Talking Heads revisitados: ganar la(s) cabeza(s) | Letras Libres
artículo no publicado

Talking Heads revisitados: ganar la(s) cabeza(s)

¿Por qué cantaban? Los Talking Heads cantaban porque “La gente como nosotros va a conseguirlo porque / No queremos la libertad / No queremos la justicia / Tan sólo queremos alguien a quien amar”. O porque –oír “Nothing Flowers”– en un paraíso recuperado y vegetal y utopista se permitían afirmar que “Extraño a Pizza Hut”. O porque les gustaba dedicar encendidas y apasionadas odas a la televisión. Y, de acuerdo, Talking Heads fue una de las bandas más irónicas y cínicas y psycho-pop y etno-vanguardistas de todos los tiempos, mutando de disco a disco, orbitando desde las luces de la Nueva York yuppie / warholiana hasta las oscuridades rítmicas de cyber-África para casi acabar fundando, tal vez sin darse cuenta, los corrales del avanguard-country. Pero los Talking Heads también estaban poseídos por un tan inesperado como clásico sentimiento amoroso, entendiendo a la tan rimable palabra love a veces como idea, otras como animal, en ocasiones como objeto o sujeto y, siempre, como el más sólido y vivo y sanguíneo de los fantasmas. Digámoslo: por su capacidad en tan corto tiempo para inventar y cambiar y sorprender sin nunca dejar de ser ellos, Talking Heads fueron lo más parecido a los Beatles que haya sucedido después de los Beatles. Y –como tales– tuvieron un gran principio y una historia convulsa y un final tan difuso como tormentoso (buscarla y encontrarla en el tan inteligente como deliciosamente chismoso Fa Fa Fa Fa Fa Fa: The Adventures of Talking Heads in the 20th Century, de David Bowman) así como, claro, una influencia virósica pero saludable; y por ahí andan ahora Franz Ferdinand, The Arcade Fire y, muy especialmente, Clap Your Hands Say Yeah.

Y por ahí siguen funcionando –tan conmovedores y fuera del tiempo y del espacio como el primer día– sus ocho álbumes de estudio grabados entre 1977 y 1988. Más que buena prueba de ello fue él éxito de la caja Once in a Lifetime (antología incluyendo rarezas y videos editada en el 2003) y, a finales del año pasado, la reedición de la obra completa remezclada en Advanced Resolution 5.1 Surround Sound y Advanced Resolution Stereo + Dolby Surround dentro de un cubo blanco con letras en bajorrelieve. Ahora vuelven a salir cada uno de sus títulos por separado. Todos –desde el sencillo pero psicótico Talking Heads: 77 hasta el elegante pero complicado Naked funcionando como una suerte de Abbey Road y summa estética– en formato doble, en dos nuevas y poderosas mezclas, incluyendo temas perdidos y demos y clips y abundante material gráfico y –tal vez lo más interesante de todo– variados testimonios de influyentes influidos entre los que se encuentran las palabras de músicos (Michael Stipe de r.e.m. y Andy Patridge de xtc). Pero –fundamentalmente, ver y leer extractos más abajo– lo que aparece una y otra vez es el agradecimiento de escritores que se formaron y se deformaron escribiendo con Talking Heads como música de fondo. Toda una generación que incluye a gente como Rick “La Tormenta de Hielo” Moody y Mary “Secretaria” Gaitskill y Daniel “Lemony Snicket” Handler. Porque también hay que decirlo: pocas veces hubo una banda más “literaria”. Letras como poesías, canciones como cuentos (oír Little Creatures o True Stories), conciertos como show musical de Beckett (ver Stop Making Sense) y el todavía hoy insuperable Remain in Light (con una ayudita de Brian Eno quien, sorpresa, es una de las fuerzas creativas en el inminente nuevo trabajo de Paul Simon) como la Gran Novela Sónica y americana de los ochenta.

Como bien escribió y describió alguien: “música que asusta y divierte al mismo tiempo, letras para pensar y bailar al mismo tiempo”. O como bien puntualiza Bowman en la última página de su bío de la banda: “Los Rolling Stones le cantaban a nuestras caderas. The Supremes le cantaban a nuestros corazones. Dios sabrá a qué parte de nuestro cuerpo le cantaban Dylan y The Band en 1966. Pero entre 1974 y el principio de los 90, los Talking Heads le cantaban al interior de nuestras bocas”.

Ahí están, aquí están, abran la boca –teman, rían, reflexionen, dancen– y digan: “ahhhh”.

Rick Moodys: Son los setenta –la noche de año nuevo de 1978– y estamos en el concierto del Beacon Theatre de esta banda que se llama Talking Heads y somos demasiado jóvenes. Y nos da rabia habernos perdido las noches del cbgb cuando Television tocaba allí todas las semanas o Patti Smith contaba chistes entre canción y canción… Y tenemos 17 años y sabemos lo ridículo que es el amor y no somos buenos en ningún deporte… Pero sabemos cómo decodificar esto de los Talking Heads y de una canción como “Warning Sign” que nos habla a nosotros y nada más que a nosotros y que nos obliga a bailar sobre las contradicciones, la crisis de los rehenes, las elecciones y la posibilidad de una destrucción mutua y total. Reconocemos el fraseo del cantante, el escepticismo, el disgusto, el peinado, reconocemos todo esto porque nos hemos parado frente a espejos y nos hemos visto iguales así que ok, bailemos, porque brotan extrañas emanaciones de todas estas canciones… El éxtasis reside en decir algo auténtico y ahora los Talking Heads tocan su vieja canción sobre un psycho-killer, una canción en llamas y aunque no sepan cómo tocar un solo de guitarra, la canción toda es un solo de guitarra y después del solo de guitarra que no es un solo de guitarra, el tipo que canta ululando dice la única cosa que dirá en toda la noche y esa cosa es: “Uh, supongo que debo decir feliz año nuevo”. Y así se nos da la bienvenida al principio del fin de los años setenta.

David Eggers: Un amigo mío tenía uno de esos casetes promocionales con Talking Heads: 77 de un lado y More Songs About Buildings and Food del otro. Recuerdo que venía dentro de una especie de caja de papel. Era un objeto asombroso. Y así fue cuando, alrededor de los doce años, conocí a la banda. Y pensé que la gente que cantaba en esos discos tenía que estar loca. Yo había sido educado en el paisaje de cuento de hadas de las canciones de Crystal Gayle y John Denver y Billy Joel, y entonces escuché “Don’t Worry About the Government”, y me llevó meses entender sobre qué demonios hablaba Byrne. No existía ningún precedente real a lo que él hacía con las letras de esas canciones. Al menos eso me parece a mí. Cantaba sobre trabajar en un edificio, pero aun a mis doce años yo estaba seguro de que David Byrne no podía trabajar en un edificio así.

Así que me veía a obligado a conciliar entre ellos a demasiados elementos confusos: ¿por qué cantaba sobre un edificio como ése. Y tenía una voz tan extraña… ¿Nadie le había dicho algo al respecto? ¿Y cómo es que sonaba tan feliz? ¿Y cómo era que, con esa voz, le cantaba a ese edificio? Yo no había oído en ninguna otra parte canciones sobre los colegas del trabajo y las máquinas de las oficinas. Eso fue, estoy seguro, lo que un amigo mío años después definió como “vanidad haute. Y sigo pensando hoy que ese es un buen término para lo que, líricamente, hacía entonces Byrne. Hasta el día de hoy, esas palabras continúan siendo algunas de las palabras más extrañas jamás cantadas por un hombre. Yo tendría unos 16 años cuando salió Little Creatures. Y me pasaba mucho tiempo viendo los dos programas de videos que pasaba la televisión de mi pueblo. Friday Night Videos y otro en el Canal 60. Era lo único que había hasta que llegó el cable más o menos en 1990. Así que yo ponía Friday Night Videos y esperaba y esperaba hasta que pasaban el video que me gustaba y, entonces, lo grababa. Recuerdo ver y grabar “Road to Nowhere” y pensar que era, de lejos, el mejor video jamás creado. Para absorber el poder y el conocimiento de este video, acabé desarrollando un ritual: llegaba a casa de la escuela, metía el video y corría hasta la heladera a buscar un helado marca Klondike. Le quitaba el envoltorio con mucho cuidado y entonces presionaba play. No tengo la menor idea de por qué tenía que ser un helado Klondike, pero así era la cosa, al menos por un par de meses. (Nota: hace poco volví a ver el video –sin helado– y seguía siendo igual de bueno).

Jonathan Lethem: Escuché el tercer disco de los Talking Heads, titulado Fear of Music, hasta el punto de destruir el vinilo, entonces lo reemplacé con una copia nueva. Memoricé las letras, memoricé las letras de todos los otros discos de Talking Heads, vi a los Talking Heads en vivo cada vez que pude, y cuando me llegó la hora de ir al college puse un cartel en la puerta de mi dormitorio con una flecha apuntando a un costado, hacia el fondo del pasillo, donde habitaban los fans de Grateful Dead, en el que se leía “Dead Heads” y otra flecha apuntando al cuarto que compartía con un camarada fan donde se leía “Talking Heads”. En su punto más alto, en 1980 o 1981, mi identificación con la banda era tan absoluta que me hubiera gustado que el álbum Fear of Music ocupara el sitio de mi cabeza para que todos los que me rodeaban supieran exactamente dónde estaba yo, cómo me sentía y en qué pensaba.

Mary Gaitskill: Escuchar Remain in Light equivalía a conocer al enemigo y descubrir, de pronto, que en realidad era un aliado. Era como si la forma dura e inteligente de sus viejas canciones hubiera reventado y algo goteara de ahí adentro, algo que siempre había estado allí. Escucharlo era como entrar por una puerta muy pequeña para ir a dar a un ambiente enorme, lleno de puertas y de ventanas que conducían a otros sitios. A veces la música sobrevolaba estos sitios y a veces los atravesaba. Un mundo podía ser la gasa a través de la que espiabas otro mundo y entonces había otro mundo más allá. Yo podía ser la persona caminando por la calle o tomando el té; y de pronto podía ser la persona mirando hacia adentro que no sabía quién era, una y otra atravesándose, viendo sin ver. Yo cambiaba de forma y no era algo accidental, y esta música no sólo comprendía eso sino que lo celebraba. Narraba algo que estaba ocurriendo en mi interior, y algo que estaba sucediendo en el mundo, todo el tiempo.

Daniel Handler: Hoy en día todos conocen el bla bla bla sobre los Talking Heads. ¿Saben a lo que me refiero? Bla bla bla energía punk bla bla bla Brian Eno bla bla polirritmos africanos bla bla bla arte bla genio bla banda fundacional en la historia de bla bla bla. Y todo es verdad. Pero si te limitas al bla bla puedes correr el riesgo de pensar que Speaking in Tongues es algo para poner dentro de una vitrina en el Museo de Historia Natural. No, no, no, Speaking in Tongues es algo para poner en los altoparlantes cuando el museo está cerrado para que el vigilante nocturno pueda bailar con la serpiente de dos cabezas y el esqueleto de dinosaurio pueda levantarse de entre los muertos y reunirse con todos esos linces embalsamados en el ala de mamíferos norteamericanos.

Puse este disco para escribir estos apuntes, y empecé un poco bla bla bla, todo sobre esa chica que conocí en la secundaria y me llevó a ver Stop Making Sense en el Parkside Theater y cómo bailamos juntos frente a la pantalla tan brillante, y después me lamenté por cómo el Parkside acabó convertido en un jardín de infantes y después se transformó en un restaurante de cuarta y después nada y dónde estás ahora, Becky Davis. Pero entonces empezó a sonar “Making Flippy Floppy” tuve que dejar mi lapicera y ponerme a bailar en mi pequeña oficina. Sí, bailé solo. Sí, en mi pequeña oficina. Sí, con mis manos en alto. Esto es Speaking in Tongues, bla bla bla, ¿entiendes a lo que me refiero?

Chris Carroll: True Stories trata sobre ir envejeciendo (no sobre ser viejo) y sobre hacer las paces con las cosas que te enojaban mucho hasta hace apenas unos pocos años atrás. Trata sobre comprender los placeres de los sueños, del amor, y de la diversión pura y simple. Los Grandes Temas (libertad, justicia, y todo eso) importan, pero sus soluciones surgen de los valores y sentimientos más personales.

Maggie Estep: Cuando Naked salió a la venta, yo estaba de regreso en New York, trabajando como chica de la limpieza en un club nocturno y pasando las mañanas escribiendo novelas pornográficas de ciencia-ficción. Yo quería el nuevo disco de los Talking Heads pero estaba en la ruina y hacía tiempo que me había reformado, por lo que ya no robaba en los negocios. Así que revisé mi colección de discos para ver qué podía vender y me fui hasta St. Marks Sounds, donde me dieron dos dólares por cada uno de mis viejos long-plays, y junté lo suficiente para comprarme Naked. Me lo llevé a mi madriguera. Mi compañera de cuarto había salido. Mi equipo de sonido ya no daba más, pero se las arregló para entrar en acción. Puse el disco. Y bailé. Y el resto del mundo desapareció. ~

Traducción y adaptación de los textos por R. F.