. La situación económica de Jlébnikov en Bakú era paupérrima y si sobrevivió fue gracias a la ayuda que Ivánov le proporcionaba. Un cronista de la época lo recuerda así: "Viacheslav Ivánov se preocupaba permanentemente por él, le daba dinero dosificadamente, ya que Jlébnikov por lo general lo perdía, o lo regalaba a los pobres, o lo gastaba en golosinas aunque estuviera hambriento".
     En la primavera de 1921 Jlébnikov se unió a una cuadrilla del Ejército Rojo que realizó una campaña a la provincia de Gilán, en Irán, "para apoyar a los revolucionarios persas". Su aspecto debió sorprender a los lugareños y a sus propios compañeros. Su cabello castaño, abundante y largo, su barba de pope, su vestimenta andrajosa y deshilachada, le concedían maneras de otro mundo. Sin duda, la estadía del poeta en esos parajes dio origen a parte de su obra de temática "oriental", como su espléndido poema "La trompeta de Gulmula". De regreso a Rusia, tras el colapso revolucionario en Irán, se instala en Pitigorsk, donde trabaja como velador de la agencia de telégrafos, subsistiendo varios meses a punta de pan y té y trabajando durante largas noches en sus poemas y ensayos. Ahí escribe un texto excepcional: "Cortejo de otoño en Pitigorsk".
     A pesar de su corta y atribulada vida, Jlébnikov publicó numerosos trabajos y poemarios, entre los que destacan Juego en el infierno (1912), El mundo desde el final (1912), El maestro y el discípulo (1912), La palabra por sí misma (1913), El tiempo es la medida del mundo (1916), El error de la muerte (1917), La noche en la trinchera (1921). La obra de Jlébnikov fue tan extraña como su persona. Su singularidad radica en su carácter y en su manera única de percibir el tiempo y el mundo. Indudablemente no fue un poeta de la emoción, en el que predominara la intuición poética: más bien un experimentador al que le gustaba jugar interminablemente con el sonido y la combinación de las palabras, un "eterno buscador de analogías", como lo llamó certeramente Roman Jakobson. Inventó vocablos que en el contexto de un poema y sólo en él cobraban sentido, por lo que su traducción noble a otra lengua es empresa casi imposible. Su originalidad es paradójica, basada en ideas y visiones muy personales y arbitrarias del mundo que lo rodeaba, siempre en contrapunto con su historia y su tiempo. Osip Mandelstam lo caracterizó así: "Jlébnikov no sabe qué es ser un contemporáneo. Es un ciudadano de toda la historia, de todo el sistema de la lengua y la poesía. Es como un Einstein idiota que no sabe diferenciar qué está más cerca: un puente de ferrocarril o 'El cantar de la hueste de Ígor'. La poesía de Jlébnikov es idiota en el sentido verdadero, griego, no ofensivo, de esa palabra". Y agregaba: "Cada una de sus líneas es el principio de un nuevo poema. Cada diez versos hay una sentencia aforística que busca la piedra o una placa de cobre sobre la que pueda apaciguarse. Jlébnikov escribió incluso no versos ni poemas, sino un gran devocionario metafórico de toda Rusia, del que durante centurias y centurias se va a nutrir todo aquel que lo desee".
     Jlébnikov pertenece a esa estirpe de poetas que por más que se lo propongan, nunca llegan a ser populares. Tal vez esa sea una manera más de cumplir un destino poético. Si acaso cien de sus contemporáneos leyeron sus textos, quizá sólo diez lograron entenderlos. Su amigo Viacheslav Ivánov afirmaba que esa obra era la de un genio, pero que pasaría mucho tiempo para que fuera comprendido. Y para justificar su falta de popularidad expresaba: "No puedo, ni quiero quebrantar las leyes del destino. El destino de casi todos los escogidos: ser incomprendidos, a veces ridiculizados, por la muchedumbre". Por su parte, el autor de Adiós, bandera roja, Evgueni Evtushenko, más de se-tenta años después de la muerte de Velemir, ha señalado con su peculiar estilo:
Obseso de la naturaleza de la lengua, de la magia de la creación verbal, convencido de la confluencia de las matemáticas y el arte, Jlébnikov rodaba por el mundo, cual derviche, sin techo propio pero llenando borradores con sus versos. Con sus búsquedas de laboratorio preparó el terreno para muchas de las rupturas de Maiakovski en la exploración de nuevas formas, al igual que Pasternak. La genialidad de Jlébnikov es indudable, a pesar de que mucho en su poesía es caótico, desequilibrado. A veces unas líneas fenomenales conviven al lado de fosos sin sentido.
Algunos lingüistas e investigadores como Grigoriev, Dugánov, Tartakovski y Stepánov han estudiado en Rusia los diversos aspectos de la obra de Jlébnikov y sus significados, pero tal vez sea Roman Jakobson el que, desde su proximidad personal con el poeta, se ha acercado mejor a su poética: "Mi monografía sobre el arte verbal de Jlébnikov, escrita en 1919 y publicada en 1921, debe algunos de sus argumentos a mis encuentros con este poeta inigualable, encuentros que comenzaron la víspera de 1914. Pocas semanas después, en un café de Moscú llamado La Rosa Alpina, intenté dilucidar los aspectos esenciales de la poética de Jlébnikov para nuestro obstinado huésped italiano Filippo Tom-masso Marinetti" (Arte verbal, signo verbal, tiempo verbal, Fondo de Cultura Económica, 1992, traducción de Mónica Mansour).
     En diciembre de 1921 Jlébnikov regresa por fin a Moscú, en un tren lleno de epilépticos y hambrientos. Llega a una ciudad que apenas emerge de los horrores de la guerra civil. Con la ayuda de Maiakovski, Lilia Brik, el pintor Spasski y muchos otros logra encontrar un dormitorio estudiantil y ropa caliente, como lo cuenta en una carta a sus padres en enero de 1922: "Llegué a Moscú sólo con una camisa en pleno invierno: en el sur dejé hasta el último céntimo. Pero mis amigos moscovitas me regalaron un abrigo y un traje gris". En la capital empleó la mayor parte del tiempo preparando y puliendo sus trabajos para su publicación. Los años de vagabundeo y privaciones empiezan a afectarlo: desnutrición, tifus, accesos recurrentes de malaria y síntomas asociados a una sífilis avanzada le hacen tomar la decisión de regresar a la casa materna, en Astracán. Su amigo, el pintor vanguardista Piotr Miturish, lo persuade de dejar la ciudad y pasar con él unas cuantas semanas en una pequeña villa, en la provincia de Novgorod, en donde la comida es más abundante y en donde él puede trabajar sin ser molestado. Algunos días después de su arribo a esa villa su salud empeora, cayendo en un estado riguroso de parálisis. El poeta presiente que le ha llegado la hora, que su cuerpo se descompone y pide que le pongan flores en su cuarto, para que no se note el mal olor y seguir escribiendo hasta el final. Apartado del mundo y privado de una adecuada atención médica, Jlébnikov entra en coma y muere el 28 de junio de 1922, cuatro meses antes de cumplir 37 años. Un año antes había escrito: "La gente de mi oficio muere, con frecuencia, a los treinta y siete..." (clara alusión a Rimbaud, Pushkin y tantos otros). Miturish reunió a unas cuantas personas, les contó quién era Jlébnikov y cómo había vivido. Luego lo enterraron y sobre su tumba leyeron poemas y fumaron. -     Poemas de Velemir Jlébnikov
      
     ¡Me basta poco!
     Un mendrugo de pan
     Una gota de leche
     Y este cielo.
     ¡Y estas nubes!
     *
     Los años, la gente, los pueblos
     Huyen para siempre
     Como el agua que corre.
     En el pedestre espejo de la naturaleza
     Las estrellas son la red, los peces nosotros,
     Los dioses espectros en la oscuridad.
     1915
      
     *
     Yo no sé si la tierra gira o no,
     Depende, si la palabra cabe en el renglón.
     No sé si mis antepasados fueron o no simios,
     Así como no sé si se me antoja lo dulce o lo ácido.
     Pero yo sé que quiero arder y quiero que el sol
     Se una en un estremecimiento con la mano.
     Y quiero que el rayo de una estrella bese mis ojos,
     Como se besan los hermosos ojos de los venados.
     Quiero que cuando yo palpite un temblor total invada el           universo.
     Y quiero creer que hay algo que permanecerá
     Cuando el tiempo cambie, por ejemplo, la trenza de la           mujer que amo.
     Yo quiero sacar del paréntesis del factor común, que me           da unidad,
     El sol, el cielo, el polvo perlado.
     1909
      
     *
     La gente, cuando ama,
     Inventa extensas miradas
     Y emite largos suspiros.
     Las fieras, cuando aman,
     Se les empañan los ojos
     Y del lamento hacen un freno.
     Las estrellas, cuando aman,
     Cubren las noches con su tejido
     Y danzan majestuosas a sus amigos.
     Los dioses, cuando aman,
     Poseen el estrépito del universo
     Y como Pushkin arden de amor por la doncella
                         De Wolkonsky.
     1911— Versiones de Jorge Bustamante García