Sobre el número anterior | Letras Libres
artículo no publicado

Sobre el número anterior

 

Querido Enrique:

El debate sostenido en Letras Libres acerca de si nos es o no lícito ejercer el dominio de los animales me recordó estas líneas de Léon Bloy; pertenecen a La femme pauvre, aunque en honor a la verdad la primera vez que las leí lo hice en un tomito de la editorial Zig-Zag, sus Páginas escogidas (Santiago de Chile, 1945). Con ligeros retoques te las envío; tal vez sean de tanto interés para ti y tus lectores como lo fueron para mí.

 

¿Por qué sufren los animales? He visto a menudo maltratar a las bestias y me he preguntado cómo Dios puede soportar esta injusticia ejercida sobre pobres que no han merecido, como nosotros, sus castigos.

Sería preciso preguntar antes dónde está el límite del hombre. Se necesitaría saber lo que Dios no ha revelado a nadie, es decir, cuál es el lugar de este felino en la universal repartición de las solidaridades de la Caída. [...] al crear al hombre Dios le dio imperio sobre las bestias. Por su parte, Adán le ha dado un nombre a cada uno de los animales, y de este modo los animales han sido creados a imagen de su razón como él mismo ha sido creado a semejanza de Dios, pues el nombre de un ser es el ser mismo. Nuestro primer antepasado, al denominar las bestias, las hizo suyas de una manera indecible [...]

¿Por qué los animales que nos rodean no iban a ser cautivos cuando la raza humana está siete veces cautiva? Era necesario que todo cayera al mismo lugar al que caía el hombre. Se ha dicho que los animales se habían rebelado contra el hombre al mismo tiempo que el hombre se había rebelado contra Dios. Piadosa retórica sin hondura. Sus jaulas son tenebrosas porque están colocadas bajo la jaula humana que [...] las aplasta. Pero cautivos o no, salvajes o domésticos, muy cerca o muy lejos de su miserable sultán, los animales se hallan forzados a sufrir bajo él, a causa de él y, en consecuencia, por él. Aun a la distancia, soportan la invencible ley y se devoran entre ellos –como nosotros mismos– en las soledades, bajo pretexto de que son carnívoros. La masa enorme de sus sufrimientos forma parte de nuestro rescate y, a lo largo de la cadena animal, desde el hombre hasta el último de los brutos, el Dolor universal es una idéntica propiciación [...]

¿Has reparado en que no podemos percibir los seres o las cosas sino en sus relaciones con otros seres y otras cosas, nunca en su fondo y en su esencia? No hay en la tierra un solo hombre que tenga el derecho de pronunciar, con seguridad absoluta, que una cosa discernible es indeleble y lleva en sí el carácter de la eternidad? Somos “durmientes”, según la Palabra, y el mundo exterior está en nuestros sueños como enigma en un espejo. No comprenderemos el “gemido universal” sino cuando todas las cosas ocultas nos hayan sido reveladas, en cumplimiento de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Hasta entonces es preciso aceptar, con una ignorancia de oveja, el espectáculo universal de las inmolaciones, diciéndonos que si el dolor no estuviera envuelto en el misterio, no tendría la fuerza ni la belleza para el reclutamiento de los mártires ni merecería tampoco ser sufrido por los animales.

Los animales son, en nuestras manos, los rehenes de la belleza celeste vencida. ~