Shyamalan: la inocencia pavorosa | Letras Libres
artículo no publicado

Shyamalan: la inocencia pavorosa

 

La inocencia o el desconocimiento como campo fértil para que florezca el horror: “¿Sabes qué es lo más pavoroso? Ignorar cuál es tu lugar en el mundo. Ignorar por qué estás aquí. Es un sentimiento terrible [...] Ahora que sabemos quién eres, yo sé quién soy.” Las palabras de Elijah Price (Samuel L. Jackson), el coleccionista de cómics que en El protegido (2000) asume su condición de archivillano con el nombre de Señor Vidrio, van dirigidas a David Dunn (Bruce Willis), el guardia de seguridad que a su vez debe asumir la condición de superhéroe; sin embargo, pueden aplicarse al resto de los personajes que deambulan por la pentalogía sobrenatural de M. Night Shyamalan, completada por Sexto sentido (1999), Señales (2002), La aldea (2004) y La dama en el agua (2006). (En verano de 2008 llega The Happening, sobre la paranoia de cara a un posible desastre ecológico.) Para el cineasta y guionista nacido en 1970 en Pondicherry (India) pero criado en un suburbio próspero de Filadelfia, ciudad que en Sexto sentido, El protegido y La dama en el agua deviene zona psíquica, asumir es un verbo de tintes metafísicos que echa a andar los engranajes del extrañamiento y el miedo ante la irrupción de lo ignoto. Pensemos en Cole Sear (Haley Joel Osment) y Malcolm Crowe (Bruce Willis), la pareja protagónica de Sexto sentido: mientras que el primero sabe que su lugar en el mundo es el del niño freak que ve gente muerta todo el tiempo, el segundo tiene que renunciar al candor que le permite continuar desempeñándose como psicólogo infantil para saber quién es: un fantasma que vaga sin mudar de atuendo por las calles de Filadelfia. Algo similar sucede con el Graham Hess (Mel Gibson) de Señales: pese a las evidencias de una invasión alienígena a escala global, él mantiene el escepticismo que lo hizo abandonar su lugar en el mundo como sacerdote hasta que redescubre la fe justo gracias a aquello cuya existencia ha negado: la otredad, encarnada en este caso por la esfera extraterrestre. Otro tanto ocurre en The Cove, la unidad habitacional donde se desarrolla esa puesta en abismo sobre el poder de la fabulación que es La dama en el agua: aun en contra de sus verdaderas identidades, los inquilinos deben ser consecuentes con los roles arquetípicos –el curandero, el guardián, el intérprete– que les adjudica la historia dentro de la historia narrada por Story, la ninfa que busca regresar al cuento del que se fugó.

Experto en tramas de bordes religiosos –no en balde sus personajes se encuentran en iglesias (Sexto sentido), o se dedican a la vida eclesiástica (Señales), o pertenecen a comunidades cerradas que evocan La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne (La aldea)–, Shyamalan ratifica que la inocencia es un territorio por el que pugnan fuerzas antagónicas. Los niños de Sexto sentido, El protegido, Señales y La dama en el agua contribuyen de un modo u otro a que sus mayores se deshagan de la venda que les impide ver quiénes son en realidad; esta lógica se invierte eficazmente en La aldea, una de las cintas más logradas y menos comprendidas del director, donde son los adultos quienes imponen esa venda a los menores en forma de una utopía fincada en el terror atávico. Rodada en la Pensilvania rural que conocimos a través del Bucks County de Señales, La aldea se ubica en Covington, un villorrio de sesenta habitantes lejos del progreso y cerca del primitivismo, representado por la tupida floresta que lo circunda; un microcosmos que halla su contraparte urbana y nominal en La dama en el agua merced a The Cove. Además de los ecos del puritanismo denunciado por medio de Hester Prynne, la gran heroína hawthorneana, en Covington resuenan los gañidos de los amos y señores del bosque: criaturas carnívoras que remiten a los seres primordiales de H.P. Lovecraft y que han pactado una tregua con los aldeanos para no violar su perímetro, y de las que nos enteramos sólo por alusión. La tregua, no obstante, concluye a raíz de que el joven Lucius Hunt (Joaquin Phoenix) pide permiso para internarse en la arboleda y llegar al orbe civilizado; es así como las criaturas se empiezan a manifestar dentro de Covington mediante huellas casi bíblicas que superan en energía ancestral a los crop circles de Señales: becerros despellejados, marcas en las puertas que hacen pensar en un ángel exterminador. Quien acaba por incursionar en terreno prohibido es Ivy Walker, la prometida de Lucius: epítome del candor cuya ceguera, paradójicamente, no es obstáculo para retirar la venda diseñada por los adultos; una venda que la misma actriz (Bryce Dallas Howard) vuelve a quitar en La dama en el agua en el papel de la ninfa Story. Depuración de ciertos motivos shyamalanianos –el agua como elemento siniestro en la acepción freudiana; el sótano y la oscuridad como cristalizaciones del inconsciente– a la vez que metáfora sobre el origen de las mitologías, La aldea coincide con Goya en que los sueños de la razón producen monstruos; envueltas en capas rojas, el color pasional que los aldeanos deben rehuir, las criaturas del bosque resultan ser el mecanismo ideado y encarnado por los mayores para que los menores ignoren quiénes son: los vástagos de un grupo que se ha aislado en una reserva ecológica para fundar una quimera social de espaldas a la barbarie contemporánea. Con cada nueva película, M. Night Shyamalan sigue adentrándose con paso firme en esa región donde la inocencia y el pavor confluyen para diluir sus fronteras y generar, sin más, una inocencia pavorosa. ~