Sobre “Un poema en el bolsillo” | Letras Libres
artículo no publicado

Sobre “Un poema en el bolsillo”

De la manera más cordial escribo a Ud., para solicitar una rectificación respecto de las publicaciones que ha hecho en su revista, el joven Héctor Joaquín Abab Facio Lince, en los cuales se hace mención de mi nombre y se me involucra en unas aventuras editoriales que vienen perjudicando muy seriamente mi honra y mi fortuna.


Sin ánimo de incomodarle, permítame primero decir que soy Doctor en Letras de la Universidad Complutense de Madrid, donde recibí título luego de haber escrito una tesis de grado sobre la obra de Jorge Luis Borges, tutelada por don Alonso Zamora Vicente, quien dirigiera, en esos mismos años, la de don Mario Vargas Llosa sobre la obra de Gabriel García Marquez, Historia de un deicidio. Luego he recibido otras distinciones entre las que se cuentan la de Profesor Titular de la Cátedra de las Literaturas de América Latina de la Universidad Nacional de Colombia, el Premio Simón Bolívar y el Premio Internacional Arcipreste de Hita. Hoy soy director de la revista de poesía Arquitrave [www.arquitrave.com] en sus ediciones virtual e impresa, desde hace ocho años.


Como admirador de Jorge Luis Borges he escrito algunas páginas tratando de imitar sus fabulaciones con el sólo y exclusivo propósito de divertirme, como él mismo hacía y sin pensar en lucrarme con ello. De esa manera confeccioné hace años un prólogo para uno de mis libros, que nunca se puso en él, y que los editores, para entretenerse, dijeron era de JLB. Con tanto éxito, que el día de su presentación, se vendieron en un suelto, setenta prólogos y apenas doce libros. Un par de ancianos procuraron esa tarde ser Borges y su madre, lo cual despertó las sospechas de algunos periodistas, que escribieron a Tomás Eloy Martínez, entonces director de la popular revista Panorama de Buenos Aires, solicitando inquiriera a Borges sobre el asunto, cosa que hizo el periodista Jorge Di Paola en la edición del 26 de septiembre de 1972, donde Borges, luego de ser preguntado firmó una declaración que dejaba en el aire si había hecho o no tal advertencia. Desde entonces soy el único poeta colombiano que prologó Jorge Luis Borges.


Cuatro fueron las ocasiones que tuve la fortuna de conversar con el genio. No voy a recordarlas aquí. Pero diré que poco antes de su muerte y como advirtiera que con La Cifra era evidente que nada nuevo tenía por decir, aventuré a confeccionar, para mi solaz, unos cuantos de esos sonetos, por ver, además, si era yo capaz de hacer algo que se pareciera a su obra, o al menos, a lo más débil de ella. De tal manera que compuse unos versos ingleses que mostré a poco de su muerte a Jorge Valderrama Restrepo, quien entre picardías y su espléndido humor sugirió hiciéramos circular como inéditos del argentino. Fue así como enviamos por correo, desde las oficinas de Rodolfo González, entonces director de Vanguardia liberal, unas cincuenta copias de los poemas, que luego fueron apareciendo en diversos sitios sin que nadie dijera esta boca es mía.


Pasado el tiempo, se me ocurrió, una noche en Beijing, trazar una historia para los sonetos y gracias a los teletipos de China hoy la hice llegar a cientos de periódicos, donde, a pesar de su extensión la divulgaron. Que yo sepa, fue publicado en La Jornada de México, Ya de Madrid, El Diario de Caracas, Folha de São Paulo y una revista colombiana que temiendo a mis invenciones omitió en su edición virtual, hasta hoy, publicarla, pues temblaban de terror al rumiar que los herederos de Borges fueran a cobrarles el divertimiento.


En unas dos ocasiones tuve oportunidad de hablar, la primera en Catambuco, con el Doctor Abad Gómez, creo que en compañía de Antonio García Nossa y Carlos Gaviria Diaz y la otra, en casa de Jorge Child Vélez, a finales de 1986, cuando una mañana de sábado, que Jorge recibía a sus amigos, llegó el doctor Abad en compañía de un furibundo troskista, León Zuleta, quien comenzó a increparme, en presencia de Alfonso Hanssen y un moreno de pro apodado Pichita, por mis adicciones borgeanas, a lo cual Child respondió diciendo que tan buen alumno era yo de Borges que hasta había compuesto sus últimos poemas, cosa que interesó al doctor Abad, quien me pidió le regalara copia de ellos y como no los tenía a mano, Child facilitó la que yo le había regalado.


Luego ha surgido toda esa historia de la orfandad de su hijo, quien no encontrando originalidad en los sonetos de Borges y temiendo fuesen a demandarle por algunos derechos de autor, ha gastado una fortuna escudriñando una verdad insostenible, pagando detectives para que examinen la vida de María Panero en New York y sus vínculos con mi persona; sobre la existencia de Antonio Caballero, Sara Rosemberg, Carlos Jiménez Moreno, Gabriel Jimenez Emán (a quien confunde con Jiménez Moreno), Regas Kappatos, Juan Madrid, JM González Martell, Roberto Piccioto, Rosario Santos, a los institutos de meteorología de la costa oeste norteamericana para ver si el día que vino Borges a mi casa del 170E 82th en Manhattan venteaba o no, viajes a París, Alejandría, Kiruna y Buenos Aires para hablar con algunos de los cientos de ocasionales visitantes de Maipu, etc, etc., redactando, al menos, cinco artículos en los cuales denigra de mi persona y de mis actos, dos de ellos en la revista Semana [13 de enero y 18 de agosto de 2007], otros en Cromos y El Tiempo [enero 2007] y ahora los tres de El Espectador y este de Letras Libres, donde dice que me llamo Tenorio y soy víctima de los vaivenes de la luna, es decir que mi madre es una tal por cual y yo estoy loco.


Es por eso, Señor Director, que ruego a Ud., publicar con igual despliegue e ilustraciones las notas que le adjunto donde doy cuenta de cómo llegaron a mis manos los sonetos borgianos que tanto discute Abab Facio Lince. Creo apenas de justicia que eso se haga, luego de casi tres años de mancillar mis confecciones literarias.


Los artículos que le adjunto son:


– Copia en pdf de la publicación original de los poemas en Bogotá.


– Cinco poemas inéditos de Jorge Luis Borges por Harold Alvarado Tenorio.


– De cómo redacté un prólogo apócrifo de Jorge Luis Borges.


– Un impostor llamado Harold Alvarado Tenorio.


 


Atentamente,


– Harold Alvarado Tenorio


 


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Sr. director:


El señor Alvarado Tenorio (usando el aburrido artificio del copy-paste) ha fumigado varios medios con esta misma carta: El Espectador de Colombia, Clarín de Argentina, ahora Letras Libres de México. Hasta ahora no había querido contestarle porque en su carta no hay ningún argumento serio. Los títulos académicos del señor Tenorio no están en discusión; tampoco está en discusión si yo soy un buen padre o un buen hijo. Lo que se discute es si él escribió cinco sonetos que publicó por primera vez en 1993, o si los escribió Borges.


Mi obsesión por esta historia proviene del hecho de que uno de estos poemas estaba en el bolsillo de mi padre asesinado el 25 de agosto de 1987. Yo no sabía entonces, y vine a saberlo hace apenas un par de años, que había otras publicaciones del poema (y de los otros cuatro sonetos) en medios argentinos, españoles y mexicanos. Todas estas publicaciones son de finales del año 86 y principios del 87. También hay una publicación francesa en la que se citan estos poemas y allí se cuenta cómo llegaron a las manos del traductor francés, el poeta Jean-Dominique Rey, en el año 1985. Tanto Rey como un conocido pintor argentino y su esposa sostienen que los sonetos les fueron entregados en sus propias manos por el mismo Borges. Por ese mismo camino los sonetos llegaron a Mendoza y fueron publicados por primera vez en un cuadernillo hecho en edición artesanal por un grupo de estudiantes mendicinos, entre ellos el director del diario Uno de Mendoza, Jaime Correas. De esta publicación vienen todas las otras.


Sostengo que el señor Tenorio conoció los sonetos a partir de alguna de las publicaciones anteriores. Luego los copió mal (con graves errores de rima y de métrica, por cambiar algunas palabras) y los publicó en 1993 envueltos en una confusa historia fraguada por él. Luego hizo saber, y así los publicó en otros sitios, que los poemas eran una parodia borgesiana urdida por él mismo. Muchos le creyeron, incluso varios expertos en la obra de Borges. Al verse desenmascarado por mi investigación, montó en cólera y ahora dispara improperios y delirios bombardeando periódicos de todo el continente con sus afirmaciones delirantes.


Sus más recientes inventos son que él mismo le entregó a mi padre el poema un año antes de su muerte (delante de testigos que están también muertos), o que el mismo sicario que le disparó a mi padre fue quien metió el poema en el bolsillo, siguiendo instrucciones de los paramilitares colombianos. Luego ha inventado un libro que sobre mí habría escrito Jaime Correas y que se titularía “El huérfano ilustre”. No se puede negar que Tenorio tiene inventiva e incluso humor, pero se entenderá si yo no celebro este humor manchado con la sangre de mi padre. Las graciosas infamias de Tenorio me parecen, por decir lo menos, de dudoso gusto.


Los lectores y los expertos sabrán decidir a quién creerle, si al señor Alvarado Tenorio, con sus viejas y repetitivas credenciales de farsante, o al poeta francés Jean-Dominique Rey, al pintor argentino Guillermo Roux con su esposa Franca Beer, y al periodista Jaime Correas. Todos ellos respaldan la versión que di en esta revista de los hechos. Naturalmente, si el señor Tenorio, en vez de infamias y farsas, tuviera algún argumento que esgrimir para validar su afirmación de que es él el autor de los sonetos, tendré mucho gusto en leerlo y en compararlo con los argumentos que he publicado. ~


– Héctor Abad Faciolince