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Ritos sangrientos

Generaciones de alumnos franceses han aprendido que la historia de su país empezaba con “nuestros antepasados los galos”, un pueblo simpático que resistió a la invasión romana. Por desgracia hay indicios de que los galos practicaban el sacrificio humano y la leyenda oficial hizo lo posible para guardar silencio sobre este hecho. Los sacrificios humanos pertenecieron también a la tradición de varios otros pueblos del viejo mundo –los griegos (con el sacrificio de Ifigenia) y los hebreos (con el de Isaac). De hecho, el sacrificio, humano y animal, es un asunto general de tipo “antropológico”, ya que remite a la naturaleza de las sociedades humanas y, como tal, es uno de los objetos de reflexión de las ciencias sociales.

Es a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando la antropología de la religión empezó a elaborar definiciones del “sacrificio”. Según una de las más conocidas, producida justo antes de 1900, el sacrificio es una oblación cuya materia es destruida; incluye la participación de tres actores: la víctima, la deidad a la cual se destina la ofrenda y el sacrificante que intenta recibir beneficios mediante este acto.

Desde aquella fecha los investigadores han elaborado nuevas propuestas y, entre ellas, una categoría de análisis más amplia que la de “sacrificio”: la categoría de los “ritos sangrientos”. En efecto, consideremos por ejemplo una corrida de toros: no se trata de un sacrificio en su sentido clásico, pues la víctima no es ofrecida a un dios con el fin de conseguir beneficios. Y, sin embargo, la corrida pone en escena la muerte ritualizada de un animal en un lugar especial (la arena) y según un protocolo preciso: se puede analizar como un rito sangriento.

Esta categoría será de mucha utilidad para referirnos a las prácticas del pueblo azteca, que ocupaba el centro de México en el momento de la conquista española. Mucho ha sido escrito sobre los sacrificios humanos realizados por los aztecas. Sin embargo para empezar a explicar la razón de esa práctica es necesario dejar de considerarla como un acto en sí, aislado de los rituales que la encerraban y le otorgaban sentido. La categoría de los “ritos sangrientos” permite considerar prácticas de varias índoles, y buscar en su interrelación algunas pistas permitiendo entender algo de la religión azteca.

Los aztecas practicaron tres clases de ritos sangrientos relacionados con la persona humana: el “autosacrificio” o efusiones de sangre, la guerra con sus rituales asociados, y los sacrificios agrarios. Los aztecas no consideraron de ninguna manera el sacrificio humano como una categoría ritual específica, al contrario de lo que hicieron los cronistas europeos al describir su religión. Sus ceremonias empezaban por el autosacrificio y proseguían con la guerra, y es necesario considerar estos procesos rituales en su totalidad.

 

1. El autosacrificio

Como primer acto, cualquier ritual iniciaba con una penitencia que asociaba varias clases de mortificaciones: el ayuno, la abstinencia sexual, la reclusión, la vigilia y las efusiones de sangre.

El ayuno consistía en abstenerse de ciertos alimentos y comer únicamente y en poca cantidad platillos especialmente elaborados para la ocasión. La abstinencia sexual era la regla y el penitente era a menudo encerrado y vigilado. Él procuraba no dormir más que algunas horas en la noche o una de dos noches. La toma de tabaco, fumado o tragado crudo mezclado con cal, acompañaba esas mortificaciones.

Además, el penitente practicaba autosacrificios sangrientos. Horadaba la piel de varias partes de su cuerpo –brazos, piernas, orejas, párpados, lengua y pene– con la ayuda de instrumentos puntiagudos –espinas de maguey, punzones de hueso o sangraderas de pedernal. Hacía brotar la sangre para untar con ella varias tiras de papel o introducía cañas o cuerdas a través de su carne. Las espinas de maguey ensangrentadas eran presentadas sobre ramas de pino llamadas acxóyatl o clavadas en unas bolas de heno (zacatapayolli), de las cuales los arqueólogos han encontrado grabados y vestigios. La dureza de la penitencia dependía del lugar de la escarificación y del número y tamaño de los objetos introducidos. Un fuego alumbrado especialmente para la ocasión debía arder durante la totalidad del periodo de penitencia.

Dichas penitencias precedían cualquier ritual de importancia. El rey de los aztecas aguantaba unas mortificaciones penosas al inicio de las ceremonias de su instalación en el poder. Luego, durante todo su reino, reiteraba muy a menudo las penitencias, en compañía de los guerreros y los sacerdotes, antes de salir a la guerra, en caso de desastre y hambruna y al principio de las principales fiestas anuales. La gente común también practicaba ayunos y abstinencia en varias ocasiones, en particular durante los ochenta días que precedían la fiesta de Panquetzaliztli para conmemorar el nacimiento de su dios Huitzilopochtli.

Las efusiones de sangre fueron una práctica común en Mesoamérica, desde los olmecas cuando menos, y los arqueólogos han encontrado en el sitio de La Venta varios aguijones de raya que tenían este uso. Entre los mayas, instrumentos de origen marino como los aguijones de raya y las dientes de tiburón fueron encontrados al lado de sangraderas de pedernal y obsidiana. Así durante más de dos mil años el hombre mesoamericano no ha dejado de automutilarse.

El autosacrificio era una práctica dura pero no llegaba nunca al punto de provocar la muerte del penitente. Por eso, puede uno preguntarse: ¿por qué hablar aquí de autosacrificio y qué tiene que ver con el sacrificio humano? Aunque todavía no entendemos muy bien la razón de este hecho, tenemos que reconocer que los rituales con muertes humanas no se realizaban nunca sin que el sacrificante o maestro de ceremonia hubiera sufrido previamente esas mortificaciones. Un cronista (Muñoz Camargo en su Historia de Tlaxcala) explica que los hombres ofrecían al dios todo lo que podían de su sangre y su dolor “y al cabo le ofrecían el corazón por lo mejor de su cuerpo, que no tenían otra cosa que ledar, prometiendo darle tantos corazones de hombres y de niños para aplacar la ira de sus dioses, o para alcanzar y conseguir otras pretensiones que deseaban”. Pero este corazón ofrecido ya no era suyo sino el de una víctima de sustitución. Esas líneas permiten conjeturar que en cierta medida el sacrificio humano pudo haber sido la prolongación lógica del autosacrificio: al ofrecer sus propios sufrimiento y sangre para conseguir una meta, el penitente se paraba antes de provocar su muerte efectiva y sustituía su corazón por el de su víctima.

 

2. Los rituales guerreros

Entre los aztecas la guerra representaba una actividad totalmente ritualizada. Como es regla, empezaba por la penitencia de los guerreros, sus mujeres y los sacerdotes. Mientras las mujeres presentaban ofrendas a los huesos de los enemigos matados en una expedición anterior, en el campo de batalla los sacerdotes prendían un fuego justo antes de que los guerreros se lanzaran a cautivar a sus enemigos. Los primeros prisioneros eran matados en seguida por escisión del corazón, mientras los siguientes eran llevados a Tenochtitlán. Para recibirlos, el rey y los guerreros se sangraban.

Los enemigos cautivos eran matados durante la fiesta de Tlacaxipehualiztli (la desolladura de hombres), correspondiente a nuestro mes de marzo, mediante tres suplicios.

El primero consistía en el arrancamiento del corazón, asociado con la desolladura. En primer lugar el sacerdote arrancaba el corazón del cautivo en la cumbre de la pirámide, sobre la piedra sacrificial llamada téchcatl. A continuación colocaba el corazón en un recipiente llamado cuauhxicalli (la vasija de las águilas) y arrojaba el cuerpo debajo de las escaleras, donde otros sacerdotes lo recogían y lo desollaban. Los restos del cuerpo eran repartidos por el guerrero triunfador entre sus parientes y comido. Mientras tanto iniciaban los rituales en honor a la piel del difunto. Llamada xipe, esa piel daba su nombre al dios patrón de la fiesta –Xipe Tótec–; unos hombres la revestían y la guardaban puesta durante veinte días.

El segundo suplicio era un combate simulado, al cual los españoles dieron el nombre de “sacrificio gladiatorio”. Uno por uno, cada cautivo era amarrado a una gran piedra redonda llamada temalácatl, situada al pie de las pirámides. Armado con espadas falsas, peleaba contra los guerreros armados de verdaderas espadas. Ya matada la víctima, un sacerdote extraía su corazón, mientras el cautivador llevaba su cuerpo.

Algunas ciudades del altiplano practicaban un tercer suplicio. Los cautivos, atados a una clase de espaldera, eran flechados por la multitud de guerreros que los rodeaban.

El cautivador guardaba los huesos de la cabeza y de los miembros de sus víctimas. Conservados en su domicilio, los huesos, vestidos y cubiertos con una máscara, eran llamados maltéotl (“dios cautivo”) y se les rendía un culto en tiempo de guerra. A su muerte los grandes guerreros eran incinerados junto con los huesos de sus cautivos. Además, en el centro de cada ciudad del altiplano se erguía un tzompantli (“hilera de cabezas”), es decir, una plataforma de piedra cubierta con un conjunto de postes que atravesaban los cráneos de las víctimas. Según varios textos contemporáneos de la conquista, el recinto sagrado de Tenochtitlán poseía ocho tzompantlis, no descubiertos aún por los arqueólogos. En cambio, las excavaciones han puesto a luz el tzompantli de Tlatelolco (de donde provienen 179 cráneos) y el de Zultépec en el estado de Tlaxcala.

Este complejo guerrero reúne ritos sangrientos que no remiten a la definición estricta del sacrificio: si bien existía un sacrificante (el cautivador) y una víctima (el cautivo), no existía de manera clara un dios que recibiera la ofrenda. Es más fácil entender los elementos de este complejo al compararlos con los rituales de cacería.

En efecto, los rituales guerreros remitían a la cacería practicada por los ancestros nómadas de los aztecas llamados chichimecas.

La guerra azteca era una clase de cacería humana. Capturar el animal vivo para arrancarle después el corazón y la piel eran prácticas corrientes del cazador, así como el flechamiento de la presa. Además, los cazadores acostumbraban conservar los huesos de las presas y colocarlos en las cuevas o los árboles, del mismo modo que el guerrero guardaba los huesos de sus enemigos.

Por otra parte, varios pueblos amerindios de América del Sur practicaron rituales semejantes relacionados con la guerra: desolladura, escisión del corazón, flechamiento, canibalismo ritual, preservación de trofeos de cabezas humanas y sacrificio de prisioneros valientes son comunes en el área mesoamericana, en los Andes y entre grupos de indios caribes en Venezuela y Colombia.

 

3. Los sacrificios agrarios

Al contrario de los ritos sangrientos guerreros, la muerte de víctimas humanas en el contexto de las ceremonias agrícolas responde estrechamente a la definición clásica del sacrificio, con un sacrificante (el campesino), una víctima (hombre, mujer o niño) y una deidad (dioses y diosas de la fertilidad y de la agricultura). La víctima representaba la deidad; vestida como ella, era sacrificada antes de ser, según los casos, enterrada o consumida por los actores rituales.

Las ceremonias se dirigían a los fenómenos naturales involucrados en la agricultura y representados como deidades –del agua, del maíz y del sol–, y seguían los meses del calendario anual. Así, en junio se sacrificaba a un joven adulto en honor a Tláloc, dios de la lluvia, y a una muchacha en honor a las aguas de la laguna. Más tarde, inmolaban a unas mujeres que representaban la mazorca en varias etapas de su maduración, y a unos hombres que encarnaban los dioses solares Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Las modalidades de esas muertes correspondían al simbolismo buscado. Por ejemplo, las representantes de los dioses del maíz eran desolladas de su piel como la mazorca suele ser desollada de sus hojas o espatas, mientras las encarnaciones de las diosas acuáticas eran degolladas para que la sangre brotara como el agua del manantial.

La vida cotidiana de los aztecas seguía los ritmos de estas ceremonias complejas marcadas por el autosacrificio y el sacrificio. Aunque incompletas, es posible dar unas pistas para entender la razón de estos actos.

 

4. La antropomorfización de las potencias naturales

Todo el edificio ritual se basaba en la representación antropomorfa de las deidades. Las potencias naturales eran deificadas y representadas bajo una forma humana.

Se suponía que la lluvia provenía de los cerros, designados como el dios Tláloc e imaginados con un cuerpo humano. El agua de los manantiales y los ríos era representada por su mujer o su hermana, Chalchihuitlicue, “la de la falda de jade”. El agua salada del mar pertenecía a la diosa Huixtocíhuatl. El maíz era tanto un dios joven (Cintéotl) como varias diosas (Xilonen o Chicomecóatl) según la etapa cultural considerada. La tierra era una deidad principalmente femenina; el fuego, un dios viejo. El sol era visto como un dios guerrero.

La antropomorfización permitía figurar a los dioses bajo la forma de hombres y mujeres, vestidos de los ornamentos propios de la deidad: la “imagen” divina (ixiptla) era la persona humana que encarnaba la persona divina durante el tiempo de la ceremonia. De esa manera, los rituales eran obras de teatro representadas por y para los dioses.

 

5. La representación de los mitos

A cada deidad correspondía algún mito de creación. Para escenificar estos episodios, los miembros de la nobleza azteca –rey, guerreros y sacerdotes– llevaban unos suntuosos vestidos de plumas que los volvían semejantes a los dioses. En un paisaje lleno de resonancias sagradas, ellos representaban teatralmente los tiempos míticos.

Así, durante la fiesta anual de Panquetzaliztli se conmemoraba el nacimiento del dios solar Huitzilopochtli, quien, al surgir en el mundo, venció las estrellas –sus tíos los cuatrocientos huitznahuas– en el Cerro de las Serpientes, Coatepec. En la pirámide de Huitzilopochtli en el Templo Mayor de México, hoy situado en el centro de la ciudad de México, a un lado del Zócalo, se representaba este cerro. El rey de Tenochtitlán se vestía como Huitzilopochtli, el dios solar y tribal y guerrero vencedor, para encarnarlo. Los guerreros sacrificados representaban los cuatrocientos huitznahuas y la ceremonia entera figuraba la masacre primordial relatada por el mito.

 

6. La reciprocidad

Al mismo tiempo, los actos rituales tenían otros sentidos. En una sociedad basada en la agricultura, el hombre azteca estaba convencido de que, al comer la mazorca, destruía la planta antropomorfa y agotaba las potencias naturales que intervenían en su formación –el sol, la tierra, el agua. ¿Cómo podían ser pagados los costos de su actividad devastadora? La respuesta se encontraba en la penitencia y el sacrificio humano. Mediante una clase de tratado cósmico, por un acto mágico de reciprocidad, el hombre entregaba su dolor y su cuerpo a las deidades que encarnaban los fenómenos naturales para conseguir agua, lluvia y crecimiento de las plantas.

Dos palabras en náhuatl calificaban las etapas de la relación recíproca entre el hombre y las potencias naturales: macehua, “conseguir”, e ixtlahua, “pagar”.

El verbo macehua designaba todas las prácticas de penitencia, incluyendo la vigilia, la abstinencia sexual y las efusiones de sangre. Los misioneros españoles lo tradujeron por “merecer”. Al sufrir en su cuerpo, al demostrar a los dioses su estado de “huérfano” desprovisto de todo, los aztecas “merecían” el don de subsistencia y vida por parte de los dioses. En efecto, estos se parecían al hombre no sólo por el cuerpo sino por su psiquismo, por lo cual se pensaba que eran capaces de tener compasión y piedad.

El término nextlahualli, “pago”, del verbo ixtlahua, “pagar”, designaba propiamente el sacrificio humano. Las teorías antropológicas hacen del principio de sustitución uno de los rasgos estrechamente vinculados al sacrificio: en varias sociedades el animal sustituye al hombre, como en el sacrificio hebreo de Isaac, sustituido por un borrego. En la sociedad azteca el hombre pagaba su subsistencia a los dioses no con su propio cuerpo sino con el cuerpo de otro hombre. La guerra era la forma prioritaria de obtener estos cuerpos humanos.

Para ser efectiva, la sustitución exigía la asimilación del guerrero con su prisionero. Las ceremonias de Tlacaxipehualiztli, fiesta de la desolladura de los hombres, buscaban crear una equivalencia entre el cautivador y el cautivo. El guerrero vencedor se vestía de yeso y plumas como su prisionero, y su familia lo lloraba como si fuera él la víctima. Y cuando la carne del sacrificado era ya preparada para ser consumida, el guerrero vencedor no la comía pues decía que era imposible que comiera su propia carne.

El juego de sustitución autorizado por la guerra permitía que los guerreros pagaran su deuda al sol con la muerte de los cautivos. En los sacrificios agrarios el pago se hacía mediante la muerte de un hombre, una mujer o un niño que pertenecían a la familia del sacrificante o había sido comprado como esclavo. La víctima representaba a la vez el sacrificante y la deidad. Como esta era alterada por el consumo humano, la muerte de su “imagen” personificada por una persona humana representaba una clase de compensación inmediata a cambio de su destrucción.

 

7. ¿A qué escala fue practicado el sacrificio humano?

De la presencia del sacrificio humano entre los aztecas existen pruebas arqueológicas (en particular proporcionadas por las excavaciones en el Templo Mayor de México y Tlatelolco) y pruebas antropológicas, pues el sacrificio se encontraba en el meollo de los ritos, de los mitos y en el centro de la arquitectura urbana. Allende esas certidumbres, quedan incógnitas. En particular, si bien disponemos de pruebas de la existencia del sacrificio, es problemático saber a qué escala fue practicado. Los textos del siglo XVI mencionan cantidades de sacrificados y de cráneos conservados en los tzompantlis, pero deben ser analizados con prudencia. Así, por ejemplo, un documento pictográfico, el Códice Telleriano-Remensis, ofrece el dibujo de las ceremonias realizadas en el año 1487 para festejar la instalación en el poder del rey Ahuízotl, dando estas cantidades de guerreros sacrificados: dos veces 8,000 (16,000), más diez por cuatrocientos (4,000). Si creemos este documento, fueron 20,000 víctimas humanas sacrificadas en esta ocasión. Sin embargo, sabemos que este sacrificio figuraba la masacre mítica de los cuatrocientos huitznahuas por Huitzilopochtli, lo que explica que las víctimas hayan sido numeradas por múltiplos de cuatrocientos. Por lo tanto, es posible que el escribano haya querido expresar un número considerable compuesto de varias veces cuatrocientos huitznahuas llegando a una cifra quizá más simbólica que real. Ningún argumento nos puede llevar a tomar esa cifra al pie de la letra. Del mismo modo, varias crónicas españolas mencionan la cantidad de cráneos conservados en los tzompantlis de las ciudades del centro de México. El conquistador Andrés de Tapia habla de 136,000 cráneos, mientras el franciscano Motolinía cuenta entre quinientos y mil de ellos. Pero, hasta la fecha, los arqueólogos han descubierto un número mucho menor de cráneos en el tzompantli de Tlatelolco.

Es muy posible que los europeos, fascinados por los sacrificios humanos, hayan exagerado sus proporciones, del mismo modo que prestaban a ellos mayor atención que a los otros ritos. Pero, de manera general, los rituales sangrientos, comprendiendo tanto la penitencia y el autosacrificio como las muertes rituales de los animales y de los hombres, representaron sin duda un principio rector en la sociedad azteca, y más ampliamente en el área mesoamericana durante más de dos mil años. ~