Un libro en el incendio | Letras Libres
artículo no publicado

Un libro en el incendio

Navidad de 1908. En el pequeño segundo piso –casi un tapanco– de su casa en San Pedro de las Colonias, Coahuila, un hombre hojea el primer ejemplar del libro que ha escrito febrilmente durante algo más de tres meses. Con él se ha propuesto “calmar, orientar y encauzar definitivamente la ansiedad de su patria”. Sometido a una rigurosa dieta vegetariana, acosado por las jaquecas y los ataques oftálmicos, luchando contra lo que él mismo llama “el yugo de los instintos”, el ciclo completo de preparación y ejecución del libro le ha llevado más de un año. Lo comenzaba a escribir al despuntar el alba. Algunas noches, cuando el sereno recorría las calles balanceando su linterna, el hombre seguía escribiendo en un cuaderno escolar de 22 por 17 centímetros y rayado gris. Sólo en momentos de fatiga extrema se colocaba su casco Sarakoff, descendía al mundo de los humanos y recorría a caballo, como lo había hecho durante tantos años, los campos labrantíos de su hacienda. Sus peones lo saludaban con una mezcla de familiaridad y reverencia. No era sólo su exigente patrón sino su médico de cabecera, su protector material, su consejero espiritual. Nieto de un fundador de incontables empresas y bíblicas familias, él también habría querido ser un gran patriarca pero la naturaleza le había vedado, a él o a su esposa, la posibilidad de serlo. Ante la paternidad denegada, su reacción natural fue asumir una paternidad universal. Llevaba el nombre de dos santos fundadores, el de la caridad y el de la acción, y en su apellido había una reminiscencia del Calvario: Francisco Ignacio Madero.

Años atrás, después de viajar profusamente por Europa y estudiar administración en Estados Unidos, se había concentrado en los negocios. Era, en sus propias palabras, “un hombre bien pegado a la tierra” y se dedicó a hacerla florecer. Producto de estos esfuerzos, a sus 35 años de edad poseía acciones mineras y metalúrgicas, ganados, semillas, instrumentos de labranza, fincas rústicas y urbanas. Su criatura consentida era un rancho guayulero a 25 leguas de San Pedro. En esos terrenos desolados donde sólo abundaba el ganado vacuno, el hombre se había propuesto emular la hazaña de los colonos ingleses en Australia, que con semillas mejoradas y novedosos sistemas de riego convirtieron el desierto en un vergel. Aquel paisaje de magueyes, lechuguillas y mezquites era su propia “Australia”.

Pero en 1908 su vocación paternal y su alegría creadora se encauzaban resueltamente hacia una obra distinta. Estaba convencido de que su patria corría un gravísimo peligro. Sabía muy bien –la humildad era una de sus prendas– que no era escritor, pero sentía el impulso de aclarar por escrito y públicamente, para sí mismo y para los mexicanos de buena fe, la situación histórica del país, y delinear a partir de ella los posibles caminos de solución. ¿De solución o de salvación? A veces escribía como si las dos palabras fueran la misma.

 

 

Su tesis era muy sencilla: México padecía una vieja, conocida y muy riesgosa enfermedad histórica llamada “poder absoluto”. Porfirio Díaz, el hombre que desde hacía más de treinta años lo encarnaba, había tenido siempre una “idea fija”: alcanzar, ejercer, conservar el poder absoluto. Por su parte, a Madero lo inspiraba otra idea no menos fija y radicalmente opuesta: examinar, criticar y, en última instancia, derrocar al poder absoluto. Para fundamentar su obra, no le bastaron sus lecturas mexicanas. En septiembre de 1908 había escrito a un librero de la capital urgiéndole la remisión de varios clásicos de la literatura política, entre otros las Historias y costumbres de los germanos, de Tácito, la Conjuración de Catilina, de Salustio, la Historia augusta, continuación de la de Suetonio, el Panegírico de Trajano, las Cartas de Plinio el Joven y los Estudios políticos de Lord Macaulay. De estos textos, de algunos otros libros escogidos en su biblioteca (Saavedra Fajardo, Floro, Montesquieu) y aun de ciertas lecturas anarquistas (Reclus, Kropotkin) extrajo datos suficientes para describir el efecto maligno del poder absoluto en la historia universal. Ya sea en el antiguo Egipto, en el imperio ruso, en la era napoleónica o en el caótico siglo XIX latinoamericano, la conclusión a la que llegó era la misma: “el poder absoluto corrompe a quienes lo ejercen y a quienes lo sufren”. Entre las notas sueltas sobre su escritorio, destacaba una, de Montesquieu: “lo que se llama unión en un cuerpo político, es una cosa muy engañosa: la verdadera es una unión de armonía que hace que todas sus partes, por más opuestas que parezcan, concurran al bien general de la sociedad, como las disonancias en la música concurren al acorde total”. Esa era, justamente, la propuesta de su libro: desatar para México una armonía en libertad.

Madero no era, propiamente, un hombre de gabinete. Nunca lo había sido, ni siquiera en años remotos: “estudié para Papa y salí camote”, comentaba con sorna recordando la juventud de goce y disipación en la que supuestamente había incurrido y que en realidad no debió pasar de uno que otro pecado, menos que venial. Se definía a sí mismo, certeramente, como “un hombre práctico”: práctico en los negocios, práctico en su ayuda al prójimo, práctico hasta en sus afanes espirituales. Siempre había sido un ser volcado hacia los demás, un cotidiano practicante de la caridad. A los vivos en trance de muerte los curaba a través de la homeopatía, el magnetismo y otras técnicas. A los muertos en trance de vida –sus hermanos muertos, otros familiares queridos y hasta ciertos héroes de la patria, como Mariano Escobedo o Benito Juárez– solía convocarlos en arduas sesiones espiritistas, solo o acompañado, no para que le revelaran los arcanos de la morada eterna sino para buscar su apoyo o su consejo en este tránsito; no era un místico que buscara desasirse del mundo. Era un místico con los pies firmemente plantados en él. Por eso su caridad derivó naturalmente hacia la política: San Francisco se volvió San Ignacio. A partir de 1903, en que comenzó a formar el Club Democrático Benito Juárez, Madero desplegó en su municipio, su estado y en la república toda, una sorprendente actividad electoral, epistolar, periodística, de relaciones públicas y animación cívica con el objetivo fijo de abrir paso a la democracia mexicana.

Desde fines de 1907 sintió que su siguiente estación democrática consistía en escribir aquel libro. Si no una persona de libros, Madero era una persona de ciertos libros. En los estantes de su biblioteca se apilaban centenares de ellos, la mayor parte en francés. Además de las obras recientes sobre historia universal y de una vasta colección de textos espiritistas, destacaban varias obras de historia mexicana: México a través de los siglos, La cuestión presidencial, de José María Iglesias, El juicio de amparo de Ignacio L. Vallarta, y las Memorias apócrifas de Sebastián Lerdo de Tejada. De estos y otros liberales de la Reforma, Madero extrajo, literalmente, el espíritu: su propósito era reivindicar las libertades que legaron aquellos hombres, proponer la vigencia plena de la Constitución de 1857, restaurar de nueva cuenta la república. Su vasta excursión histórica le sirvió no sólo para confirmar la justicia de su causa y la pertinencia de su hipótesis, sino para ensanchar su horizonte vital. Leer páginas de historia, en particular de historia mexicana, había sido para él una forma de purificación moral:

 

 

Sólo en el estudio de su historia he podido fortificar mi alma, porque encuentro que ella nos hace respirar otro ambiente que el que hoy se respira en la República [...] el ambiente de la libertad [...] Esa historia nos hace tener una idea más elevada de nosotros mismos, al enseñarnos que los grandes hombres, cuyas hazañas admiramos, nacieron en el mismo suelo que nosotros y que, en su inmenso amor a la patria, que es la misma nuestra, encontraron la fuerza necesaria para salvarla de los grandes peligros.

 

La historia era un remanso y una fuente de inspiración, pero era también, y con mayor frecuencia, un escenario de errores y horrores. Madero consideraba necesario documentarlos porque casi todos, a su juicio, eran consecuencia obligada del poder absoluto: “Lo que necesito saber –escribió a uno de sus varios corresponsales, en julio de 1908– es cuáles fueron las causas de las guerras con los mayas, cómo fue llevada ésta [sic], entre quiénes se repartieron el terreno de Quintana Roo, qué beneficio sacó el gobierno con esa concesión y qué han hecho los concesionarios con esos terrenos.” No criticaba al poder absoluto en términos vagos y abstractos sino claros y concretos. Con una sonrisa debió hojear, por ejemplo, el Plan de Tuxtepec original que llevó a Díaz al poder y cuya vieja bandera era idéntica a la nueva que Madero propondría al país para la contienda electoral de 1910: “sufragio efectivo y no reelección”.

Había comenzado la escritura de su libro alrededor de septiembre de 1908. La interrumpió unos días, en los festejos del octogésimo aniversario del abuelo Evaristo, pero a partir de allí su avance había sido vertiginoso: casi cien cuartillas al mes. El atribulado impresor de San Pedro con quien contrató la edición apenas se daba abasto para seguir el ritmo del autor y cumplir con las estrictas cláusulas: “El número de ejemplares que tirará será el de tres mil, empleando papel de doce kilos para el texto y para las coberturas [...] El precio que cobrará usted por este trabajo siempre que el libro tenga 300 a 320 páginas será de $1900.00.” El contrato preveía rebajas en el caso de modificar su extensión y una indemnización de diez pesos por cada 24 horas de incumplimiento en la fecha límite: 27 de diciembre. Hacia el 19 del mismo mes, al tener ya en sus manos 298 páginas impresas, Madero las había enviado a su primo Rafael Hernández advirtiéndole: “Esta semana lo terminaré, pues ya me falta muy poco.” Ese mismo día le informaba a un compañero el título definitivo: La sucesión presidencial en 1910. El Partido Nacional Democrático.

En la Navidad de 1908 el libro estaba listo para su distribución. Nada había dejado Madero al azar. Victoriano Agüeros, director de El Tiempo, le había mandado una lista completa de los periódicos que se editaban en la república. A todos ellos les enviaría un ejemplar de obsequio. En la ciudad de México Madero había reservado un depósito para 600 libros. El precio por ejemplar sería casi marginal: $1.25. Quizá vendería los libros suficientes para sacar el costo de la edición. Con diligencia, había integrado la relación de todas las personalidades políticas del país. Con muchas de ellas mantenía desde hacía tiempo una frecuente y vivaz relación epistolar. Al margen de simpatías o diferencias, a partir del año nuevo se dispondría a despacharles el libro. Uno de los ejemplares lo dedicaría especialmente al presidente Díaz acompañándolo de una carta en la que lo llamaría a “elevarse por encima de las banderías políticas declarándose la encarnación de la patria”.

Faltaba, sin embargo, la aquiescencia de la familia: su padre, don Francisco, anticiparía la represalia oficial contra sus negocios; su madre, doña Mercedes, temería por la vida de su hijo mayor; el patriarca, don Evaristo, reprobaría las locuras de Panchito: “No te andes metiendo en las patas de los caballos pretendiendo meterte a redentor”, le escribiría con enfado al comenzar la lectura. Sin presiones o amenazas, con la fuerza de su tono y su verdad, la obra lo convencería poco a poco. Pero ¿era en verdad Panchito su único autor? Al final todos darían su bendición, porque sabían que el joven Madero no abandonaría el proyecto para el que se sentía, en la acepción religiosa de la palabra, elegido.

Su libro casi no lo denotaba, pero en la intimidad de su persona, la que se expresaba en cartas a familiares y, sobre todo, en cuidadosos cuadernos donde día a día se comunicaba con varios “espíritus”, había una creciente imantación mesiánica. Madero veía –al parecer, en verdad, veía– el feliz “desenlace del gran drama que se dará en el territorio nacional el año de 1910”.

Por eso normaba sus actos de acuerdo con un libreto simbólico: se retiraría unos días –como todo buen profeta o redentor– a meditar en su desierto particular (Australia), daría los últimos toques a su testamento financiero –“corte”, escribió para sí, “con los últimos eslabones de su naturaleza inferior”–; se dispondría a escribir la primera línea de sus “Memorias” –testamento espiritual–, y enviaría a su padre una carta definitoria, no de su objetivo y estrategia, sino de su misión:

 

 

Creo que sirviendo a mi patria en las actuales condiciones cumplo con un deber sagrado, obro de acuerdo con el plan divino que quiere la rápida evolución de todos los seres y, siendo guiado por un móvil tan elevado, no vacilo en exponer mi tranquilidad, mi fortuna, mi libertad y mi vida. Para mí, que creo firmemente en la inmortalidad del alma, la muerte no existe; para mí, que tengo gustos tan sencillos, la fortuna no me hace falta; para mí, que he llegado a identificar mi vida con una causa noble y elevada, no existe otra tranquilidad que la de la conciencia y sólo la obtengo cumpliendo con mi deber.

 

Su deber ya no era sólo contribuir decisivamente a solucionar los problemas de México (deber de políticos, humanistas, reformadores sociales). Su deber era salvar a México (deber de profetas, iluminados, redentores).

 

 

Ninguno de aquellos sutiles motivos del alma aparece en La sucesión presidencial en 1910, libro práctico, sensato, terrenal, casi terapéutico, sobre los males históricos de México y la forma de curarlos. Era la obra de un médico caritativo y un sagaz empresario; de un remoto y fiel discípulo de San Francisco y un émulo disciplinado de San Ignacio, ambos convertidos a la mundana fe del liberalismo y la democracia.

En La sucesión presidencial en 1910, el médico y el empresario someten la obra del general Díaz a un riguroso examen. El resultado es complejo: hay zonas de salud y zonas enfermas, hay activos y pasivos. ¿Cómo negar, argumentaba el empresario, “el gran desarrollo de la riqueza pública, la extensión considerable de las vías férreas, la apertura de magníficos puertos [...] y sobre todo [...] hada bienhechora de tanta maravilla, la paz que hemos disfrutado por más de treinta años”? ¿Cómo no admirar al “hombre extraordinario al frente del poder”, su moderación, su honestidad personal? “Pan o palo” era su consigna, y muchos pueblos oprimidos habrían cambiado gustosos su yugo por el que aplicaba aquel hombre con “un mínimum de terror y un máximum de benevolencia”. Pero la enfermedad, explicaba el médico, era “aterradora”, no sólo por la concentración excesiva de poder y la represión (no por mínima menos real), sino por el alarmante analfabetismo y el sutil veneno que corroía, que corrompía desde dentro, al organismo mexicano:

 

 

Aparentemente hay elecciones, las cámaras están integradas por representantes del pueblo, los estados [...] conservan su soberanía y los ayuntamientos su independencia, siendo que en realidad sólo existe el poder absoluto de un hombre.

 

Era el veneno de la mentira. El respeto aparente por la Constitución que en la práctica se violaba, y la adopción aparente de fórmulas republicanas que en la práctica se desvirtuaban, eran condiciones que con el paso del tiempo se habían insinuado en la vida nacional hasta volverse una segunda naturaleza, hasta modificar la primera naturaleza y volverla un desdeñoso e irresponsable teatro de sí misma. Y como los allegados al poder –parásitos y presupuestívoros los llamaba Madero– eran los verdaderos interesados en mantener el estado de cosas, el propio autócrata era el primer engañado. Las únicas voces que mantenían un principio de realidad eran los acosados periodistas independientes a quienes Madero honraba repetidas veces en su libro. Con esa sola excepción, México se había vuelto el país del disimulo, del cinismo, del miedo, y el corolario de aquella creciente inconsciencia colectiva no podía ser más aterrador:

 

 

En la sociedad que abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de gobernarse a sí misma hay una mutilación, una degradación, un envilecimiento que puede traducirse fácilmente en sumisión ante el extranjero.

 

“¿A dónde nos lleva el general Díaz?”, se preguntaba, sin escamotear la respuesta: “No debemos engañamos, vamos a un precipicio.” Era, ante todo, un mexicano que se había propuesto decir la verdad.

“Admitiendo por un momento que no estemos aptos para la democracia –razonaba con una lógica difícil de imaginar en un temperamento místico–, ¿de qué manera llegaremos a familiarizamos con sus prácticas si nunca se nos deja practicarlas?” Si ya era grave que el gobierno patriarcal hubiera “atrofiado algo el mecanismo de la nación... ¿cuánto más se atrofiaría el mecanismo si se dejaba pasar más tiempo?” El peligro no era imaginario: desde 1904 Díaz había impuesto a Ramón Corral como su vicepresidente, síntoma claro de su voluntad por perpetuar el régimen absoluto e instaurar una dinastía autocrática.

Pero no había que conceder siquiera que el mexicano estuviera incapacitado para la democracia. Todos los obstáculos que el régimen aducía eran falaces. ¿Ignorancia de las masas? La historia mexicana comprobaba que con o sin letras las personas sabían elegir con sensatez a sus representantes. ¿La amenaza del clero? Argumento falso, decía Madero, lejos de posiciones jacobinas, previendo quizás el saludable resurgimiento del partido conservador: “el clero se ha identificado con las aspiraciones nacionales [...] ha evolucionado mucho desde la guerra de Reforma, lo que ha perdido en riqueza lo ha ganado en virtud”. ¿Temor a las maniobras, las asperezas ideológicas, las alianzas? Bienvenidas todas, porque todas eran parte de aquella disonante unión en la armonía que, según Montesquieu, caracterizaba al organismo político sano. El pueblo valoraba la paz y respetaba a la autoridad; mal que bien había una ley electoral; entre los obreros cundía un sano espíritu de asociación; en sus agrupaciones y asambleas, la clase media había dado pruebas de gran cordura, ilustración y sentido común. Bastaban estos signos para demostrar que el mexicano estaba apto para ejercer la democracia.

Tras el diagnóstico, la medicina o, mejor, la ingeniería política. Había que fundar cuanto antes un partido independiente (cuyo nombre terminaría por ser el de Partido Antirreeleccionista). Su primer propósito sería persuadir al viejo dictador de honrar sus promesas de la entrevista Díaz-Creelman y convertirse, no en jefe de partido, sino en garante de la naciente democracia mexicana. De no lograrlo, no había razón para desesperar:

 

 

Con el solo hecho de luchar en el campo de la democracia, de concurrir a las urnas electorales y sobre todo de habernos constituido en partido político, los independientes habremos logrado que el país despierte y el partido independiente, aunque derrotado, habrá salvado en realidad las instituciones pues con esa lucha habrá adquirido tal prestigio que al morir el general Díaz se constituirá en un vigía constante de su sucesor, que por ese motivo deberá obrar con gran moderación y hacer paulatinamente concesiones al pueblo, que se las arrancará en las frecuentes luchas electorales, pues los independientes no descansarán y promoverán campañas electorales en los estados a fin de renovar poco a poco los ayuntamientos, las legislaturas locales, las gubernaturas y las cámaras de la Unión.

 

Esta era la ingeniería paulatina, fragmentaria, responsable de Madero. No una vaga evolución histórica como la que propugnaba el positivismo metafísico de muchos porfiristas. Una evolución concreta de abajo hacia arriba, de la periferia al centro, que devolviera su sentido real a las palabras democracia, representación, federación, república: una evolución que disipara la mentira y evitara, sobre todo, el advenimiento casi siempre fatal de una revolución.

Para lograr este avance no era necesario “desviarse por los senderos torcidos de la revuelta” que acarrearían “males sin cuento a la patria”. Madero no asustaba a sus lectores oficiales con el petate de los muchos muertos dejados en los campos por las revoluciones mexicanas del siglo XIX. Aunque la hipótesis de que “estalle una revolución es la menos probable de todas... la posibilidad existe y... en este caso desgraciado, sería el culpable el general Díaz, por su obstinación a no hacer concesión alguna a la República”. El partido independiente que proponía Madero rechazaba de entrada esas dos posibilidades: la rigidez y la revuelta. La sucesión presidencial era obra de un demócrata, no de un revolucionario.

En sus conclusiones, Madero concedía la posibilidad de que, como garante de la democracia, Díaz fuera reelecto libremente. En tal caso, no veía razón para que no siguiera al mando de la nación por un periodo único, si bien reformando la Constitución en el sentido de la no reelección, y renovando la vicepresidencia y una “parte [no especificada] de las cámaras y de los gobernadores, con miembros del Partido Antirreeleccionista”. Para cuando Díaz muriera –implicaba Madero– una nueva clase política, joven pero experimentada, habría tomado las riendas del país.

En las páginas finales, San Ignacio devuelve la voz a San Francisco: Madero confiesa su “gran simpatía” por el viejo presidente, se refiere a los episodios sorprendentes de su vida, lo llama “nuestro gran pacificador”, “nuestro eximio gobernante”, y lo invita a coronar su obra con un acto de sensatez y de generosidad: permitir que su sucesor fuera la ley. Palabras humanas, no divinas. Términos de solución, no de salvación.

 

 

Díaz desoyó aquel llamado de San Francisco, desdeñó la capacidad organizativa de San Ignacio, y terminó en el exilio eterno, sin entender cabalmente su propia, inmensa responsabilidad en la revolución que se desataría dos años después de la publicación de aquel libro. Pero si la obstinación de Díaz había sido previsible, si debiendo su poder a las armas era natural que no lo dejara sino obligado por la misma fuerza, ¿por qué, con su caída, no se consolidó la democracia? Más precisamente: ¿podría pensarse que su violenta caída, tal como ocurrió, fue un desenlace desventurado para la transición a la democracia? Lo cual obligaría a la pregunta capital: ¿por qué desesperó Madero de la vía pacífica para construir la democracia y se volvió revolucionario?

Se dirá que toda la reflexión es ociosa. Después de todo Madero derrocó a Díaz. Pero como demuestra la lectura atenta de La sucesión presidencial en 1910, ese no era su propósito central. Lo que Madero quería era cimentar a la democracia en México y aquí la evidencia histórica es despiadada: lo estaba logrando portentosamente antes, durante y después de la publicación de su libro, pero a partir de la Revolución su obra se frustró. México no sería entonces –no lo fue por más de ocho décadas después de su muerte– una democracia. ¿Qué falló?

Mil cosas, remotas y recientes, accidentales y estructurales, pero entre ellas una que apenas cabe susurrar en un país como el nuestro, enamorado de la violencia, embriagado de la leyenda revolucionaria: quizá falló Madero cuando, movido por el predominio final de su espíritu mesiánico, cambió la estafeta cívica de la democracia por las explosivas carrilleras de la revolución.

¿Qué había quedado del cuidadoso y sólido andamiaje democrático que había comenzado a construir desde 1903 en su vastísima correspondencia con periodistas independientes, en los diarios de oposición que fundó o financió, en los clubes esparcidos por todo el país, en las giras electorales, en el evangelio cívico de su libro? ¿No habría sido más sensato seguir las pautas previstas en el libro, cercar cívicamente al vetusto régimen, consolidar una nueva clase política, esperar el ineluctable y cercano fin del dictador debilitado? ¿Se imaginó alguna vez Madero las espantosas matanzas de chinos que se ejecutarían en su nombre en la ciudad de Torreón? ¿De qué servía su caballerosidad frente a la crueldad revolucionaria que él mismo había convocado y que ninguna prédica podría ya detener? Madero, “el hombre práctico”, el de “los pies bien pegados a la tierra”, se había desasido por un momento de la tierra y ese parpadeo sería fatal. En la práctica, la revolución no era lo suyo, era la ley sin ley, la de hombres ingobernables que no conocía ni podría nunca cabalmente gobernar. “Estoy más orgulloso por las victorias obtenidas en el campo de la democracia que por las alcanzadas en los campos de batalla”, diría al cabo de la Revolución. Palabras vanas dichas sin vanidad: una vez desatada la violencia, las únicas batallas que valdrían por muchos años eran las de verdad. Con la carabina treinta treinta, los maderistas sí mataban.

“Madero ha soltado al tigre”, habría dicho, cínicamente, Porfirio Díaz. Pero en sus palabras había un fondo de verdad: Díaz no estaba diciendo que el tigre habitara específicamente en las entrañas mexicanas; lo que Díaz advertía era esa cosa eterna y universal, esa insaciable boca de la muerte, la violencia, que una vez convocada tiene la fuerza, la volatilidad, la crueldad, la atrayente luminosidad de un incendio.

El médico y el empresario, San Francisco y San Ignacio, habían escrito un libro desde San Pedro de las Colonias. Iba a ser la piedra fundadora de la democracia mexicana. Sentados a la vera de la historia, derrotados en la victoria, vieron –por un momento de horror, en verdad, vieron– el incendio de una revolución que devoraría el madero de muchas vidas y la preciosa vida de Madero. ~

 

Este ensayo se publicó originalmente como prólogo a la edición que Clío hizo en 1994 de La sucesión presidencial en 1910.