Un nuevo relato ancestral | Letras Libres
artículo no publicado

Un nuevo relato ancestral

Yuval Noah Harari

21 lecciones para el siglo XXI

Ciudad de México, Debate, 2018, 400 pp.

21 lecciones para el siglo XXI es el tercer libro del historiador israelí Yuval Noah Harari. Sus anteriores obras recibieron, como esta, una notable atención mediática. Harari es sobre todo un extraordinario expositor, un gran narrador de historias.

En su primer libro, Sapiens, contó las aventuras de un simio inteligente que logró ascender en la pirámide animal hasta convertirse en amo del planeta. En Homo deus cambió de perspectiva, el historiador mutó en profeta para señalarnos cómo el simio que devino hombre ahora soñaba con ser dios apoyado en la ciencia aplicada, en la biotecnología y la informática.

Historiador en su primer libro, profeta en el segundo, ahora Harari, al analizar el presente, advierte y previene, alecciona y propone; es decir, moraliza. O mejor dicho: busca elementos para formular una nueva moral en un entorno de liberalismo desvirtuado y confrontado. Sorprendentemente, luego de un repaso inquietante de los grandes retos que enfrentamos en este siglo, Harari culmina su odisea intelectual en el mismo punto que señalaba el aforismo inscrito en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo.”

“Pensamos más en relatos que en hechos”, dice Harari al comienzo de su libro. El relato que ahora nos propone no da inicio donde Homo deus terminó. El hombre contemporáneo no se siente dios, capaz de detener la muerte y crear nuevos seres. Más bien lo encontramos “sumido en un estado de conmoción y desorientación”, embargado por una fatalidad inminente. El relato liberal –aquel que afirmaba que si seguíamos liberalizando y globalizando nuestros sistemas políticos y económicos se generalizaría la prosperidad– entró al parecer en un callejón sin salida luego de la crisis financiera de 2008. Pero no es la primera vez que esto ocurre. En otras ocasiones, como pasó después de la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo aprendió del comunismo a valorar la igualdad junto con la libertad, según afirma Harari. ¿Será el relato liberal capaz de salir fortalecido de este periodo en el que abundan los regímenes iliberales, podrá abrevar del relato populista que parece representar la nueva hegemonía? ¿O quizás haya llegado el momento –como se plantea retóricamente el autor– de renunciar a los valores modernos de la libertad y la igualdad?

Harari no cree que los regímenes no liberales representen el verdadero peligro de nuestro tiempo. Surgieron como respuesta coyuntural a la crisis del liberalismo, pero no constituyen una solución profunda a la época actual. Se trata de regímenes nostálgicos, autoritarios, que se refugian en el nacionalismo como última trinchera. Los verdaderos retos del porvenir no son el modelo autoritario ruso o chino. Pese a los riesgos, los migrantes del mundo siguen queriendo instalarse en Estados Unidos o en Europa. Nadie quiere mudarse a Moscú o a Pekín. Los auténticos riesgos, ante los cuales el liberalismo no parece tener aún respuesta, son el colapso ecológico y las revoluciones en la tecnología de la información y en la biotecnología. En los próximos años, por ejemplo, la revolución tecnológica arrojará del mercado laboral a miles de millones de personas (véase Andrés Oppenheimer, ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización, Debate, 2018).

A Harari le preocupan sobre todo dos aspectos de los cambios tecnológicos. Uno es el desarrollo de algoritmos que –a través de sensores instalados en el cuerpo– obtengan información detallada de nuestras emociones para que más tarde, con esa información, las grandes compañías informáticas puedan manipular a los votantes de las democracias para entronizarse. Llegaríamos así a una dictadura cibernética. No estamos lejos, pero aún no estamos ahí.

Mediante la manipulación, apoyada por los hackers rusos, Trump pudo hacerse de la presidencia de Estados Unidos, el cargo de mayor poder en el mundo. Los más altos puestos en la política y la economía todavía siguen siendo ocupados por personas, aunque fundamenten sus decisiones más importantes en informes desarrollados por potentes algoritmos. Harari advierte que cuando logre hallarse la forma, no solo de desarrollar la inteligencia artificial sino de dotar a robots de conciencia, estaremos entonces expuestos al dominio de una dictadura digital.

El segundo aspecto de la revolución tecnológica que le preocupa es la creación de superhumanos: seres a los que la biotecnología habrá mejorado para dotarlos de mayores destrezas físicas e intelectuales que el resto de las personas. Llegados a ese punto (y solo podrán llegar a él los supermillonarios que puedan pagar por esos avances biotecnológicos), no habrá seres humanos de primera y de segunda, sino prácticamente especies humanas distintas.

Señala Harari: si creemos que el desempleo masivo que acarreará el uso intensivo de la inteligencia artificial podrá paliarse mediante instrumentos como la Renta Básica Universal (que dotaría de un ingreso a toda persona por el solo hecho de serlo) y que la biotecnología podría ser útil en la prevención de enfermedades y en tratamientos novedosos a nivel masivo, estamos profundamente equivocados. Desde el punto de vista de la libertad y el mercado, estas tendencias no harán sino volverse más pronunciadas y su avance irá aumentando de manera exponencial. Se puede prohibir esto aquí, pero si se desarrolla allá y este desarrollo acarrea superioridad económica o militar, es claro que su implementación aquí es cuestión de tiempo. ¿Podemos detener la marcha y el desarrollo de la libertad y el mercado? Las alternativas que ha inventado el hombre hasta ahora (la más visible e influyente: el comunismo) han terminado convirtiéndose en enormes cárceles y provocando monstruosas carnicerías.

¿Cómo se puede frenar o amortiguar el impacto de estas tendencias? Debemos recordar, sobre todo, que son tendencias, visiones prospectivas. Presunciones lógicas del futuro. Pero el devenir no circula por canales lógicos. La historia no tiene leyes inexorables. El futuro no se puede predecir porque basta que alguien invente un nuevo mecanismo o una diferente forma de organización o desarrolle una idea inédita para que el mundo cambie de rumbo y todas las predicciones se derrumben. Un libro (la Biblia, El capital) puede trastocar todo lo conocido. Una forma de organización (el mercado, la centralización) puede modificar el rumbo de la Historia. Un personaje, una idea, un cataclismo, un accidente, es decir, el azar, también pueden modificarla. Y no solo el azar: la estupidez, la maldad, la necedad nacionalista, son factores que también juegan en el tablero de la Historia.

Si no el liberalismo, ¿puede el nacionalismo o la religión ofrecer alguna solución que mitigue el avance de la tecnología? ¿Nos dirigimos hacia un mundo regido por la inteligencia artificial en el que la propaganda y la posverdad serán los elementos que primen sobre la búsqueda de la verdad? Escribe Harari: “En 2048, la gente tendrá que habérselas con migraciones al ciberespacio, con identidades de género fluidas y con nuevas experiencias sensoriales generadas por implantes informáticos.” Un mundo de vehículos autónomos. De seres superdotados gracias a la biogenética. Un mundo dominado por una dictadura digital. Me cuesta un poco creerlo. Voy al banco y no puedo hacer ningún trámite “porque se cayó el sistema”. Mi teléfono inteligente a veces no lo es tanto y corta las llamadas. Me llegan correos que no son para mí. Un algoritmo me recomienda películas que jamás vería. Los vehículos autónomos colisionan. Hay vastas zonas de mi país que solo tienen caminos de terracería. Gracias a los análisis que me manda a hacer, el médico –que ya ni se molesta en tomarme el pulso– me receta una medicina porque al 29% de los pacientes les ha funcionado (¿y al 71% no?). Los algoritmos, predice Harari, pueden suplantar a la molesta, dubitativa, incómoda libertad. Porque la libertad (lo afirmó Spinoza y parecen corroborarlo los neurocientíficos) no existe. Nuestro cuerpo actúa y, un nanosegundo después, la mente “decide” que debe actuar. Prefiero pensar que un acto libre llevó a Spinoza a negar la libertad, que el neurocientífico pudo haber sido abogado y que resolvió ser científico por una decisión libre; que el azar y la libertad vuelven impredecible y misterioso el mundo, todavía.

Hacia el final de su libro, en que el simio que “ascendió” a hombre y se creyó dios ahora se enfrenta a la incertidumbre del futuro, Harari concluye que las ficciones mediante las cuales el hombre sostiene su mundo no son el mundo sino relatos que construimos para hacer más llevadera la existencia. Dentro de cada ser conviven diversas identidades que le dan sentido pero el Universo carece de él. Los relatos (religiosos, económicos, científicos) que le dan significado a nuestra vida son todos invenciones humanas. “El Universo –dice Harari– no funciona como un relato.” ¿Y entonces? “El Universo no tiene guion, de manera que nos corresponde a los humanos escribirlo y esa es nuestra vocación y el sentido de nuestras vidas.”

Los humanos, en busca de sentido, podemos escribir el guion que justifique nuestra vida, pero siempre tomando en cuenta que ese guion, esa fe en nuestro relato, no es la realidad. La realidad está formada por hechos que funcionan independientemente de lo que pensemos sobre ellos. Los hechos son la piedra que pateó con fuerza el doctor Johnson para refutar el relato idealista de Berkeley.

Para explicar el mundo, para darle coherencia a la Historia y a su historia, Harari va levantando los velos de las interpretaciones sobre el mundo hasta arribar a una “verdad” que sostiene que hay que suprimir el deseo (para detener el sufrimiento) y meditar (para conocer nuestra mente) y acceder así a la verdadera realidad detrás de las apariencias que forman la “realidad”. Una verdad a la que los budistas arribaron hace miles de años. Una realidad que, negando el sentido, le da un nuevo sentido al mundo. Un relato moral laico, liberal y abierto al devenir. Un nuevo relato que es también un relato ancestral. ~


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