¿Se volverá azul la Pequeña Habana? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Se volverá azul la Pequeña Habana?

 

La vida política del Miami cubano permanece inalterable, al menos en apariencia. La Pequeña Habana todavía es, en parte, la versión Disney de una Cuba desplazada y, en parte, un centro genuino de la comunidad cubana, al que las familias instaladas desde hace ya tiempo en los suburbios regresan para los nostálgicos almuerzos de fin de semana. En el restaurante Versailles, los únicos periódicos disponibles son los de la comunidad, y predican la imposibilidad de una negociación con Castro. Durante casi cuatro décadas, el Versailles ha sido una parada obligatoria para los políticos de Washington que coquetean con la comunidad cubanoestadounidense, una visita que, tal como lo atestiguan las fotografías en el local, a menudo incluye el uso de guayaberas. Este teatro de la intransigencia es ubicuo: se trata de un producto típico de la vida en el sur de Florida, al menos desde la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, cuando los exiliados cubanos intentaron derrocar al nuevo régimen comunista con el apoyo de la CIA. Algunos cubanos estadounidenses advierten esperanzados una cierta flexibilización en las estaciones de radio de lengua española y contenido cubano que hoy dominan el mercado del sur de Florida. Sin embargo, lo que asombra al forastero es la perdurabilidad de la línea dura, ya que se supondría que cincuenta años de incapacidad para influir sobre los acontecimientos en la isla habrían arrojado la conclusión de que esta postura intransigente amerita una reconsideración. La mayor parte de los funcionarios de Florida y, a decir verdad, la mayor parte de los políticos a nivel nacional se sigue llenando la boca con el sueño de una Cuba poscomunista, aun cuando a principios de este año Fidel lograra entregar el poder pacíficamente a su hermano Raúl, lo cual constituye un testimonio –por si acaso lo necesitábamos– de la estabilidad del régimen.

Pero aunque el Miami cubano siga soñando, también comienza, en silencio, vacilante y con dolor, a adaptarse. Tras bambalinas, algo nuevo está sucediendo. Llamémosle la Primavera de Miami, o la Glasnost cubanoestadounidense. Esta comunidad, que durante décadas se aferró a sus propias certezas –sobre la isla, sobre el papel que tendrían los exiliados después de que los hermanos Castro hicieran mutis, sobre la ubicación de los cubanos estadounidenses en el espectro de la política interna de Estados Unidos–, está ahora en ebullición. Y esto resulta importante no sólo por lo que se refiere al destino de la comunidad cubanoestadounidense sino también con respecto a las elecciones de 2008, ya que, pese a las declaraciones off the record de algunos asesores de Barack Obama, es muy probable que Florida sea crucial al momento de decidir si el presidente será Obama o John McCain; y quizás esté en manos del voto cubanoestadounidense –descomunal– determinar qué candidato resultará vencedor en Florida.

En el pasado, tanto los contendientes demócratas como los republicanos trataron de apegarse a las expectativas de la línea dura, pensando que esta tenía un consenso abrumador entre la comunidad cubanoestadounidense. Sin embargo, en fechas recientes Obama se ha apartado de la ortodoxia, criticando aspectos del embargo estadounidense sobre Cuba y declarando que él está listo para iniciar conversaciones con el régimen de la isla. Esto podría verse como una oportunidad de oro para que McCain refuerce su ascendiente sobre el voto cubanoestadounidense, pero las opiniones de Obama parecen tener en el Miami cubano un mayor eco de lo que cualquiera hubiera predicho. Dos candidatos al Congreso del área de Miami –Joe Garcia y Raul Martinez– se sumaron el mes pasado a la lista de conversos en potencia “del rojo al azul” del Comité de Campaña Demócrata por el Congreso [Democratic Congressional Campaign Committee], elevando a 37 el número de asientos que los demócratas esperan quitar a los republicanos a nivel nacional. Por primera vez, el consenso de la línea dura se enfrenta a un desafío. Hoy, en el Miami cubano existe un verdadero debate sobre el embargo y, ante todo, sobre la serie de restricciones adicionales que la administración Bush impuso en 2003 y 2004. Estas restricciones limitaron los viajes para los así llamados intercambios educativos “de sociedad a sociedad”; abolieron la categoría de los viajes pagados (bajo la cual los viajes de y hacia Cuba eran financiados por ciudadanos no estadounidenses, lo que levantaba en Washington sospechas de una maquinación para el lavado de dinero); redujeron las visitas familiares a una vez cada tres años; y limitaron el envío de remesas de cubanos o cubanos estadounidenses residentes en Estados Unidos a los familiares inmediatos –padres, hermanos o hijos– excluyendo así a la familia extendida. Hace una década, en el sur cubano de Florida, el apoyo a tales restricciones y a cualquier otra política de confrontación hubiera sido una certeza, tal como lo era su corolario doméstico: un respaldo confiable a los republicanos tanto en el nivel local como en el nivel nacional. Hoy, y de manera un tanto repentina, ese apoyo incondicional hacia los republicanos ya no puede darse por sentado.

Pero incluso los cambios repentinos tienen raíces, y esto también es cierto en el sur de Florida. Eduardo Padrón, presidente del Miami Dade College y demócrata, me dijo hace poco: “Esta comunidad siempre fue mucho más diversa, políticamente hablando, de lo que se le concedía. Y los cubanos siempre han sido socialmente más liberales de lo que sus hábitos electorales podrían sugerir.” El arquitecto Raúl Rodríguez –a quien acompañé en varias visitas familiares a la isla a principios de la década de 1990 y que durante muchos años ha participado en asuntos civiles al sur de Florida– lo puso en palabras más crudas: “Esta comunidad siempre ha sido caricaturizada.”

Y es que esta comunidad es más dúctil de lo que uno podría suponer. Pese al predominio republicano –reinante desde que el presidente John F. Kennedy fuera considerado traidor a la causa tras el desastre de Bahía de Cochinos–, los demócratas cubanoestadounidenses han logrado ocupar puestos públicos de vez en cuando. César Odio fue administrador designado de la ciudad; por su parte, Alex Penelas fue alcalde del Condado de Miami-Dade durante la controversia de Elián González, cuando la administración Clinton, pasando por alto las feroces (y bipartitas) protestas en Miami, regresó a Cuba a un niño cuyo padre permanecía en la isla y cuya madre trató de llevarlo consigo a Florida, en una lancha hechiza, y se ahogó en el viaje. Pero mientras que Odio y Penelas fueron impecablemente liberales en asuntos domésticos, su actitud hacia el régimen de Castro fue tan agresiva como las de sus rivales republicanos. Penelas tuvo un papel protagónico en el intento por mantener a Elián en Miami, mientras que Odio fue un asesor político clave de Jorge Mas Canosa. El comité de acción política de Mas Canosa, la Fundación Nacional Cubano Americana (CANF, por sus siglas en inglés), tuvo una gran influencia sobre Washington durante las décadas de 1980 y 1990, casi a la par de la Asociación Americana de Personas Retiradas o del Comité de Asuntos Públicos de Estados Unidos e Israel.

Hasta la muerte de Mas Canosa en 1997, “la Fundación” (como se le conoce casi universalmente en Miami) podía describirse legítimamente como la autoridad en el exilio de la comunidad cubana y, como siempre fue difícil separar al hombre de la institución, Mas Canosa era la persona a la que los gobiernos tanto republicanos como demócratas acudían para obtener el sello de aprobación en todos los temas relacionados con políticas hacia Cuba. En el nivel nacional, Mas Canosa, como los votantes que implicaba, era –qué duda cabe– decididamente republicano, aun cuando apoyaba a los demócratas y era capaz de trabajar con ellos en problemas locales. El portavoz del Parlamento de Florida, Marco Rubio, es republicano, lo mismo que los tres principales representantes de Florida ante el Congreso –Ileana Ros-Lehtinen, Lincoln Diaz-Balart y su hermano Mario Diaz-Balart– y también uno de los dos senadores de Florida: Mel Martinez. Sólo el operador político demócrata más optimista se atrevería a afirmar que el sur cubano de Florida es capaz de quitar a John McCain del camino de Barack Obama con un entusiasmo mayor al que expresó por John Kerry o Al Gore cuando el contrincante era George W. Bush. Es muy probable que el senador McCain representara a la opinión mayoritaria cubana de Miami cuando, en un discurso pronunciado ahí en mayo, insistió en que suavizar las restricciones a los viajes o los límites de las remesas “enviaría la peor señal posible a los dictadores de Cuba: que no hay necesidad de emprender reformas fundamentales; que simplemente pueden aguardar un cambio unilateral de la política de Estados Unidos”.

Sin embargo, que Obama decidiera tomar el toro por los cuernos y propusiera abiertamente una interpretación menos absolutista del embargo de Washington, que lo hiciera en un discurso pronunciado ante un público cubanoestadounidense en Miami, y que, además, fuera recibido calurosamente en la Fundación por el hijo de Jorge Mas Canosa, resulta emblemático: el hecho es que la moneda del voto cubanoamericano está en el aire, incluso si se trata de eso que en la política del exilio se conoce como “el tema”, es decir, el exilio y el futuro de Cuba. Como dijo Obama en una comida que la Fundación organizara en su honor: “Sé que para los políticos estadounidenses las cosas son fáciles. Cada cuatro años vienen a Miami, dicen palabras combativas, regresan a Washington y, en Cuba, nada cambia.” Refiriéndose directamente a los votantes cubanoestadounidenses que se oponen a las restricciones sobre los viajes y las remesas, el senador dijo que ya es “tiempo de permitir que el dinero cubanoestadounidense conceda a las familias una menor dependencia respecto del régimen de Castro”.

De haber pretendido influir realmente sobre el voto cubanoestadounidense, el discurso de Obama hubiera sido cuestionable. Cuando Hillary Clinton estaba todavía en la contienda actuó con mucha más prudencia, aunque off the record sus auxiliares expresaran opiniones no muy alejadas de aquellas sostenidas por los liberales cubanos estadounidenses y de las que Obama hacía eco. Pese a todo, el virtual candidato demócrata pensó que valía la pena pronunciar ese discurso en una comunidad donde es objeto de gran desconfianza y hostilidad, y en un estado donde las encuestas no lo sitúan muy cómodamente respecto del senador McCain: se trata, pues, de un ejemplo del cambio que hoy experimenta la comunidad cubanoestadounidense. ~

Traducción de Marianela Santoveña