Vicente Rojo en un barquito de papel | Letras Libres
artículo no publicado

Vicente Rojo en un barquito de papel

Vicente Rojo (1932-2021) siempre optó por el trabajo manual. Armado con papel y tijeras colocaba los materiales gráficos sobre el piso para apreciarlos mejor. Con este homenaje recordamos su inagotable talento.

¿Cuál es tu idea?

Todavía no está clara, pero tiene que ver con sentarse en cuclillas, como al encender la chimenea o la fogata. O cuando te arrimas al borbotón del ojo de agua sabiendo que mana de ahí un riachuelo. Es una postura que mueve a la meditación. En cuclillas el arquitecto puede dibujar con una ramita en la tierra, el arqueólogo limpiar tepalcates haciendo un descubrimiento con su escobilla, y el niño guerrear colocando obstáculos a la fila de hormigas. Recogidos en sí mismos, en plena curiosidad o introspección, se ladean a veces con un pequeño vértigo de desequilibrio que alivian con los codos y las manos. En cuclillas también se puede armar un libro.

Mi idea tiene que ver también con la luz. Había en la Imprenta Madero un espacio creado por Vicente Rojo para ilustrar las publicaciones, un tapanco que albergaba su archivo personal y social de miles de imágenes, a la mano para quien las necesitara. Vicente reunía ahí carpetas con toda suerte de dibujos, retratos, fotografías, viñetas, grabados, letras, recortes extraídos de libros y revistas, materiales útiles para los editores y diseñadores. Complementaba al archivo una biblioteca con buenos diccionarios, libros de arte y colecciones de literatura y filosofía. El tapanco se desprendía del generoso mezzanine, la terraza interior en donde laboraban los diseñadores gráficos, casi todos ayudantes y discípulos de Vicente, en escritorios distribuidos perimetralmente. De esa terraza descendía una escalera a una gran sala en el nivel bajo, donde laboraban los capturistas ante las primeras computadoras y los formadores cortaban aún manualmente las tiras tipográficas para pegarlas en cartones. Del otro lado del desnivel se accedía a otra terraza. Desnivel y terrazas, así como la enorme sala de rotativas y encuadernadoras, recibían gran luminosidad (solo el departamento de fotomecánica se enterraba debidamente en lo oscuro). A diferencia de tantas imprentas sumidas en media luz y mala ventilación, la Madero, por gracia de Vicente Rojo y José Azorín, optaba por la claridad y el aire.

Recuerdo que Vicente llegaba con lápices, goma de borrar, con un rollo de papel y escuadras bajo el brazo. En lugar de cúter o x-acto, usaba una navaja de afeitar Gillette. Trabajaba en las mesas de diseño en medio del mezzanine, sentado y de pie. Casi puedo afirmar que trabajaba mejor de pie, que eso era lo suyo: componer las páginas desde lo alto y expansivamente. Fernando Benítez recordaba cómo armó sobre el piso, incluso distribuyéndolo a gatas, el material gráfico de su Historia de la Ciudad de México, los códices, los grabados, los mapas, las litografías, las fotos. Muchos años después pude comprobar cómo desenrollaba sus papeles en una larga tira sobre el suelo, ordenando un campo de acción, un diagrama territorial que era al mismo tiempo tablero para el juego. Quizá por ello nombró Jaque mate a uno de sus libros más hermosos, que armó tanto en mesas como sobre el piso de su casa.1

Ese título designaba un fin de partida. Roberto Rébora y Marco Perilli, los editores, le habían planteado el juego: formularon preguntas e instrucciones que Rojo debía resolver gráficamente. “¿Cómo dibujas ?, ¿cómo dibujas no?, ¿qué es el ritmo? Haz un signo útil... haz un signo inútil... traza la línea que va del sentido al signo. ¿Cómo te relacionas con el número áureo?, ¿constituyen emociones diferenciadas un cuadrado, un triángulo, un círculo...?” Y Vicente produjo bocetos a manera de respuesta, que luego maquetaría en un cuadernillo, formando cada página, indicando a lápiz los tamaños y lugares, insertando dibujos con pegamento y corrigiendo las pruebas en papel. Croquis, anotaciones, enmiendas, señales, todo son hechuras de una mano que avanza.

Como se sabe, él nunca usó la computadora para concebir sus libros. En tanto que, entre los jóvenes, el diseño en pantalla se iba haciendo procedimiento usual, él insistía, a mucha honra, que lo suyo era el papel, el lápiz y las tijeras. Su manera de hacer, o mejor dicho de manufacturar, se iba quedando atrás en el tiempo. Marco Perilli, quien lo grabó en video, me describe su actividad: “El movimiento de sus manos, la concentración de sus manos... las manos iban buscando el ritmo de la materia, no permanecían inertes, no ejecutaban simplemente órdenes del cerebro sino que buscaban la materia, buscaban el tempo en términos musicales, era un espectáculo ver la danza de los dedos alrededor de sus objetos, de los colores para ver qué podía unirse con qué, qué combinaba, era fantástico.”

Perilli, escritor, y Rébora, pintor, se han dedicado durante más de dos décadas, a veces en sociedad, pero con proyectos autónomos, a elaborar libros que recuperan el valor plástico de la tipografía y sus vínculos con el grabado, atributos de origen de la imprenta de tipos móviles. Para ambos, la guía es la relación entre la literatura y el arte, y por ello su confluencia con el trabajo de Vicente Rojo debió ser natural. Si bien no es un libro literario, Jaque mate tiende el arco de la palabra a la figura. Ese ir al alcance es una de las mociones que se solventa en cuclillas, casi como un resorte. Está tanto en el disparo del juego de canicas, como en las sentadillas del púgil, y para la aptitud inventiva, disponer elementos al nivel del piso para barajarlos asentándose en los tobillos, es brote de la inteligencia técnica. Así se despliega de una vez, para la vista total, lo que se plegará para el gradual descubrimiento.

Armar un libro en el suelo es una caminata conocida de académicos y escritores que trabajan con fichas de contenido, capítulos o textos sueltos, un procedimiento que podría llamarse costero, pues sitúa a la mente frente a un horizonte vasto, con honduras y escollos, territorio sí, pero también fluir y refluir de aguas sondables. Siguiendo esta comparación, la lectura de los materiales distribuidos en el piso echa a flotar un barco que no debiera hundirse. Si zozobra, hay que modificarle la ruta, quitarle unas páginas o dar un rodeo en el orden de los factores. Es una navegación que nos hace ponernos de pie y recogernos en cuclillas alternadamente. Para Vicente, un libro bien acabado era eso: un barquito de papel que se soltaba rumbo a lo incierto, estirando un horizonte de aguas pulidas.

Voy llegando a la costa al recordar que en los últimos años Vicente llevaba siempre un gorro de lana estilo marino que combinaba estupendamente con su barba canosa. Buen humor y gusto por el juego. ¿Recuerdas aquel festejo en su estudio de la calle de Presidente Carranza, donde rifó un grabado entre sus invitados? Esa tarde, Vicente se disfrazó con cucurucho y roja nariz de payaso para dirigir el sorteo. Su imaginativo diseño era igualmente lúdico, establecía reglas para abrirlas a la improvisación. Al factor del juego, añadía la estructura compleja, muy perceptible en sus diagramados que conciertan imágenes eficaces con bloques de texto aligerados con sabiduría de tipógrafo.

Complejo pero claro, también en pintura obligaba a las formas contrastantes a volverse complementarias. Extraía de la opacidad destellos, ideaba una espesa luz que estrenaba signos. A tal punto que inventó una criptografía extraída tanto de los tipos de imprenta como de la letra manuscrita. El diseño, que él había marginado conscientemente desde principios de los años noventa para ocuparse ya solo de pintar y esculpir, retornó pródigo en su serie pictórica Escrituras, a partir de 2006: “A lo largo de mi vida la escritura había sido muy importante para mí, probablemente debido a mi trabajo como diseñador gráfico, que me había mantenido en constante contacto con narradores y poetas. No sé si audaz o ingenuamente pensé en intentar una escritura propia. Se trataría de un alfabeto secreto, palabras y frases escritas en una grafía que obviamente iba a ser falsa o irreal por lo que hacía a su lectura textual, pero no en cuanto a su lectura visual.” Produjo de este modo un libro de grabados, de título Novela, en falsa grafía trazada sobre una sola línea medianera que cruza de página a página, añadiendo valor musical y cromático al secreto relato (jugando a hacer compases, ritmos, líneas melódicas, armonías, tal como lo indican los capítulos de que consiste: “Andante”, “Allegro”, “Scherzo”, “Finale” y “Coda”). Esa falsa grafía reaparece, en negro y rojo, en algunas páginas de Jaque mate, donde otros alargamientos de la línea disuelven y restituyen la geometría en un recreo de cuerpos sólidos con surcos fluidos.

Vicente: qué poder de abstracción extrajo de sus abundantes derivaciones de los caracteres del abecedario, desde sus primeras series pictóricas, allá en los años sesenta. Y ya en el orden de los sintagmas visuales y de su obra culminante presentada en la exposición Escrito/Pintado del Museo Universitario Arte Contemporáneo (muac, 2015), creo adivinar que una fuente de su profusión última de signos fue el Tapiz de Bayeux. A principios de la década pasada, en una visita a su taller, advertí que Vicente mantenía en el muro desplegada una reproducción en miniatura de ese tapiz. En tiempos en que texto e imagen traman nuevas combinatorias (en el arte contemporáneo y en los libros de artista, por ejemplo), el Tapiz de Bayeux es una referencia esencial. Se trata de un lienzo bordado a mano en la Normandía del siglo xi, que hace, mediante detalladas imágenes y texto en secuencia, la crónica de la conquista de Inglaterra por los normandos (la pieza, que mide casi setenta metros, se exhibe en el Musée de la Tapisserie de Bayeux, Francia, y puede conseguirse en miniatura desplegable). Aparte de ser un monumento patrimonial impar, ¿por qué imantaría a Vicente Rojo, quien lo mantuvo durante un buen tiempo como verdadero horizonte al alcance?

Como se sabe, él pintaba varios cuadros a la vez, de ida y vuelta, pasando de uno a otro, primero esbozándolos sobre el muro vertical, luego nutriéndolos de materia al ras sobre las mesas. Unas fotografías de Nicola Lorusso realizadas en su taller nos sugieren el uso que el pintor hacía de ese tapiz medieval que fondeó la concepción de no pocos cuadros por entonces. Vicente colocaba las telas en blanco sobre el muro, separadas una de otra por escasos centímetros, los suficientes para que asomaran, en el claro, pasajes selectos de aquel tapiz en miniatura: escenas de caballería y navegación con bríos de combate, de donde abstraía trazos y ritmos sin rehacer o copiar, más bien dilatando el soplo de la gesta que delineaba en grandes bosquejos. Muchas piezas de su serie Casa de letras (2013-2015) habrían sido realizadas así. Lamento nunca haberle preguntado sobre la tirita impresa del Tapiz de Bayeux.

Tuve con él muchos momentos de complicidad, algunos chispeantes, pero no todo era risas. A veces circunspecto, riguroso aun en la ironía, era exigente. Una vez le pregunté qué significaba el broche que portaba en la solapa izquierda del saco, una banderita roja, amarilla y morada. Me respondió sentenciosamente: “¿No conoces la bandera republicana?” Y cuando Marco Perilli me invitó a realizar junto con Vicente un libro a partir del Alfabeto Conrad –pieza que Vicente creó, vaya vaya, en una larga tira de papel que desplegó como un tapiz a mi vista sobre el piso de su casa, un largo dibujo secuencial que evoca tanto las ondas del mar como las sogas trenzadas de las embarcaciones, concebido en homenaje a la novela Tifón de Joseph Conrad–, él me preguntó: “¿Cuál es tu idea?”, y le respondí que me gustaría escribir sobre mis experiencias de pesca durante la infancia. Le sugerí que, en lugar de Mar, título que él maduraba, le pusiéramos Nudos, siguiendo las evocaciones de nudos marinos que el Alfabeto Conrad me despertaba. Lacónico, Vicente repuso: “No, no: Mar.” Y así se llamó, con tal amplitud de horizonte, nuestro libro o barquito de papel que, desde luego, afirmó nuevos nudos.

Un mundo muy propio es lo que distribuye quien inventa sobre el suelo, sea la planta de una casa o la maqueta de un libro. Algo de hogar hay en ello. Y si se mira desde la modesta altura del lindero, recogidos en cuclillas, hay mucho de calor y de fuego, de ese fuego que no debe extinguirse. Es un fuego que prolonga el día en la noche y la luz en tiempos oscuros, fuego que se comparte sumando el tizón que cada uno trajo, el relato que cada quien aporta en torno a la fogata, fuego de las ensoñaciones materiales, de la claridad y los proyectos hermanados, fuego que se transmitirá al extraer de ahí una ramita encendida. Innumerables luces encendidas, las de Vicente Rojo. ~

1 Hay dos ediciones, la de Taller Ditoria, 2010, y la de auieo/El Colegio Nacional, 2013.


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