Un sexteto llamado Tindersticks | Letras Libres
artículo no publicado

Un sexteto llamado Tindersticks

Construir una carrera independiente, atípica y sin parangón en la escena musical contemporánea, parecería hoy una empresa imposible. Con tantas fuentes de las que abrevar, con tantos referentes y deudos, con la cantidad impensable de grupos pastiches y advenedizos que pastan por el mundo, lograr que una obra no se parezca a la de nadie más, y hacerlo con una integridad que roza el nihilismo, linda en la frontera de lo ilusorio. Esto es precisamente lo que el grupo británico Tindersticks ha estado haciendo desde hace once años, alejados de los reflectores y sin hacer grandes concesiones al gran aparato comercial. Si no hay nadie que se parezca a Tindersticks, cabría entonces describirlos por lo que no son: no son estrictamente un grupo de rock, ni de música alternativa, mucho menos de soul ni de folk. Si bien combinan elementos de todo ello, utilizan también —y profusamente— arreglos orquestales de cuerdas y alientos. Con formación clásica, los Tindersticks han navegado desde la melodía más pura, desnuda y contundente, hasta coqueteos con el jazz, la estridencia y el funk. Un sexteto comandado por un crooner, que basa su línea melódica en las cuerdas, que no tiene reparos en meter contrapuntos de xilófono y órgano hammond, que debe gran parte de su impronta personal al sarcasmo; en cuyas canciones las letras siguen siendo importantes, posee todos los atributos para convertirse en un grupo de culto. Su vocalista y líder, Stuart Staples, tiene registro de barítono —algo impensable en las listas de popularidad—, rasga la guitarra y es la última encarnación del dandy con sienes canosas, capaz de hacer a una modelo internacional dudar de su feliz matrimonio. Su violinista, Dickon Hinchliffe, además de tocar el instrumento con destreza, compone, canta y tiene estudios de literatura mexicana con una tesis sobre la narrativa de Jesús Gardea. Los Tindersticks han participado en la composición de bandas sonoras originales para dos películas francesas de escaso impacto comercial y buen recibimiento por parte de la crítica. Pero sobre todo, los Tindersticks tocan lento. Muy lento. Tocan tan lento que su música linda en lo desgarrador. Casi se agradece que toquen lento en una escena acaparada por ritmos vertiginosos, erigiéndose un respiro donde la música actual da para todo menos para sentarse a escucharla. Los Tindersticks componen, arreglan, producen, tocan y cantan parca, exquisita y lentamente. Su música no es fácil. Un poco de angustia prestada de Nick Cave, una dosis de lirismo de Leonard Cohen, la exquisitez aquí y allá del primer Bryan Ferry, una pizca de soul blanco y hasta un pellizco a las partituras de Ennio Morricone se conjuntan en su fórmula, pero la mezcla no es del todo exacta ni estacionaria.
     Hacia 1992, una banda llamada Asphalt Ribbons hacía sus pininos en su natal Nottingham, creando, como tantos otros primerizos, su propio sello independiente. Un año después, ya basados en Londres, ya bajo el nombre de Tindersticks, el sexteto formado por Dickon Hinchliffe, Stuart Staples, David Boulter, Neil Fraser, Al Macaulay y Mark Collwill —once años después la misma alineación, cosa rara— lanza su álbum debut homónimo, cargado con veintiún canciones, excediendo la hora y quince minutos, y demasiado complejo, lento e introspectivo. No muy seguros de la aceptación que su disco podría tener, decidieron expulsar todo lo que traían bajo la manga. En la época del asalto a escala global del trip-hop de Bristol comandado por Massive Attack, Tricky y Portishead, con los resabios del sonido Manchester de los Happy Mondays, y el ascenso del brit-pop de Suede, James, Blur y Pulp, el resultado fue que el debut lánguido e inclasificable de Tindersticks fuera seleccionado disco del año por el afamado y hoy extinto tabloide Melody Maker. La prensa musical inglesa, tan vituperada como glorificada, reseñó uno de los primeros conciertos de Tindersticks con lo que al cabo de los años —y más proviniendo de la Gran Bretaña, que exporta tanta música como Venezuela petróleo— no ha sido aquilatado todavía en su amplia dimensión: los Tindersticks son dioses entre los mortales. ¿Exageración o falta de escrúpulos? En 1995, Tindersticks lanza su segundo álbum, titulado, paradójicamente, igual que su debut: Tindersticks. Con el paso del tiempo, las dieciséis canciones del segundo disco habrían de confirmarse como una obra monolítica, sin yerro, y ultimadamente constituyendo algo de lo más congruente que la música, británica o de cualquier otro origen, haya entregado en la década que atestiguó la explosión de un sinfín de movimientos, tendencias y estilos que nunca antes habíamos escuchado y que perduran hasta hoy, ya bien entrado el siglo XXI. De esta producción resalta la que es probablemente la canción ancla del grupo, "My sister", ocho minutos y once segundos de una historia familiar cantada en prosa, llena de ironía y mala leche: "She burned down the house when she was ten. I was away camping with the scouts. The fireman said she'd been smoking in bed —the old story, I thought. The cat and our mum died in the flames, so dad took us to stay with our aunt in the country. He went back to London to find us a new house. We never saw him again."
     Pero todavía seguiría Curtains en 1997. El tercer álbum cerraría una serie nunca declarada, antes de que el grupo adoptara para sí cierta influencia soul. En Curtains se encuentra resumida la estética de la primera etapa de Tindersticks: baladas lentas, la voz de Staples articulando las canciones de principio a fin, la apología del desamor. ¿Cuántas veces puede recrearse el tema del amor y su falta en una canción sin abdicar a lo sensiblero, sin rumiar que lo que estamos escuchando no lo hemos oído ya tantas veces, de tan distintas maneras? En este disco, en el fondo, hay once o doce pruebas de que la fuente inagotable se mantiene incólume; en cuanto a la forma, uno se siente tentado a no emplear el lugar común de paisaje sonoro antes de aceptar que quizá no haya otra definición apropiada. Dejando a un lado la música original para el film Nénette et Boni (1996), ópera prima de la cineasta francesa Claire Denis, y la recopilación de sencillos, canciones inéditas y rarezas de Donkeys (1998), Tindersticks lanza en 1999 su cuarto álbum de estudio, Simple Pleasure. Es entonces cuando Island decide sacar de su nómina al grupo. Si bien Tindersticks contaba ya con una base leal de seguidores, sobre todo en Francia, España, Portugal, Holanda y Australia, las ventas de Simple Pleasure no llegaron a satisfacer las expectativas de la disquera. El pequeño sello This Way Up —quien firmó originalmente al grupo— había sido absorbido por Island y ésta, eventualmente, por Universal. Ante las presiones económicas de una compañía trasnacional, Tindersticks decide acogerse a una disquera independiente, la legendaria Beggars Banquet, que conserva la anómala sutileza de otorgar a sus artistas libertad creativa antes que exigencias de cuotas monetarias o de popularidad masiva. Bajo Beggars Banquet Tindersticks imprime Trouble every day (2001), Can our love... (2001), y Waiting for the moon (2003), los que bien podrían llamarse una segunda fase en la producción discográfica del grupo, en donde añaden coros femeninos y arreglos de alientos, se permiten menos complejidad y hasta cierto desenfado en las líneas rítmicas: canciones que se pueden escuchar como música de fondo, sin rasgarse necesariamente las venas. La banda sonora de Trouble every day establece la segunda colaboración de los Tindersticks para la música —instrumental e incidental— de una película de Claire Denis, mientras que Can our love... continúa con el aura influenciada por el soul de Simple Pleasure. La última creación de estudio, Waiting for the moon, resuelve las dos fases del grupo en una sola instalación, y parece insinuar, contenidamente, un regreso a las raíces de principios de los noventa, sin dejar a un lado la vena cadenciosa de la segunda etapa.
     Seis álbumes de estudio, dos bandas sonoras para película, dos grabaciones piratas "oficiales" —distribuidas exclusivamente a través del sitio de internet del grupo y en conciertos—, tres o cuatro discos semiclandestinos y hoy en día inencontrables, infinidad de sencillos y lados b, seis o siete redescubrimientos de cantantes olvidados, presentaciones con orquestas y ensambles de cuerdas locales de las ciudades donde se presentaron en 2001 y 2002 —conociendo a los integrantes de la orquesta por la mañana, ensayando en la tarde y presentándose conjuntamente en la noche—, duetos femeninos con personalidades tan disímbolas como Isabella Rossellini, Carla Torgerson de The Walkabouts y la mexicana-americana-quebequense Lhasa de Sela, constituyen la faceta musical de la búsqueda de Tindersticks. Pero su curiosidad es amplia y abarca otras disciplinas: además de la colaboración ya mencionada con la realizadora Claire Denis, sostienen proyectos creativos desde hace más de diez años con el fotógrafo Phil Nicholls y la artista plástica Suzanne Osborne, y apoyan la tan británica como insospechada tradición de conservar un santuario de burros en Devonshire. Todo esto sitúa a Tindersticks fuera de toda clasificación posible en la música contemporánea, en la orilla de lo comercialmente viable —una agrupación cuyos seguidores son pocos, repartidos en una veintena de países, conectados entre sí gracias a internet, diletantes con lealtad a prueba de bomba. Y todo esto poniendo en entredicho, cuando menos en el plano musical, el cliché del odio ancestral que se tienen franceses e ingleses: el grupo de aficionados de Tindersticks más grande del mundo está en Francia. Todo esto en la atípica carrera de seis músicos que, en sus propias palabras, nunca quisieron ser atípicos, que lo atípico les vino por añadidura, que sólo intentan que su obra pueda ser escuchada. ~