Una polis móvil | Letras Libres
artículo no publicado

Una polis móvil

Rafael Rojas

La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría

Ciudad de México, Taurus, 2018, 280 pp.

 

Dice Rafael Rojas, en el epílogo de La polis literaria, que los ensayos que componen el libro “privilegian el epistolario como fuente de la historia intelectual”. Para alguien como yo, convencida de que surgen revela- ciones insospechadas al confrontar la narración aceptada de la historia literaria con las cartas entre los protagonistas de algunos de sus episodios, no se puede más que celebrar la aparición de un volumen como el que Rojas nos propone: la mirada inteligente, acuciosa y de algún modo indiscreta –la de él y la nuestra– al interior de un cuerpo literario –el boom– enfrentada con las conversaciones privadas de sus personajes en un momento de la historia latinoamericana que definió no solo el devenir de la sociedad sino, también, el de sus estéticas. Como otros libros sobre el periodo, el de Rojas puede leerse como la crónica de una ilusión y el posterior desencanto de algunos de sus integrantes ante dos hechos históricos: la Revolución cubana y el proceso o la vía al socialismo chileno. Existe, sin embargo, una diferencia sustantiva que surge no solo de la novedad de conocer los intríngulis de las disputas a través de las misivas; de la meticulosa reflexión sobre los autoritarismos políticos derivados de estos hechos o de la adopción de las ideas de la Nueva Izquierda en América Latina: La polis literaria es un libro que no se deja convencer tan fácilmente por alguno de los “bandos”. De ese modo, pone en duda la historia oficial que cualquiera de ellos suscribe y nos obliga a dudar de nuestras convicciones históricas o literarias y de la imagen que nos hemos hecho de sus protagonistas.

En esta aventura por los archivos, las cartas y los acontecimientos, aparece ante nuestros ojos una ciudad que no tiene sitio físico y traslada sus desventuras de un país a otro, pero es un mismo conglomerado de seres que luchan por distintos ideales o ideas, que no son lo mismo. Surgen así cuatro personajes principales: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa: el núcleo duro del boom o, para muchos, sus únicos miembros. Dividido en diez capítulos dedicados a distintos escritores (Octavio Paz, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Edwards y José Donoso; José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy), La polis literaria emerge como una auténtica ciudad letrada –para recordar el título de Ángel Rama, quien ocupa un sitio preponderante en estas páginas, igual que su reconocido adversario Emir Rodríguez Monegal, director de Mundo Nuevo, o su aliado temporal Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas. Sí, temporal, hasta que descubrimos a un Rama crítico del “dogmatismo y la intolerancia” del régimen cubano en 1971, con los artículos que publicó en Marcha posteriores al encarcelamiento de Heberto Padilla.

A Rojas no le interesa dilucidar quiénes son o no los verdaderos miembros del boom, discusión que desde hace casi medio siglo sigue desvelando a la academia. Le interesa mostrar cómo los acontecimientos políticos se intersectan con los estéticos y, en el caso del periodo que le ocupa, dan origen a una polémica alrededor de la autonomía del arte. Le importa, sobre todo, el funcionamiento de la polis y sus integrantes. Como quizá algunos recuerden, en 1983 el New York Times Magazine publicó una portada de Abel Quezada titulada “El boom” donde, alrededor de una mesa, aparecían Borges, Fuentes, Cortázar, García Márquez, Paz, Vargas Llosa, y lejos de ellos, en una mesa aparte, Juan Rulfo. En La polis literaria no desfilan asiduamente Borges ni Rulfo; sí, en cambio, otros personajes que habitaron aquella ciudad móvil. La inclusión de Octavio Paz en el primer capítulo llama la atención pues el poeta fue más bien un autor antiboom que, no obstante, publicó a todos los miembros del boom oficial (con excepción de García Márquez) y los que hoy son considerados los renovadores del género novelístico más que Fuentes o Cortázar (Cabrera Infante, Sarduy, etc.). La ilustración de Abel Quezada atinó en aquella inclusión, pues aunque Paz nunca fue miembro del boom su presencia transformó de algún modo al boom mismo.

Rojas registra la caída de Nikita Jruschov y el ascenso de Leonid Brézhnev, así como la alianza de Fidel Castro con la urss y su apoyo a la invasión a Checoslovaquia, como los puntos esenciales que dan contexto a la emergencia del boom latinoamericano, pero también al acercamiento de varios intelectuales latinoamericanos a las ideas difundidas por la Nueva Izquierda. Piensa, incluso, que “Revuelta, revolución y rebelión”, incluido en Corriente alterna, de Paz, fue un ensayo “a tono con la filosofía libertaria de la Nueva Izquierda”, y que en la correspondencia de finales de los sesenta entre Vargas Llosa, Fuentes y Rodríguez Monegal “se transmite la idea de que, con independencia del tema del financiamiento, el poder cultural habanero estaba decidido a combatir a Mundo Nuevo por la estética del boom y la política intelectual favorable a la Nueva Izquierda, que defendía esa publicación”. Considerando las opciones que Paz y Fuentes barajaban sobre la creación de una nueva revista en esa época, Rojas cree que ambos veían que “la renuncia de Rodríguez Monegal y la ‘desaparición de Mundo Nuevo’ ponían en crisis un modelo de ‘filantropía cultural’, si bien algunas pautas estéticas y políticas, como el repertorio del boom, la vanguardia artística occidental y la aproximación a la Nueva Izquierda descolonizadora y antiestalinista, debían pasar de una revista a otra”.

Heberto Padilla, aquel “gato negro” que se cruzó en la vida de los habitantes de la rue de Bièvre, sede de la futura revista Libre –según narró Goytisolo en su libro En los reinos de taifa–, es uno de los ejes de esta polis que parece crecer, pulsar, disminuirse o volver a ensancharse de polémica en polémica. En relación con Padilla, Rojas propone que la postura de Fuentes sobre el poeta sería el gesto final de las desavenencias entre el narrador y la isla, corolario de los ataques de los intelectuales cubanos a Fuentes desde 1966, que le costarían al narrador no solo la escritura de Calibán, el libro de Fernández Retamar donde lo injuria, sino “un silenciamiento editorial en Cuba que lo acompañaría hasta la muerte”. Otro de los núcleos, las polémicas entabladas por Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, Casa de las Américas, José María Arguedas y Rama, entre los principales actores, nos permite acercarnos a un Cortázar que nunca pudo conciliar sus ideas con sus ideales. El asunto de Chile, que prometía nuevas esperanzas a los intelectuales desencantados con Cuba, es un momento de la historia que no ha sido documentado tanto como el de la Revolución cubana y Rojas lo aborda mediante el análisis de las posturas tanto políticas como estéticas de Jorge Edwards y José Donoso, principalmente, así como lo hará también, al final del volumen, con sus paisanos Lezama Lima, Cabrera Infante y Sarduy. Uno de los aportes esenciales de este libro es que nos enfrenta al problema de la estética y la política como compañeros inseparables de un viaje, de una idiosincrasia de la imaginación y del poder.

Antes dije que una de las virtudes del libro de Rojas es mantener un discurso imparcial, donde nunca vemos al autor deslumbrado por alguna pasión. La suya es una mirada, si no lejana, sí con desapego crítico. Eso ocurre en todo el volumen, salvo en un caso: Gabriel García Márquez (ggm). Después de ciento veinticinco páginas donde relata las intervenciones del colombiano en la construcción de un movimiento literario y las disputas ideológicas en torno, en el capítulo que le dedica al novelista pasa de ser García Márquez a “Gabo”. Es un golpe de tono, nada más; pero un golpe rotundo. “El trato privilegiado que recibió García Márquez, en La Habana, durante los años posteriores a la concesión del Premio Nobel en 1982, fue un asunto de Estado, racionalmente diseñado y conducido por Fidel Castro. Lo que los gobernantes cubanos buscaban era un célebre testigo de las hazañas de David, que contara al mundo la resistencia de la isla contra el imperio. Lo que Gabo buscaba, más allá de la autenticidad de sus afectos, era ayudar a Cuba a reintegrarse a Iberoamérica en un momento de transición a la democracia y derrumbe del campo socialista.”

En libros recientes de Rojas –La vanguardia peregrina (2013) e Historia mínima de la Revolución cubana (2015)– apenas si menciona a ggm. En ninguno lo llama “Gabo”. En La polis, el cambio de tono tiene una función estética, sentimental, política y moral: reconvenir a quienes, admirando al novelista, lamentamos su acercamiento a Castro –que en los años setenta y ochenta no fue tan cercano como creíamos, según documenta el autor–. García Márquez, y Rojas insiste en demostrarlo, ejerció una “política de la amistad”, basada en el entendimiento de la tradición autoritaria en América Latina (tanto de derecha como de izquierda) y cuyo gen autoritario parecía una fatalidad de la estirpe latinoamericana. “Pero Castro –dice Rojas–, más que [Hugo] Chávez, era el patriarca de esa estirpe condenada que, a pesar de su incólume apuesta por el despotismo, siempre merecería una segunda oportunidad en la historia.”

Hay un momento álgido en la participación de los intelectuales latinoamericanos y ggm, que Rojas aborda al recordar el momento en que Susan Sontag cuestionó el silencio del colombiano cuando el go- bierno de la isla fusiló a tres emigrantes y arrestó a 75 opositores. Obligado a la respuesta, ggm escribió una “exculpación de sí mismo”, al hacer público que era enorme el número de “presos, disidentes y conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o emigrar”. Rojas alude entonces al código de amistad definido por “Gabo” y nos señala: “El silencio de García Márquez sobre la falta de de- mocracia en Cuba, que le denunciara Susan Sontag, parecerá a unos reprobable, a otros justificable y a otros más manipulable. Estos últimos, los que manipulan ese silencio desde cualquier punto de la geografía política, intentarán identificar al escritor colombiano con una ideología y un sistema totalitario que nunca compartió plenamente.”

Conocemos los testimonios del presidente Clinton alrededor no solo de su amistad con ggm, sino también de la intervención del colombiano para favorecer un acercamiento entre La Habana y Washington, que le otorgara “a la Guerra Fría un cauce diplomático”. Conocemos la historia de Norberto Fuentes (que aquí narra también Rojas) y cómo, de la propia mano de ggm, salió de Cuba, indemne. Con respecto a los cientos o decenas de personas a las que el mismo colombiano asegura haber ayudado seguimos en penumbras. Habría sido extraordinario que Rafael Rojas nos hubiera ofrecido más ejemplos. Quizá algún día los conozcamos y entonces podamos apreciar mejor los movimientos subterráneos que atravesaban a esta polis literaria. ~


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