Silueta de Voltaire | Letras Libres
artículo no publicado

Silueta de Voltaire

"Ahora que ya no hay elegancia”, se queja Proust, “me consuelo recordando cómo vestían las damas que conocí en otros tiempos.”

No sólo las damas, también los caballeros. He aquí un retrato que ilustra cómo vestía Voltaire en 1763 trazado por un testigo presencial: “llevaba siempre chinelas grises, medias color gris metal, con extremos doblados hacia abajo, una ancha casaca damasquinada de algodón hasta las rodillas. Una gran peluca larga y encima de ella un pequeño gorro de terciopelo negro. A veces, los domingos, vestía un vistoso traje de color bronce, en juego con chaqueta y calzones, la chaqueta de amplios faldones, galones dorados, festones y bordados, y puños de encaje hasta la punta de los dedos; decía él que el traje le daba apariencia distinguida”. Nunca se ha vestido con menos gracia que ahora y pocas con más elaborada inventiva y coquetería que en el siglo XVIII.

Voltaire vivió favorecido de briosa vitalidad más de ochenta años. El gran Gibbon lo visitó en su finca Les Délices, cerca de Ginebra, en Suiza, donde se daban funciones de teatro, y vio representar su obra El huérfano de la China, con Voltaire y su sobrina, madame Denis, en los papeles principales. He aquí la escena pintada por mano maestra:

estaba yo demasiado perplejo ante la ridícula figura de Voltaire ya septuagenario, haciendo de conquistador tártaro con voz hueca y cascada y cortejando a una sobrina realmente horrible de unos 50 años. La obra dio comienzo a las 8 de la tarde y acabó cerca de media hora después de las 11. La compañía fue invitada entonces a quedarse y a las 12 nos sentamos a una elegante cena de unos 100 cubiertos. La cena dio fin a las 2, la compañía bailó hasta las 4; cuando ya no aguantamos más, abordamos nuestros carruajes y regresamos a Ginebra, cuando abría sus puertas. Dime si conoces a otro famoso poeta en la historia o la leyenda que a los 70 años haya representado sus propias obras y haya concluido con cena y baile para 100 personas.

 

Y concluye: “El frenético baile final es lo que me pareció más extraordinario.”

Voltaire se pasó la vida rebuscando en todos los géneros literarios, era incansable: escribió de historia, política, filosofía, novelas, poemas cortos, largos y larguísimos, ensayos, panfletos polémicos o calumniosos, un número enorme de cartas, pero sobre todo escribió tragedias en verso. El teatro fue el que en su tiempo le dio fama y, en parte, fortuna (ya se sabe que Voltaire fue siempre ávido y sagaz hombre de negocios).

Ahora, aquí aparece la paradoja volteriana, pues Voltaire, gran agitador, abogado de la tolerancia y la justicia, revolucionario y jacobino, fue uno de los exponentes más reaccionarios del teatro neoclásico francés. Esta fidelidad a las rígidas reglas neoclásicas hace que sus pomposas y declamatorias tragedias hayan sido por completo olvidadas. El ultraconservador llega a proferir: “lo más horrible de todo es que el monstruo tiene partidarios en Francia, y para colmo de calamidades y horrores el primero en hablar hace tiempo de este sujeto; yo mismo el primero en mostrar algunas perlas que había encontrado en su enorme estercolero. No podía imaginar entonces que un día ayudaría a pisotear las coronas de Corneille y Racine para adornar la frente de un bárbaro histrión”.

¿De quién habla Voltaire? De Shakespeare, nada menos. Qué manera de equivocarse, ¿verdad?

Es curioso que de la enorme masa de escritos de Voltaire, cuarenta tomos, queden vivas sólo una novela corta, encantadora, Cándido, polémica contra Leibniz, que, por cierto, disputa con un fantasma, pues interpreta mal lo que afirma el gran filósofo alemán, y un extraño ensayo, el Diccionario filosófico. Y, claro, quedan la risa y la sonrisa de Voltaire, y creo que es realmente afortunado quien es recordado por su sonrisa, ¿no es cierto? ~