Una página más sobre Teresa | Letras Libres
artículo no publicado

Una página más sobre Teresa

“Místico es aquel al que se ha concedido una expresión inmediata, y sentida como real, de la divinidad, de la realidad última, o bien, aquel que, cuando menos, la busca conscientemente [...] –dice Gershom Scholem, en La cábala y su simbolismo–. Tal experiencia puede haberle venido por medio de un repentino resplandor, una iluminación, o bien como resultado de largas y acaso complicadas preparaciones, a través de las cuales ha intentado alcanzar o efectuar el contacto con la divinidad.”

Esta búsqueda de la divinidad se da en el marco de una determinada tradición. Toda religión establecida mira con desconfianza, cuando menos, a la mística y a los místicos y, cuando puede, los persigue y trata de extinguirlos.

Según una tradición de la época talmúdica, en cada generación hay 36 justos de los que depende la existencia del mundo. Son los justos ocultos, nadie sabe –ni ellos mismos– quiénes son.

Las visiones, revelaciones pueden ser en extremo regaladas y dulces, pero, ojo, las revelaciones falsas, de origen demoniaco, se dan de dos maneras: una es directa, y los libros están llenos de revelaciones falsas, hablas, mentiras, milagros aparentes, pactos, hechicerías, nigromancias, respuestas dadas por el demonio, que no hay quien las ignore. Eso dice fray Luis de Granada. Detrás de estas observaciones puede verse la peligrosa desconfianza de la Inquisición.

El nombre Teresa no fue nombre de santa, sino hasta que nuestra Teresa, Teresa Sánchez de Ahumada, fue elevada al santoral. Nombres no cristianos, no bíblicos, nombres de mujeres anarquistas (América, Felicidad, Minerva, Libertad, por ejemplo).

La historia de Teresa tiene dos vertientes, por un lado la apasionada vida de esta brava y talentosísima mujer y, por otro, la Inquisición, la religión convencional, rutinaria, la mediocre y anquilosada que la acosó a lo largo de su vida.

La vida de Teresa da comienzo con un drama histórico. Teresa es de origen judío, por tanto, era tenida como conversa, cristiana nueva, no cristiana vieja. Era un problema de limpieza de sangre. Los cristianos nuevos sufrían toda clase de discriminaciones, desconfianzas, postergaciones, imposibilidades de desarrollo.

Para los nazis bastaba un abuelo judío para considerar judía a una persona y perseguirla. Igual en la España renacentista. Ortega y Gasset, que estudió muchos años en Alemania, alcanzó a ver la llegada de los nazis al poder y pidió en uno de sus escritos a los alemanes que no se estableciera la limpieza de sangre. Lanzó una advertencia: nosotros en España ya hicimos esas distinciones y el resultado fue desastroso. Pero, claro, nadie hizo el menor caso.

La familia de Teresa estaba formada por comerciantes de buena posición afincados en Toledo. Pero el abuelo, rico vendedor de lanas y sedas, fue procesado por la Inquisición acusado de judaizar, esto es, de ser un marrano que, en secreto, volvía a la religión de sus padres. Fue condenado a llevar durante siete viernes el sambenito, que era un gorro cónico, un capirote, un cucurucho amarillo. El gorro era degradante, vergonzoso en grado extremo, una deshonra, cosa insoportable en aquellos tiempos. El abuelo no solo llevaba el capuz en la cabeza los sietes viernes, además colgaban el sambenito oprobioso en la iglesia parroquial con el nombre del condenado y quedaba ahí signo de infa-mia pública que caía sobre los hijos, los hijos de los hijos, pues el tiempo del deshonor no tenía límites.

La familia resolvió huir de la persecución y se trasladó a Ávila, donde los llamaron los Toledanos. Teresa aborrecía la honra, el honor, que eran todo en aquellos tiempos. Sus páginas de crítica social tienen, como es usual en la santa, deliciosa penetración. ~


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