Televisión y crítica | Letras Libres
artículo no publicado

Televisión y crítica

Internet no solo está cambiando la forma de consumir y producir televisión. También está cambiando la manera de analizar sus contenidos. Es la crítica más allá del mundo impreso.

La revolución televisiva

A estas alturas, no falta quien todavía piense que vivimos la edad de oro de la televisión. Sin embargo, dependiendo de con quién hables y qué edad tengas, el consenso es que hemos tenido dos o hasta cinco edades de oro. El teatro en vivo de los cincuenta quizá representa la primera. La década de los ochenta, cuando se estrenaron un alud de series innovadoras como Luz de luna, Los Simpson, Miami Vice y Hill Street blues, sin duda marcó una segunda edad de oro. El periodo de ocho años después del estreno de Los Soprano probablemente dio origen a otra, y creo que estamos presenciando una más, empezando con el debut de Mad men en 2007: Breaking bad llegó un año después, seguida por Louie, American horror story, Hannibal, Homeland y muchas otras.

Hay principalmente dos factores detrás de la actual revolución televisiva. El primero es la televisión por cable, que al financiar entretenimiento rompió todas las reglas durante la década de los noventa. El otro factor, relacionado con el primero, obedece a la ristra de ambiciosos escritores y directores del mundo de la televisión abierta y el cine comercial, quienes al enterarse de este súbito interés en el arte, en el que los canales les permitirían tener licencia creativa, decidieron subirse al barco. Eso fue lo que nos entregó gran parte del magnífico contenido televisivo que disfrutamos durante la época de Los Soprano. Aunque, para ser honesto, quizás empezó antes, con series como The Larry Sanders show, de hbo –una de las mejores y más innovadoras comedias de la historia– y Policías de Nueva York, un intento por parte de un canal abierto, ABC, para crear un programa policiaco con el tono áspero que la televisión por cable permitía.

Me parece, también, que la televisión actual muestra a más mujeres complejas que antes, aunque en el panorama general las series están protagonizadas por figuras paternas. Tenemos a las mujeres de American horror story. Julia Louis-Dreyfus en Veep, Claire Danes en Homeland, Keri Russell en The Americans, por nombrar solo a unas cuantas. También hay cada vez más creadoras de series. Dicho esto, es innegable que el territorio sigue siendo predominantemente masculino. La razón por la que tantos programas gravitan en torno a cuarentones es porque una gran cantidad de los ejecutivos responsables de estos son cuarentones. Si fueran mujeres de cincuenta años, eso veríamos reflejado en la programación. La gente que se encarga de soltar dinero tiende a ser imaginativa con respecto a la forma, el tono, el ritmo y la visualización de cada serie, pero carece de inventiva al buscar protagonistas interesantes.

Del lado de los contenidos, la figura del showrunner –el profesional que supervisa la realización de una serie, incluso por encima del director– presenta un nuevo tipo de creativo, al que no podemos considerar un auteur. El showrunner tiene el poder creativo de un escritor/director, pero también funciona como una especie de general que supervisa a sus tropas, pues maneja el estudio o canal que financia el programa, atendiendo o rechazando sus peticiones en caso de que sienta que afectan la visión artística de la serie. Showrunner es una palabra adecuada, precisamente, porque engloba los aspectos más empresariales del puesto.

En el futuro de la televisión, Netflix, Amazon y el resto de los gigantes del streaming seguirán teniendo un rol importante en la creación de contenidos. Es factible que veamos coproducciones entre ellos y canales como Showtime y hbo, e incluso NBC o ABC. No sé cuál sea el futuro de la televisión en términos de caracterización de sus personajes –si las series seguirán explotando el arquetipo del antihéroe masculino, por ejemplo–, pero no cabe duda de que hemos presenciado innovaciones tremendas en programas hechos directamente para streaming, a través de Netflix, sobre todo. La cuarta temporada de Arrested development y la primera de Orange is the new black le apostaron a estructuras arriesgadas que habrían sido impensables en un canal tradicional por cable o televisión abierta, y lo hicieron gracias a que todas sus temporadas estaban disponibles de golpe, para que el espectador pudiera disfrutar del efecto cumulativo de este tipo de narrativa, sin extraviarse en los meandros y recovecos de la historia.

Estoy convencido de que este tipo de creación televisiva es ya la norma, por lo menos en series con alguna suerte de ambición artística. Todo tiene que ver con cómo el espectador consume televisión de acuerdo a su estilo de vida. Para algunos, ver televisión en vivo es divertido y se amolda a su horario. Otros prefieren esperar a que la temporada se haya transmitido para después verla de un tirón, en dvd o en streaming. No hay una manera correcta o incorrecta de ver televisión, siempre y cuando le pongas atención... y siempre y cuando el programa la merezca.

La crítica como expresión pop

Con frecuencia se habla de la televisión como el nuevo séptimo arte. Estéticamente, la televisión no está tan avanzada como el cine, pero solo porque es un medio más joven. El cine le lleva cincuenta años. No obstante, es innegable que, tanto ahora como hace medio siglo, la televisión tiene mérito artístico, sin importar el género, aunque los críticos de cine la hayan visto como un género menor, en gran medida porque jamás supieron cómo verla o abordarla, y también porque tuvieron los mismos prejuicios de aquellos críticos de arte que por décadas menospreciaron el cine (hasta que los jóvenes críticos franceses popularizaron la práctica de una crítica cinematográfica seria durante los cincuenta).

No sé si existe un perfil idóneo para hacer crítica de televisión, pero sí creo que es importante distinguirse de la mayoría, ofreciendo un acercamiento particular, en gran medida porque las reseñas genéricas pueden ser tediosas, aunque el reseñista sea muy hábil. Yo tiendo a escribir una mezcla de análisis formal, contexto histórico, lectura “a profundidad” (como generalmente se habla de literatura), algunos chistes y, de vez en cuando, datos personales o confesionales. Pese a ser un híbrido extraño, hay lectores que parecen acostumbrados a mi estilo.

A diferencia de lo que sucede en el mundo impreso, la crítica online de televisión tiende a ser tan o más interesante como la obra diseccionada, pues la capacidad para utilizar recursos de audio y video ha derivado en nuevas herramientas de análisis, como el videoensayo y el recap. En el caso del videoensayo resulta útil poder citar el texto al momento de hacer la crítica. Constantemente recurrimos a esta práctica al reseñar una novela, o cualquier forma de arte con un componente escrito, pero apenas en los últimos quince años hemos empezado a ilustrar la crítica de cine o televisión con screenshots o usando videos y creando lo que constituye una película crítica sobre una obra de cine. Eso es el videoensayo: una película sobre cine. En muchos casos intento imitar la estructura o las propiedades rítmicas de aquello que analizo. Los ensayos que hice con Aaron Aradillas sobre 24 están editados, deliberadamente, como el programa, y algunos incluso utilizan la misma música y gráficos. Y el ensayo que hice a partir de Freaks and geeks para The L Magazine intenta emular el tono cáustico pero conmovedor de la serie.* Pensemos también en lo que sucede con los recaps. Su popularidad crece porque la audiencia tiene una relación muy estrecha con los programas que ve. Los invitan a sus casas cada semana, como si fueran amigos o miembros de su familia, y viven con ellos por un periodo de muchos años, que ciertamente no es el caso del cine, un medio que tiende a ser más contenido. Los showrunners, encargados de vigilar y guiar el contenido de cada serie, incitan este tipo de crítica, tanto en recaps como en conversaciones a través de Twitter y Facebook: por eso piensan en momentos que más adelante puedan reproducirse y discutirse en formato de gif.

Es verdad que una gran parte de la crítica actual parece creada por fans adolescentes y su contenido está supeditado a reforzar opiniones y simpatías dominantes sobre producciones de superhéroes o franquicias comerciales, y no a promover trabajos más arriesgados. No creo que sea posible luchar contra esta moda; solo espero que lentamente se marchite conforme los fans envejezcan y la novedad pierda lustre. Ingerir el mismo alimento una y otra y otra vez es aburrido. Este tipo de reseñas son grasa mental, y engordan y hacen daño del mismo modo que lo hace comer únicamente pizza y hamburguesas.

En mi opinión, todos los críticos, tanto de televisión como de cine, deberían escribir acerca de lo que les interesa, de una forma que les resulte agradable, sin pensar demasiado en que se trata de algo importante. Es la lección de Roger Ebert, quien tenía una habilidad magnífica para escribir sobre ideas complejas, relacionadas con el arte y la audiencia, en un lenguaje fácil de digerir que no intimidaba al cinéfilo menos avezado. Si piensas demasiado en ser importante empiezas a escribir para llamar la atención, y eso invariablemente te lleva por el sendero equivocado, en el que dices cosas con las que no comulgas para acaparar reflectores. ~

 

Traducción de Daniel Krauze.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Mi editor me ha dicho, en broma, que con mi libro sobre Wes Anderson generé el primer Uróboros crítico. The Wes Anderson collection comenzó como una serie de ensayos visuales llamados The substance of style. En esencia, el libro adapta esos videoensayos a un formato literario, mezclándolos con una larga entrevista con el cineasta. Cuando salió llevé a cabo otra serie de videos sobre Anderson y eché mano del conocimiento adquirido mientras trabajaba en el libro. Es evidente que el siguiente paso lógico sería hacer otro texto basándome en la más reciente serie de videos. Probablemente podría hacer eso por el resto de mi vida, o hasta causar un desgarre en el continuo espaciotemporal.