Sinécdoque personal | Letras Libres
artículo no publicado

Sinécdoque personal

Si te fueras a vivir a una isla urbanizada y solo pudieras llevar contigo una maleta de veinticinco kilos, ¿qué llevarías?

Siempre que pregunto a mis amigos que han vivido fuera del país qué debería empacar en la maleta de un viaje me responden dos cosas distintas:

–Todo lo que sea muy caro y que no vas a poder comprar allá, como tu edredón, tus sábanas y tus abrigos.

–Nada, allá venden de todo.

Tengo amigas que se llevaron muchísimas medicinas, porque quién sabe cuáles necesitan receta allá, porque quizás no existan las mismas y porque no confían en las farmacias extranjeras. Otras prefirieron llevarse mole y chile piquín, y otras más no aguantaron la presión de hacer una maleta para tres años y decidieron hacerlo como si se fueran tres meses.

Intento decidir qué empacar para irme dos años fuera del país. Dejo mi cuarto cuando es por fin perfecto: tiene el sillón ideal, la mejor cama y libreros rebosantes. Pero como no me puedo llevar lo que en realidad querría: gente, el clima, mi sillón, el silencio de mi calle y un piano, me resigno a elegir entre lo portátil. La idea, dicen, es llevarse lo mínimo indispensable. Todavía no logro entender qué quiere decir eso.

Algunas personas depositamos una cantidad importante de nuestros recuerdos y apegos (es decir, de lo que nos define) en nuestros objetos. No suelo acumular cosas insignificantes: todo está allí porque desata el recuerdo de alguna persona o momento, o porque es útil o porque me encanta. Empacar para irse a vivir fuera implica hacer una selección de todo eso que conforma nuestra identidad y quedarse con lo imprescindible: una sinécdoque personal. Hay quien diría que tus recuerdos van contigo, que no necesitas nada más. En mi caso eso no es cierto. Porque los recuerdos pesan, he decidido irlos depositando en distintos objetos, que están casi todos en mi cuarto. Cada día, al encontrármelos, me recuerdan distintas situaciones del pasado. Con este método ya no tengo que repasar continuamente mis memorias, puedo confiar en que se quedarán en los objetos mientras yo me ocupo de otras cosas. ¿Cómo entonces decides con qué recuerdos quedarte? Es algo parecido a un proceso de edición de la identidad. Por un lado esto te permite revisar, elegir de nuevo qué persona quieres decir que eres: eres el tipo de persona que una vez fue a la playa y tiene una postal, el tipo de persona friolenta que necesita diez cobijas. Por otro lado, se siente como si te comprimieran, como si seleccionar los recuerdos agradables y los glamurosos por sobre otros (los muñecos de peluche sucios, los regalos de tus exsuegros) fuera un proceso hipócrita y mentiroso. Igual de hipócrita parece a ratos mi selección de libros para el viaje. Como si al dejar de lado libros de la infancia o libros que odié en favor de los libros elegantes y nuevos me desentendiera de algo que, me guste o no, también me constituye.

Nunca logré organizar mis libros. Estuve siempre a la espera de unos libreros que jamás mandé a hacer y los libros se fueron acomodando en los estantes como vecinos aleatorios en un condominio de la colonia del Valle. Pero ahora que paso por los libreros veo los libros bajo la óptica de una nueva clasificación. Pienso en esa lista que hace Calvino en Si una noche de invierno un viajero sobre los tipos de libros que uno se encuentra en las librerías. Entre otros menciona a los: libros que no has leído, libros que hace mucho tiempo tienes programado leer, libros que se refieren a algo que te interesa en este momento, libros que quieres tener al alcance de la mano por si acaso, libros que te inspiran una curiosidad repentina, frenética y no claramente justificable, libros leídos hace tanto tiempo que sería hora de releerlos, libros que has fingido siempre haber leído mientras que ya sería hora de que te decidieras a leerlos de verdad.

Me resulta casi imposible elegir entre estas opciones. De pronto todo libro parece indispensable (aunque yo todavía no lo sepa). ¿Debería llevarme los libros que aún no leo y que están en mi lista de espera?, ¿mis libros favoritos o a los que sé que voy a querer regresar?, ¿los libros en español que me va a costar más trabajo encontrar allá?, ¿los que voy a necesitar para el trabajo?, ¿todas las anteriores?

A veces me parece que hay una opción más sensata: no llevar nada. ¿Solo el Kindle? O nada de nada, al fin dicen que las bibliotecas allá son magníficas y si no de todas formas ya está todo en internet. Cada libro que empaque, además, es una chamarra menos, una toalla o una almohada menos.

No sé por qué temo tanto abandonar mi biblioteca, pero creo que, así como suelo depositar recuerdos en mis objetos, en mis libros dejo, además de evocaciones del propio libro, ideas. Cada que repaso inclusive el lomo de mis libros revivo brevemente los pensamientos más importantes que me surgieron al leerlos. Nunca fui de las que memoriza pasajes, porque allí estaban los libros, siempre iba a poder volver a consultarlos. Me aterra que al dejarlos ir se vaya todo lo que no alcancé a asimilar y a comprender en ellos.

Si te fueras a vivir a una isla medianamente organizada y solo pudieras llevar contigo diez libros (al final me pareció la cifra más prudente), ¿cuáles te llevarías?

Estos son los diez libros que empaqué:

1. En el lago, de Yasunari Kawabata

2. Raise high the roof beam, carpenters and Seymour: an introduction, de J. D. Salinger

3. Red Doc>, de Anne Carson

4. Muerte por agua, de Julieta Campos

5. The light between oceans, de M. L. Stedman

6. Tiene la noche un árbol, de Guadalupe Dueñas

7. Diario de Nueva York, de Peter Kuper

8. El libro vacío, de Josefina Vicens

9. Extinción, de Thomas Bernhard

10. Meditations in an emergency, de Frank O’Hara ~