Una guerra por otra | Letras Libres
artículo no publicado

Una guerra por otra

Para empezar, una advertencia. Un filósofo romano señaló alguna vez que no entendía cómo era posible que dos adivinadores se encontraran en la calle sin que se echaran a reír. Vista la manera en que se han equivocado la mayoría de los comentaristas de la guerra en Afganistán (sin importar su naciona-
lidad o tendencia política), a medida que se han desarrollado los acontecimientos, convendría no olvidarlo al leer este o cualquier otro ensayo sobre lo que ocurrirá en el corto plazo. Así que ya lo sabe, amigo lector.
     Al insistir en esto no sólo me aclaro la garganta cautelosamente. Todos los análisis de un acontecimiento tan grave ycomplejo como la primera etapa del contraataque, concertado a escala mundial, de una coalición de países encabezada por Estados Unidos contra el terrorismo islámico (de ninguna manera es claro que otros movimientos terroristas —eta en España, los tigres tamiles en Sri Lanka— vayan a convertirse en otros tantos blancos) están destinados a ser parciales y tentativos. Pero el grado en que tanto los corifeos como los participantes se han equivocado, en cuanto a la manera en que se desarrollarían los hechos en Afganistán —y en la región, en el Medio Oriente, en Estados Unidos— ha sido tan extremo que cada vez se vuelve más difícil resistir a la sospecha de que, en realidad, la mayoría de los políticos y los adláteres, que han fingido saber lo que ocurre, en realidad estaban mirando la crisis como los pacientes psiquiátricos de los años cincuenta miraban las llamadas manchas de Rorschach; es decir que, ocurriera lo que ocurriera en Afganistán, sólo han logrado captar lo que estaban predispuestos a imaginar que sucedería, y ello por meras razones ideológicas o de programa político.
     Visto en retrospectiva, todo se antoja bastante ridículo. Los talibanes afirmaban que ganarían cualquier combate con Estados Unidos porque, según lo expresó uno de sus líderes, "estamos felices de morir por Alá, mientras que Estados Unidos ama la vida demasiado". En muchos círculos ilustrados de Europa occidental y América Latina, para no hablar de las amplias masas del mundo árabe, esa afirmación se tomó muchas veces por su valor nominal, no por su valor real. Las razones de que así fuera son complejas. Nietzsche dice en algún lado que necesitamos la historia, pero no de la misma manera en que la necesitan los holgazanes malcriados en un jardín. Y sin embargo, los malcriados holgazanes de lo que queda de la izquierda desplegaron su muy superficial interpretación de la historia de Afganistán para apuntalar su argumento de que, hiciera lo que hiciera, Estados Unidos lamentaría el involucrarse militarmente.
     Sería mejor, insistían muchos —pasando por toda la gama de los departamentos de literatura de las mejores universidades estadounidenses, y por los salones de la elite desde la ciudad de México hasta Nueva Delhi, y hasta llegar a las calles del mundo árabe, donde, comprensiblemente, la desesperación es tan penetrante que cualquier fantasía de redención y de inversión de los papeles históricos se vuelve irresistible por descabellada que sea—, que los estadounidenses pongan atención en las razones por las que son odiados, en vez de emprender una aventura armada que no tienen posibilidad de ganar. Después de todo, los afganos derrotaron al ejército inglés en el siglo XIX y a los rusos en el XX. Seguramente el imperio estadounidense correría la misma suerte en el siglo XXI.
     Pero los talibanes no eran un nuevo Viet Cong, no obstante lo que prefieran imaginar en Berkeley, California, o en Ramallah, Palestina. Decir semejante cosa equivale, como lo señaló agriamente un amigo mío —un desencantado veterano de mayo del 68—, a "insultar al Viet Cong". Como han insistido en señalar aquellos que en verdad saben algo sobre Afganistán —como el estudioso francés Olivier Roy, o el brillante periodista pakistaní Ahmed Rashid—, los talibanes no eran un movimiento guerrillero, sino urbano. Además, no habían ganado grandes batallas por sí solos. Más bien, quienes obtuvieron las victorias militares necesarias para que los talibanes tomaran el poder fueron los oficiales pakistaníes y, a veces, las tropas pakistaníes. En la mayoría de los casos, sin embargo, los talibanes habían sido bienvenidos porque los grupos a los que derrocaban se habían enemistado tanto con la elite afgana que cualquier cambio que trajera ley y orden parecía preferible, aunque se tratara del movimiento talibán. Tales errores por parte de las elites gobernantes difícilmente son extraordinarios. Los empresarios alemanes de comienzos de los años treinta creyeron que Hitler impondría el orden y quebraría a los comunistas, y que podrían controlarlo. A las elites les ha costado trabajo aprender que el Doctor Frankenstein no suele contener al monstruo durante mucho tiempo. Sin duda, ese fue el caso de Afganistán. Pero, para cuando los llamados bazaaris de Kabul, Mazar-I-Sharif y Jalalabad (Kandahar, el principal territorio de los talibanes, era y sigue siendo un caso especial) se dieron cuenta, era demasiado tarde. Los talibanes tenían virtualmente un control absoluto y, con ayuda de Pakistán y el creciente apoyo de Osama Bin Laden y la red Al-Qaeda —que proporcionaba dinero, asesoría experta y tropas—, parecía improbable que perdieran ante otra fuerza doméstica afgana.
     Pero decir esto difícilmente es lo mismo que creer que los talibanes eran los guerreros invencibles que ellos mismos suponían ser. De hecho, el mito del temerario guerrero afgano es una de las herencias más singulares del romanticismo colonial británico. La realidad es que los afganos mantuvieron a raya a los ingleses y a los rusos no porque fueran buenos combatientes, sino porque siempre contaban con el auxilio de alguna gran potencia exterior. Cuando combatieron a los ingleses, tuvieron el auxilio de los rusos. Cuando combatieron a los rusos, tuvieron el auxilio de los estadounidenses, los sauditas y los pakistaníes. En términos militares, eso fue lo que siempre marcó la diferencia clave. De hecho, los rusos estaban librando una guerra muy exitosa en Afganistán (los aciertos y errores de esa guerra son otro asunto), hasta que Estados Unidos brindó a los combatientes mujaidines potentes misiles que les permitieron derribar los helicópteros rusos y alterar la ecuación militar.
     En contraste, el primer éxito de la política estadounidense, tras los ataques del 11 de septiembre del 2001 contra el World Trade Center y el Pentágono, fue aislar a los talibanes. Ello fue resultado de un concienzudo esfuerzo diplomático por parte de Colin Powell, el secretario de Estado, quien, a pesar de sus indudables reservas respecto a una campaña militar en Afganistán, se dedicó sistemáticamente a persuadir o amenazar a los partidarios de los talibanes para que los abandonaran. La clave, desde luego, fue Pakistán. Algunos funcionarios de las Naciones Unidas y diplomáticos occidentales dicen, en privado, que Powell amenazó al dictador de Pakistán, el general Pervez Musharraf, con atacar sus instalaciones nucleares a menos que cooperara con los empeños militares estadounidenses. Sin embargo, si Musharraf aceptaba, aseguraba el apoyo estadounidense y nuevos préstamos y créditos internacionales. Dado que Pakistán se hallaba en un proceso económico de caída libre y, en todo caso, la amenaza de los Estados Unidos era algo real, a Musharraf no le quedó más que aceptar.
     A partir de ese momento, por más que fanfarronearan que "morirían por Alá", los talibanes estaban acabados. Los talibanes no sólo no eran el Viet Cong, sino que el Viet Cong había sido una anomalía histórica. Lo que la historia realmente muestra es que, al cabo del tiempo, la mayoría de los movimientos guerrilleros, desde Malaya hasta Bolivia, han sido derrotados por el ejército regular. Y la revolución tecnológica que han sufrido las armas en los últimos quince años, sobre todo en lo que se refiere a las llamadas municiones "inteligentes" (es decir, las guiadas por avanzados programas de computación, sistemas láser y robótica aérea), aumenta la superioridad de los ejércitos más avanzados en el campo de batalla, sobre todo la del ejército estadounidense sobre milicias como la talibana. En todo caso, la guerra siempre ha sido más un asunto de frías matemáticas que de disposición de los combatientes a sacrificar sus vidas por Dios o por su patria. Como lo dijo un general confederado durante la Guerra Civil estadounidense, la primera prioridad era "llegar primero y con ventaja".
     En síntesis, los talibanes jamás tuvieron en verdad oportunidad alguna. Privados del financiamiento de sus partidarios sauditas afiliados a Bin Laden, perdido el apoyo de los pakistaníes (en un momento dado, Estados Unidos permitió que un grupo de aviones de Pakistán rescataran a los consejeros militares pakistaníes de la sitiada ciudad de Kunduz y los devolviera a casa sanos y salvos), y tambaleándose bajo la campaña de bombardeos, pronto quedó claro que el verdadero tigre de papel —para emplear la antigua terminología maoísta— era el gobierno talibán y no Estados Unidos, por lo menos en lo que a cuestiones militares se refería.
     Entretanto, al igual que ocurrió con Saddam Hussein en 1991, las diversas formas de apoyo político organizado con que contaban los talibanes en el mundo islámico comenzaron a disiparse, a medida que el carácter terminante de su derrota se hacía evidente. Cuando la guerra comenzó, millares de personas se manifestaron en las calles de las principales ciudades pakistaníes del norte. Para mediados de diciembre, las ocasionales manifestaciones que tenían lugar apenas podían congregar a unos cuantos centenares. Y en el mundo islámico ajeno a Pakistán —donde los vínculos étnicos entre la enorme población pashtún de ese país, y los pashtún talibanes de Afganistán, garantizaban que se mantendría cierto grado de compromiso— pronto dejó de existir todo tipo de apoyo visible. En cierto nivel, la guerra parecía tan terminada en la mente de las personas como en los campos de batalla de Taloquan y Jalalabad.
     No obstante, en los hechos la situación era más complicada. Uno de los elementos comunes en los argumentos de aquellos que impugnan la decisión estadounidense de ir a la guerra era que resultaría catastrófica para la población afgana. Estados Unidos fue acusado de tapizar de bombas ciertas zonas civiles (en realidad, se estaban bombardeando las líneas del frente talibán, una táctica militar muy distinta y totalmente legítima, aunque aun así las pérdidas civiles ocasionadas por el bombardeo sean horrendas). Algunos trabajadores de ayuda humanitaria insistieron amargamente en que la guerra llevaría a Afganistán al borde de la hambruna, y que tan sólo por esa razón era moralmente indefendible, aun cuando fuese política y aun legalmente comprensible y justificable. Por último, se afirmaba con frecuencia que los talibanes se recompondrían como ejército guerrillero, y que, al derrocarlos, los estadounidenses habían condenado a Afganistán a más guerras.
     Ninguna de estas aseveraciones resultó cierta. La guerra se ganó tan rápidamente que los sufrimientos de los civiles por los bombardeos, por abominables que hayan sido (y los defensores de la guerra, como mi amigo Christopher Hitchens, incurrieron en un solecismo moral al minimizar ese sacrificio, y al hacer chistes malos e inexactos, como decir que los bombardeos estadounidenses sacarían a Afganistán de la edad de piedra), acabaron pronto. En todo caso, los trabajadores de ayuda humanitaria pudieron realizar con mucha más facilidad su labor después de la guerra que durante los seis años de gobierno talibán en Afganistán. De hecho, con la caída de los talibanes tal vez se remedió en parte el hambre masiva —aunque esto no significa de ninguna manera que las cosas estén bien: todavía puede ocurrir una catástrofe. El país puede recaer en contiendas internas; los esfuerzos de paz negociados por las Naciones Unidas podrían fracasar, y existe la posibilidad de que Afganistán —como los irlandeses, en el gran poema de Yeats sobre un aviador irlandés en la Primera Guerra Mundial que contempla su propia muerte— llegara a encontrarse "no más feliz que antes" con los resultados de la guerra.
     Pero es difícil imaginar cómo podrían empeorar las cosas. Afganistán ha pasado de sufrir la peor y más olvidada crisis humanitaria del mundo (hablo, en sentido estricto, de inanición, mortandad infantil, mujeres que mueren al parir, numerosos refugiados y desplazados internos) a recibir por lo menos algo de la atención y ayuda económica que necesita. De 1996 al 2001, los llamados humanitarios de las Naciones Unidas en favor de Afganistán rara vez consiguieron más del cincuenta por ciento de los fondos requeridos. Ahora, la ayuda para el desarrollo de Afganistán cuenta con adherentes de sobra. Uno de los funcionarios de alto rango de las Naciones Unidas —alguien excepcionalmente competente en tales medios—, director de los programas de desarrollo de la ONU, Mark Malloch Brown, ha sido comisionado para supervisar esa ayuda; y por lo menos habrá alguna participación internacional en lo que se refiere a la asistencia y el desarrollo durante la siguiente década. Quizás esto no resuelva todos los problemas de Afganistán —y no hablemos ya de brindar una solución política en un país de absoluta crueldad, nihilismo e irresponsabilidad política—, pero será un comienzo. Los hospitales tendrán más medicamentos, se pavimentarán las carreteras, se reabrirán las escuelas y, por lo menos en algunas de las principales ciudades, las muchachas podrán asistir a ellas. Desde luego, no debemos exagerar ni ponernos optimistas. Los talibanes no inventaron la burka, ni su fin significará la indispensable emancipación de las mujeres. Y hay otros argumentos parecidos que pueden preverse en otras esferas de la vida afgana. Pero como dijo Brecht, "lo primero es comer, y después la ética", y por lo menos ahora existe la oportunidad de que esa Fressenmoral se arraigue en Afganistán.
     Paradójicamente, el problema sería que, si Afganistán sale ganando con esta guerra, Pakistán, y por extensión, la región en su conjunto, se convertirían en los perdedores. Se ha hecho mucho hincapié en el hecho de que, como recompensa por su cooperación en la guerra, Pakistán recibirá una gran ayuda económica. Pero, aun suponiendo que ello sea verdad —pues en el pasado Estados Unidos han renegado muchas veces de ese tipo de promesas—, la sociedad pakistaní es tan corrupta, y es tan numeroso el contingente de su gente mejor y más brillante que ha emigrado a Estados Unidos, que se abre la interrogante de si su elite sabrá cómo emplear el dinero para beneficio del país, por no hablar ya de que se comprometa seriamente a hacerlo. En esa elite existe un profundo desprecio hacia los pobres: un desprecio que es una de las características del estado lamentable en que se encuentra la nación, y una de las razones por las que Pakistán se parece, en tantos aspectos, a algunas de las regiones más degradadas del África subsahariana. Todo ello no representa un buen augurio para la resurrección del país.
     Asimismo, existen problemas políticos. El más hondo de ellos tiene que ver con el propio nacionalismo pakistaní. La identidad paquistaní está basada en dos conceptos interrelacionados: uno religioso y el otro negativo. Después de todo, la premisa detrás de la creación de un Estado musulmán separado del Subcontinente Indio fue que los musulmanes necesitaban su propio territorio. Así, aunque en la India hay más de cien millones de musulmanes, la idea nacional pakistaní era que un musulmán "auténtico" elegiría vivir en Pakistán. Allí es donde intervenía la identidad negativa. Ser un pakistaní, en el sentido más profundo, consistía en no ser hindú (encontramos una versión inofensiva de este designio en la relación de los canadienses de lengua inglesa frente a Estados Unidos). Pero, como este "no ser hindú", y la política fundamentalmente redentora de la identidad musulmana, se funden en la imaginación política pakistaní, la política exterior del país cae fácilmente en el aventurerismo.
     De hecho, el aventurerismo y el resentimiento han estado en el centro de la principal fijación política de Pakistán en las dos últimas décadas: Cachemira. Desde luego, es probable que los reclamos pakistaníes, en cuanto a que el régimen hindú perpetúa una injusticia histórica, sean correctos. Pero la realidad es que ningún gobierno hindú puede ceder Cachemira ni acordar un cambio radical de su status, porque eso abriría las compuertas a otros separatismos —sobre todo el de los sij. En consecuencia, fomentar el separatismo y la violencia en Cachemira, como lo ha hecho Pakistán, es, por comprensible que resulte desde un punto de vista emocional e histórico, la cima de la irresponsabilidad política. Los pakistaníes saben perfectamente bien lo que los hindúes harán y lo que no harán, y simplemente han preferido desatenderlo.
     La crisis de Cachemira no ha hecho sino empeorar durante algún tiempo. Pero con el fin del régimen talibán en Afganistán, lo más probable es que empeore. El general Musharraf debe encontrarle alguna ocupación a sus inquietos hermanos militares, muchos de los cuales se sienten humillados por la decisión de someterse a los estadounidenses aun cuando la mayoría, si no es que todos, está de acuerdo en que Musharraf no tenía elección. Ciertamente no van a aceptar que se debilite el apoyo pakistaní a los cachemires separatistas. Y lo que se antoja muy probable es que, para apaciguarlos, Musharraf acepte precisamente un recrudecimiento del conflicto en Jammu y Cachemira. Después de todo, él es el arquitecto del frustrado ataque pakistaní contra esa provincia en el año 2000. Ahora, las presiones para que apruebe nuevos ataques probablemente serán mayores. De hecho, el reciente repunte en los combates en Cachemira indica que posiblemente los pakistaníes ya se embarcaron en una campaña así.
     Esto plantea una amenaza aún mayor para la región que la que significaba el régimen talibán, aunque la cuestión de la amenaza mundial que planteaba la fusión de Al-Qaeda y un Afganistán gobernado por talibanes es un asunto enteramente distinto y mucho más grave. Pakistán está atrapado por la lógica de su propia historia, y por el fracaso de su Estado. Un país que no puede proveer a favor de su propio pueblo casi siempre verá la guerra como una opción atractiva, por lo menos retóricamente; el problema es que, con mucha frecuencia, la retórica se convierte en realidad. Pero es inconcebible que la India —que, como Rusia, se ha envalentonado por la guerra estadounidense contra el terrorismo, para insistir en que ella también tiene derecho a defenderse contra los separatistas violentos— simplemente acepte una escalada pakistaní. Y, desde luego, tanto Pakistán como la India son potencias nucleares, lo que hace que un conflicto entre ellas sea potencialmente más peligroso que cualquier otro conflicto en el mundo, incluyendo el que existe entre Israel y los palestinos. Allí, para decirlo con frialdad, sólo Israel tiene bombas nucleares, lo que impone un cierto umbral de seguridad —si no es que de cordura— a ese conflicto.
     Exacerbar la crisis de Cachemira no era desde luego lo que los estadounidenses deseaban cuando reclutaron a Pakistán en su coalición antiterrorista. Y, no obstante, muchas veces ha ocurrido en una guerra que las consecuencias no previstas resulten, por lo menos, tan importantes como las que se buscaban. Pensemos en la guerra de las Malvinas, donde, aunque la señora Thatcher no buscaba derrocar el régimen de Galtieri, se las arregló para que así ocurriera, a la vez que restauraba la soberanía británica en aquel desolado paraje del Atlántico sur. El ejemplo de las Malvinas es positivo. El ejemplo de Afganistán probablemente será negativo, en gran medida porque quienes planifican la política estadounidense le han brindado escasa atención a la cuestión de Cachemira, y a meditar en las consecuencias de la alteración en las relaciones entre la India y Pakistán que traería consigo la guerra en Afganistán.
     No es que los funcionarios estadounidenses no digan cosas correctas y constructivas acerca de Cachemira. Pero el hablar de reducir la violencia, o de encontrar una salida pacífica al impasse, difícilmente es lo mismo que desempeñar un papel constructivo. En general, Estados Unidos está distraído por la propia guerra, y por el debate acerca de qué tan lejos debe llegar en la persecución de los terroristas en otras partes del mundo, y si debe o no derrocar a Saddam Hussein en Irak, lo mismo que por la necesidad de alcanzar un acuerdo en el Medio Oriente que conduzca, por fin, a la creación de un Estado palestino. Aunque a regañadientes, el gobierno de Bush se ha convencido de que una Palestina independiente es el precio que debe pagar a sus clientes y socios y aliados árabes por la guerra en Afganistán.
     Y bien pueden estar en lo cierto. El problema es que, distraídos por esta complicada y controvertida agenda, Estados Unidos ha desestimado en gran medida las posibles repercusiones que su guerra contra los talibanes tendrá en el Subcontinente Indio. Y eso, por justificable que pueda haber sido la guerra, es extraordinariamente imprudente. A medida que tienen lugar los acontecimientos, parece cada vez más probable que la cuidadosa planeación y la ejecución escrupulosa de la campaña militar estadounidense pesarán tanto como el absurdo olvido de las implicaciones geoestratégicas de lo que el mismo Estados Unidos ha hecho o dejado de hacer en el Subcontinente Indio —es decir, en el lugar donde se requiere mayor lucidez. No se trata tanto de ganar una guerra y perder la paz, como de ganar una guerra y, por negligencia, producir otra guerra, probablemente mucho más peligrosa. -— Traducción de Rafael Vargas