Shalámov y el Gulag | Letras Libres
artículo no publicado

Shalámov y el Gulag

Para mis amigos Irina y Mijail OstraúmovEl patriarca de la literatura rusa de los años sesenta Kornéi Chukovski (1882-1969), padre de Lidia Chukovskaya (autora de un memorable libro de conversaciones con Anna Ajmátova), escribió en su diario el 13 de abril de 1962: "Tvardovski me dio a leer el manuscrito Un día en la vida de Iván Denísovich, extraordinario reflejo de la vida en los campos correccionales en el tiempo de Stalin. Quedé extasiado y escribí una corta nota sobre el manuscrito. Tvardovski me contó que el autor es un matemático que tiene escrito otro relato, pero que sus poemas son malos". La corta nota de Chukovski se tituló "Una maravilla literaria" y constituyó, de hecho, la primera recensión crítica del relato del "matemático", que resultó llamarse Alexandr Solzhenitsin. Chukovski escribió en su nota crítica: "Con este relato entra a la literatura un escritor fuerte, original y maduro". Tvardovski envió a Nikita Jruschov el comentario de Chukovski, logrando así su aval para la publicación del relato en la revista Novy Mir, en noviembre de 1962. Por el tono del diario de Chukovski —"el autor es un matemático"— se desprende que Solzhenitsin era, a la sazón, un completo desconocido en los medios literarios rusos. Sin duda, la publicación de su relato en la principal revista literaria de la época y las circunstancias que la rodearon cambiaron para siempre el destino del autor, como hombre y como escritor.
     Un autor que no tuvo la misma suerte para publicar sus relatos, ni contó con el apoyo de Chukovskis ni Tvardovskis, fue el infortunado Varlam Shalámov (1907-1982). Su obra, casi desconocida en Occidente, consta apenas de dos libros de relatos (Cuentos de Kolymá y Grafito), un diario y varios poemas sueltos, publicados en revistas. Shalámov, abogado de formación, pasó primero tres años de reclusión (1929-1932) en Solovski y luego 17 años en Kolymá (1937-1954). Kolymá, al noroeste de Siberia, donde las temperaturas en invierno pueden sobrepasar los 500C bajo cero, fue uno de los peores campos correccionales, si no es que el peor. Cálculos conservadores estiman que solo en Kolymá murieron tres millones de personas en reclusión, durante los años de Stalin en el poder. Al regresar a Moscú, a partir de 1955, Shalámov comenzó a escribir sus relatos sobre sus vivencias al límite en el Gulag y algunos de sus poemas se publicaron en las revistas Juventud y Moscú. Sus cuentos empezaron a pasar de mano en mano desde 1966, después de largas retenciones y negativas en la redacción de las revistas, hasta que fueron publicados por primera vez en Londres en 1972. Obligado a abjurar de esa edición, escribió una retractación incomprensible y humillante, a la que se refiere en el presente artículo Solzhenitsin. Solitario, pobre y enfermo (padeció en sus últimos años el mal de Parkinson), murió a consecuencia de una pulmonía en un manicomio, sin ver su prosa publicada en su país, en el que aparecería tan sólo en 1987.
     La obra de Alexandr Solzhenitsin (1918), por el contrario, es bien conocida en Occidente, a excepción —tal vez— de los cuentos, miniaturas líricas y ensayos sobre otros escritores, que ha publicado en su país en los últimos años. Según parece, recibió el Nobel en 1970 por algunos relatos excepcionales como "Iván Denísovich" y "La casa de Matriona" y las novelas Pabellón de cancerosos y En el primer círculo. A finales de 1973 se publicó en París Archipiélago Gulag, tres tomos de investigación documental que, sin embargo, no sobrepasarían en calidad literaria a sus primeros relatos. En su obra posterior Solzhenitsin se inclinaría más por la historia y se enfrascaría en proyectos epopéyicos (La rueda roja) que lo alejarían cada vez más de la fuerza y calidad de su literatura inicial. En sus artículos sobre otros escritores, como Andréi Bieli, Joseph Brodski y el propio Shalámov, Solzhenitsin cae con frecuencia en opiniones injustas y desproporcionadas, que muestran bien las ásperas aristas de su personalidad.
     Los encuentros entre Solzhenitsin y Shalámov tuvieron lugar entre noviembre de 1962 y septiembre de 1965. En estos escasos tres años los dos escritores se conocieron, se aproximaron y se distanciaron con una rapidez inusitada. A pesar de haber padecido experiencias semejantes en los campos de trabajos forzados (con más dureza y por más tiempo en el caso de Shalámov), eran, sin embargo, dos temperamentos muy diferentes, con visiones distintas sobre la vida y los acontecimientos históricos que sacudieron a Rusia durante la primera mitad del siglo XX. La obra y la vida de estos dos escritores, como las de Osip Mandelstam, Isaak Bábel, Boris Pilniak, Nikolái Kliúiev, Andréi Platónov y los más de dos mil escritores y artistas reprimidos por el estalinismo, representan lo más digno de la condición humana ante los abusos del poder demente en el siglo que acaba de terminar.
     El presente artículo de Solzhenitsin sobre Shalámov apareció en la revista mensual Novy Mir, correspondiente a abril de 1999. -
      
     Los dos fuimos auténticos "hijos del Gulag". Aunque por tiempo y pruebas padecidas yo lo fui en menor grado, por lealtad estábamos a la par. Esta circunstancia nos unía como un imán. Cuando leí sus versos en Samizdat, en 1956, fue sorprendente:
      
     Yo mismo sé que esto no es un juego
     Que esto es la muerte. Pero incluso por la vida
     Como Arquímedes, no soltaré la pluma
     No destrozaré el cuaderno abierto.
      
     Sentí, sencillamente, que esos versos hablaban de mí, ¡de mi secreto! —y Shalámov era copartícipe. Con espíritu semejante él leyó en Samizdat, en 1962, mi "Iván Denísovich"1 y su visión pesimista no le permitió entrever que algún día sería publicado.
     Un día, a mediados de noviembre, cuando apenas "Iván Denísovich" había sido publicado, me encontré por primera vez con Shalámov en la sección de prosa de la revista Novy Mir. Él estaba extremadamente inquieto por un suceso relacionado con el destino de sus Cuentos de Kolymá: con nerviosismo, mostraba un ligero tic en el extenso rostro afeitado, como si mordiera con el maxilar desencajado, y manoteaba con sus largos brazos. Desde sus primeras frases se refirió a la discusión que había por todos lados sobre si mi narración sería un rompehielos, que despejaría el camino hacia la verdad de los campos de concentración y de la vida real, ya que según lo entendía esto era sólo el punto de partida en un extremo del movimiento del péndulo, que en cualquier momento se inclinaría hacia el otro lado. Yo creía, sin embargo, que la ruptura continuaría y sería significativa, aunque por la agudeza reveladora de "Iván Denísovich" esperaba que pronto me impusieran la mordaza. El tiempo daría la razón a Shalámov: su pesimismo resultó ser certero.
     Por aquellos días me escribió a Riazan una larga y fogosa carta, por no llamarla casi tierna, porque, aunque eso fuera ajeno a su carácter, había ese espíritu en su misiva: "mucho, mucho habían elogiado su relato, pero sólo al leerlo veo que los elogios se quedan infinitamente cortos"; "debo reconocer que hace mucho no tenía la suerte de encontrar un trabajo de tan delicada y elevada factura artística"; "es un relato para lectores atentos: en cada frase hay una revelación"; "los detalles y pormenores de la vida cotidiana, el comportamiento de todos los personajes, son muy precisos y frescos, deliciosamente frescos". Sobre la "escuela del gulag" para Shújov,2 afirmaba: "Todo esto en el relato grita a voz en cuello, para mi oído [...]". "El entramado es tan fino, que distingues a un estonio de un letón"; "la obra es extraordinariamente concisa, tensa, como un resorte, como los versos". E incluso, transgrediendo su profunda convicción de la absoluta maldad de la vida en los campos de concentración, reconocía: "Es probable que semejante pasión por el trabajo (como la de Shújov) salve a la gente".
     El motivo era "Iván Denísovich", y en su carta Shalámov compartía los sentimientos literarios comunes experimentados por cada uno en reclusión. Yo, desde luego, le respondí cálidamente y poco tiempo después, atendiendo a una invitación suya, lo visité en Moscú. Casualmente Shalámov vivía en aquella misma ciudadela de escritores, en la calzada Jorochevski, en donde hacía poco yo había visitado a Ajmátova. Resultó que estaba casado y que su mujer tenía un hijo adulto, pero eran extrañas las circunstancias de esta unión, que parecía fundarse en una economía independiente entre los cónyuges. Sólo esa vez los vi juntos, ya que siempre encontraba a Varlam Tíjonovich solitario, en su cuartito aislado, parecido a una celda.
     No recuerdo si fue en nuestro primer encuentro en la redacción de Novy Mir, o si fue en su casa aquella vez, pero en todo caso muy temprano surgió entre nosotros la discusión sobre la palabra zek,3 introducida por mí en "Iván Denísovich". Shalámov decididamente la objetó, porque esta palabra no se usaba con frecuencia en los campos; incluso era rara donde los presidiarios, casi en todas partes esclavizados, utilizaban el administrativo zyk. Consideraba que yo no debía introducir esta palabra, porque no tenía sentido hacerlo. Pero yo estaba seguro de que sí pegaría (es ágil, se puede declinar y tiene plural), que la lengua y la historia le darían su lugar, que era necesaria. Con el tiempo resultó que yo tenía razón (Shalámov nunca, en ningún texto, utilizó esta palabra).
     Aquella vez tomé para leer varios de sus Cuentos de Kolymá (después regresé por más) y convenimos que él haría una selección de sus poemas que yo mismo entregaría a Tvardovski.4 Los versos de Shalámov ya por entonces me llegaban al alma. Los primeros meses después de la publicación de "Iván Denísovich", tal vez un año, mientras no empecé intensivamente a compilar material para La rueda roja, yo no conocía mayor deber que el de los antiguos presos del Gulag.
     La verdad era que los relatos de Shalámov no me satisfacían desde el punto de vista artístico. En ellos no me convencía del todo el carácter de los personajes, ni su pasado, ni algunas de sus concepciones sobre la vida. En sus relatos que no eran sobre los campos correccionales, con frecuencia se narraba algún caso anecdótico, lo que es insuficiente para alimentar la literatura. Y en los que abordaban el tema de los campos no actuaba gente concreta y peculiar, sino simples nombres que se repetían, a veces, de relato en relato, pero sin acumulación de rasgos individuales. Supongamos que en ello radica precisamente la intención de Shalámov: mostrar que la brutal vida cotidiana de los campos correccionales aplasta a la gente, que las personas dejan de ser individualidades para convertirse en objetos que el Gulag utiliza. Por supuesto que el autor escribió sobre sufrimientos extremos, sobre la enajenación de la personalidad al límite, todo ligado a la lucha por la sobrevivencia. Pero, en primer lugar, no estoy de acuerdo en que a tal grado y hasta el final se destruyan todos los rasgos de la personalidad y de la vida pasada: así no sucede, sino que algo particular debe mostrarse en cada cual. En segundo lugar, esto le sucedió a Shalámov de manera muy directa y ahí vislumbro un defecto de su escritura. Por ejemplo, en "La palabra fúnebre" parece sugerir que todos los héroes de sus relatos son él mismo. Entonces se entiende por qué todos ellos corresponden a un mismo patrón. El cambio de nombres es sólo un procedimiento externo para ocultar el carácter biográfico.
     Otro desacierto de sus relatos es que su composición se disipa, porque se incluyen fragmentos que, por lo visto, simplemente da lástima omitir. Muchos relatos ("La corbata", "La tía Polia", "La taiga dorada" y otros) están compuestos por una suerte de trozos caleidoscópicos, sin unidad, y que pareciera que la memoria recuerda, aunque el material sea sólido y verdadero. A veces, por no desarrollar bien el tema, el autor refiere razonamientos que también se esfuman, como en "La cruz roja". Sin embargo, en todos estos aspectos yo encuentro no tanto el proyecto creativo de Shalámov como el resultado de su agotamiento, por su estadía en el Gulag durante tantos años. En ellos también están los rasgos de su autenticidad.
     Muy valiosa fue su especial investigación "fisiológica" sobre el mundo del argot.
     Los versos de Shalámov siempre me parecieron de mayor grandeza que su prosa (como él mismo lo creía).
     En los días de año nuevo de 1963 nos visitó, en una de las "lujosas" e incómodas habitaciones del hotel Budapest, en la calle Petrovski. Cenamos en el cuarto y discutimos vivamente dos obras: mi "El cornudo y la mujerzuela", que Shalámov ya había leído, y una pieza suya de Kolymá, cuyo nombre no recuerdo. En su pieza había tanta dramaturgia como en la mía, pero en la de él vibraba la carne viva del Gulag: su pieza me conmovió.
     Hasta ese momento yo no había escrito nada sobre nuestros encuentros. La primera vez que escribí algo al respecto fue en mayo de 1963. Prácticamente era sobre sus juicios literarios muy particulares. No sé, quizá ya fueron publicados, pero de todas maneras expondré aquí algunos fragmentos, como aparecen en mis apuntes:
     —"Andréi Platónov es un gran escritor, destrozado por Gorki, en quien confiaba y que le aconsejaba un disparate: 'No publique'".
     —"Gorki fue el padre de la 'espontaneidad' en las revistas. Proclamaba que el talento es sólo el trabajo, que con el trabajo todo se puede alcanzar, y engañó a muchos escribanos infértiles. Pero el trabajo es ya una exigencia del talento, y no el padre del talento" (¡cierto!).
     —"El escritor debe ser un poco 'extranjero' en relación con el material que describe. No debe saber demasiado sobre ese material, una gran experiencia tampoco le hace falta; no debe profundizar en exceso, pues de lo contrario se volverá incomprensible para sus lectores". (Entiendo que esto último es un peligro, aunque el talento y el gusto deben ayudar a evitarlo. Pero no estoy de acuerdo en que no debe conocer el material lo suficiente: si así fuera todo sería superficial. Varlam Tíjonovich decía esto, por lo visto, con amargura sobre sí mismo, pues él profundizó en exceso en el material de los campos correccionales, hasta tal punto que los lectores ya no creen o se sienten demasiado incómodos. Y yo lo puedo probar con la historia de la revolución: ¿cómo se podría escribir sobre ella sin conocerla lo suficiente?).
     —"En el ritmo y la métrica de la poesía rusa existe una variedad infinita, el yambo no es parecido al yambo, etc. Por eso no hay que buscar en la novedad, ni en ciertas formas de ruptura. ¡Sólo hay que entregar la sangre y se obtendrá el poema!" (Totalmente de acuerdo). Esta era una de las firmes convicciones de Shalámov, incluso tiene unos versos que dicen:
      
     La poesía es asunto de los mayores
     No de los chicos, sino de los hombres
     Que han sobrevivido cien vidas enteras.
      
     —"El poema no debe ser pensado de antemano, sino que debe nacer en el transcurso de la escritura".
     — "Ajmátova es una gran poeta, mayor que Gumiliov, incluso limitando su obra a 1921.5 Su único defecto es cierto academicismo, cierta frialdad. Tsvetáieva es más grande que Ajmátova, porque puso calidez a la sangre y al alma. Pero perdió mucho en búsquedas formales innecesarias".
     —"Esenin poseía una voz poética auténtica, por ello se diferenciaba. Y Severianin6 tenía sólo una voz auténtica".
     —"Lo mejor de Tvardovski es 'La casa y el camino' porque ahí hay una resonancia trágica en tono menor. Las grandes obras no se crean en tono mayor. 'Tiorkin en el frente' tiene más cualidades que 'Tiorkin en el otro mundo'; en esta última hay muchos méritos (algunos fragmentos, ciertas reflexiones, lugares), pero su principal defecto radica en que la época de Stalin no es un tema para la farsa y Tvardovski no toca este tema, sino que se desliza en él con liviandad, como sobre un trineo". (Shalámov conservó hasta el final una completa tensión propia de un preso del Gulag. Tal vez por eso no advertí que la fría negativa de Tvardovski lo predispusiera personalmente contra el director de Novy Mir. Es una lástima que Tvardovski no valorara y no publicara aquellos poemas de Shalámov). A "Tras la lejanía está la lejanía", poema de Tvardovski, Shalámov lo consideraba un completo fracaso.
     —"Los poetas no se dan en 'mayor' o 'menor' cantidad. No hay 'mayor' o 'menor' cosecha de poetas. Se producen más o menos en igual número en cada generación". (Esta idea, además de extraña, es discutible).
     Alguna vez discutimos sobre el uso del punto y coma. Shalámov consideraba que este signo ortográfico era anticuado, por lo que no había que usarlo. Pero yo lo defendía, porque con frecuencia pasa inadvertido y ahora no se le utiliza en balde.
     La ventana del cuartito de Shalámov siempre estaba herméticamente cerrada: daba a la calle Begavaya, en la horrible calzada de Jorochevski, con permanente olor de gasolina de los camiones de volteo y el continuo tintineo de vidrios desde la madrugada hasta la noche, pero a Varlam le "ayudaba" la fuerte sordera adquirida en el Gulag. Precisamente en ese año (1963) me liberé de la escuela7 y pasé una primavera maravillosa en Solotche, en un tiempo desbordado, en una cabañita aislada en el bosque, y en el otoño regresé de nuevo a ese lugar para entregarme de lleno a la escritura de Pabellón de cancerosos. Tenía tanta pena de Varlam, de que él estuviera privado del silencio y el aire, que lo invité a trabajar a esa cabañita una semana. Y él aceptó con gusto. Era un septiembre todavía tibio. La isba no tenía cuartos independientes; la chimenea y los tabiques no alcanzaban el techo; todo lo que yo podía ofrecerle era un rincón, ciertamente claro, con una ventana al sur, una cama y una pequeña mesita.
     Al invitarlo creí hacer por él lo que me gustaría que hicieran por mí: que me permitieran tan sólo trabajar en silencio y con aire puro, de la mañana a la noche, con tal de que nadie molestara, y yo pensaba que lo que Shalámov necesitaba era precisamente eso. Pero resultó que lo entendió de otra manera: pensaba que todo un mediodía o al menos hacia la tarde íbamos a conversar largamente. Supuso que tendríamos largas pláticas literarias. Necesitaba mucho este tipo de comunicación y, en verdad, sus opiniones eran muy interesantes. Pero en general a mí no me gusta "hablar de literatura", prefiero leer en silencio e impregnarme de lo que leo, escribir en silencio lo mío. En mi permanente travesía por escabrosos territorios telúricos, 16 horas al día sin levantar cabeza, yo no estaba dispuesto a pasar el tiempo así. Me rehusé una, dos, tres veces, a lo sumo podría platicar hacia la noche una media hora. Quizás él se ofendió, tal vez no, pero comprendió nuestra incompatibilidad y al cabo de dos días inesperadamente dijo que se marchaba. Sin embargo, en Solotche alcanzó a escribir dos o tres poemas ("Tal vez allá, en los jardines de Platón,/ se prolonga este diálogo..."). Esta experiencia desafortunada no produjo una abierta desavenencia entre nosotros, pero tampoco nos acercó de ningún modo.
     Tuvimos otros encuentros después, pero hubo uno muy importante el 30 de agosto de 1964 que tuve a bien anotar. Yo había regresado de Estonia, después de trabajar todo el verano, donde me desboqué inconteniblemente en la construcción del gran armazón del Archipiélago Gulag. Definí sus partes y muchos capítulos y distribuí una gran cantidad de material acumulado en la preparación de estos capítulos. No creía que iba a poder arreglármelas solo y simplemente no me atrevía a abordar a Varlam con semejante idea: él tenía todo el derecho de participar. Así que lo invité a encontrarnos en Chapaievski, en casa de Verónica Turkina-Schtein, donde me había hospedado. Por teléfono, claro está, no pude ni siquiera insinuarle el asunto y, aunque era temprano en la mañana, Shalámov llegó a visitarme muy aseado, con una camisa azul impecable, como nunca lo había visto en el abandono de su casa. Y yo, en lugar de ofrecerle una mesa solemne, me lo llevé a un gran jardín en las cercanías en donde nos tendimos sobre la hierba y, alejados de todo el mundo, tuvimos una conversación supersecreta.
     Le expuse con entusiasmo todo el proyecto y mi propuesta de escribir el libro en colaboración. Si era necesario podíamos mejorar mi plan y después repartir los capítulos que cada uno escribiría. Pero recibí inesperadamente una negativa inmediata y categórica. Conocía la costumbre de Varlam de insinuar sutilmente, en lugar de hablar sin rodeos (yo tenía la sensación de que era abierto con él, mientras él era medio cerrado conmigo), pero en esa ocasión contestó sin ambages: "Quiero tener garantía de para quién escribo". Quedé estupefacto: hasta ese mismo momento estaba seguro que tanto para él como para mí lo principal era guardar la memoria, sencillamente escribir para quienes vinieran después, aunque no hubiera esperanza de publicar en vida. Mas él agregó:
     —"¿Pero para qué voy a escribir eso? ¿Qué diferencia hay si lo que escriba se va a quedar sin publicar en algún otro lugar?"
     Lo tenía bien claro: un libro como el que le proponía escribir sería imposible de publicar. La idea de la fama, por lo visto, lo inquietaba fuertemente.
     Su respuesta fue tan categórica que convencerlo era inútil. Ahora todo el peso del proyecto caía sobre mis hombros. Ese día escribí: "No, a pesar de todo, en nuestra relación no existe una transparencia abierta; entre nosotros hay una especie de muro que nos aleja y es poco probable que alguna vez podamos sobrepasarlo [...]". Me fui muy agobiado, aunque entendía que él estaba enfermo de sí mismo. Pero había también un alivio: que ahora, de esta manera, podría conservar la individualidad de la pluma.
     Sólo entonces entendí que, principalmente desde el punto de vista artístico, era difícil que nos metieran en un mismo costal. Nuestra escritura es muy diferente. Sobre cuántos principios, tendencias, proporciones, tonos, lugares y párrafos habríamos tenido que discutir, tal vez hasta el agotamiento mutuo. Pero en ese momento me pareció más importante la unidad y el abarcamiento de nuestra experiencia común en el Gulag. Y sólo mucho tiempo después, cuando ya trabajaba en el Archipiélago Gulag, pensé: ¿y nuestras opiniones? ¿Acaso habría sido posible conjuntar nuestras concepciones del mundo? ¿Cómo unirme a su pesimismo encarnizado y a su ateísmo? ¿Y las ideas políticas? Pues a pesar de toda la experiencia de Kolymá, en el alma de Varlam quedaban residuos de simpatía hacia la revolución y los años veinte. Sobre los eseristas se expresaba con conmiseración, decía que habían perdido muchas fuerzas en desbaratar el trono y que después de Febrero8 ya no contaban con energías para llevar a Rusia tras de sí (tampoco les alcanzaba inteligencia, ni alma, ni responsabilidad ante el país y el Estado). Más allá del tema del Gulag, teníamos —por supuesto— opiniones demasiado distintas sobre la historia rusa y soviética en su conjunto.
     Qué bueno que Shalámov se negó, de otro modo habríamos fracasado en el libro.
     Por los apuntes de aquel día deduzco que en ese encuentro tuvimos también otras conversaciones. La redacción de El escritor soviético había regresado a Varlam sus Cuentos de Kolymá, 34 relatos, que retuvo durante varios años, tal vez desde 1958. Junto le enviaron cuatro o seis recensiones internas positivas (que él ya conocía), todas reservadas, y sólo dos negativas, la más importante de las cuales pertenecía al "octubrista" Driómov, quien escribía que estos relatos eran perniciosos para el lector soviético. En su recensión Driómov intentaba también contraponer los Cuentos de Kolymá y Un día en la vida de Iván Denísovich (narración por la que, entre otras cosas, me denigraba: "un fracaso", "en donde se muestra una débil individualidad artística de los personajes"). Varlam Tíjonovich propuso, y estuvimos de acuerdo, que semejantes recensiones (en las que se indicaba la dirección del crítico) habría que difundirlas en Samizdat junto con las obras rechazadas, para que la gente conociera la esencia de estas críticas y así sus autores lo pensaran diez veces antes de censurar tan vilmente. Con irritación hacia Driómov, Varlam comentó:
     —"¿Cómo podría yo polemizar con Iván Denísovich, cuando lo mío fue escrito diez años antes?" (A propósito, yo tuve la idea de Iván Denísovich en 1950, así que nos desarrollamos paralelamente).
     La irritación de Varlam Tíjonovich se trasladó involuntariamente hacia mí, hacia el éxito de Iván Denísovich, ¡y yo podía entenderlo! Haber pasado semejantes sufrimientos, por años madurando relatos sobre esas experiencias, para que no lo publicaran. Sin duda, desde la primera aparición de Iván Denísovich Shalámov se apesadumbró mucho: qué significaba eso de ser personalidad emérita de los campos de concentración, no fue el primero en salir con ese tema. Pero aun así, por entonces, no permitió que se desarrollara en él la envidia, ni la ofensa, sino que se comportó noblemente.
     Nos encontramos varias veces después y yo anoté un encuentro más, a comienzos de junio de 1965, en su cuarto de la calzada Jorochevski, donde los vidrios no cesaban de tronar por el horrible ruido de los camiones de carga. En esa ocasión Varlam narró su participación en una velada literaria dedicada a Mandelstam, de la que se sentía orgulloso. Tengo escrito que dijo literalmente: "¡Mi hora llegará!"
     Sí, tenía todo el derecho para esa esperanza. Pero la existencia es demasiado cruel, la vida decae y la salud se derrumba.
     Tras la apertura de mi proceso, en septiembre de 1965, se iniciaron años de acoso y de lucha ardua, y ya no volvimos a vernos. Cuando aparecieron sus poemas en Literaturnaya Gaceta, en el verano de 1966, de inmediato le escribí: "Fue muy agradable e inesperado ver sus poemas en la Gaceta. ¡Me alegro! Me gustaron. Los poemas 'Sobre una canción', especialmente el 1 y 4, ¡son grandiosos, muy significativos!" Ese mismo año tuve una intervención en el Instituto de Asuntos Orientales y Shalámov me escribió: "Lo felicito. Así había que actuar desde hace tiempo". (No  se había apagado su fuego político bajo la ceniza...).
     Luego, de pronto, se produjo su penosa renuncia de los Cuentos de Kolymá en Literaturnaya Gaceta, en febrero de 1972: "revistas nauseabundas" (las de la emigración), "soy un ciudadano soviético honesto, que se da cuenta muy bien del significado del xx Congreso del Partido Comunista" y "la problemática planteada en los Cuentos de Kolymá hace tiempo fue rebasada por la vida [...]". En voz alta renuncia a todas las cosas importantes de su vida...
     Esto me golpeó fuertemente. ¿Quién? ¿Shalámov? ¿Entregaba nuestro Gulag? Era inimaginable: ¿reconocer que Kolymá "fue rebasada por la vida"? Y se publicó en la Gaceta, en un recuadro negro, como si Shalámov hubiera muerto. Por mi parte, en esos mismos días, difundí en Samizdat el Archipiélago Gulag.
     El final fue cruel, como toda la vida que le tocó vivir en Kolymá y después de Kolymá. Sí, y fue como la expresión permanente de unos ojos desorbitados en su rostro delgado. Shalámov representó una de las figuras más trágicas de nuestra literatura. -— Nota y traducción de Jorge Bustamante García