Revueltas, la leyenda inagotable | Letras Libres
artículo no publicado

Revueltas, la leyenda inagotable

El padre, el compañero de celda, el intelectual rejuvenecido por el 68, el disidente, el autor de cuentos extraordinarios. Los testimonios que conforman este retrato colectivo demuestran que no es necesario simplificar a Revueltas para entender por qué es indispensable.

Conversar con lo que queda del entorno de José Revueltas (1914-1976) y con quienes estudian su obra, para el documental dirigido por Juan Prieto que Clío proyectará en noviembre, fue una experiencia muy distinta a las que viví simultáneamente, haciendo lo mismo pero con el otro par de centenarios del año 14, Octavio Paz y Efraín Huerta. Paz, visto desde Letras Libres, es de casa y universal. De un clásico puede decirse que es aquel de quien todos nos sentimos autorizados a hablar, como ocurrió en las conversaciones sobre Paz. En cambio, Efraín Huerta, resguardado por una familia fiel, es el más familiar de los tres: tanto los de su sangre como sus lectores-estudiosos (la mayoría muy jóvenes para haberlo conocido) se refieren a él como Efraín y no suenan ni impostados ni confianzudos. Es sintético y es real como un poemínimo, Efraín; puede fijarse, como ha ocurrido este año en la ciudad de México, en una pantalla comercial callejera, como las profetizadas en Blade Runner, desplegada en cualquier paradero de camiones. (En cambio quienes lo conocimos pero le hablábamos de usted, oscilamos, lo he notado, entre el Octavio y el Paz.)

A Revueltas, en cambio, casi no me tocó escuchar que lo llamasen Pepe o José (aunque el desconocido propietario anterior de mi primera edición de Los días terrenales escribió, con tinta, en la página 85, la siguiente frase: “¿Qué escribiría Pepe el 14 de diciembre de 1991?”, supongo que en referencia a la entonces inminente disolución de la Unión Soviética) sino, de preferencia, José Revueltas, Revueltas. En el nombre no solo lleva la fama, sino la leyenda. Si Huerta es un poeta vivo, Paz un inmortal, Revueltas es una leyenda. Quienes le festejamos ese carácter tememos que la leyenda no nos sobreviva. Cierta esencia difícil de captar, al menos para mí, vuelve muy idiosincráticamente “siglo XX” al autor de Los errores (1964). A menudo me pregunto, y se lo pregunté a algunos de los entrevistados, por qué “Revueltas no viaja” –su reputación en el extranjero es escasa y las pocas traducciones de su obra no han corrido con suerte– siendo el novelista mexicano más involucrado con el drama universal de la centuria pasada: el comunismo. “Lo que le hace falta a Revueltas son más lectores jóvenes”, concluye la estudiosa argentina Sonia Adriana Peña.

Como dice Philippe Cheron –quien, junto con la finada Andrea Revueltas, hija del novelista, sin ser su hagiógrafo es el gran conocedor de su obra–, es cierto que muchos de los problemas ideológicos que atormentaron a Revueltas “han envejecido”. Pero la rebeldía asociada al escritor “que rejuvenece con los jóvenes” durante el movimiento estudiantil de 1968 y su desenlace carcelario, como nos lo recuerda la cineasta Marcela Fernández Violante, la comparten miles y miles de jóvenes indignados –con razón o sin ella– a lo largo y ancho del planeta universitario. Y de aquel Revueltas rejuvenecido al guarecerse en un cubículo de la Facultad de Filosofía y Letras, durante el movimiento, algo tiene que decirnos ese iconoclasta profesional que es Luis González de Alba: Revueltas bebía (y mucho) alcohol donde estaba prohibido hacerlo, en una universidad en paro que no solo debía ser honesta sino parecerlo y no se contuvo, el militante teorético, a la hora de abrumar al pragmático Consejo General de Huelga con un rollo sobre Hegel y la democracia cognoscitiva, motivo por el cual, tras sonora rechifla, lo mandaron a volar. El Revueltas de González de Alba (para él sí es Pepe o José) es más cómico que tragicómico, lo cual acaso sea más certero como propuesta de lectura para las nuevas generaciones. Un Revueltas más cercano a Gógol que a Dostoievski, ¿por qué no?, el que manda a los estudiantes a Paracho no a comprar guitarras sino ametralladoras. O el narrador maravilloso y angélico, como el retratado por su hijo Román Revueltas Retes, violinista y director de orquesta, además de liberal intransigente; es un disidente de la disidencia que emblematizó su padre.

La heterodoxia marxista revueltiana, su condición de santón, estaba condenada a pagar el costo del hundimiento de la ortodoxia de la que dependía y a la cual estaba sometida por el trueque de atributos. A Pablo Gómez Álvarez, compañero de prisión de Revueltas en Lecumberri y después uno de los parlamentarios más constantes de la izquierda mexicana, le parece que quien en 1962 predicaba en el desierto clamando por una cabeza para el proletariado mexicano, era del todo estalinista. O más bien, muy leninista aquel Revueltas: ¿por qué el proletariado habría de tener solo una cabeza?, se pregunta Gómez Álvarez, en quien, debe decirse, persiste el desprecio del appáratchik hacia el novelista disidente. No me extraña: quienes en los tempranos años ochenta pedíamos que Revueltas fuese “rehabilitado” (la de suyo infamante expresión usual desde el “deshielo de Jrushov” alusiva al perdón compasivo de los herejes penitenciados) por el Partido Comunista Mexicano, que lo expulsó dos veces, nos enfrentábamos a la indiferencia de los dirigentes, también impasibles ante la solicitud de Valentín Campa de expulsar post mórtem a Diego Rivera del partido... A la distancia, puede parecer insuficiente la crítica de Revueltas a la ideología soviética. Pero todavía entonces la suya (y no se diga la de Lizalde, su camarada en el pcm y en sucesivas sectas espartaquistas, quien al sobrevivirlo, tabernario y erótico, se hartó de todo aquello) tenía un poder atómico en comparación a las diferencias con “los compañeros soviéticos” musitadas entonces entre los comunistas mexicanos.

Arcaico puede ser el comunismo agónico de Revueltas, como lo son, así vistas, la teología medieval de Dante, el casi ateísmo libertino de Diderot, el catolicismo chestertoniano, el crudísimo antisemitismo de Céline o el liberalismo doceañista de Pérez Galdós. ¿Las ideas políticas profesadas por los escritores se preservan de la obsolescencia gracias al tino, a la complejidad con que ellos lograron encarnarlas novelescamente? Creo que así es. Dudo que se pueda disfrutar (o padecer) la lectura de novelas como Los días terrenales (1949) o Los errores, ignorando qué fue el marxismo-leninismo para millones de personas durante el siglo pasado. A ese Revueltas, interrogando a David Alfaro Siqueiros sobre por qué quiso liquidar en Coyoacán a Trotski y a su familia, nos remite su amigo y camarada, ese poeta que trae al siglo en un día que es Eduardo Lizalde.

No se olvidará (no la olvidaron ni Pablo Neruda ni Paz, que fueron amigos de ambos hermanos) la devoción de José Revueltas por Silvestre Revueltas, el monstruo tierno de la música mexicana, como nos lo recuerda Álvaro Ruiz Abreu, cuya biografía del novelista se reeditará en estas semanas. Pero acaso el más teatral (en el más puro sentido de la palabra) de los testimonios que me tocó recoger sobre Revueltas sea el de Martín Dozal, el profesor de primaria actualmente jubilado a quien le tocó compartir celda en Lecumberri con el escritor. Tras haber pedido a gritos que el secretario de Educación Pública se fuera del entierro de su amigo y maestro en abril de 1976, Dozal no ha interrumpido su diálogo filosófico y emocional con Revueltas. Autor de un diario privadísimo, quizá uno de los secretos mejor guardados de nuestra literatura, Dozal vive en Iztapalapa en un par de habitaciones que bien podrían ser una reproducción de aquella ergástula compartida en el Palacio Negro, donde se respira no la prisión, sino la libertad revueltiana, la del autor de El apando (1969) y de un puñado de cuentos en verdad geniales, el hombre que se atrevió a pedir, apenas leyó Archipiélago Gulag, que si el comunismo soviético era lo que contaba Solzhenitsyn, había que proclamarlo urbi et orbi porque solo la verdad era revolucionaria. ~