Úrculo: Del sombrero a los pies | Letras Libres
artículo no publicado

Úrculo: Del sombrero a los pies

Ocurrió hace veinte años, en Madrid. Yo estaba de paso y era una de esas noches absurdas y confusas, de tránsitos sin rumbo, con gentes que se despedían o añadían al heterogéneo grupo en el que comenzaba ya a sentir la asfixia del prisionero. Por fin, llegamos a una casa desconocida donde todo humeaba, bajamos una escalera, se abrió la puerta de un sótano, y, en un instante, me vi rodeado de muslos y traseros azules, rosas, celestes, carmesíes. Descarados, invitadores, vertiginosos, monumentales, llovía sobre mí de todas partes una lluvia sensual de gotas cálidas y liberadoras, un espeso vaho de alegría y felicidad. Así conocí a Úrculo, así trabé relación con su ruidosa pintura, y así se domiciliaron para siempre algunos de sus lienzos en un rincón de mi memoria.
     Pintaba entonces esos maravillosos culos con que muchos identifican su pintura, pero la verdad es que su temática es amplísima, y que, antes de que ellos asomaran por sus lienzos, a finales de los años sesenta, los cuadros y dibujos de Úrculo ya llevaban mucho tiempo testimoniando sobre el misterio y el placer, la riqueza del cuerpo y exaltando la vida, es decir, aludiendo a todo aquello que se hace símbolo y cifra en los carnosos hemisferios femeninos con que su arte invita a soñar y gozar, o, mejor dicho, a gozar soñando y a soñar gozando. Porque los espléndidos traseros que pinta Úrculo no son sólo de este mundo terrenal, pese a parecernos tan materiales; vienen también de la ficción, del cine, de las imágenes de la cultura popular, y de las anfractuosidades más recónditas del inconsciente, de esa secreta fuente de la personalidad donde se gestan los deseos y yace el limo con que se modelan nuestras fantasías.
     Desde que descubrió su vocación, en su infancia asturiana, gracias a una enfermedad pulmonar y una hepatitis que lo tuvieron un año en cama, Úrculo ha estado siempre buscando, averiguando, explorando el mundo y a sí mismo, y su pintura es un libro abierto donde se puede seguir, de cuadro a cuadro, como en esas seriales de aventuras de los tiempos idos, las escalas y hallazgos de su incesante indagación. Comenzó siendo un pintor realista más bien lúgubre y testimonial, lo que se llamaba entonces un artista comprometido; luego, por un breve periodo, un informalista, hasta que, al descubrir el Pop —Warhol, Wesselman, Lichtenstein— en un viaje por Suecia y Dinamarca a finales de los sesenta, descubrió también un camino que era el suyo. Los colores de sus cuadros se encendieron con una luz vivísima, una luz afirmativa y caliente que ya nunca perderían, una luz sensual, artificial, provocadora, que, a la vez que distingue con extremada nitidez a las personas y los objetos, los congela e irrealiza. Los saca de este mundo, los vuelve arte.
     Pero si el Pop Art lo ayudó a encontrarse, Úrculo, el peripatético, no se ha quedado allí, confinado en aquel movimiento que comenzó siendo una explosión risueña de vida callejera y terminó en el tópico y la afectación. Ha seguido viajando, en todos los sentidos de esta hermosa palabra: recorriendo las geografías y los asuntos de este mundo, y sondeando sus sueños, la delicada materia de que se nutren sus deseos, sus fantasías, las imágenes de su memoria, y sus pasiones. Así ha ido fraguando un mundo cada vez más personal, más homogéneo y congruente, pese a la diversidad de motivos que lo pueblan. Un mundo cada vez más sólido, en el que a la destreza del oficio se añade siempre una fresca, infantil curiosidad, una manera de enfrentarse a la vida y a la realidad que mezcla el regocijo y el asombro, una desmesurada disposición para contemplar, entender y disfrutar con todo lo que se pone al alcance de sus ojos.
     No es extraño que el tema del viaje y todos los motivos afines —maletas, baúles, paraguas, bolsas, sombreros, impermeables, zapatos, barcos, aviones, pasarelas, estaciones, puentes— sean en su pintura recurrentes, ni que el principal protagonista de sus cuadros sea un hombre de espaldas que se le parece mucho, entregado a una hipnótica contemplación. No es un viajero cualquiera. Es alguien deslumbrado por lo que ve, empeñado en retener y descifrar el misterio que encierran esos objetos impenetrables que tiene delante —los rascacielos de Manhattan, un horizonte marino, una pintura de Mark Rothko, las chimeneas de una fábrica o el respingado traste de una muchacha desnuda—, un observador implicado, cuya actitud es por sí sola una alabanza de la infinita riqueza del mundo.
     En un ingenioso texto que escribió para una exposición de Úrculo en Sevilla, en 1998, el cineasta José Luis Garci relacionó de manera muy persuasiva los asuntos y personajes que pueblan los lienzos de aquél con las películas de Hollywood (a las que, demás está decirlo, es muy aficionado). Algo parecido podría hacerse revelando un cordón umbilical entre los cuadros de Úrculo y los libros que le gustaron, los pintores que admira, los lugares y experiencias que lo exaltaron y que conserva su memoria. Una de las razones por las que su arte comunica esa sensación tan estimulante de vitalidad es la manera tan desembozada, tan explícita y jocunda, con que vuelca en él sus fantasmas, la libertad con que exhibe aquella intimidad de pulsiones y apetitos sexuales que los seres humanos suelen guardar bajo siete llaves. El fetichismo, uno de los motores más fecundos de la pintura de Úrculo, no rehuye los tópicos —zapatos, sombreros, medias, kimonos—, pero los humaniza, sacándolos de la catacumba y exhibiéndolos a plena luz, concediéndoles derecho de ciudad. ¿Por qué avergonzarnos de aquello que somos? ¿Por qué renegar del niño maravillado y ávido que todavía llevamos dentro? Úrculo se enorgullece de él y lo cuida y mima como un abuelo regalón: para él despliega en sus bodegones esos plátanos y manzanas que hacen agua la boca, y a fin de entretenerlo surcan los cielos de sus cuadros monomotores semejantes a aquél en que realizaba sus proezas Bill Barnes, y reviven los atuendos con que aparecen en las películas, en sus vacaciones en el Caribe, los gángsters de los años treinta o las exóticas geishas de ornamentales peinados y kimonos multicolores.
     En la pintura de Úrculo, la alegría de vivir es inseparable de la alegría de pintar. Muchas veces, el hombre que observa está armado de un lápiz o un pincel, o tiene cerca un caballete, y, enfundado en un guardapolvo de trabajo —pero sin quitarse su infalible sombrero de cinta tecnicolor— se dispone a trasladar al papel o al lienzo aquello que ve. Vivir, viajar, observar, gozar: pretextos para pintar. El arte, para el artista, no es una profesión, ni una ocupación, aunque forzosamente sea también eso: es, como decía Flaubert de su vocación literaria, una manera de vivir, la única posible, aquella gracias a la cual surge un orden dentro del caos que lo salva de la desintegración espiritual.
     En los cuadros de Úrculo de los últimos años, además de afirmación de vida y libertad creadora, hay también una curiosa serenidad, esa tranquila actitud de aceptación de la existencia que no debemos confundir con el conformismo ni la resignación. Más bien: el conocimiento de los límites de toda rebeldía que no quiere ser mero gesto, simple disfuerzo. Se trata de una sencilla constatación, que emana de esas siluetas tan armoniosamente dibujadas, de esos sombreros animosos que desfilan por la pasarela del trasatlántico llamado Titanic o de esos pies de uñas encarnadas que avanzan, tentadores, lascivos, hacia el espectador: no somos eternos ni todopoderosos, las maravillas que nos rodean no van a durar. Pero ¿las empobrece, acaso, el hecho de que ellas y quienes las contemplan sean perecederos? Por el contrario: la conciencia de lo perecedero del espectáculo y del espectador impregna la función de una intensidad excepcional. El erotismo, decía Bataille, es inseparable de la adivinación de la muerte, ese terrible afrodisiaco: saber que al final de la fiesta espera la carroza fúnebre. Menos tétrico, más irónico, el goce en la pintura de Úrculo se sabe transitorio, pero eso, en vez de empobrecerlo, lo realza, como la mejor reivindicación de la existencia humana. Un pintor que, todavía adolescente, comenzó dando cuenta con sus pinceles del sufrimiento y la frustración que ahogan al mundo, proclama, en la madurez plena de su arte, que, pese a todo, la vida vale la pena de ser vivida, porque acaso no haya otra, y porque ésta que tenemos está repleta de cosas dignas de verse, al alcance de todo aquel que, siguiendo su ejemplo, se empeñe en verlas. --Paris, 1 de abril de 2000.