Se non è vero, è ben trovato

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1Desde la guerra de 1846-1848 entre México y Estados Unidos, de la que sobreviven unos cuantos daguerrotipos maltrechos, ningún conflicto bélico ha quedado fuera del alcance de por lo menos una cámara fotográfica rudimentaria (cuando no de cientos, como ocurrió a partir de la invención de la cámara portátil). Piénsese que sólo en las primeras tres décadas del siglo XX tuvieron lugar más de ochenta contiendas armadas a lo largo y ancho del mundo; la colección de fotografías que, por consiguiente, había logrado acumularse hacia el inicio de la Guerra Civil española no era en absoluto modesta: todas las imágenes que permitían hacerse una idea medianamente clara de la guerra y sus efectos se habían difundido ya. Todas, sí, menos una: la del soldado no caído: cayendo. La fotografía que Robert Capa tomó el 5 de septiembre de 1936 era la imagen que nadie había visto, la que faltaba: en una loma cubierta de pasto, vemos a un hombre joven, vestido de civil, a punto de caer de espaldas, muerto, sobre su propia sombra; el rifle todavía en la mano.

“Si tus fotos no son lo bastante buenas, es que no estás lo bastante cerca”, solía decir Capa. La proximidad, y desde luego la osadía, como categorías estéticas. Sin duda: esta fotografía es realmente pavorosa porque nos pone exactamente ahí: a unos centímetros de la muerte. O eso parecía. En 1975 el periodista Phillip Knightley cuestionó por primera vez, en su libro La primera baja, la autenticidad de la imagen, con el argumento, más bien dudoso, de que el soldado, de haber estado realmente muriendo, habría soltado el fusil (como si hubiera una sola manera de morir). Desde entonces ha llovido toda clase de especulaciones, muchas de ellas elaboradas a partir del hecho, en efecto, curioso, de que ese mismo día Capa tomó una serie de fotografías de los milicianos (entre ellos, el que después sería abatido) escenificando distintos momentos de una batalla (a decir de Capa: “Todos hacíamos el tonto. Estábamos de buen humor […] Bajaron corriendo la ladera y yo también eché a correr. […] de pronto todo era real”). Hace unos meses, sin embargo, José Manuel Susperregui, profesor de la Universidad del País Vasco, apareció con la que parece ser la prueba –topográfica– irrefutable de que la imagen no pertenece al lugar (Cerro Muriano) ni al momento (el de la emboscada por parte de las fuerzas del general Varela a las tropas republicanas que defendían el Valle del Guadiato) en que se supone que sucedió la escena; lo cual, cabe decir, no necesariamente convierte al soldado en un actor (que la fotografía haya sido tomada en otro lugar no implica que lo que ahí está teniendo lugar sea también una farsa); pero sí pone al fotógrafo en una posición, digamos, incómoda.

Los defensores de Capa han intentado salvarlo por la vía de la compasión: finalmente, no hablamos del mejor fotógrafo de guerra del mundo: en ese momento, Capa, o Ernest Andrei Friedmann, si se prefiere, es sólo un joven de veintitrés años con una Leica al hombro y unas ganas locas de conseguir la foto de la Guerra Civil española (después vendría la Segunda Guerra Mundial –de donde proviene su célebre recuento del desembarco de Normandía– y Vietnam –donde murió, en 1954, al pisar una mina). Pero, en realidad, la única defensa posible es que la fotografía es brutalmente buena. Y no sólo eso; es, como diría Borges,2 sustancialmente cierta. Por supuesto, la diferencia entre un hombre que se está muriendo y otro que no, en absoluto es menor. Y también es cierto que al fotoperiodismo lo rige sobre todo un impulso histórico de mostrar los hechos tal y como son; pero quién podría negar que en la labor del fotógrafo de guerra anida también un propósito político, en el sentido amplio que le daba Orwell (ligado al deseo de empujar el mundo en una cierta dirección). El propio Orwell, como lo definió su biógrafo Jeffrey Meyers, era bastante dado a presentar “una versión exacerbada de la realidad cuando quería conseguir un efecto dramático”. En una de sus “Cartas de Londres”,3 por ejemplo, denunció que las rejas de los parques de los barrios pobres de la ciudad estaban siendo usadas como chatarra, mientras que las de los barrios ricos permanecían, naturalmente, intactas. Cuando alguien le preguntó por el origen de tal falsedad, Orwell se limitó a decir, como Borges, que no tenía ninguna importancia, pues el hecho “era esencialmente verdadero”. Así la fotografía de Capa. No hay duda de que aquel miliciano, que, se supo años más tarde, respondía al nombre de Federico Borrell García (aunque sus amigos lo conocían como “Taino”), murió ese 5 de septiembre. Consta en las actas. Cómo ocurrieron exactamente las cosas, quizá nunca lo sabremos. Tal vez el miliciano actuó su muerte unas horas antes de realmente encontrarla. Como haya sido, en esencia, lo que vemos es verdad. ~

 

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1. Proverbio italiano que podría traducirse como “si no es verdad, por lo menos está bien inventado”.

2. En su relato “Emma Zunz”.

3. Cuenta Louis Menand en un maravilloso artículo sobre el autor publicado en The New Yorker, en enero de 2003.

 

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(ciudad de México, 1973) es crítica de arte.


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