Una rebelión rural en ascenso | Letras Libres
artículo no publicado

Una rebelión rural en ascenso

En pocos meses, Emiliano Zapata encabezó con éxito la insurrección popular en contra de la dictadura de Porfirio Díaz. Su comprensión de los agravios locales y su manera de dirigir el movimiento armado explican por qué asumió el liderazgo en algunos estados del sur del país.

La consolidación del liderazgo de Emiliano Zapata se la dio también el propio régimen porfirista, que en marzo y abril de 1911, ante su impotencia para contener la insurrección maderista que había cundido por el país, buscó desactivarla mediante concesiones políticas que, en el caso de Morelos, llevaron a la jefatura de armas en la entidad al viejo general Leyva, quien convocó a Zapata a una reunión y lo reconoció como el jefe maderista más importante en Morelos.

Pero la base de estos reconocimientos al liderazgo de Zapata estuvo en la campaña militar y en las victorias obtenidas durante marzo y abril de ese año. A fines de marzo, Zapata comandaba cerca de mil hombres, cuya fortaleza era ante todo el vínculo que tenían con sus comunidades y la movilidad que les daba el conocimiento del terreno. Sus incursiones eran ataques relámpago, de unas cuantas horas, en los que ocupaban haciendas y pueblos pequeños para conseguir dinero, armas, alimento, castigar enemigos y reclutar más gente. Por lo general, no mantenían la ocupación; se iban si se aproximaba una columna federal fuerte. Las cercanas montañas de Morelos y de Puebla eran el refugio más seguro cuando se necesitaba huir del enemigo y reorganizarse. En ese mes, los hombres de Zapata ocuparon las poblaciones de Tlaltizapán, Tlaquiltenango y Amacuzac, en Morelos, así como las de Jolalpan, Atencingo, Huehuetlán y Chietla, en Puebla.

En todas estas ocupaciones comenzó a darse un patrón que compartieron otros movimientos de la revuelta maderista inicial: ataques a las líneas telegráficas y telefónicas, destrucción de oficinas, quema de archivos públicos, liberación de presos, saqueo de comercios, destrucción de puentes y vías de ferrocarril, imposición de préstamos forzosos, confiscación de armas y caballos y, en ocasiones, fusilamientos de jefes políticos, prefectos, capataces de hacienda y jefes de policía. Todos estos actos, dirigidos contra las autoridades y las élites económicas, eran un reflejo del descontento de la población rural contra un sistema que los oprimía. Tenían un carácter reivindicativo y justiciero. Eran la expresión de una rabia acumulada durante décadas, por generaciones enteras, de frustración ante el despojo, las arbitrariedades y la ausencia de justicia para los pueblos.

Había llegado el momento de ajustar cuentas con los hacendados. El 30 de marzo, Zapata encabezó el ataque contra la hacienda de Chinameca; después, atacaron la de Rancho Nuevo; el 3 de abril, la de Tenango, donde quemaron los cañaverales y dinamitaron la tienda de raya. Lo que no habían podido hacer los pueblos durante el virreinato y el siglo XIX por la superioridad del régimen que defendía a los grandes propietarios, en unas cuantas semanas de movilización popular estaba siendo posible. La correlación de fuerzas entre los oprimidos y los opresores estaba cambiando aceleradamente.

La rebelión que encabezaba Zapata se estaba convirtiendo en una revuelta de clase, plebeya, violenta contra los símbolos más visibles de la opresión, que estaban al alcance de la mano: hacendados, autoridades políticas, comerciantes. La problemática agraria y los agravios eran comunes no solo en muchos de los pueblos de Morelos, sino en regiones contiguas de Puebla, el Estado de México y Guerrero, donde la movilización se generalizó. A principios de abril los rebeldes atacaron la hacienda de Atencingo; tres semanas después, el jefe zapatista Francisco Mendoza, antiguo peón de la hacienda de Atencingo, encabezó el ataque contra sus antiguos patrones y fusiló, sin juicio, a diez empleados españoles, incluido el administrador, lo que ocasionó un conflicto con la comunidad hispana. Otros dos jefes políticos fueron ejecutados por los zapatistas, Ángel Andonegui, en Chietla, y el de Jonacatepec. El movimiento suriano se fortaleció al incorporársele jefes que operaban en Puebla como el propio Francisco Mendoza, Fortino Ayaquica, Jesús el Tuerto Morales, Benigno Zenteno y Camerino Mendoza. El hermano mayor de Zapata, Eufemio, fue otro de los jefes que operó en esa región limítrofe con Morelos, que adquirió desde entonces un papel central como uno de los núcleos fuertes del zapatismo, papel que conservaría en los años siguientes.

Ante el crecimiento de la revuelta, los hacendados y el gobierno morelense iniciaron la organización de cuerpos de defensa formados por rurales y voluntarios pagados por los hacendados, para proteger las ciudades más grandes –Cuernavaca, Cuautla, Jojutla y Jonacatepec–, al igual que las haciendas.

La revuelta siguió extendiéndose. En la segunda mitad de abril, aprovechando que el gobierno de Díaz había concentrado al grueso del ejército en el norte del país, abandonando la defensa de las ciudades morelenses, los zapatistas ocuparon las principales ciudades del noreste, oriente y sureste del estado, desde Tepoztlán hasta Jonacatepec en Morelos; en Puebla, las poblaciones de la frontera con Morelos, desde Atlixco hasta Chiautla. En Guerrero, sus aliados temporales, los Figueroa, controlaban los distritos limítrofes con Morelos.

Zapata fue madurando rápido como líder de una rebelión rural en ascenso. Tuvo la capacidad de dirigir una estrategia guerrillera basada en la relación estrecha con los pueblos y en centrar sus ataques contra los enemigos de estos. Supo también hacer que se respetara su autoridad, a partir de su ejemplo, con valentía, con convencimiento, sin maltratar a sus subordinados, respetando a los pueblos. Pudo encarar el desafío a su liderazgo por parte de los hermanos Figueroa, sin arredrarse ante los vínculos de estos con los hacendados y con los políticos maderistas nacionales.

Sin embargo, no todo era terso. En los ataques a las poblaciones y a las haciendas morelenses tenía que lograr el equilibrio entre permitir que se desfogaran los resentimientos y agravios de los combatientes que lo seguían contra las haciendas y autoridades locales y ponerle límites al mismo tiempo a esa ira popular. No siempre lo pudo hacer. Su cada vez más numeroso ejército carecía de disciplina militar; sus destacamentos seguían ciegamente a sus jefes inmediatos, a menudo personas de sus propias localidades. Zapata tenía que disciplinarlos y, simultáneamente, permitir la iniciativa de sus jefes, darles confianza y respetar sus decisiones y su autoridad.

Tenía que asegurar también el abastecimiento de sus tropas que, en la medida en que eran más numerosas, no podían ser alimentadas solamente por la ayuda de los pueblos. La única opción que quedaba para hacerlo eran las haciendas y los ingenios azucareros, contra los que dirigió sus medidas de abastecimiento, a través de préstamos forzosos, así como confiscaciones de alimentos, armas y forraje.

En el crecimiento de su revuelta aprovechó la debilidad del régimen porfirista en Morelos, que no pudo sostener siquiera a las tropas federales que había al comenzar ese año, preocupado por acabar a como diera lugar con la rebelión maderista mucho más fuerte en el norte del país. La desocupación militar de varias de las ciudades medias del pequeño estado sureño facilitó su ocupación por los rebeldes zapatistas.

A pesar de ello, las limitaciones militares de los guerrilleros, su inexperiencia en combate y su desorganización les ocasionaron también serias derrotas. La mayor la sufrieron después de tomar Izúcar de Matamoros, cuando una partida comandada por el Tuerto Morales fue emboscada el 18 de abril en Tepeojuma, pereciendo cien de sus hombres, entre ellos Rafael Merino.

A fines de abril, los hombres de Zapata controlaban la tercera parte de los distritos de Morelos. Dominaban también los municipios vecinos de Puebla y los del suroeste del Estado de México. Los hermanos Figueroa tenían en sus manos varios distritos de Guerrero colindantes con la entidad morelense. Para esas fechas, el régimen porfirista estaba en agonía. La insurrección maderista se había extendido a gran parte del territorio nacional. A principios de mayo, era claro que, estratégicamente, Díaz había perdido la partida y tenía que renunciar. La proximidad del triunfo maderista provocó una división en sus filas. Un ala moderada, encabezada por Madero y sus colaboradores más cercanos, no se identificaba con la insurrección popular, radical y plebeya, que se había desarrollado en varias regiones del país, como Durango y Morelos, un movimiento de contenido agrario, con una gran violencia contra las haciendas y el sistema de dominación, que buscaba trastocar el régimen de propiedad en beneficio de las comunidades campesinas. Tampoco se identificaba con los nuevos liderazgos surgidos en la Revolución, cuyos dirigentes populares como Pascual Orozco y Francisco Villa, en el norte, tenían un gran arraigo local, que amenazaban con rebasar al mismo Madero en la dirección del movimiento. Esta ala moderada tampoco estaba de acuerdo con que la rebelión se convirtiera en una revolución social y económica: querían limitarla simplemente a una revolución política que pusiera las bases de la democracia en el país. Aunque desde otra perspectiva, esa visión de Madero la compartían Porfirio Díaz y su principal consejero, José Yves Limantour, ya que ellos querían evitar la destrucción del régimen político y el sistema social que construyeron. Las élites económicas coincidían en la defensa del statu quo y en la contención de la revolución social.

Por ello, no fue casual que los hacendados morelenses se aliaran con los hermanos Figueroa para ponerle una cuña a la rebelión zapatista. A fines de abril, los Figueroa tomaron, sin combatir, la ciudad de Jojutla y ocuparon el 21 de mayo, antes que Zapata, Cuernavaca.

La prensa conservadora de la Ciudad de México, que había iniciado semanas atrás su denostación del zapatismo, presentándolo como una fuerza apocalíptica que amenazaba con destruir la sociedad morelense, colmó de elogios la toma de Cuernavaca por los Figueroa, dando por hecho que respetarían el orden, la vida y los intereses de la población.

El gobierno de Díaz buscó un acuerdo de paz con Zapata, al igual que con los hermanos Figueroa. La negativa de Zapata fue rotunda. El primer documento que se conoce firmado por él, una carta dirigida al enviado del presidente, Fausto Beltrán, decía:

[...] Ruego a usted y a todos sus secuaces se dirijan a la cabeza y no a los pies, para los arreglos de paz, y no me confunda a mí con Figueroa, que no es más que un pobre miserable que solo lo impulsa el interés y el dinero.

Por último, diré a ustedes que yo me he levantado no por enriquecerme, sino para defender y cumplir ese sacrosanto deber que tiene el pueblo mexicano honrado, y estoy dispuesto a morir a la hora que sea, porque llevo la pureza del sentimiento en el corazón y la tranquilidad en la conciencia.

Zapata a Fausto Beltrán, 27 de abril de 1911, en Gildardo Magaña, Emiliano Zapata y el agrarismo en México (edición facsimilar), México, INEHRM, 1985, t. 1, pp. 18-19.

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En esta carta aparecen ya los signos que definirán la trayectoria posterior de Zapata. Rechazo a una negociación cupular e indigna; defensa de los principios; rechazo a obtener beneficios personales y deslinde de quienes sacaban provecho del movimiento. En mayo, ante la inminente caída de don Porfirio, Zapata comprendió que debía fortalecer su presencia en el estado para no ser desplazado
por los Figueroa. Después de dos días de combates, tomó Jonacatepec, acción en la que fusilaron al jefe político, liberaron a los presos y nombraron nuevas autoridades locales. Después, atacó y ocupó Yautepec; días más tarde, incursionó sobre los distritos fabriles de Metepec y Atlixco, en Puebla, y regresó a Morelos para organizar la toma de Cuautla. El 12 de mayo, dos días después de la toma de Ciudad Juárez por Madero, Zapata puso cerco a Cuautla. La prensa informó que los cuatrocientos hombres que comandaba Zapata, después de nueve días de intensos combates, habían podido tomar la segunda ciudad más grande de Morelos. Cuatro días más tarde, el porfiriato llegaba a su fin. Madero y sus asesores más cercanos negociaron con los representantes de Díaz la renuncia del viejo dictador y la formación de un gobierno interino, que encabezaría Francisco León de la Barra. Ese gobierno estaría integrado por representantes de Madero y de Díaz. El Pacto de Ciudad Juárez, que cristalizó ese acuerdo, determinó que Madero aceptaba licenciar a su ejército revolucionario. Culminó así la primera fase de la revolución maderista.

En tres meses, Zapata había logrado con éxito sumarse al llamado maderista a la insurrección, encabezando una rebelión popular con un fuerte contenido radical, un levantamiento de los sectores rurales pobres y medios contra el gobierno y las élites dominantes. Su rebelión fue una de las de mayor violencia de clase de todo el espectro nacional, aunque no fue la única que se caracterizó por ese tipo de violencia en contra del sistema de dominación. En tres meses, Zapata dejó de ser el líder de Anenecuilco para convertirse en el dirigente más importante de la rebelión morelense. Tendría que responder a esa nueva responsabilidad en la siguiente etapa de la Revolución, una vez que había contribuido, junto con decenas de líderes de gran parte del país, al derrumbe de una dictadura que seis meses atrás parecía invencible. ~

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Fragmento editado del libro Emiliano Zapata.

La lucha por la tierra, la justicia y la libertad,

que Crítica pondrá en circulación este mes.

 

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