Rubén Darío y la novela | Letras Libres
artículo no publicado

Rubén Darío y la novela

Por temperamento y circunstancias de producción Rubén Darío (1867-1916) fue lo que en su época llamaban un “fragmentario”, un autor de textos breves y escritos de un solo impulso. Jamás tuvo la posibilidad de darse al trabajo continuo y sistemático que exige la novela. El siglo XX lo encontró en la incómoda posición de lo que hoy llamamos una celebridad literaria. A ellas se les puede aplicar lo que dijo de los generales el duque de Wellington: “Lo único peor que el éxito es el fracaso.” Rodeado por solicitantes de versos de álbum, discursos y prólogos, Darío milagrosamente se dio tiempo para escribir, a menudo en bares y restaurantes, los poemas de su mejor libro, Cantos de vida y esperanza. Lo que no tuvo fue la oportunidad de sentarse a redactar o a terminar una novela.

De noviembre de 1906 a marzo de 1907 estuvo en Mallorca a fin de procurarse la paz y la recuperación física y moral. Fueron meses excepcionales para su poesía. En ellos escribió “Epístola a la señora de Lugones”, “Eheu”, “Romance a Remy de Gourmont” y “Canción de los pinos”. También cumplió con La Nación de Buenos Aires, su principal fuente de ingresos desde 1889 hasta 1915. Envió como crónicas unas divagaciones, En la isla de oro, novela iniciada y abandonada en 1913-14, que fue su testamento y despedida.

Allí encontró Darío el sol, el oro y el azul que lo obsesionaron siempre, y se reunió con sus amigos Gabriel Alomar y Santiago Rusiñol, el pintor de los jardines de España. El ausente de Mallorca fue el cisne, porque el animal totémico de la isla es el inteligentísimo, despreciado y superexplotado cerdo. En realidad el tema intertextual o palimpséstico de estos fragmentos es el libro de George Sand (1804-1876) Un invierno en Mallorca y el conflicto entre arte y vida. Darío inicia su ofensiva contra las mujeres intelectuales o artistas que llegará a su más irritante paroxismo en la novela fallida de que estas páginas son el borrador, un borrador en que las digresiones devoran la tenue materia narrativa y las citas se incrustan para llenar espacios.

Mentira autobiográfica y verdad novelesca

La vida de Rubén Darío contada por él mismo es el peor de sus libros. Lo dictó en pocos días para cobrar lo ofrecido por la revista bonaerense Caras y Caretas. La presencia de una estenógrafa y un taquígrafo acabaron de inhibirlo y frustrarlo. Quizá para reponerse del fracaso Darío recurrió a la distancia relativa de un personaje ficticio y transparente: el músico Benjamín Itaspes. El pseudónimo en casi un anagrama. Anderson Imbert lo ha leído así: Benjamín es el hijo menor de Jacob, mientras que el primogénito es Rubén. Itaspes es el padre del rey Darío el Grande y es también la esperanza deshecha: Ita spe. A esta lectura puede añadirse que lo más singular es la elección del apellido: el nombre del padre sustituye el nombre de Darío, el apellido que él no llevó, el padre con quien apenas tuvo contacto.

Si en 1907 las páginas mallorquinas terminaban con dos notas interesantes: el miedo a la muerte y el temor al infierno y, por otra parte, la visión del modernismo como el canto culpable a los dioses vencidos por la victoria cristiana, El oro de Mallorca –escrita a fines de 1913, publicada por La Nación a comienzos de 1914, al borde del abismo que devorará a Darío y al mundo que lo hizo posible, y desenterrada por Allen W. Phillips en 1967– se inicia con pasajes descriptivos de la mejor prosa que escribió su autor. Muestran que Darío no estaba acabado como él mismo creía en ese momento.

Benjamín Itaspes constituye el más profundo autorretrato que nos dejó su autor. Esfuerzo descarnado de introspección y autocrítica, concluye en el reconocimiento de que sin sus errores y sus defectos Darío no sería el mismo ni habría escrito lo que escribió. El oro de Mallorca es también un balance del modernismo como un movimiento que solo pudo darse dentro del mundo católico y una aclaración de que el “vulgo” al que despreciaron estos poetas no es el pueblo sino el sector que Karl Marx y Matthew Arnold despreciaron como el “filisteo” y hoy podríamos llamar vulgués.

Muerte y resurrección de Rubén Darío

La parte abominable de El oro de Mallorca es el discurso antifemenino. Su estúpida virulencia se equilibra con todos los elogios a la mujer que hay en la poesía de Darío y vivirán mientras exista la lengua española. Dice Itaspes: “La mujer es la peor de nuestras desventuras.” Una mujer intelectual o artista como George Sand es “un monstruo, un caso teratológico”. Pero aunque sea inculta es siempre “una rémora, un elemento enemigo y hostil para el hombre de pensamiento y meditación, para el artista”.

Como había ocurrido siete años antes, las divagaciones arrastran hasta anular lo que pudo haber sido materia narrativa. El oro de Mallorca es la venganza de Darío contra Rosario Murillo, en cuyos brazos morirá sin embargo y que preside toda su obra narrativa, desde “Palomas blancas y garzas morenas” hasta esta fracasada novela. No menos repugnante es su adhesión al antisemitismo dirigido contra los chuetas, los judíos mallorquinos en estas páginas; en otro cuento de estos años, “Gerifaltes de Israel”, contra los judíos en general.

Algunos suponen que Darío terminó El oro de Mallorca y el manuscrito quedó en poder de la señora Murillo. Doña Rosario comprensiblemente se negó a publicar esta injustísima diatriba en contra suya. En 1950 se anunció que había entregado el libro completo a Rafael Heliodoro Valle. Lo más probable es que el último capítulo sea el aparecido en La Nación el 13 de marzo de 1914: si Darío hubiese escrito algunas páginas más en modo alguno se hubiera rehusado a enviarlas como crónicas semanales al periódico de Buenos Aires. Igualmente Valle, otro periodista que vivía de su artículo diario, no se hubiese dado el lujo de mantener inédito un manuscrito que importaba por ser de Darío.

Para concluir, toda nuestra admiración por Rubén Darío no puede llevarnos a discrepar del juicio de que fracasó como novelista. Pero no es menos cierto que en esos fragmentos ensayó procedimientos que le sirvieron para triunfar en otros géneros. Si Darío no hubiera sido Darío tampoco existirían las grandes novelas y los grandes cuentos hispanoamericanos de hoy. El éxito novelístico de Darío está en los libros de sus sucesores. Aquí también es irremplazable y cada vez más valioso. ~

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Una versión extendida de este artículo apareció en Proceso el 13 de febrero de 1989.