Tlapalería La Cuchilla | Letras Libres
artículo no publicado

Tlapalería La Cuchilla

La tlapalería aquélla se llamaba La Cuchilla y se encontraba en una diagonal, un pico afilado en la Condesa, un pequeño rincón pintado de amarillo congo, habitado por el tlapalero, quien usaba lentes tan de botella, los cristales verdosos y de tal grosor, que con dificultad se distinguían los ojos detrás de ellos. Y el tlapalero, siempre de bata azul, respiraba con trabajos, sus pulmones silbaban mientras despachaba focos y sóquets y herramientas, o cuando vertía el tíner y la gasolina en una botella por medio de un embudo con sus dedos toscos, negros y pegajosos como la cinta de aislar. Yo pensaba que sólo por el aspecto del tlapalero y su raro empeño en pasar el día en aquella cuchilla tan cortante —aquella especie de proa que se encaminaba a la pecaminosa Juanacatlán—, en vivir una vida tan sesgada y amarilla, la tlapalería debía de ser un oficio de matones o carniceros, y que no estaba exenta de cierta perversidad. Y a mi corta edad no habría querido nunca nada de aquel hombre a quien mi madre acudía, sin embargo, tan seguido, nada más se estropeaba una lámpara o se fundían los fusibles, pero cuando se puso de moda aquello de teñir las camisetas con unas ligas, los sobres de tinte La Mariposa que colgaban por encima de las cargadas espaldas del tlapalero me parecieron de lo más apetecible, y el tlapalero se convirtió en una especie de cíclope o gigante a vencer con tal de colorear nuestras nuevas vidas agogó. -