Una cebolla para Kafka | Letras Libres
artículo no publicado

Una cebolla para Kafka

Me sorprendería menos entrar a mi departamento y encontrar un gigantesco insecto mirando la televisión, engullendo malvaviscos, que toparme con alguien más parecido a Kafka que este hombre. Un hombre de traje que se inclina para seleccionar cebollas, que toma una al azar y la observa detalladamente. No cualquier cebolla, una tomada por la réplica exacta de Kafka. ¿Qué hace Franz Kafka en el supermercado? ¿Acaso se dedica a irrumpir en la vida cotidiana de sus lectores? El hombre inspecciona con detalle la cebolla. Algo parece molestarle. Llama a un empleado y le señala un hongo en la cebolla. Sospecho que, en cualquier instante, ese hongo podría entrometerse entre Kafka y el empleado. Quizá con culpa de haberse quejado, o quizá con la esperanza de llevarse a un potencial compañero de charla, el hombre coge la cebolla en descomposición. Se dirige a otro pasillo. Sin discreción, lo observo. Es idéntico al autor. Le sonrío, lo desconcierto. ¿Lo habrán confundido antes? ¿Lo habrán apodado K. en la universidad? ¿Trabajará en una aseguradora? ¿Se dedica a parecerse a Kafka? Imagino su tarjeta de presentación: Doble de Kafka. La del otro Kafka, Franz, rezaría: Culpable. Culpable de oficio.
     En la medida en que Kafka avanzó hacia los temas más opacos de la condición humana alejó al lector de la luminosidad. Culpable por eso. Por trazar en su prosa los momentos más indigestos del siglo XX. Por comenzar sus escritos con súbitas irrupciones en la vida privada. Por narrar con pocas palabras la tremenda culpabilidad jobiana ante cualquier autoridad. Por despojar a sus personajes del apellido, del nombre, y por cargar de inusitado sentido, sin proponérselo, el suyo. Culpable por sus novelas, canchas de juego que han podido interpretarse una y otra vez. Allí su grandeza: una obra que permite ser reinterpretada, una cancha en la que el texto le arroja el balón al lector. Culpable por su obra. Este hombre no sólo merece que lo siga en su recorrido por el supermercado; lo mejor sería arrojarle su cebolla.
     No es que persiga al Kafka que elige un cereal de hojuelas endulzadas: sigo al hombre que poco experimentó con estructuras narrativas. Al peinado de raya en medio. Al que caminó sobre narraciones lineales como ahora éste avanza, recto, por el pasillo. Kafka, el muchacho que escribía con la corbata puesta. El autor de cuya biografía, para su fortuna, poco sabemos. En cambio sabemos: es recurrente pensar en sus frases como quien regresa a su país desde el exilio. Sabemos: sus cuentos pueden orillarnos al insomnio como un zancudo. Por todo ello, saludo con la mano al gemelo Kafka.
     Con Kafka ocurre lo que con ningún otro autor del siglo XX: sus textos existen aun para quien no los ha leído. Puede ser un autor no leído, sus libros pueden faltar en la biblioteca y, sin embargo, sus tramas molestarán el oído de sus lectores renegados. Se puede vivir sin leerlo. ¡Aventad una cebolla a aquel entusiasta que pretenda evangelizar con la lectura! Leer es un acto temperamental, lejano a las fantasías didácticas. Puede vivirse sin leer. Se puede despertar en la mañana, después de un sobresaltado sueño, sin haber leído a Kafka, desde luego, pero bajo ninguna circunstancia puede aplastarse con una mano la presencia de la obra de Kafka en el día a día.
     Demos unos pasos atrás. Regresemos al primer pasillo del supermercado, a las cebollas. ¿Qué resulta tan entrañable de la lectura? Uno puede elegir lo que desea leer. La lectura es la única elección genuina. Lo demás es secundario, incluso la escritura. Uno puede elegir lecturas como un hombre elige cebollas. El resto está sujeto a lo que uno es capaz de hacer. ¿Qué resulta tan entrañable de la lectura de Kafka? Vayamos a lo hermético. Kafka: una lata sin fecha de caducidad. Textos que incitan la escritura. Frases que lo encuentran, tarde o temprano, a uno. La culpa y la incertidumbre sonriendo desde las páginas. Lecturas que desconciertan. Encontrarse en el libro. Y, uno, angustiado, a la mitad de la noche, tratando de conciliar el sueño con ese molesto sonido, tratando de aventar un zapato para embarrar la frase contra la pared. O mejor lanzarle un zapato al hombre, que ahora se esconde detrás de un estante, esquivando mis sonrisas.
     Es probable que, de la misma manera que las frases de Kafka persiguen al lector y a su no lector, una pluma haya ido en busca del autor, quien se empeñaba en cercar su relación con la escritura. Dedicando horas al trabajo burocrático, añorando escribir al terminar la jornada y escribiendo en alemán, idioma que le resultaba tan distante como la habitación de su padre. Un idioma al que se desplazaba. (Como acertadamente lo observa un autor —cuyo nombre no puedo comprobar, ya que he aplastado un escarabajo de respetable tamaño con la portada de su libro—, que ensaya la incapacidad para captar el significado de la palabra madre en un idioma no materno.) Negándose, también, a publicar. Y negándose a saludarme ahora, en el supermercado.
     Pensemos en 1905, cuando Kafka tiene veintidós años. Año en que viaja a Zuckmantel, Silesia. Año en que mantiene una breve relación con una mujer mayor que él. Año en que prueba por primera vez una sopa de pasta. Antes de que diez años más tarde escriba El proceso y Rohwohlt publique La metamorfosis, imaginemos a Kafka con esa mujer. Caminando de noche, riendo. Conmemoremos el centenario antes de que Kafka escribiera. Conmemoremos esa caminata de risas. Celebremos incluso que hace ciento veinte años un niño en Praga, de orejas puntiagudas, aprendía a abrocharse los cordones de los zapatos. Después de esos eventos nimios surge un escritor irreversible en la literatura. Nada qué conmemorar: inculpémoslo. De una buena vez arrojémosle su cebolla. Allí va, suspendida en el aire. Se invierten los papeles, el hombre se disculpa. Dios debe de estar en el supermercado. Corrijamos su tarjeta de presentación: Culpable por parecerse a Kafka.
     Una cebolla para Kafka, para Franz Kafka. -