Sortilegios del agua | Letras Libres
artículo no publicado

Sortilegios del agua

agua que con los párpados cerrados

mana toda la noche profecías

Octavio Paz

 

La cosmogonía prehispánica registra un momento de intenso dramatismo en que los astros se detuvieron y el viento no soplaba. El cosmos vivía en paréntesis. Para reactivar la vida, los dioses se reunieron en Teotihuacan. En un gesto de desesperación sagrada, acordaron suicidarse. Entonces surgió un disidente. Fray Bernardino de Sahagún lo relata en estos términos: “Dícese que uno llamado Xólotl rehusaba la muerte.”

El dios reacio era gemelo de Quetzalcóatl. Con fría lucidez, argumentó que el sacrificio sucedería en vano. Tuvo razón. Los dioses se aniquilaron sin que soplara el viento.

El clarividente Xólotl es un dios conflictivo. Mostrar lucidez en contra de la mayoría no otorga prestigio. En consecuencia, el gemelo oscuro de Quetzalcóatl adquirió una reputación incierta. De acuerdo con Roger Bartra, fue visto como “un numen ligado a la muerte y a las transformaciones”. Perduró como una deidad ambigua: el dios ajolote.

En aquel congreso de Teotihuacan, Xólotl, que amaba la vida, cayó en pecado de indisciplina. Para preservarse, escogió una zona intermedia, entre la tierra y el agua. Fue, como el ajolote al que dio nombre, un ser inmaduro, en permanente estado larvario, temeroso de mutar en estable salamandra.

No es casual que esta criatura, que al decir de Bartra representa la vacilante identidad del mexicano, haya atrapado la atención de Brian Nissen, quien ha dedicado su trayectoria plástica a reinventar las posibilidades del agua. Una de sus mejores piezas es un extranjero de la naturaleza, el ajolote blanco que creó para Roger Bartra.

El axólotl era visto por los antiguos mexicanos como un “juguete” o un “monstruo” de agua. Aunque opuestas, ambas interpretaciones ayudan a definir los trabajos de un pintor encandilado por el océano, las mareas, el fluir líquido de los colores y la voluntad de avanzar contra corriente.

En Nissen todo cobra un sentido lúdico, pero esto no evita la aparición de monstruos. Sus lienzos suelen ser una peculiar zona de reconciliación donde seres extraños, y aun grotescos, se divierten. Robert Hughes escribió que David Hockney logró ser un artista consumado “sin explorar el lado oscuro de la experiencia humana”. La atmósfera celebratoria de sus lienzos no les quita fuerza. En Hockney, el manejo de la sexualidad es tan provocador como el de Bacon, pero está desprovisto de culpa y conflicto, lo cual, acaso, resulta más transgresor. Nissen pertenece a la misma estirpe. Aunque su estilo es más alborotado y mordaz que el de Hockney, sus perturbadores lienzos exudan buen humor.

Para Witold Gombrowicz, el mayor acto de sabiduría consiste en conocerlo todo para luego aprender la inmadurez. El genio se reeduca como niño. Los dibujos, los códices, los objetos, la pintura y la escultura de Brian Nissen tienen la elevada gracia del descaro infantil. En sus paisajes, los lápices se arquean en el cielo como un arcoíris y unos nudistas muestran sus miembros en erección con el natural orgullo de quienes aguardan una inspección ciudadana. Como en Hockney, la transgresión opera de manera paradójica. La inquietud provocada por esas obras no proviene del sufrimiento o la congoja, sino de una condición paradisíaca: la felicidad se ha salido con la suya. ¿Es posible que tantas figuras jueguen, salten, cojan, fumen, armen alboroto sin sanción alguna? En ese territorio la libertad no tiene exceso y por lo tanto carece de castigo.

Sabemos que los antiguos griegos y los antiguos mayas tenían un contacto más elemental con la tierra. Sus vasijas demuestran el cariño con que el polvo pasaba por sus dedos. La modernidad nos ha alejado del contacto primigenio con los materiales, pero también ha producido un fenómeno impensable en tiempos clásicos: tener una segunda tierra.

El exilio impuesto o voluntario lleva a la amorosa adopción de tierras raras. Brian Nissen llegó a México como un pintor británico perfectamente formado pero dispuesto a adquirir un segundo idioma. A través de la poesía, la arqueología y la cultura popular se transformó en un transterrado capaz de mirar a Tláloc como solo puede hacerlo alguien venido de lejos, es decir, dispuesto a entender que los ojos del dios de la lluvia tienen la forma de acetatos de los Beatles.

Todo navegante reclama por patria una segunda tierra. No es casual que el mayor escritor marino de la literatura inglesa haya sido un capitán polaco, Joseph Conrad.

Brian Nissen nació en el barrio londinense de Hampstead, en 1939, y aterrizó en México en 1963. Era un pintor con atlético porte de escultor y pasión de trapecista. Cuando Fernando Gamboa invitó a diversos miembros de la “generación de la ruptura” a hacer murales para el pabellón de México en la Expo de Osaka, en 1970, Nissen adquirió la costumbre de escalar su andamio con soltura para bajar de ahí al estilo del más célebre personaje de Edgar Rice Burroughs. Sus intrépidos lances de Tarzán abstracto prosperaron hasta que aterrizó en el mural de Lilia Carrillo. El resultado fue una hendidura digna de una plaza de toros. Sin embargo, la pintora no se inmutó en lo más mínimo: decidió que su excepcional lienzo mejoraba con un remiendo.

 No es extraño que alguien nacido en la isla donde Defoe imaginó el provechoso naufragio de Robinson Crusoe y Stevenson mitificó la piratería, se interese en el mar. Además, Nissen tiene rostro de marino. Su bigote lo acredita como capitán y sus facciones parecen trabajadas por el viento. Tiene la mirada atenta de quien sabe que su destino depende del horizonte. Su tono de voz es perfecto para dar órdenes en la primera cubierta, con la seguridad sin énfasis –la suave certeza del experto– de quien decide el rumbo del navío. En medio de la espumosa tempestad y la espiral del vértigo de nada sirve el alarido; se necesita la seguridad de Nissen, que ata y desata nudos con soltura y se divierte con los desfiguros del ciclón.

La presencia del agua define su universo. En sus cuadros abundan los azules y los resplandores de la luz llovida. Su naturaleza tiende en tal forma a la liquidez que en ocasiones incluso el verde se vuelve azul y el gris trata de serlo. El resultado son paisajes subacuáticos, nubes rápidas, chubascos a domicilio y mantarrayas que nadan en zigzag.

Su mayor escultura mural aborda un momento decisivo de la mitología acuática, la apertura del Mar Rojo. Ubicada en la sinagoga del Centro Maguen David, en la ciudad de México, la pieza transmite la poderosa divinidad de un oleaje blanco. En forma sorprendente, la escultura sigue más allá de sí misma: la marejada se refleja en el piso de mármol, creando una corriente de imágenes. Surgida del muro, la pieza no está quieta. Las doscientas cincuenta piezas que la integran no conocen el reposo. El Mar Rojo se abre cada vez que lo miramos.

En su itinerario marino, el artista no podía dejar de ocuparse de la civilización sumergida por excelencia, la Atlántida. Casi todas las cosmogonías hablan de un diluvio que transfiguró las eras, pero solo la Atlántida se hundió sin testigos. Sabemos de ella por la leyenda y el rumor. Nada más atractivo para Nissen que trazar la cartografía de un sitio ilocalizable. Sus mapas de Atlántida equivalen a la Guía Roji de ningún lugar, las precisas coordenadas de un océano que, siendo perfectamente imaginario, representa el ombligo del mundo.

El desarrollo de Nissen ha tenido que ver con el desplazamiento de la superficie al volumen. Del dibujo y el óleo pasó a lienzos intervenidos por objetos y de ahí a la escultura. La inmersión en los elementos lo llevó al relieve: los buzos se sumergen en 3D.

No es casual que alguien que transita de un elemento a otro se interese tanto en los anfibios. Pintor ajolote, heredero del Xólotl, el dios emigrado que buscó una segunda tierra, Nissen vive para cruzar fronteras.

Sus exploraciones submarinas llegaron a un punto culminante con el estudio y la recreación de su mascota ideal, un ser híbrido que vive en las profundidades pero se acopla en la arena, el límulus o cangrejo herradura. La antediluviana coraza de este animal refleja lo mucho que la naturaleza entiende de fortificaciones y arte moderno. El cangrejo blindado anima el océano como un atavismo y una vanguardia; es el antepasado que nos sobrevivirá.

Ningún navegante puede ignorar la rosa de los vientos o las tablas de las mareas. Nissen se documenta a fondo para cada travesía. El cangrejo herradura lo llevó a participar en mesas redondas con científicos del mismo modo en que el poema de Octavio Paz “Mariposa de obsidiana” lo llevó al estudio de la epigrafía.

Estamos ante un artista ilustrado que también pinta por escrito. Sus reflexiones, en las que no falta la anécdota reveladora ni el humor tonificante, han sido reunidas en una excepcional bitácora de viaje: Expuesto. Ahí dedica elocuentes páginas al límulus, el “fósil viviente”, antigua criatura de ciencia ficción. Igualmente rveveladoras son sus reflexiones sobre los códices o los materiales con los que trabaja. En un pasaje conmovedor, refiere la anécdota de Victor Serge, quien se salvó de enloquecer en la cárcel por llevar un papel de color en el bolsillo. En un universo completamente gris, el disidente disponía de una pequeña mancha roja. Ese tono rebelde le permitía ser libre. Brian Nissen trata los colores de ese modo: puntos de fuga, manchas de libertad.

Desde que se afincó en México, trabó amistad de hierro con los pintores de su generación, que renovaban el arte abstracto, y estudió las tradiciones vernáculas. Uno de los asombros que le produjo Mesoamérica fue el de la estética de lo invisible: las plantas de la Coatlicue, que nadie ve, están minuciosamente labradas. Ciertas imágenes trabajan en secreto.

También lo cautivó el taller experimental de los dioses mayas. El Popol Vuh y el Chilam Balam refieren los intentos fallidos para producir al hombre. Primero fue de barro, luego de madera, finalmente de maíz. Este proceso de ensayo y error, o work in progress, cautivó al artista.

¿Cómo reaccionar ante una tradición que esconde algunos de sus efectos y busca la transfiguración? “Mariposa de obsidiana”, de Octavio Paz, condensa dos desafíos del arte: la mutación y la permanencia, la vida de la mariposa y la vida de un cristal de roca. Siguiendo ese impulso, Nissen creó esculturas y un códice, Itzpapálotl (con texto del propio Paz), que representan una matriz múltiple, variaciones de una misma forma, reiteraciones que cambian: signos que son imágenes que son luz que son vuelo.

El diálogo con la herencia prehispánica continuó en otro proyecto animado por el agua, la serie escultórica Chinampas. Nissen transformó las islas flotantes de los aztecas en huertos modernos, trozos de ciudad, cultivos donde crecen sueños industriales, la ecología de la modernidad que vaga a la deriva en el extinto lago de Tenochtitlan.

Los veinticinco años que reúne la exposición de Brian Nissen en el Palacio de Bellas Artes abarcan una de sus etapas de mayor productividad, de 1965 a 1990, y se rigen por un reloj de agua. Ese es su elemento primordial, la gramática que conjuga sus islas.

Aunque están unidos por una corriente estilística, sus temas son múltiples. Dos ejes definen su imaginación: el humor y el erotismo. El arte de Nissen está lleno de bromas, disparates, puntadas de alta escuela. En parte, esto viene de su formación en el swinging London y del talento británico para el nonsense. Algunas de sus figuras recuerdan al primer Hockney, inspirador de Yellow Submarine. Un ejemplo clarísimo es Consumidor consumido, donde las dentaduras sonríen con vida propia y los cigarrillos se transforman en la parte más importante del cuerpo.

En un óleo sorprendente, Lobo, Nissen retrata al gran villano de los cuentos de hadas, pero lo hace con tal simpatía y complicidad que el depredador sonríe y se integra al paisaje en forma tan plena que incluso es verde. ¡Un lobo ecológico!

Admirador de los payasos y los funámbulos, Nissen convierte a los atletas en contorsionistas olímpicos. Relay registra una carrera donde los corredores se dejan llevar por su elástica vida interior y muestran que la firmeza de los músculos es menos importante que tener alma de plastilina. Para Nissen, la relajación no es resultado del ejercicio –su desfogue final–, sino la condición que permite practicarlo. El desenfado interior es la clave secreta de la resistencia. En su mundo, el espíritu más flexible gana la medalla de oro.

El relieve Ping-pong también aborda un tema deportivo. En este caso el ejercicio es un truco óptico. Los jugadores rematan a tal velocidad que no vemos la pelota sino las diagonales que deja sobre la mesa.

El humor de Nissen se ha dejado influir por una de las zonas más convulsas de la cultura popular: el periodismo de nota roja. La instalación La autoviuda rinde tributo a la manera más radical de limar asperezas conyugales. El escultor creó un templo de los eufemismos muy parecido al mundo real, donde confesar un crimen es perjudicial para la salud y donde el culpable salva el pellejo con excusas. Expresiones como “asesinato imprudencial” o “autoviuda” surgieron para definir la azarosa tarea de suprimir seres queridos.

Los dispares elementos de esta pieza representan el desmontaje del discurso criminal. A través de un modelo para armar, Nissen retrata un sistema de justicia que solo se ordena en la mente, nunca en la realidad.

En el cuadro Bandos pasa de la ironía judicial a la política. El fondo de la pintura registra nombres de desaparecidos en Chile. En primer plano, un represor, cuyo pene es una pistola, tiene el gatillo en el culo.

El pintor que surgió del mar no ha dejado de dialogar con obras clásicas. Su Jardín de las delicias es tan abigarrado como el de Hieronymus Bosch, pero incluye un dinamismo que solo existe gracias al desmadre. Los balnearios del trópico mexicano suelen estar sobrepoblados. En ese hacinamiento gente desconocida se roza, untándose bloqueador solar. Curiosamente, todos se la pasan de maravilla. Cuando el filósofo Jorge Portilla escribió acerca de la “fenomenología del relajo”, no sabía que anticipaba a los bañistas de Nissen, que aprovechan el asueto para que sus penes se alcen con gran envergadura y los demás jueguen a ensartarles aros. El paisaje repleto de coches, colillas de cigarro y personajes que sacan la lengua para lamer helados es una crítica y una celebración de los sitios de descanso donde las molestias se convierten en otra forma de la diversión. “¿Para qué disfrutar a solas si podemos jodernos juntos?”, parecen decir esos seres coloridos en estado de éxtasis.

El erotismo es otra constante del pintor. Uno de sus mejores cuadros, Cinema, registra una función cinematográfica donde también la realidad ocurre en blanco y negro. Mientras dos amantes copulan en la pantalla, los espectadores demuestran que también la mirada es una zona erógena: los actores afirman la sensualidad del cuerpo y los espectadores la de la mente.

Después de algunas décadas en México, Nissen perfeccionó su artístico desacato de las buenas costumbre con el arte de decir albures. Los dibujos eróticos que integran su serie Voluptuario son, al decir de Carlos Fuentes, un excepcional caso de “icoñografía”. Nissen da refinada expresión gráfica a los juegos de palabras de la albañilería nacional.

Su sentido del humor lo llevó a hacer objetos para la tienda de bromas que por desgracia no existe en ningún museo de arte moderno. Uno de ellos es la caja Absorbent, con klínex de dibujos eróticos, y otro la lata de Dibujos en su tinta, demostración de que los trazos comienzan por estar líquidos. En su envasado náutico, el capitán Nissen marina la pintura.

El erotismo transgrede y transfigura. Para un pintor de liquideces afecto a los albures, nada resulta tan lógico como convertir un pene en un grifo. Esto define al deseo como una llave y al abuso sexual como un problema de plomería. En el cuadro Grifo, los protagonistas se la pasan bien con el sexo de tubería. En cambio, en Tryst (nombre de la cita secreta entre amantes) el escenario resulta más ominoso, un ambiente de transitoria tempestad, digno de hotel de paso.

Como el dios Xólotl, Brian Nissen es un disidente que cambió de territorio para celebrar la vida, el intercambio, las mezclas, las criaturas híbridas.

De pronto, en la arena, aparecen huellas: lápices, tijeras, cepillos de dientes, cigarros, discos de acetato, botones, sacapuntas, abrelatas. ¿Cómo llegan a la playa? Empujados por el mar, es decir, por Brian Nissen.

Ante nosotros se abren veinticinco años de adivinaciones líquidas, los sortilegios del agua con los que Brian Nissen demuestra que los misterios que valen la pena dan rodeos, siguen rutas desconocidas, y llegan a la orilla. ~

 

A partir del 1o de octubre el Palacio de Bellas Artes alberga una retrospectiva de la producción artística de Brian Nissen.