Richard Avedon: Un retrato preciso (que no verdadero) | Letras Libres
artículo no publicado

Richard Avedon: Un retrato preciso (que no verdadero)

Se llama Richard. Es fotógrafo. Trabaja para una revista de modas neoyorquina —acaso la más celebrada del orbe— bajo el mando de una editora tan legendaria como temida. Fotografía modelos bellísimas pero no se lía con ellas (es un caballero) hasta que un día se topa con una que le resulta excepcional y lo inevitable sucede. Ella no es sino una Galatea a palos (una fair lady sólo en potencia), más interesada por la obra de Jean-Paul Sartre que por la de Jean Patou y, además, inconsciente de su propia belleza. Él, en cambio, se asume entusiasta Pigmalión. La enseña a peinarse y a maquillarse, a vestir y a caminar, a seducir al mundo con el matrimonio bien avenido de dos espontaneidades: la de la sonrisa de ella y la de la lente de él. Tras una serie de fotografías memorables en locaciones exóticas (es él el primero en sacar la gráfica de moda de los artificiosos confines del estudio) y algunas aventuras absurdas, se casan y son felices. The End.

Si la historia suena a cuento de hadas hollywoodense es porque, en gran medida, lo es. Richard se llama el fotógrafo, sí, pero no se apellida Avedon sino apenas Avery. Y, desde luego, Richard Avery —o Dick Avery, como se obstina en diminutivizarlo la cinta, acaso para ocultar a quien es su fuente de inspiración— no existe, a no ser en un guión de cine firmado por Leonard Gershe y en una interpretación etérea, soberbia, de Fred Astaire, reclutado para la ocasión por el director Stanley Donen. Tampoco existe Jo, a quien Audrey Hepburn ha prestado su apolínea figura y su Funny Face (tal es el título de la película), pero sí una chica llamada Doe, homófona sin ser homónima, modelo contra su voluntad también, también descubierta por el fotógrafo que habría de devenir a la postre su marido.
     La génesis de Funny Face (1957) es conocida. Cercano a los Avedon, el guionista Gershe admiraba el talento de su amigo, la belleza de su amiga, la ambigüedad de ésta con respecto a su profesión, el feliz matrimonio de ambos fraguado a la luz de las candilejas de la pasarela. Tomando como base su historia, escribió el guión de una potencial comedia musical y muchos años después se lo vendió al productor Roger Edens, quien lo puso en manos de Donen. Cosa curiosa, sin embargo, es que no termine ahí el involucramiento de Avedon con la cinta: si bien la modelo no era ya su pareja desde 1949, el fotógrafo se sumó al proyecto en tanto asesor visual y, en tal capacidad, diseñó una memorable secuencia de créditos a partir de imágenes fijas de Audrey Hepburn y otras modelos, creó una de las secuencias visualmente más ricas de la historia fílmica para el número "Think Pink!", y tomó las fotografías de moda que la trama lleva a su alter ego a producir en distintas locaciones parisinas. Por si fuera poco, asesoró al propio Astaire para que Dick Avery saliera lo más parecido posible a Richard Avedon, lo que queda de manifiesto en una declaración inmortal pronunciada a posteriori: "Tuve que enseñar a Fred Astaire a ser yo cuando toda mi vida había querido ser él."
     A decir verdad, el Dick Avery de Fred Astaire no se parece a Avedon sino superficialmente. Es elegante, sí, y controlador y un poco cascarrabias . Su historia es la historia de Avedon pero teñida por el cliché glamoroso del americano en París y edulcorada hasta ajustarse a los contornos rosa bombón de la comedia musical (Think Pink Forever). Nada hay de la novela familiar del Avedon real (la infancia como miembro de una familia judía de Manhattan dedicada a la industria del vestido, la enfermedad mental de la hermana asfixiada por su propia belleza, reproducida después en vano por un Avedon obsesionado por las mujeres de cuello largo, piel blanca y ojos y cabello castaños, entre ellas la propia Doe y la propia Audrey) ni tampoco de lo que ya para 1957 se antojaba una insatisfacción clara con las limitaciones de su trabajo como fotógrafo de moda.
Y, sin embargo, el de Astaire es un retrato preciso: nos da la funny face del creador y nos ahorra sus otros rostros, pues escaparían a las convenciones del género.

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     Otra cosa curiosa: el Dick Avery de Funny Face habría de ser una de las últimas funny faces de Avedon. Cierto es que jamás se separó del todo del universo de la moda, pero también que si no lo hizo fue sólo en aras de financiar sus proyectos fotográficos personales, el más importante de los cuales consistió en una larguísima serie de retratos a celebridades de los ámbitos político, cultural, social y del espectáculo. La premisa es aparentemente frívola, desde luego —quien dice retratos de celebridades dice también a menudo culto a la personalidad y banalización—, pero no así la ejecución: seducido por las nulas posibilidades comunicativas del austero fondo blanco —el retratado queda descontextualizado, privado de los referentes glamorosos de su idílico universo, contagiado por la desnudez del yermo páramo—, el fotógrafo-sujeto pide a su modelo-objeto que mire a la cámara de frente y la expone a la más inclemente luz frontal. Así, toda tentación idolodúlica se desvance: Marilyn Monroe tiene la cara hinchada y la piel cetrina; Janis Joplin, pese a su presunta rebeldía forever young, exhibe en sus labios las comisuras arrugadas de una anciana; lo más decadente de Jean Genet es su joroba, y lo más brillante de Henry Kissinger, la grasa de que está embebida su piel. El Avedon joven que se enlistó en la Marina Mercante y aprendió a fotografiar mientras activaba el disparador de una cámara destinada a producir retratos tamaño infantil para papeles de identificación postula nuevamente, en su madurez, la noción de la fotografía como gran igualador social. Igualador en la miseria, eso sí, lo que se verá confirmado cuando retrate en idénticas condiciones a mineros del Midwest estadounidense o a víctimas vietnamitas del napalm.

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     Ahora que Avedon ha muerto (apenas el pasado 10 de octubre), esta revista me ha encomendado hacer su necrología. Ahora bien, una necrología se pretende siempre un retrato —un esfuerzo diligente por reflejar quién fue el muerto— y he aquí que me encuentro escindido: aquí el Avedon fashion, fundido por siempre con el feliz Astaire; allá el Avedon artista, implacable deconstructor de mitos. Sé bien que los escapistas querrán quedarse con uno, los realistas con otro, que yo mismo tendré la tentación de pronunciarme por alguno, de erigirlo como retrato verdadero del artista. Craso error. La investigación sobre Avedon me lleva a releer la más célebre de sus declaraciones —"Toda fotografía es precisa. Ninguna es la verdad."— y entonces mi dilema se resuelve. Tiene él la última palabra y también el último retrato. O, mejor, la suma toda de los retratos, la pluralidad de parcialidades que componen la mirada. -