Seúl y las noches que no vuelven | Letras Libres
artículo no publicado

Seúl y las noches que no vuelven

 

Seúl es como Tokio, pero sin la seriedad japonesa, y también espectacular durante la noche. De la ciudad hay zonas que prefiero: Bundang, Itaewon, Insadong, Hongik, Sinchon. Nombres que se vuelven imposibles en la boca de un latinoamericano. Vagar por esas calles repletas de anuncios de neón, puestos de comida y baratijas, tiene algo de sorpresivo deleite. Entre los edificios de algunas áreas hay pequeños vericuetos, callejones en donde puede encontrarse un restaurante formidable o un bar a la usanza antigua. En Seúl era un invisible. No existía. Nadie mira de frente. A veces descubría a transeúntes que miraban de reojo con curiosidad pero no iban más allá de eso.

Cambio los tiempos verbales porque la memoria se reactiva veloz y tropieza con imágenes, gestos, olores que intenta reproducir. Viví en Seúl la mitad del año pasado y pronto aprendí a disfrutar de la noche seulita. Todo era posible. Quizá soñé en alguna ocasión que practicaba como un monje budista un su heng gak o peregrinación de nubes y agua. Quizás esas peregrinaciones por bares, nu re bans, calles atestadas, pequeños prostíbulos, restaurantes fueron un sueño del que aún no despierto.

Durante el verano de mi temporada coreana, acostumbraba ir a la zona Hongik. Me detengo. Hay que decirlo antes que cualquier otra cosa: las piernas de las coreanas son perfectas. Hay un rápido relámpago amarillo, resplandeciente, en esas piernas largas, bien torneadas. Las mejores que he visto: son una visión luminosa. La fiesta podía durar buena parte de la noche –primero una cena y luego a beber por diferentes bares o a bailar y después a comer otro tanto, alrededor de las cinco o siete de la mañana–, después tomaba un taxi hacia la parada de autobuses que me llevaba a casa, a las afueras de Seúl, en Yongin –me adelanto. Tenía mis propias montañas, un río y un lago pequeño, que veía desde mi apartamento estudio. Pero escribía de Hongik, zona repleta de restaurantes, nu re bans, bares, centros nocturnos, discotecas, cafeterías, pequeñas tiendas de ropa para jóvenes, teatros, cines: un caos absoluto, trepidante. Durante el verano, algunas veces, caía una fina garúa que el cuerpo agradecía, y mis amigos –Anvar Ali, poeta y cineasta indio, Oliverio Coelho, narrador argentino– y yo entrábamos a cualquier sitio para cenar algo, para esperar que se hiciera un poco más tarde, la hora conveniente para vernos, quizá, con algunos amigos y amigas coreanos que se convertirían en guías durante la noche tumultuosa. Las calles eran una música de voces, cláxones que silenciaban el paso apresurado o calmo de las adolescentes de faldas brevísimas y helados en la boca, de las parejas tímidamente tomadas de la mano, de los turistas que todo lo ven y fotografían, de las mujeres de tacones altísimos y shorts agradecidos en su brevedad.

A veces, mi bar favorito, el Tinpan, se llenaba de gringos y su sonrisa aletargada, indios, pakistaníes, mongoles, uzbekos, árabes, coreanos, vietnamitas, camboyanos y esos dos latinoamericanos –Oliverio y quien esto escribe– perdidos entre tanta mujer con ganas de beber y olvidarse de todo, incluso de sí mismas. Pasaba entonces que mi amigo Anvar se contagiaba del síndrome oriental y tomaba fotos: dos mujeres beben apresuradas de una botella de coñac (clic), un gigantón americano besa a su novia coreana (clic), un gordo baila con la camiseta a media panza (clic), un grupo de lolitas se mueve en sincronía (clic), un indio brinca y su enorme cadena de oro se agita en su cuello (clic), un hombre coreano toca las nalgas de su novia (clic).

Después de que deambulábamos por distintos bares, o nos estacionábamos en el mismo con nuestro trago de Jack Daniel’s en la mano, salíamos a vagar por la zona. Eran largas caminatas en donde el ojo extranjero podía descubrir cualquier cosa. El alcohol desinhibía a los coreanos, tan pudorosos, y entonces veíamos atisbos de todo: parejas que se besaban y acariciaban, gringos vomitando a las salidas de los bares, mujeres cargando a otras mujeres, hombres solitarios dialogando con su sombra también completamente borracha, grupos estridentes, mujeres solitarias de piernas transparentes, mujeres que comían en restaurantes al aire libre y las breves minifaldas se les levantaban pero no importaba el decoro porque en sus ojos el alcohol era el dueño y había ausencia de todo, mujeres que cuidaban las entradas de otros bares, mujeres sentadas afuera de una tienda de ropa, perdidas, y alguien les toma una foto porque están debajo de un letrero que dice SALE, mujeres cantando en nu re bans que en lugar de muro tienen un cristal grueso para que desde la calle se pueda ver lo que sucede en cada uno de los pequeños cuartitos, mujeres con los tacones rotos, mujeres abrazadas de gringos, mujeres que bailan con cadencia o están en otro mundo.

También había otros lugares que resultaban extraños y singulares al extranjero: un bar con más de veinte grados bajo cero. Había que entrar vestidos como esquimales. Grandes abrigos, guantes. Todo era de hielo. Las esculturas, los asientos, los vasos, la barra, las paredes. De una blancura inusitada, que hería. Bebíamos uno tras otro una serie de tragos para que el cuerpo se calentara. Todo era imposible: mis lentes congelados, la sonrisa, los gestos que lanzaba adonde estaba Mina Yu, la coreana bellísima que había vivido en París y extrañaba la calidez del latino. Recuerdo el rostro de asombro de Anvar, el indio de Kerala: nunca había visto nada así. Luego quedaría más sorprendido con su primera nevada meses después.

Recuerdo las caminatas con Mina para buscar un bar de salsa para bailar. Ella quiere aprender. Se llama Boston el sitio. Bailo toda la noche (casi siempre con ella –hay que verla con esos jeans ajustadísimos, la blusa como otra piel, los zapatos de tacón altísimo, su breve cintura y una concentración a prueba de todo para aprender los pasos que le muestro–, o la colombiana de Cartagena, o la tailandesa, o aquella mongola gordita que lanzaba miradas tristes para que alguien bailara con ella) y me sentía como si estuviera en cualquiera de los rumbeaderos de Bogotá, sólo que en Seúl no había mulatas portentosas o cachacas o rulos, sólo coreanos u orientales y algún extranjero despistado que se movía como robot. Y bailé con tailandesas, coreanas, chinas, mongolas, colombianas. Las mujeres que iban con mi grupo de amigos. La sangre llama a mover el cuerpo. La música se trae. Es difícil de explicar que para bailar esto son necesarios los quiebres de cadera, los movimientos de los hombros, la cadencia y el ritmo en las piernas. Lo demostraba muy bien la cartagenera. El local estaba casi vacío. Sólo nosotros y los bailarines que trabajaban en el bar: aprendieron sus pasos en la academia. Son coreografías. Pero me quedo con la imagen de Mina, la niña aplicada, que intenta moverse con cadencia y sensualidad. Cómo decirle que ella no necesita moverse, que así es perfecta. Miro sus dedos desnudos, el tacón enorme, el sudor que cae ligeramente por su rostro. En el Boston está el paraíso, o algo que se le parece.

Hubo muchísimas noches en que se repetían los ritos de ir a vagar y meterse a bares que la intuición pedía. Una madrugada llegó una visión. Pudo ser en Hongik o en Insadong o Itaewon, no recuerdo el barrio, recuerdo la escena: salen de un restaurante dos piernas perfectas, casi sobrenaturales, en una miniminifalda. Más no se puede. La falda, hay que decirle de alguna manera, llega hasta el inicio de las nalgas. Ahí se detiene, no va más allá y ni falta que hace. Necesito respirar. Asoman unos calzoncitos de bolas rojas y blancas. Una total coquetería de esta mujer, de esta jovencita que no pasará los veinte años, creo yo. Dios. Nadie la ve. O hacen como que no la ven, quizá, o ya andan demasiado borrachos los coreanos. La jovencita cruza con su amiga y se sigue de largo. Se detiene por un momento para preguntar algo a uno de los demasiados taxis que buscan cliente por el barrio. Se acerca a la ventanilla, se inclina y soy feliz porque el mundo es perfecto. Como esas dos nalgas, como esas dos piernas.

Vuelvo al presente. Cierro los ojos y ahí está todo: Por la noche, y a través del cristal del taxi, destellan las luces en Seúl. Forman reflejos en el Han. Son ventanas en el agua, fugaces resplandores. Es de madrugada y pasan los edificios. Veo el río vertiginosamente lento. Varios afluentes de otros ríos más pequeños desembocan en él. A través del puente que cruzo, se observan dos esclusas y una pequeña isla en medio. Luces que hieren, luces que se alejan. Reflejos de mi rostro en la ventanilla del taxi. Soy otro el que ve, soy otro quien escribe. En esta esquina del mundo sólo pienso en ella. “O vento sopra nas esquinas”, dice el fado. Empaño el cristal, el río se aleja como me alejo de mí. ~

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